|
Hace algunos años, en un encuentro habitual de sus cursos sobre
Eneagrama en Madrid, Claudio me sugirió la posibilidad de publicar
en Sin Fronteras los pasajes del libro The End of Patriarchy que
corresponden al bajorrelieve del Ave del Retorno, o El
Vuelo del Genio como también se ha llamado. Ilustraciones
que no se publicaron en su momento en la edición española
La agonía del patriarcado a cargo de la editorial Kairós.
Aunque las ilustraciones no son de excelente calidad, podemos decir que
son lo único que queda pues el bajorrelieve original de 7 metros
de extensión, construido en yeso, está desapareciendo.
Claudio Naranjo comentó la importancia de la obra de Tótila
Albert y su interés en dar a conocer esos 66 himnos que compuso
en 1943 El Tres Veces Nuestro.
A continuación comentamos una breve historia de la vida de Albert
y varios comentarios sobre el bajorrelieve extraídos de la edición
española (a la que agradecemos desde estas páginas), así
como el manifiesto Prólogo del que Claudio hace mención.
Arjuna Peragón
Un equilibrio de
tres amores

Auto-nacimiento. Tótila Albert
Transformado al regresar de profundos sentimientos vago por el mundo.
Aquel que bendice a sus padres se recrea a sí mismo en honda felicidad.
Tótila Albert
Mi interés
por la idea de que el patriarcado constituye la raíz del gran macroproblema
que tenemos planteado data de mediados de los años cincuenta, y
la fuente de mi inspiración es más antigua y poco conocida:
un chileno, que ya era consciente de lo crítico de esta situación
hace más de cincuenta años. Tótila Albert, nacido
en Chile, llegó a ser conocido como escultor en los años
que siguieron a la primera guerra mundial. Apodado por sus contemporáneos
en Berlín el Rodin alemán, puede ser considerado
como el mejor escultor que haya producido Chile, pero la concurrencia
de diferentes circunstancias le impidió llegar a ser conocido internacionalmente,
y hoy en día la mayor parte de su obra (originalmente en yeso)
ha sucumbido a los embates del tiempo.
A la edad de 37 años, tras la muerte de su padre, Albert sufrió
una muerte en vida que supuso un tránsito a un renacimiento, o
según su propia expresión a un auto-nacimiento.
Después de esto, abandonó la escultura para dedicarse a
la poesía, en lengua alemana, y contando con el apoyo financiero
de sus amigos en el Berlín de la preguerra, pudo integrarse íntegramente
a la escritura, convertida en adelante en eje central de su crecimiento
en el seno de una nueva vida. Más tarde, el día antes de
declararse la segunda guerra mundial (y cerrarse, consiguientemente, las
fronteras alemanas), abandonó Alemania para volver a Chile. Allí
se casó, cuando tenía 48 años, y volvió a
la escultura para poder sobrevivir, pero siguió también
escribiendo poesía. Alguna gente iba a aprender escultura con él,
sintiéndose curados en su compañía, pero principalmente
gustaba de hablar con las personas, en un deseo de despertarlas y sacarlas
de su adormecimiento patriarcal.
Tótila Albert no era un filósofo
en el sentido propio de la palabra. Si llegó a alcanzar una profunda
intuición política, no fue a través del pensamiento
discursivo, sino como resultado de un largo y dramático proceso
de desarrollo interior que, a mitad de su vida, como hemos dicho, le transformó
de escultor en místico y poeta. Una parte inicial de este proceso
consistió en atravesar una especie de alquimia interna, en la que
tras un mítico y muy real <descenso al mundo de las sombras>
(con ocasión de la muerte de su padre) pudo entrar en diálogo
con las imágenes internalizadas de su padre y de su madre, quedando
así curada la relación del pasado entre sus padres más
allá de su propio condicionamiento. (
). Más tarde
en su vida habría de señalar cómo nuestros padres
personales son al mismo tiempo obstáculos y vehículos potenciales
para conectarnos con nuestros padres universales. Puesto que
la muerte de su padre le había hecho sentirse como un árbol
incendiado repentinamente por un rayo herido por una muerte interior
que había de conducirle a una nueva vida, asimismo pensaba
que la muerte de quienes más amamos supone para todos una vía
que la vida nos pone por delante en el camino de nuestra espiritualización.
Creo que los historiadores de la cultura tienen motivos suficientes para
pensar que esto es así, ya que efectivamente la experiencia de
la muerte parece jugar un papel central en el surgimiento de las diferentes
religiones.
Durante 1938, en el Berlín de la preguerra, el shock de lo que
estaba ocurriendo en torno suyo hizo salir a Tótila de la torre
de marfil de su laboratorio poético y alquímico. En
ese año escribió tres cartas dirigidas a la
Madre, al Padre y al Hijo, pero no
a sus propios padres. Por Padre entendía el padre absoluto,
el principio paterno propio del imperialismo.
En Chile, en 1943 dio a luz una seie de 66 himnos con el título
Die Dreimal Unser (Lo tres veces nuestro, o simplemente Nuestra
trinidad), que contenían temas de poesía política
o de poesía místico-política, más propiamente,
y a los que, según recuerdo haberle oído decir, concebía
como affiches verbales destinados a atraer la atención
de la gente sobre los peligros de la obsolescencia del orden patriarcal
en que estamos inmersos.

