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Después
de Jesús no hay después. Con él, "el tiempo
se ha cumplido" (Mc 1,15). Todo lo que no es Jesús, el Ungido
del Espíritu, es de antes de Jesús. El juicio del agua "yo
os he bautizado con agua" (Mc 1,8) es el primero.
Es el juicio que ahogó a los hombres del tiempo de Noé y
el Faraón con su ejército y que salvó a Noé
con su familia y a Moisés con su pueblo. El juicio del Espíritu
"pero él os bautizará con Espíritu Santo"
(Mc ibid) es el último. Después no hay nada más.
Es el final.
El final es incomprensible para quien no ha llegado a él. Del hombre
final dicen: "Está fuera de sí" (Mc 3,21), "por
el príncipe de los demonios expulsa los demonios" (Mc 3,22).
Copio la nota de la Biblia de la Fundación Bíblica Catalana
a Mc 3,21: "La actuación de Jesús fue verdaderamente
escandalosa. Nadie lo entendía: sus parientes y amigos resolvían
la antinomia acudiendo a la piadosa hipótesis de la perdida del
juicio; los enemigos iban más lejos: se trataba de un endemoniado.
Esta doble postura de los creyentes con relación a los auténticos
profetas aparecerá a través de la historia del cristianismo".
El hombre es el señor de todo. "El sábado ha sido instituido
para el hombre y no el hombre para el sábado" (Mc 2,27). No
hay un Espíritu de Dios que crea Torahs para imitar el descontrol
de la carne. Espíritu de Dios y persona humana se han reconciliado,
han devenido una sóla cosa. "En cuanto salió del agua
vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de la
paloma, bajaba a él" (Mc 1,10). La dualidad "Dios-Carne"
ha quedado resumida en la unidad "Hombre". Es el hombre límite,
el "eskhaton". El límite del hombre. El final. El término.
Hombre-límite y límite del hombre son dos cosas aparentemente
distintas. Joan Leita, en Lantievangeli (ed. Pòrtic. Barcelona
1971), distingue y opone el Jesús de Mateo, el Mesías, hombre-límite
final de la gran esperanza judía, al Jesús de Marcos, radical
novedad que limita la historia judía desde fuera, límite
del hombre u Hombre Nuevo. Así mismo hay una ley dialéctica
poco conocida que se cumple en todo proceso evolutivo: "los cambios
cuantitativos realizados producen en un momento determinado un cambio
cualitativo". Este cambio cualitativo es y no es viejo, y es y no
es nuevo. Es cabalmente aquella última gota de agua igual a todas
las anteriores, pero que es la única que hace que el vaso se desborde.
Jesús es un hombre, un judío, como los otros, pero detrás
del cual no hay ningún otro. Nadie lo puede adelantar. Nadie lo
puede entender del todo. Nadie lo puede juzgar. Nadie lo puede injuriar.
"Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres,
los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el
que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón
nunca, antes bien, será reo de pecado eterno. Es que decían:
"Está poseído por un espíritu inmundo".
(Mc 3,28-30).
Es, pues, una grave equivocación creer que, así como hay
un tiempo antes de Jesucristo, hay uno después de Jesucristo. Después
de Jesús no hay después. El Hombre Nuevo, Dios-Carne devenido
una sola cosa, es definitivo. Es el "eskhaton". Y "eskhaton"
es toda carne amarada con aceite del Espíritu, bautizada con el
fuego del Espíritu. Estamos en presencia del "Anuncio del
Reino" (Mc 1,15), cuando el antagonismo Carne-Espíritu ha
desaparecido. Todo el que vive esta síntesis es "eskhaton",
final de la historia, hombre adulto emancipado que ha vencido la carne
y ha rasgado el cielo. De ahora en adelante, ha alcanzado el régimen
de libertad creadora en plena responsabilidad de toda la humanidad y del
universo entero. Ha acabado para él el régimen de necesidad
esclavizante. "Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba
como quien tiene autoridad, y no como los escribas" (Mc 1,22). Y
la nota de la Fundación Bíblica Catalana dice: "Para
los judíos y para todos los escritores bíblicos,
la fe es una aceptación de una verdad importada de arriba. Los
escribas simplemente reproducían esta verdad, no la creaban. En
cambio, Jesús se presenta como portador de un nuevo mensaje".
Tenía, dice Leita, "un terrible conocimiento de las cosas".
Cuando el "eskhaton" se presenta, toda ley cesa, todo dogma
cesa, todo culto cesa. "A todo profeta que hable en espíritu,
no lo tentéis ni lo pongáis a prueba. Porque todo pecado
será perdonado, pero este pecado no" (Didakhé XI, 7).
Ordinariamente catecumenado veterotestamentario, la comunidad
tenía obispos y diáconos que la dirigían (cfr. Ibid.
