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Creo recordar que fue el escritor Javier Reverte quien afirmaba
que viajar era la mejor vacuna contra la xenofobia. Antes de llenar nuestras
maletas para viajar a otras culturas es necesario vaciarlas primero de
prejuicios y estereotipos, etnocentrismos, miedos e inseguridades. Hacernos
permeables a lo diferente, no ver lo extraño como una amenaza.
Viajar y amar: no tratar de imponer al otro nuestros ideas, aceptar la
posibilidad de que, tal vez, estemos equivocados. Pero también
huir de la exaltación de lo exótico, aprender a ser críticos:
con la intolerancia, con la injusticia. Con la pobreza y con el fanatismo.
Y, finalmente, pasar de las palabras a la acción: transformar la
crítica en solidaridad.
El viaje como aventura y como desafío, pero también como
necesidad. Necesidad de ir más allá de lo previsible, abrir
las puertas a lo inesperado. Dejar de lado los horarios programados y
las pensiones completas. Abrir nuestros estómagos y nuestros corazones.
Aguzar los sentidos. Aromas de incienso y hedores de pieles secadas al
sol. Tañidos de un laúd y estruendo de claxones. El cordero
y la miel y… justo al final, una almendra amarga. Aprender de una
vez por todas que la realidad está formada de opuestos que se necesitan
para poder existir.
Marruecos. Tierra de contrastes. Seducción de la historia y modernidad
arcaica. La libertad y el tabú. El lujo oriental y la desigualdad
social. Porque sólo desde ese espíritu abierto, tolerante
y curioso es posible acercarse a Marruecos. Porque sólo aceptando
el carácter dual de la realidad, es posible comprenderlo. Porque,
a pesar de todo, aún sabiendo que toda imagen fotográfica
tiene su negativo, conocerlo nos permite, todavía hoy en la era
de lo previsible, abrir las puertas a la emoción.
Las imágenes expuestas a continuación han sido realizadas
en la localidad marroquí de Xauen (Chefchaouen), en la cordillera
del Rif, y pretenden ser un pequeño homenaje a la hospitalidad
y sencillez de sus habitantes.
(Clica en ellas para verlas ampliadas)
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