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"A los hombre se los valora
por la clase de verdades que
son capaces de soportar"
Nietzsche
La historia del pensar de Occidente
es la historia de toda clase de tentativas por determinar el funcionamiento
de aquello que denominamos "realidad". Tal como nos lo cuentan
los manuales al uso, la filosofia surge en la Grecia clásica con
el famoso "tránsito del mito al logos", porque los primeros
pensadores –mal llamados presocráticos– dejaron de
lado las interpretaciones basadas en los mitos para intentar explicar
lo real –lo existente–-con la única herramienta de
la razón (logos). De esta manera, dicho tránsito abandona
la sabiduría mítica, generando un pensar errático
(de errar, pero también de error) que ha llegado
hasta nuestros días en forma de razón tecnológica.
No obstante, esta racionalidad cientificista actual tampoco nos ha aclarado
mucho el panorama, ya que la realidad se resiste a ser conceptualizada
y nos desafía insolentemente desde su enigmática profundidad.
Ya dacia el joven Nietzsche que así como el sofos ('sabio') era
aquel que sabía vivir porque conocía los misterios de la
Fisis, el filo–sofós ('aprendiz de sabio') era aquel que
sabía argumentar porque conocía el lenguaje de la Polis.
Esto supone afirmar que la mente racional por sí sola es algo insuficiente
par acceder a los misterios de la naturaleza y, por tanto, debemos buscar
de otra manera, o quizá con otros medios.
Como afirma la teoria transpersonal, en el ser humano hay una parte prepersonal
(el comportamiento instintivo) una parte personal (el discurso racional
y egoico) y una parte transpersonal, de la que poco sabemos, y que es
la que se relaciona con la vivencia mística. Esta parte transpersonal
–llamada contemplatio por los místicos medievales–
es la que nos permite abrirnos al misterio que nos rodea y del que formamos
parte. Lo que ocurre es que para poder comunicar lo que hemos visto debemos
transformar esa intuición de rango superior en un discurso verbal.
Todo esto viene a cuenta porque este nivel transpersonal es el que se
activa cuando tenemos acceso a la experiencia enteógena.
Según la acertada clasificación del profesor Escohotado,
además de las sustancias que nos proporcionan paz, y las que nos
llenan de energía, hay un tercer grupo, los enteógenos (literalmente:
'dios dentro nuestro'), que son aquellas sustancias que nos brindan la
posibilidad de tener una excursión psíquica, o sea, un viaje
interno. Estas sustancias son la ayahuasca, el LSD, los hongos psilocíbicos,
la mezcalina y algunas otras de producción sintética. También
son conocidas como sustancias visionarias, no sólo porque producen
ciertas visiones (ensoñaciones, regresiones, flashes, etc.), sino
además porque el mundo que percibimos se transforma en algo mágico,
algo que parece una visión. Y la visión que produce el enteógeno,
lejos de ser una mera alucinación, es una experiencia cognoscitiva
de alto nível, siempre y cuando podamos integrarla. Integrar una
experiencia significa transformarla en un discurso coherente que pueda
ser memorizado, o si se quiere, racionalizado. Pero racionalizar en modo
alguno supone explicar, ya que la experiencia visionaria, al igual que
la experiencia mística, es algo transverbal, algo que trasciende
la mente racional. Dicho de otra manera, integrar la experiencia significa
traducirla en un discurso narrativo que nos permite comprender algunas
cosas, y en el mejor de los casos, nos permite comunicar lo que hemos
visto, por más subjetivo o poético que sea el lenguaje utilizado.
Al integrar la experiencia y tener algo así como un cuaderno de
viaje, podemos sacar algunas conclusiones. Y la más importante
de todas ellas, la más revulsiva y transgresora, es el cuestionamiento
radical de aquello que llamamos realidad.