XV). Pero, cuando se presentaba el apóstol o el profeta "eskhaton",
la autoridad de los ordinarios se eclipsaba. ¡Momento eterno sin
después!. ¡Momento voraz que lo devora todo, que lo asimila
todo a él mismo y que mata toda resistencia!. Desaparecen la autoridad
y el súbdito, el opresor y el oprimido, el espíritu y la
carne, el que tiene y el que no tiene; el que habla es como el que escucha,
el que da es como el que recibe, el último es el primero.
Después de esto no sabemos que hay. Pero sabemos con certeza que
no hay nada como lo que había antes. Y si la historia de los hombres
continúa, esta historia no es futuro, sino pasado. Es repetición,
complicación de cosas viejas, reacción, recaída,
contrarrevolución, recuperación, entretenimiento, detención
Desde tiempos lejanos el hombre intentará recuperar el control:
"Elegíos obispos y diáconos. No los menospreciéis;
porque ellos son venerables entre vosotros, junto con los profetas y los
doctores" (ibid. XV, 1-2). Y seguidamente el profeta será
muerto: "La exigencia de una autoridad positiva y el dominio de las
afirmaciones de la fe y de las consciencias son los medios más
aptos para repetir constantemente la historia de la pasión"
(Lantievangeli, p.89).
La profundización seria de esta realidad escatológica, que
constituye el contenido central del Nuevo Testamento, es totalmente necesaria
en nuestro tiempo. Los signos del tiempo indican de nuevo la ascensión
de la Presencia escatológica en el horizonte de nuestros días
(cfr. Cap. VII de la Constitución sobre la Iglesia, del Concilio
Vaticano II). Vuelve el "eskhaton".
Cuando no hay Novedad en un lugar determinado, la historia de los hombres
transcurre progresiva, estancada o regresiva. Es el crecimiento, la detención
o la generación del niño por referencia al adulto. Es etapa
catecumenal del hombre. Es viejo testamento. Es historia.
Cuando, en un lugar determinado, hay Novedad, la historia humana se rompe
en tres pedazos: la historia de los hombres que no captan la Novedad porque
sus ojos no son lo suficientemente para captarla el catecumenado,
una prorroga de la historia; la historia de los hombres orgullosos
que captan la Novedad, que la rehuyen y de la que son excluidos el
infierno, "los que están fuera" (Mc 4,11), las tinieblas
exteriores con lágrimas y crujidos de dientes, el pecado que nunca
será perdonado, el suplicio eterno, y la historia de los
sencillos pastorcillos que captan la Novedad, la aceptan y reciben abundante
fruto el reino de Dios, el Anuncio Feliz, "vosotros" (Mc
4,11), "el tiempo cumplido" (Mc 2,15), el cielo nuevo y la tierra
nueva eternos. Este es el sentido de la parábola del sembrador
(Mc 4,1-20). "Quien tenga orejas para escuchar, que escuche"
(ibid. V. 9).
Él ha venido para salvación de muchos y para condena de
muchos. Él es el Hombre: quien cree como él, deviene hombre;
quien no cree se condena el mismo. Y todo esto en este mundo, que en este
punto deviene el "otro mundo". Es la revolución más
radical. El otro mundo y éste hacen una sóla cosa al momento
final del juicio de la historia en un lugar y un tiempo determinados.
Debemos darnos cuenta que actualmente, en ciertos lugares, en ciertas
situaciones, aparece el "eskhaton" y llega el juicio. "El
Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder, viniendo" (Mc 14,62).
"Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta
que todo esto suceda" (Mc 13,30). En los últimos momentos
de la vida pública de Jesús, perdida toda esperanza de conversión
de los responsables de Israel, el juicio no está pintado con tonos
paradisiacos, sino con tonos apocalípticos: "el sol se oscurecerá,
la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo
del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas"
(ibid. 13,24-25). Seguramente esto fue escrito alrededor del año
70, cuando tuvo lugar el desmoronamiento de Jerusalén. "¡Qué
piedras y qué construcciones! Pues bien: no quedará piedras
sobre piedra que no sea derruida" (ibid. 13,1-2).
Nuestros cristianos se imaginan un Jesús dulce y manso, y realmente
lo es. Pero pensemos que su paz proviene del hecho que él es más
fuerte que una roca. Todas las olas se rompen y se desintegran contra
él. Quien no quiera la paz de la Novedad del Cristo tendrá
hambre, y llanto, y guerra, y crujido de dientes en las tinieblas exteriores.
Un castigo mitigado, un purgatorio pedagógico para los catecumenados
perezosos. Un castigo sin perdón, un infierno definitivo para los
"dueños de la viña" rebeldes (cfr. Mc 12,1-9).
El estilo evangélico ha estado imaginado como algo inofensivo.
