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Según
Plutarco y otros cronistas, en el saqueo de Siracusa por las tropas del
general Marcelo, año 212 A.C., un soldado romano entró en
una lujosa casa y encontró a un anciano dibujando figuras geométricas.
Cuando el soldado le exigió sus riquezas, el anciano continuó
con su tarea y, al ser zarandeado, reaccionó gritando: “¡No
estropees mis círculos!”. El soldado lo degolló antes
de saber que había acabado con la vida de Arquímedes el
sabio, primo del rey de Siracusa, filósofo, matemático,
artífice de la defensa de la ciudad y la única persona que
el general Marcelo había dado órdenes expresas de respetar
antes del saqueo. Lo cuenta el profesor Lozano Leyva en su libro De Arquímedes
a Einstein, un trabajo en el que recoge diez experimentos físicos
especialmente lúcidos realizados a lo largo de los últimos
dos mil doscientos años. El libro sigue las huellas de quienes
nos legaron las más potentes claves para el conocimiento de nuestro
entorno, que es como decir para nuestro propio conocimiento. Los mejores
físicos han sido grandes filósofos y muchas veces grandes
místicos, porque las separaciones que se nos han impuesto desde
el saber oficial -ya sea entre disciplinas, ya sea entre cuerpo y alma-
sólo son ciertas en la medida en que se necesite parcializar el
mundo el que habita el espíritu y adaptarlo a la pequeñez
de la mente humana.
Así, el soldado vio a un viejo chiflado que, ajeno al peligro que
corría, garabateaba en su tablilla sin hacer caso de sus gritos.
Y actuó según su lógica de soldado. Arquímedes
dibujaba en un día más de su vida mientras a su alrededor
se descomponía lo que había sido su mundo. “No estropees
mis círculos” fueron, quizás, sus últimas palabras.
Interpretarlas como una trivialidad o como una lección puede revelarnos
mucho de nuestra propia situación vital. Dibujar círculos
el día del fin del mundo, en todo caso, es como dejar preparado
para los que vengan un mensaje de esperanza.
Ese día murió Arquímedes y algún otro, antes
o después, moriría el soldado. Su Imperio desapareció
y otros nacieron y se esfumaron como se esfumarán los que hoy envían
a hombres como él a saquear lo que va quedando. Pero los círculos
con los que el maestro tomaba la medida a la eternidad siguen entre nosotros,
guardando en su lenguaje cifrado la música secreta que nos habla
de un destino común a los sabios y a los soldados, el legado del
espíritu humano. Las pistas para encontrar, algún día,
el camino de vuelta a casa.
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