Si la realidad es aquello que percibimos, y nuestra percepción
puede ser incrementada con la ingestión del enteógeno, entonces
resulta que lo que llamamos realidad, no es algo real sino algo ilusorio,
aparente, algo que tiene una existencia relativa. Esta afirmación
es extraña en el contexto del pensamiento occidental y sin embargo
está presente en las grandes sabidurías de Oriente (hinduismo,
tantrisrno, taoísmo y budismo) y también en el conocimiento
mítico tan denostado por la ideología positivista, como
es el caso del mito de la caverna que nos llega a través de Platón,
donde se afirma que lo que creemos que es lo real son sólo sombras
proyectadas en la pared de una cueva.
Tal como lo explica el nagual Juan Matas a su discípulo Carlos
Castaneda, el hombre común cree que vive en un mundo de objetos
cuando en realidad habita en un universo de campos energéticos
que los antiguos videntes llamaban "las emanaciones del águila".
Esta afirmación no sólo coincide con las antiguas tradiciones
de Oriente, sino también con la actual física de partículas,
que afirma que todo lo que existe está constituido por redes vibracionales,
donde protones, neutrones y electrones bailan una maravillosa danza cósmica.
Incluso nosotros como seres físicos nos creemos sólidos
–o sea, hechos de materia–, cuando, según la microfisica,
estamos hechos de energía aunque en diferentes grados de densidad
(o si se quiere, de sutilidad). Como dirían los sabios, somos "seres
de luz", 0 sea, organismos energéticos que estamos interconectados
con todo lo existente, aunque nuestro ego se considere una entidad aislada,
algo separado de todo lo demás.
Tal como dijo alguien, "la realidad ya no es lo que era", al
menos después de haber tenido un buen viaje. Es evidente que en
la experiencia psicodélica el concepto normal de realidad se rompe
en mil pedazos. De golpe constatamos que somos un conglomerado de fibras
energéticas que interactúa constantemente con el medio,
y que se mueve armónicamente dentro de un entramado que trasciende
nuestra comprensión. Habitamos un universo energético que
se nos presenta como un espectro de ondas resonantes que van desde lo
más denso (la materia) hasta lo más sutil (los rayos cósmicos).
También descubrimos asombrados que las plantas y los animales tienen
una contrapartida luminosa (el aura) que no vemos en nuestra percepción
cotidiana, pero que se hace evidente en la experiencia enteógena.
Y la conclusión es clara: aquello que llamamos realidad es sólo
una convención, un acuerdo tácito que nos permite movernos
en este mundo tridimensional que habitamos. Sin emburgo intuímos
que existe algo más, algo infinito y eterno del cual nada sabemos
porque estamos atrapados en una prisión perceptual donde sólo
vemos lo que podemos ver, oímos lo que podemos oír y sentimos
lo que podemos sentir. La realidad para nosotros sería un programa
de un ordenador cósmico.
Y todo esto lo intuímos porque en la experiencia visionaria percibimos
la energía directamente, sin la mediación de nuestro consenso
perceptual que nos mantiene atrapados en un mundo de objetos. Cuando estamos
de viaje las fronteras se difuminan o se diluyen para que podamos acceder
a una grandiosa fiesta de luz y color. Podemos ir a nuestro pasado o volar
con las alas de la conciencia hasta donde nuestro viaje nos lleve. Podemos
transitar por territorios inexplorados y disolvernos en vórtices
energéticos donde todo vibra. Podemos estar inmersos en la luz
o en el vacío total.
Y cuando volvemos de la excursión psíquica comprobamos inexorablemente
que el mundo cotidiano es solo una posibilidad existencial entre otras.
Es un mundo contingente, ilusorio, donde las cosas son, para dejar inmediatamente
de ser. Porque en el mundo fenoménico todo es pasajero, aparente,
impermanente. Todo es, en definitiva, irreal.
Y entonces descubrimos que la realidad es simplemente aquello que somos
capaces de percibir. Pero esta certeza es una verdad que no siempre somos
capaces de soportar.
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