"Ave del Retorno", también llamado
"El vuelo del Genio". Tótila Albert
Creo que la vasta obra poética
escrita en alemán de Tótila Albert, una vez se haya dado
a conocer, está llamada a ocupar un lugar entre los clásicos,
pero no quiero referirme ahora a su obra, sino a la experiencia que precipitó
su entrada en el camino: una experiencia de iniciación
espontánea con al que, al decir de él mismo en un escrito
autobiográfico, terminó su primera vida y comenzó
una vida nueva.
Muchos años después describió el artista esta experiencia
en un poema titulado Cuerpo Alado, que comienza así:
-¿Levantas, hijo, el vuelo?
-¡Sagradas voces!, creo que sí,
mi alma está en duelo
desde que os perdí.
Era la sombra del vacío
súbitamente todo lo mío.
De par en par abrió el dolor
el cuerpo mismo.
Tornó afuera el interior,
y con la fuerza del sonido
brotaron alas del abismo.
De mí, en vuelo suspendido ,
nacía fiel y reposada
en sí
la trinidad alada,
y con la vista elevada
os ví
volar conmigo a la nada.
y eso es todo lo que sé
porqué de todo me acordé,
altivo padre que señalas
más alto aún que nuestras alas,
amada madre que tan sería
señalas hacia la materia.
Y entendí que era yo
a quien tu mano señalaba
en la visión que así volaba.
Tan cerca estuve de morir
que atravesé mi vida,
de ida y venida,
y pude reconstruir
la constelación humana:
a través del sol, en nuestro padre,
y de la noche, en nuestra madre,
llegar al Yo, que solo emana.
La experiencia con la que comenzó
su vuelo chamánico (y su liberación de la mente ordinaria,
podríamos decir) tuvo un fuerte componente físico. Abrió
el dolor al cuerpo mismo hace referencia a la sensación de
que su cuerpo se separa por la espalda en dos mitades, desde la cabeza
a los pies. La apertura del cuerpo es un tema común en los relatos
de iniciaciones chamánicas, y tengo certeza de que Tótila
Albert no conocía la literatura al respecto. Alude asimismo el
poema a la sensación, también familiar a los conocedores
del chamanismo, de que el interior del cuerpo se volcaba hacia afuera,
y al decir que brotaron alas al abismo no sólo se refiere
metamórficamente al proceso espiritual por el cual la caída
a la propia profundidad se torna en elevación, sino a una vivencia
física de transformación en ave de rapiña.
En el bajorrelieve (figura 2, Ave del Retorno) con el que
he ilustrado en el primer capítulo del libro (Agonía del
Patriarcado) la trinidad interior de madre-padre-hijo, el escultor tradujo
la vivencia de transformación en la de un cóndor que porta
al hijo entre sus garras. Sin embargo, la vivencia física a la
que me refiero se corresponde con la experiencia general de los chamanes
siberianos que, en el curso de su primera iniciación, se sienten
transformados en águilas y pasan a considerarse descendientes de
un chamán original águila. (
)
Resulta sugerente la invitación de Tótila a hablar en su
manifiesto de amores, en plural: cualidades o formas primordiales del
amor. El amor paterno se orienta a lo celestial, al mundo
de los principios, las ideas y los ideales. El amor materno se orienta
a la naturaleza y hacia lo individual, y no atiene a méritos, sino
a necesidades. Por otra parte, el amor filial (tan patologizado en nuestra
época, al ser interrumpido y reemplazado el vínculo amoroso
hacia los padres por un vínculo de resentimiento y de dependencia
idealizada) se caracteriza por un actitud agradecida de receptividad y
respeto.
Llevando aún más lejos este pensamiento, podemos decir que
el amor intrapsíquico entre los principios Padre, Madre e Hijo
es necesario para que pueda haber armonía en la familia humana,
así como entre los valores paternos, maternos y filiales de nuestra
cultura. Esta es la idea que expresaba un bajorrelieve realizado por Tótila
en la fachada de un edificio público en Santiago de Chile, y que
existió hasta hace poco, antes de ser destruido por las autoridades
hacia las postrimerías de la dictadura militar en los 80. En él
lo paterno y lo materno venían representados por dos alas que,
con su polaridad, permitían a una figura central volar hacia adelante.
Más concretamente, en el relieve, sobre las alas de un cóndor
la figura del Hijo apunta hacia adelante, mientras que a su lado, a la
izquierda, la Madre apunta hacia abajo y, a la derecha, la figura del
Padre lo hace hacia arriba. Digamos que si la condición ordinaria
del ser humano es quedar fijado a un estado infantil en el que regresivamente
mantiene una relación de necesidad y ambivalencia frente a los
padres de su infancia, el niño sano que reside potencialmente en
el interior de todos nosotros puede, a través de su amor hacia
su padre y su madre internos, apropiarse de las cualidades del amor paterno
y del amor materno, integrando así el amor al cielo con el amor
a la tierra, el amor a la sabiduría y el amor a la naturaleza,
el amor a la divina transcendencia y el amor a la inmanencia divina.
Claudio Naranjo

La Tierra. Tótila Albert
Prólogo
Buscando la causa de la falta de unidad entre los seres humanos
y de la gran confusión en que se encuentra sumida la mayor parte
de la humanidad, se critica como culpables a la Iglesia y al Estado, pero
nunca se da el último paso: trasladar la responsabilidad al creador
de tales instituciones, quien haciendo uso del poder se ha dado a sí
mismo valor absoluto y se ha arrogado el derecho de vida o muerte sobre
la familia, considerándola de su propiedad y apoderándose
de sus bienes. Hora es de que no nos ocupemos solamente de los síntomas
sino de la enfermedad como tal, reconociendo en el patriarcado el origen
de nuestras imperfecciones y de la artificialidad de nuestra forma de
vida.

|