Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


Invitación al viaje
 


Razones del partir
No todo es viaje. No cualquier desplazamiento es viajero. Vamos y venimos a muchos sitios, pero entre tantos movimientos, ¿a cuál llamamos viaje? ¿Al de más distancia, al de mayor costo? Hablaremos nada más que del auténtico viaje. Los motivos del partir se reúnen en uno. La sinrazón: hay una llamada inicial que parte ¿de...? La convicción es lo inexplicable para salir de viaje. “¿Por qué quieres viajar?”, le pregunta Gene Tierney a Tyron Power en la película El filo de la navaja, homónima de la novela de Somerset Maugham. “No lo sé, no me lo preguntes”, responde el galán. Y efectivamente, las razones auténticas del viajero genuino no están claras. Es una llamada venida desde más adentro, y a la cual, sin embargo, no se puede renunciar sin traicionar algo para lo que no tenemos nombre. Es un jalón súbito e intenso hacia un destino desconocido. Una apelación a cambiar lo sabido por la incertidumbre. No se huye, no se va a lo previsto. Se parte y ya está. No es un exilio o una migración, dolosas circunstancias que expresan la imposibilidad de tener un origen, de poder vivir en la tierra que a uno lo vio nacer. En un viaje de verdad se vive la propia tierra. Y entonces se marcha. Parece paradójico, pero el viajero auténtico es también el mejor amante de su propia tierra. Y tal vez sea eso, el amor, en el fondo, el que nos pide que viajemos.

Preparativos
Si nuestro destino fuera una meta determinada llevaríamos lo previsto. Pero tratándose del horizonte no podemos llevar equipajes que nos paralicen. El equipaje más apropiado será siempre aquel del que puedas deshacerte sin grandes dificultades. No servirán acá ropas que impidan la elasticidad que precisará tu cuerpo en encrucijadas y vericuetos. Ni tampoco riquezas que exijan que estés siempre buscando ocultos rincones, para que nadie sepa de ellas. Que lo que lleves sea para ofrendarlo, para, si cabe, ser todavía más ligero. Para que nunca te detengas, a pesar de que haya estaciones de paso más o menos duraderas, más o menos dificultosas. Que tu hogar en el camino invite al viaje: que no te retenga, que no te atrape.

La partida
Nunca se sabe si estamos preparados, pero la partida es siempre una decisión solitaria. No pidamos que nadie la comprenda. O se apoya incondicionalmente como amigo del alma o se evita asistir a la despedida. Por eso, para el que parte lo mejor es hacerlo cuando todos duermen. Despierto el viajero, éste espera la rayana del alba para empezar a caminar; nadie asiste a su partida. Luego, más tarde empezarán a echarlo de menos. Le reprocharán por qué lo hizo, buscarán ocultas razones culpables, pero nada será cierto porque no vieron el amanecer que se llevó al caminante. Si hubieran madrugado como él tal vez entenderían que en la decisión del viajar está también un secreto sólo cifrado por la presencia de un horizonte que no puede ser abarcado de una sola mirada. Hubiera bastado verlo camino de la aurora, en la que empieza a despuntar una luz aún incierta, para saber cuánta esperanza hay en ese viaje, para reconocer que en todo partir se halla oculta la necesidad de nacer de nuevo.

Arribo a Tierra Extraña
Cuando uno arriba a tierra extraña acontece una curiosa mezcla entre asombro y soledad. Lo que se nos presenta nos causa admiración, nos parece casi como una fotografía virtual de algo inaprensible y sorprendente. Quisiéramos hablar entusiasmados, azorados por la nueva visión; pero lo mejor es el silencio, la posibilidad de empezar a escuchar lo nuevo desde el filtro inédito de nuestro corazón silente. Pero hay que esperar. El alma tiene su tiempo. Y quisiéramos además que alguien nos explicara como a esos turistas que se contentan rápidos y ciertos con lo que su guía les cuenta. ¡Pero no!, hemos de resistirnos a las palabras y a la complicidad interesada. Afrontar que todo arribo a tierra extraña exige soledad y silencio, dos eses abruptas y difíciles para las que nadie nos ha preparado. Pero necesarias, si es que en esa tierra quiero hallar nuevas vidas, nuevas palabras.

