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Violencia doméstica
 

Siglo y medio llevan luchando algunas mujeres por sus derechos y los de todas las demás. Esa lucha se estrenó con la cremación en una fábrica de un grupo de esas mujeres que pedían de forma pacífica ser consideradas seres humanos con los mismos derechos y responsabilidades que los de los otros miembros de su especie a los que la naturaleza dotó de un trocito más de piel. Cosas similares se han hecho por un poquito menos de pigmentación.

Hace algunos días se publicó en La Vanguardia (viernes, 4 Febrero 2000) que "las muertes por violencia doméstica aumentaron un 20% en 1999". Parece que el macabro ritual del patriarcado se está extendiendo.

Y en realidad, no se de qué nos sorprendemos. Nuestras abuela y aun las madres de muchas de nosotras (la que escribe esto ya no es una niña) tuvieron que pagar por ser desposadas la correspondiente dote. ¿Qué producto del mercado está tan devaluado que no sólo no cuesta dinero sino que te pagan por llevártelo? Hasta los esclavos tienen su precio.

La ceguera que produce el hecho de que un fenómeno esté integrado en la cultura dominante, nos impide ver que aún hoy en día existe una enorme "fuerza de trabajo" que no sólo no recibe salario por sus servicios, sino que, además, en multitud de ocasiones, ve restringida su libertad de movimientos y de decisión hasta límites impensables en una cultura que se autoproclama desarrollada, libre y democrática.
Si la democracia de un país se midiera por los individuos que la ejercen en su seno, me pregunto cuantos miembros de la civilizadísima Europa quedarían por debajo de las "repúblicas bananeras" tan detractadas por esos mismos países.

Pero estos hechos no se limitan al ámbito de la privacidad familiar. Para la mujer que ha decidido romper esos esquemas y salir al mundo, se abre un panorama de mayor conflictividad con su pareja, un porcentaje mucho más alto de divorcios y la vida en solitario. O sinó, la llamada "doble jornada" –¡Qué eufemismo llamar jornada al servicio sin sueldo y a tiempo completo!– Todo esto aliñado con una media de un 20% menos de sueldo por el mismo trabajo. Ya no hablemos de la odisea que supone, incluso para las más "progres" unidas a hombres igualmente "progres" el embarcarse en la aventura aun mayor de tener un hijo. ¿Hay alguien que se sorprenda del descenso de la natalidad?

En medio de toda esta situación ¿Es de extrañar que el año pasado 70 hombres –según datos de la Asociación de Mujeres Progresistas– haciendo uso de su derecho de propiedad decidan hacer efectiva la frase de "la maté porque era mía" eliminando a ese objeto que ha osado dar síntomas de autonomía? ¿Y nos parece raro que cientos de mujeres, asumido su rol de víctima propiciatoria –"me pega porque me quiere"– vuelvan una y otra vez al lado de maridos que las golpean hasta matarlas?
En los círculos feministas de aquellos tiempos dorados del antifranquismo y del antítodo, fantaseábamos con la posibilidad de una revolución silenciosa pero tajante: que las mujeres declaráramos la huelga de todas las huelgas y nos negáramos a tener hijos.

No me extrañaría que a alguien se le ocurriera interpretar nuestra casi nula procreación actual como la realización colectiva e inconsciente de esa huelga. Pero tranquilos, que aun nos quedan los inmigrantes para repoblarnos, para esclavizarlos y para matarlos. Si no que se lo pregunten a algunos agricultores del Maresme, o a esos grupos de ciudadanos "democráticos y desarrollados" de Terrasa, Madrid, Banyoles, Fuerte Ventura o el Ejido, y a los "servidores del orden estatal" que contemplan pasivos el espectáculo de "matar moros" cuando no lo hacen ellos mismos como en el caso de los legionarios de Melilla.

Y es que, España va bien, Europa mejor, y Occidente es la reserva espiritual del mundo.
 


Carmen Vázquez 
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