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Según
y cómo, hay que tener cuidado con la palabra amor. En realidad, hay que
tener cuidado con algunas palabras que, precisamente por sernos tan necesarias,
se utilizan para etiquetar otros conceptos. Así, amor por sexo, paz por
sometimiento, solidaridad por vanidad, celebración por consumo. Acabo
de recibir un catálogo de lencería con un deshabillé navideño de nombre
“generosa”. Tanto el sexismo que encubre la palabra, como las posibilidades
de que una mujer real encaje en esas prendas, como último mito importado
que asocia Navidad con carreras por la casa en ropa interior roja, como
el consumismo inherente darían para una columna altamente vitriólica.
Pero con ello sólo nos quedaríamos de nuevo en la superficie de las cosas,
yo un poco más satisfecha por lucir mi ironía, algunos con una sonrisa
en los labios, otros con resentimiento. Y es Navidad, la época en la que
en el mundo cristiano se hacía una tregua en las guerras cuando la humanidad
aún no había perdido del todo la conexión con lo sagrado.
Durante mucho tiempo a mí también me pareció una hipocresía. Militaba
en el bando de los que argumentan que ni la paz ni el amor tienen fecha
fija. Impecable argumento para los que aman siempre, pero una pobre disculpa
para los que ni siquiera lo hacen esa única vez. Hace falta mucha humildad
(otra palabra mal usada) para admitir una tregua, tanta como para reconocer
que tu vida transcurre en el conflicto y la escisión. Y sin embargo, las
treguas sirven para poder captar la gracia y la belleza del mundo. Cuando
conseguimos salir de la rueda y aquietar el miedo que da no sentir vértigo,
ni certezas, ni hostilidad, podemos percibir, muy levemente, el latido
de un corazón en calma. Es el mismo que yace bajo todas las formas, la
puerta a lo sagrado que hemos ido olvidando pero a la que siempre podemos
regresar. Y tras ella cabe todo, desde la misa del Gallo con la familia
a las carreras por la casa embutidas en el modelo “generosa”; desde abrir
el corazón al sufrimiento ajeno a honrar la buena suerte disfrutándola
sin reservas. Porque en la Fuente no hay etiquetas: de eso se trata.
Como la exposición a las radiaciones, las incursiones a lo sagrado nunca
son en vano. Aunque pasada la tregua caigamos de nuevo en la trampa de
nuestras máscaras, el rastro de maravilla nos acompañará, ignorado pero
real, para hacerse más fuerte en la próxima ocasión. A veces, esa humilde
avanzadilla a la Gracia es lo único que podemos hacer. Pero, por eso mismo,
es bastante. Feliz Navidad.
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