Mansos y mudos llevados al matadero. No violentos. "Al que quiera
pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también
el manto" (Mt 5,40). Y, realmente, esta es una bella figura del Espíritu
desencarnado sólo realizable por "hijos de papá"
a la cual ya llegaron los rabinos anteriores a Jesucristo, hambrientos
de pureza tres veces santa y separada de las tempestades de la carne,
usufructuarios de las grandes rentas del diezmo del Templo arrancado a
los sencillos judíos trabajadores de Judea, de Galilea y hasta
del extremo de la tierra.
¿Jesús es dulce? ¿Cómo explicar, pues, las
furibundas amenazas a los fariseos? ¿Cómo explicar la furiosa
expulsión de los negociantes del Templo? Miraba a sus contradictores
"con ira, apenado por la dureza de su corazón" (Mc 3,5).
Invocó la destrucción de Jerusalén y del Templo para
aquella generación incrédula. Al empezar la pasión
les dice: ""Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y
sin sandalias, ¿os faltó algo?" Ellos dijeron: "Nada".
Les dijo: "Pues ahora, el que tenga bolsa que la coja y lo mismo
alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada""
(Lc 22,35-36). El hombre que no acepta el reino, se pone el mismo en el
castigo veterotestamentario pedagógico, penitencial o catecumenal,
o bien se pone en el juicio condenatorio definitivo que no tiene nada
de no-violento, ni de pacifista, porque representa la expulsión
del reino.
Mucha gente nuestra cristiana, pacifista y curvada, viciada en el confortable
regazo de la Salvación, va cogiendo afección a las doctrinas
gandhianas de la no-violencia. Les parece que han encontrado una manera
de alcanzar el cielo sin ensuciarse las manos. Son gente horrorizada de
los métodos revolucionarios usados en los últimos cien años
para alcanzar el equilibrio social: libertad, igualdad y fraternidad.
Se escandalizan desde sus poltronas pequeñoburguesas
por el ruido de la guillotina, la tortura policiaca, las masas obreras
ametralladas, las bombas de napalm, la guerrilla con mosquitos y serpientes
Y ahora han encontrado el sustituto ideal: resistencia pasiva, no-violencia,
reconciliación de las clases antagónicas, amor al enemigo,
soportarlo todo, poner la otra mejilla. De momento les interesa todo esto.
Lo escuchan y lo comentan. Buscan modelos cercanos. Les encargan conferencias.
Son muy exigentes con los modelos elegidos y con sus respectivas actuaciones.
Eventualmente los ponen a prueba. "Si eres esto, señor crucificado,
sálvate a ti mismo y creeremos en ti". Ellos, de mientras,
hacen alguna "sentada" delante de un edificio oficial, ensayan
a ratos una snob postura de yoga, o un guisado vegetariano, y hacen misas,
muchas misas, donde Jesús muere por la salvación de todos.
Pero ellos mismos viven del dinero que el papá ha arrancado hábilmente
del sudor de los obreros, son ellos mismos que mantienen sus propiedades
gracias a la barrera policial que separa la indigencia de la opulencia,
son ellos mismos que vaguean como estudiantes mientras otros se esfuerzan
trabajando, son ellos mismos que se permiten mil lujos refinados mientras
hacen profesión de revolucionarios.
Han de saber estos gandhianos, que el gran Gandhi tenía como libro
de su máxima devoción la Bhagavad-Gita. El argumento consiste
en un rey indio, Arjuna, al cual se le subleva un hermano. Un día,
el ejército del rey y el del hermano se encuentran cara a cara
en orden de batalla. Al momento de comenzar el combate, el rey piensa:
"No lucharé" (II,9) contra mi hermano, él es carne
de mi carne. Y se le aparece Krisna y le dice: No es por amor al hermano
por lo que te hechas atrás. Es por cobardía en el momento
critico de comenzar la batalla. "Lucha, pues" (II,18), noblemente,
sin miedo y sin odio, que la verdad nunca puede ser matada.
Gandhi, en un cierto momento, permitió que todo un ejército
ayudase en la guerra al ejército aliado, durante el conflicto mundial.
Y los primeros cristianos no eran precisamente objetores de conciencia.
Muchos formaban a las legiones romanas.
Es cierto que la Buena Nueva no mata ni muere. Pero los profetas del viejo
testamento matan, mueren y mandan matar. Jesús murió crucificado,
pero Jerusalén fue arrasada.
¡Ah, si conociésemos lo que nos conviene para la paz! No
urge rezar cinco padrenuestros, o dar una limosna o hacer un ayuno. Urge
liberar al esclavo; devolver todo el dinero obtenido con la explotación
de los otros; dar la libertad a quien se la han quitado arbitrariamente;
repartir el poder, la fama, la posición, la cultura; fundirse con
los sencillos de la tierra; jugarse la vida en favor de los oprimidos.
Urge responsabilizarse realmente del Otro. Esta penitencia no es una broma.
Y si no la hacemos agusto, se convierte en una impenitencia y, por lo
tanto, en juicio definitivo. No quedará piedra sobre piedra.
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