Cada
diecisiete de diciembre desde hace siete siglos, la orden de los derviches
danzantes celebra la memoria de su maestro fundador, Yalal ud-Din Rumi,
el más grande poeta místico del Islam y, sin lugar a dudas,
una de las cumbres de la espiritualidad universal.
La personalidad de Rumi, conocido entre sus seguidores con el apelativo
de Mawlana -Nuestro maestro-, es una de las más atractivas y
sugerentes de cuantas haya alumbrado el tasawuf o sufismo, conjunto
de tendencias místicas desarrolladas en el marco socio-cultural
del Islam.
Varias son las aportaciones que integran el legado de Rumi a la humanidad.
Como lírico, un corpus poético de más de cincuenta
mil versos, entre los que descolla sobremanera el Masnawi, reflexión
versificada acerca de la verdadera condición humana, considerado
hoy en día por millones de musulmanes como una suerte de segundo
Corán persa, lengua ésta en la que fue escrito.
En tanto que pir o maestro espiritual, Rumi dejó tras de sí,
a su vez, una orden, la Mawlawiya, cuya metodología extatogénica
se sustenta en una triple base, a saber, la música, el canto
y la danza. Viva aún hoy en día, si bien con notables
diferencias respecto de tiempos pretéritos, dicha orden ha sufrido
no pocas adversidades a lo largo de su existencia, la última
de ellas: la persecución de que fue objeto por las autoridades
turcas, en la medianía de los años veinte de este siglo,
a consecuencia de la cual estuvo a pique de ser aniquilada, junto al
resto de cofradías sufíes.
Yalal ud-Din Rumi lega, en suma, un cuerpo doctrinal coherente, o lo
que es lo mismo, una enseñanza mística que otorga al amor
el papel de llave maestra de toda indagación espiritual.
Nacido el treinta de septiembre de 1207 en la ciudad de Balj -mirífico
hervidero místico, cuna entre otros de Zoroastro-, situada en
los límites de la provincia de Bactria, hoy Afganistán,
Muhammad Yalal ud-Din Rumi se crió en el seno de una familia
piadosa de alta alcurnia. Así, su padre, Baha ud-Din Walad, formaba
parte de una reputada cofradía sufí cuya cadena de maestros
-silsilah en árabe- se remontaba de forma ininterrumpida hasta
el mismo Mahama. A tenor de lo que aducen los biógrafos de Rumi,
fue su padre quien lo inició en algunas prácticas sufíes,
cuando éste no era más que un chiquillo.
La endémica inestabilidad política que padeció
el Asia Central a lo largo de todo el siglo trece, obligó, no
obstante, a la familia en pleno a abandonar Balj. Con todo, lo positivo
de dicho vagabundeo errante fue que el joven Rumi tuvo ocasión
de conocer en persona a algunas de las voces más señeras
del sufismo de todos los tiempos.
Así, en Niskapur, primer destino de su destierro, visitó,
acompañando a su padre, al célebre poeta sufí Farid
ud-Din Altar, autor de E1 lenguaje de los pájaros. En Bagdad,
hizo lo propio con otro gran maestro sufí, Omar Suhrawardi, y
en Damasco, a su vez, se entrevistaría con nuestro mayor místico
sufí, Ibn Arabi. A propósito de dicho encuentro, se cuenta,
y parece ser cierto, que cuando el sabio murciano vio a Rumi tras los
pasos de su padre afirmó con un indisimulado gracejo andalusí:
"Ahí va un océano siguiendo a un riachuelo”.
A los diecinueve años de edad, Rumi contrae matrimonio con la
hija de un noble de la ciudad de Samarcanda. Fruto de dicha unión
serán dos hijos. Rumi y su familia al completo se hallan entonces
en Laranda, una pequeña ciudad armenia.
El último destino del periplo de Rumi y los suyos será
la ciudad de Konya,en el centro de la Anatolia turca. En dicho lugar,
auténtico cruce de caminos para las escuelas de desarrollo espiritual
tanto occidentales como orientales, se escribirá, andando el
tiempo, una de las páginas más bellas del sufismo.
