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De
la contemplación ajena,
del veredicto de los demás inmune,
la esperanza humana,
en carne de un humano esperanzado,
es un hacer confiado y soberano
del natural deseo,
de la determinación casi ciega,
de llegar a ese feliz puerto
que la propia nave escoja.
Y el mundo liberado de carga queda
al recibir la asistencia
de cada una de sus almas,
cuando en el mascarón de proa de sus naves
esa esperanza ondean.
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