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Absolutamente
todo lo que vivimos en nuestra realidad cotidiana tiene la característica
fundamental de que es transitorio. Esto es aparentemente contradictorio
con el impulso presente en todo ser humano de buscar la felicidad absoluta
y permanente. Todos anhelamos ese estado de paz, gozo y plenitud. Nuestra
vida no es sino una constante carrera a ciegas tras de ese estado. En
un vano intento, depositamos nuestras esperanzas en diferentes objetos:
La persona ideal con la que compartir nuestra vida, un trabajo o actividad
que nos haga sentir "realizados", conseguir prestigio, reconocimiento,
riqueza, poder; entregarnos a actividades filantrópicas y altruistas…
Sea como sea, ese estado anhelado nunca llega a lograrse por esas vías.
Si en alguna ocasión nos ha parecido que lo hemos alcanzado, más
tarde hemos tenido que vivir el doloroso proceso de perderlo. O nunca
llegó, o se ha eclipsado como un espejismo.
En algunas personas esta comprobación da paso a un sentimiento
de derrota y pesimismo y a la convicción de que ese estado de felicidad
anhelado es ilusorio. A partir de ahí, se entregan a una actitud
nihilista y una vida gris y rutinaria mientras intentan tapar con subterfugios
el vacío interior que se abre en ellos.
Otra respuesta es la de buscar refugio en la religión, pensar que
esta vida no es más que "un valle de lágrimas"
y esperar resignadamente a la muerte.
Existe también una vía más desesperada por la que
se intenta acallar ese vacío a través de todo tipo de estímulos
intensos para los sentidos.
Sin embargo, es posible que a lo largo de tu vida te hayas ido percatando
de que la plenitud, el gozo, la paz, no dependen tanto de lo que nos suceda
en el mundo, como de nuestra forma de estar ante las experiencias. Quizás
hayas vivido ya como en idénticas circunstancias las reacciones
y los estados que las acompañaban fueron diametralmente opuestos.
Seguro que recuerdas alguno de esos instantes de "gracia" en
los que sin necesidad de ninguna gratificación externa, ha surgido
un estado de felicidad absoluta. Incluso puede ser que hayas tenido la
experiencia de haber vivido situaciones de extrema dificultad y contemplar
con asombro como en medio del sufrimiento se habría en ti un oasis
de paz.
Es en esas circunstancias cuando nos damos cuenta de que la fuente de
donde mana eso que tanto anhelamos no se haya en parte alguna más
que en nuestro interior. Nada de este mundo nos puede dar la felicidad
pues la felicidad proviene de nosotros.
Es a partir del reconocimiento de este hecho cuando podemos iniciar el
camino para aprender a acceder a ese estado de plenitud, gozo y paz, e
ir incluso más allá hasta llegar a descubrir su origen.
Entonces habremos iniciado el recorrido hacia nuestra verdadera identidad;
hacia nuestro verdadero origen. Habremos iniciado la vía espiritual.
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