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Who died in Nineteen-Sixty-Five / More worthy of honours / than Lark, a cow
who gave to mankind / one-hundred-and-fifteen-thousand / litres of milk?

(¿Quién que muriera el mil novecientos sesenta y cinco merecería más honores que Lark,
una vaca / Que dio a la humanidad unos ciento quince mil litros de leche?)

W. H. Auden


Higiene oral: antisépticos, enjuagues, dentríficos con elíxir, pasta de dientes o gel dental. Pastas de dientes: anticaries, flúor, calcio, blanqueadora, polar, refrescante, antisarro, total, dientes sensibles, vitaminas o encías sanas. Anticaries: 50 mL, 75 mL o 100 mL. Comida para gatos: chow salmón-atún lata 100 grs, delicias pollo-hígado lata 85 grs, pollo granja lata 100 grs, pequeños placeres ternera más buey tarrina 100 grs, vital balance croquetas de pescado adulto bolsa 45º grs, gatitos pack 3x180 grs, y así.
Todo está repleto de productos apilados. Los envases exhiben el contenido y las propiedades más allá de lo que podría esperarse de cualquier otro objeto. En un rotulador y en cuatro lenguas: “Permanent dry safe lumocolor waterproof in most surfaces lightfast made in Germany Art. Nr. 318-9”. ¿No era en Macondo, en Cien años de soledad, cuando la amnesia, cuando escriben los nombres en cada cosa y para qué sirve?
Algunas veces es curioso como en el objeto se obvia su nombre común, sea “leche”, “lápiz” o “bombilla”. Una no sabe muy bien si es por lo evidente de su naturaleza, o si es que se trata de un híbrido o algo tan particular que ningún nombre común le calza o no le está legalmente permitido en el mercado.

Es abrumador. Y es mucho peor que cuando sí sabes lo que quieres pero no sabes cómo se llama y llegas, por ejemplo, a la ferretería y buenamente dices que quieres un cierre para una cadena de bolitas pero no para la cadena del váter o para el tapón del desagüe, sino para hacer un llavero. Y eso que ahora las arandelas, los cáncamos y los cebadores están a la vista. De todas maneras, por lo mismo que antes no podía remediar llamar a las aspirinas efervescentes “fosforescentes”, cuando ya casi lo tenía dominado –al menos en el momento decisivo de la compra-, me he tenido que pasar a las aspirinas masticables, que a su vez no puedo evitar llamar “hinchables”.

Ir a comprar es estresante. Además es desazonador: la pasta de dientes se acaba, el rotulador se consume, los yogures hasta caducan. Aunque decides serle fiel a determinada marca, más que nada por simplificar, en realidad pocas veces es posible comprar dos productos idénticos indefinidamente. Lo desdoblan en dos aromas o en dos gustos, lo hacen más concentrado, modifican la presentación, le añaden calcio o el enzima remoto de un pimiento transgénico de Maputo (Mozambique). De ésta mefistofélica manera, si algo te sienta mal o te produce alergia, nunca sabrás qué fue y por lo tanto el sospechoso o el culpable serás
principalmente tú. El factor sorpresa o el factor capricho forma parte de las estrategias comerciales. Así es que para satisfacer nuestras necesidades de cada día entraremos en un extraño juego de ilusión, como si compráramos algo que además de no saber a ciencia cierta qué es (por mucho que ponga “mermelada de tamarindo” y todo eso) ni siquiera lo necesitamos.

Sólo lo queremos. Lo que pretendo insinuar es que la intervención de la ilusión será muy impetuosa y exigente, pero que, simplemente, al tomar el producto en la mano y advertir lo poco que pesa (menos que espuma de mar), se nos va a caer el alma a los pies.

¿Qué tipo de necesidades cubren los lácteos evanescentes, las cremas saturadas de sabor y colores pelágicos, los telefonitos, los cigarrillos? Me pregunto si habrá alguien que se llevará el telefonito a la boca o el pitillo a la oreja de la misma manera que yo me hago un lío entre la tarjeta del metro y la de la caja de ahorros. Alguien podrá pensar que es normal que no tenga un móvil, si es que ya me sobrepasa manejar una tarjeta de metro y una tarjeta de la caja de
ahorros alternativamente, o ir a comprar aspirinas efervescentes o masticables, también alternativamente. No uso móvil por la misma razón que no uso suavizante: no lo necesito y encima es contaminante. El móvil, a bote pronto, demuestra ser muy útil en tres casos: 1) cuando se tiene un coche y te ha dejado en la cuneta u otras cosas atroces que pasan con los coches; 2) cuando no tienes coche pero desearías tener un coche, desarrollar ese individualismo que tenemos dentro, y a cambio tienes un móvil; y, 3) cuando hay un enfermo en la familia. También sirve ineludiblemente para decir frases como “estoy a punto de llegar al autobús” o “me llaman al fijo” y cosas del género que nunca antes se habían pronunciado ni oído. Eso sí: la lavadora es un cielo.


(c) Marta-R. Domínguez Senra 
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