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El Yoga en la "discapacidad" mental.

La igualdad de la diferencia


Aceptar la diferencia incluso hacia nosotros mismos no es fácil. En todo proceso humano hay un anhelo de singularidad individual, necesaria y razonable, pero a la vez, nos cuesta aceptar la diferencia. Socialmente se busca la uniformidad, y todo aquel que se aparta por un motivo u otro de la "normalidad", suele ser, cuanto menos, un bicho raro.

Esto nos sirve para hablar de discapacidad, y más concretamente de discapacidad mental. El término discapacidad es el último de una larga lista de vocablos que procura describir la realidad de estas personas. Desgraciadamente, estas palabras que históricamente se han ido sucediendo para describir la cuestión sin sentido peyorativo: idiota, retrasado, subnormal, disminuido,... acaban por ser utilizadas como términos despectivos contra cualquiera en su uso.

Claro está, el punto de partida socialmente hablando es cuanto menos peligroso, pues parte del prejuicio. Quizás desde el prejuicio, se puede explicar otro aspecto importante como es el trato que reciben muchas de estas personas. Llevo algunos años en contacto con este grupo social, y en muchas ocasiones cuando una persona se relaciona con un discapacitado lo hacce desde una compasión mal entendida, como si el "pobrecito" tuviera un lastre tan decisivo e incapacitante que pudiese disfrutar de la vida, tuviese que ser sobreprotegido y, a la vez, subordinado a la voluntad de un adulto que casi siempre cree saber mejor que nadie lo que le sucede. Sin negar la necesidad que muchas personas discapacitadas tienen de un "soporte" personal en las situaciones diarias, pocas veces se da paso a respetar la propia individualidad que está presente en todos los seres. Difícilmente se es sensible a aquello que sienten o aquello que dicen, respetando su ser.

A la vez, y dado que son "disminuidos", a muchos se les justifica todo como si cualquier cosa que hiciesen, por negativa que fuera, se pudiera encontrar una explicación, creando un conjunto de relaciones en ocasiones muy neuróticas donde el "pobre" disminuido se convierte en un déspota. Ante esto, creo que se debe ser exigente, pues como todos tienen aspectos en los que deben trabajar y esforzarse y en donde no se debe transigir.

Pero, ¿discapacitados, para qué? Si sólo consideramos la capacidad para ser productivo socialemente y la autonomía personal reducida, nos habremos acercado probablemente a una definición que abarca a un gran número de estas personas. Pero no es menos cierto que, dentro de cada ser, también hay una identidad personal que quiere ser respetada, una búsqueda de felicidad, un afán por vivir tranquilo. Creemos que desde la diferencia estos anhelos son iguales al resto de personas. Deberíamos preguntarnos si todos no somos alguna vez "discapacitados" para resolver alguna situación o para vivir un determinado momento de nuestra vida.

Personalmente me apasiona la pureza de muchas de las actitudes de estas personas de las que hablamos ante la vida, sin máscaras ni tapujos. Cuando se enfadan se enfadan de verdad con todo su ser, pero cuando demuestran cariño también lo hacen de manera total. ¿No deberíamos aprender algo de todo ello?

Muchos pensarán que dadas sus limitaciones no pueden practicar Yoga, pero mi experiencia indica todo lo contrario. El Yoga es una actividad que se puede adaptar a un gran número de estas personas. Se trata entonces de dar recursos, técnicas, capacidades adaptadas para que, como cualquier persona, experimenten el bienestar de una sesión y puedan utilizar este autoconocimiento en la vida cotidiana. Es ofrecer una oportunidad para que puedan expresarse en toda su realidad.

El profesor de Yoga, más que nunca, se convierte en un observador-acompañante, que con respeto a las limitaciones de todo tipo, intenta escuchar y hacer que el camino sea lo más entendible posible, teniendo en cuenta que el objetivo último sea el crecimiento y la autonomía personal. Es una tare de mucha interacción, donde más que nunca y, ante las dificultades, se ha de adaptar el Yoga a cada realidad personal.

A la vez, también se intenta mantener una actitud de exigencia amorosa, pues muchos tienen grandes dificultades para mantenerse en la actitud de atención y presencia. Es importante convertirse en la conciencia amiga que les devuelve al trabajo. En la sesión se utiliza un lenguaje llano basado en lo más tangible y natural, en aquello que se puede palpar o de lo que todos tenemos alguna experiencia: animales, plantas,... La estructura postural se reduce a la mínima expresión buscando aquello más sencillo. Utilizamos el juego como un vehículo que nos permite el aprendizaje. Es el Yoga de la Simplicidad que resulta tremendamente bello.

No sólo las palabaras nos darán información del estado personal, en muchas ocasiones y dado las limitaciones personales de expresión verbal no podremos disponer de información verbal de primera mano. Es en ese momento donde el lenguaje gestual del cuerpo y la cara, y el conocimiento personal nos dará la pista de como se ha desarrollado la sesión.

Para finalizar pienso que acercar el mundo del Yoga a la disminución, supone un paso más en el proceso largo y dificultoso de la "integración" social de este colectivo que tiene muchas dificultades para "salir del armario" en el que durante años ha estado y es necesario aceptar a estas personas tal como son. Quiero acabar como empecé, aceptar la disminución en toda su realidad supone aceptar una parte social y tradicionalmente oscura de la humanidad, para romprer con la "normalidad". En toda persona capacitada existe una parte discapacitada que cuesta reconocer, y en toda persona discapacitada podemos encontrar un punto de totalidad y perfección digna de ser respetada. A todos nos hace falta reconocernos desde una actitud abierta y receptiva pues nos hace humildes y nos acerca a nosotros mismos.



Francisco Fabrega 

Francisco Fabrega es profesor de Yoga de la escuela Sâdhana. Psicólogo.

 
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