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Hace semanas que recibo en mi correo unos diez mensajes al día
proponiéndome productos para aumentar el tamaño de mi pene.
De nada sirve que conteste rogándoles que no pierdan su tiempo
conmigo, porque no sólo continúan con su absurda pretensión
sino que ahora me sugieren, además, que multiplique por dos el
volumen de mis pechos, que gane infinidad de dinero en mi propia casa,
que consuma unas píldoras que me harán satisfacer a cientos
de mujeres o que viaje a lugares de ensueño para, imagino, lucir
mis quiméricos atributos de uno y otro sexo mientras satisfago
a cientos de mujeres con las que derrocho el dinero que he ganado en mi
propia casa.
Cansada de recibir proposiciones tan poco tentadoras, me he acogido a
un servicio de anti-spam, que identifica este tipo de correos y los pasa
directamente a una carpeta donde se destruyen tras un cierto tiempo. El
anti-spam es un filtro, pues, que sitúa al otro lado de la línea
de la razón los atávicos señuelos para el desasosiego
disfrazados de modernidad. Un gran invento en una era en la que no nos
paramos en barras para colocar nuestro producto, y que sería muy
deseable poder aplicar a otros ámbitos.
Hace un año, por ejemplo, fui bombardeada de forma inclemente por
los augurios de los que querían defender a mi familia de la Ley
de Matrimonios Homosexuales. Según ellos, esa ley disminuiría
mis derechos y pondría en grave peligro la libertad de los míos.
Pero, a fecha de hoy, ni he sido obligada a casarme con una mujer ni mis
hijos me han sido arrebatados por los nuevos matrimonios, lo que me hace
pensar que, de peligrar algunos intereses con dicha ley, tal vez no eran
exactamente los que me dijeron.
El alarmismo es una estrategia empresarial tan artera como eficaz, tanto
si anuncia el fin de la familia, como la desmembración de la patria,
como la necesidad de aditamentos para ser felices. En su origen siempre
hay alguien que se beneficia de nuestro desamparo y que ahonda un poco
más cada vez la trinchera de miedo que nos separa a los unos de
los otros. No hay anti-spam para esto, por lo que sólo nos queda
acogernos al sentimiento de fraternidad como la vía más
rápida hacia la lucidez. Y, cuando este se tambalee por nuestra
arraigada costumbre de sufrir y hacer sufrir, habrá que recordar
en qué se quedaron con el tiempo tantos terribles vaticinios para
cribar nuestra confusión con el infalible filtro del sentido común.
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