Pruebas para el Olvido
Se podría dividir la Odisea de Homero en dos partes definidas: (1) las pruebas difíciles y arriesgadas que el hombre Ulises tiene que atravesar para demostrar su valía y su astucia, y (2) las señales de vida nueva que recibe. Las dificultades que tenemos que atravesar en todo viaje van produciendo a su vez sendos efectos, interesantes y mutuamente implicados. El primero es que cada prueba nos rompe viejos moldes del pasado. Nos somete a la necesidad de corregir variar costumbres aprendidas. Seguridades incuestionadas que poseíamos se vuelven precarias: hemos de dejarlas, renunciar a lo que en otro momento fue nuestra envoltura de certezas y entregarnos al nuevo orden reeditando nuestras maneras y ademanes reinventando nuestra presencia. Las pruebas nos cambian. Y eso nos va llevando poco a poco a la segunda de las consecuencias: el olvido de la vieja vida. ¿Cuántos recuerdos van quedando? ¿Qué pasó con la figura nítida de cierta persona? ¿Sus ojos, cómo eran? ¿Qué fue del nombre de aquel parque preferido? ¿Qué pasó con ese teléfono acerca del cual te prometiste no olvidar nunca? Las pruebas nos pierden y lloramos. Y es el momento crucial de todo viaje, porque de repente puede aparecer la nostalgia, que es el anhelo doloroso de regresar. Porque se quiere volver al refugio de la vieja madre, porque se teme perder los escasos recuerdos que ya quedan, porque si se sigue lejos seguramente acabaremos olvidándolo todo. Un falso movimiento en ese instante puede entonces echarlo todo a rodar, puede equivocar y hacer perder el valor del gesto inicial que dio lugar a esa andanza. Y no es tanto el dolor o la dificultad de la prueba lo que me aterra, sino la constatación horrible y punzante de que me estoy olvidando quien soy.

Señales para la Memoria
Sólo unos ojos olvidados pueden mirar lo nuevo. Sólo un ciego del pasado, como Edipo, puede mirar la vida naciente ante sus ojos. Por eso tenemos que olvidar. Porque en todo viaje hay secretos que no esperábamos, que no buscábamos, y que para saberlos debiéramos antes ignorar nuestra expectativa de riquezas. Eso había sido: olvidar para encontrar. Sufrir pruebas para desarrollar una nueva sensibilidad, una manera diferente de mirar las cosas. La segunda parte de la Odisea cuenta como Ulises estuvo cautivo de Calypso, no para sufrir atropellos sino para aprender el gozo de los detalles de la vida. Y es extraño, que pensando que el olvido terminaría con nuestra vida la comienza. Creíamos que dejando las máscaras nos quedaría el vacío de un muerto en sombras, y atreviéndonos a olvidar hemos recobrado la mirada. Ante nuestros ojos, de repente, han empezado a brotar las señales de la vida, que incluso los propios terruños que reciben al viajero no perciben. Y hemos aprendido los secretos de la belleza, tan dispersa y arruinada. Se difuminó la vieja Penélope, apareció Calypso.

El nostos: añoranza y regreso
¿Y ahora para qué regresar si tengo la felicidad? Pero curiosamente cuando se descubrieron los secretos de la nueva tierra, cuando se vio la cara oculta de la aventura, resulta que entonces empieza inesperadamente a retornar la memoria. Una nueva memoria, un recuerdo de lo dejado, envuelto en ternura y añoranza, sin rencores ni nostalgias, sin odio ni pasión. Sólo con cariño, con deseo de cercanía, con ganas de volver a dar tánto de lo que se ha aprendido. Te llenaste el corazón de novedad y quieres ir a devolverla a la tierra que te vio partir, como si eso fuera una misión recibida y no prevista. Ahora lo sabes: no hay viaje sin retorno. Y es por ello que se regresa con los ojos misericordes y el alma desprendida, con ansias de saber mirar y amar de nuevo. Y de portar lo sentido y aprendido a los que también en la lejanía te añoraron. No va a ser fácil: para muchos seguirás siendo el Gran Traidor. Pero para otros y otras serás ahora el Extraño; irreconocible en tus rasgos porque la tierra lejana te borró señas de identidad. Un desconocido y a la vez lo más cercano. Será difícil decirles que eres el mismo pero renovado, con vida que agradecer. Será raro, pero ante sus ojos estará por fin el viajero que un día lo dejó todo para aprender que sólo se ama desde la ignorancia.

Enemigos:
1) El exilio. Por pobreza y esclavitud, y por riqueza y prestigio. A) La falta de horizonte para algunas personas. B) La creencia de que afuera en Bolivia están las mejores Universidades, o que se puede invertir mejor.
2) El apego. Los linajes y los negocios. Cuando se parte además no se hace desligándose sino con dependencias.
3) Reciprocidad y nacionalismo. El hecho de la deuda.
4) El miedo al dolor. Existe un provincianismo: emigrantes que no se integran. Turismo o colonia de emigrantes: cerrazón. Miedo a la soledad.
5) La nostalgia: la añoranza del bienestar, la seducción del hedonismo, la seducción del pasado. La madre. Se vuelve odiando la aventura, pero cuando se llega ya nada es igual. La xenofobia: rencor.
6) La historia, el historicismo. Identificamos los hechos nuevos con categorías del pasado, o no podemos verlos porque necesariamente los filtramos con el pasado y no hay categorización para ello. Imposibilidad de Calypso. Nostalgia.
7) La seducción del placer. El riesgo de rechazar la propia identidad: el volverse un otro. Tantos emigrantes bolivianos que ya son estadounidenses o argentinos o españoles. No confían en su tierra, no tiene esperanza en el regreso. No existen facilitadores para el regreso: no se considera importante que vuelvan, sí que recaude hasta casi un 40 % de ingresos para el país por divisas enviadas desde el exterior.

José Ruiz 
Enviar correo

 

 
Ir hacia arriba
Revista
Autores
Números