A la muerte de su padre, Rumi pasará a detentar cuantos cargos
religiosos y jurídicos dejó vacantes. Investido pir cuando
cumplió la treintena, inicia desde entonces una carrera meteórica
aplaudida por todos. Sin embargo, el espíritu inquieto y rebelde
que Rumi atesora, no tolerará con facilidad la complacencia del
éxito. El encorsetamiento de la religión oficial le ahoga,
al tiempo que le empuja a seguir buscando otras vías de conocimiento
superiores. Rumi, aun sin saberlo, desea la unión final con la
divinidad que no es sino el Amor con mayúsculas.
Es en ese punto de incertidumbre vital cuando el destino le coloca ante
uno de los personajes más indómitos del sufismo, Shams
ud-Din, originario de Tabriz, en el corazón de Persia. La amistad
de este hambre le abrirá los ojos, y también el corazón,
a un nuevo horizonte ignorado por él hasta entonces, mas le granjeará
también la enemistad de algunos de sus más fieles valedores
hasta ese momento, incapaces de entender el nuevo rumbo emprendido por
el maestro.
Así las cosas, el misticismo de Yalal ud-Din Rumi se enriquecerá
con nuevas experiencias incomprensibles y hasta provocadoras para la
ortodoxia musulmana de la época. Sin embargo, nada le impedirá
continuar su camino de autoconocimiento. Danza, canto y música
son los vehículos que utiliza para conducir cuerpo y alma hacia
la experimentación de las verdades espirituales eternas.
A instancia de sus seguidores, agrupados ya en torno a la orden Mawlawiya,
Rumi, conocido entre los persas como "el ruiseñor de la
vida contemplativa", registrará por escrito cuantos poemas
brotan de sus labios encendidos por la llama del amor a la divinidad.
Muy pronto, el Masnawi, cerca de veinticinco mil versos contenidos en
un total de seis volúmenes, será un hecho.
En él se recogen toda suerte de experiencias trascendentales
y se pergeña el camino sufí preconizado por Rumi: sonrisa
y plegaria se dan la mano. No hay cabida entre los derviches danzantes
para el rigorismo ascético de otras órdenes. Tampoco son
de los que se apartan del mundo. Antes bien, viven en él, aunque
eso sí, sin dejarse arrastrar por su vorágine ilusoria.
La actitud contemplativa de Rumi no rehúye, en modo alguno, el
compromiso social.
En corto: la riqueza del autor del Masnawi puede colmar el hambre de
conocimiento de todo buscador inquieto y desprejuiciado respecto del
Islam. Rescatar la figura de Rumi, aquí y ahora, en un mundo
sometido al paradigma del choque entre culturas y civilizaciones, resulta
provocador cuando no subversivo. En el corazón del mensaje de
Rumi reposa lo que ese gran sufí contemporáneo que es
Idries Shah denomina unidad de conocimiento entre los diferentes saberes
ancestrales. Escribió Rumi:
"¿Qué
puedo hacer, oh musulmanes?, pues no me reconozoo a mi mismo.
No soy cristiano, ni judío, ni mago, ni musulmán.
No soy del Este, ni del Oeste, ni de la tierra, ni del mar.
No soy de la mina de la Naturaleza, ni de los cielos giratorios.
No soy de la tierra, ni del agua, ni del aire, ni del fuego.
No soy del empíreo, ni del polvo, ni de la existencia, ni de
la entidad.
No soy de India, ni de China, ni de Bulgaria, ni de Grecia.
No soy del reino de Irak, ni del país de Jurasán.
No soy de este mundo, ni del próximo, ni del Paraíso,
ni del Infierno.
No soy de Adán, ni de Eva, ni del Edén, ni Rizwán.
Mi lugar es el sinlugar, mi señal es la sinseñal.
No tengo cuerpo ni alma, pues pertenesco al alma del Amado.
He desechado la dualidad, he visto que los dos mundos son uno;
Uno busco, Uno conozco, Uno veo, Uno llamo.
Estoy embriagado con la copa del Amor, los dos mundos han desaparecido
de mi vida;
no tengo otra cosa que hacer más que el jolgorio y la jarana".
Fragmento
extraído del libro de Yalal ud-Din Rumi, Poemas sufíes,
Madrid: Hiperión, 1988. La versión es de Alberto Manzano.