Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


Tariqat
 



“Tariqat es salir del lugar seguro que proporciona la existencia ordinaria para ir a la extraña existencia de la búsqueda. Significa abandonar el proyecto privado, es decir, la familia como sentido de la vida. (…) Tariqat significa abandonar el proyecto público que es la sociedad y sus promesas de recompensa futura, a cambio de esclavizarse a ella. (…) Significa abandonar el proyecto autobiográfico de fama y realización, pues el yo se ha convertido en un enemigo para el buscador.”
Fragmento de “Los Cien Pasos” de Shayj Abdalqadir y As-Sufi Al-Murabit (Ed. Kutubia, 1994)

 
Tenía esas pupilas deslumbradas por la contemplación de la luz sin color de Dios. Su mirada estaba fija, desbordada de presencia, sin los filtros borrosos de las ensoñaciones humanas. De sus ojos se derramaba una claridad que, sin ser fría, carecía de temperatura alguna, pues su espíritu no estaba impregnado ni por el frio húmedo del sufrimiento ni tampoco por la calidez del gozo o la alegría.

El Angel lo miró fijamente a los ojos. Con esa mirada clavada en su rostro y sin mediar palabra, no era ese su designio, sopló sobre su cara un aliento blanco, presentimiento de espacios amplios hasta el infinito, donde el tiempo ha quedado detenido y sólo el silencio reina en todos los resquicios.

Cuando ese leve contacto tocó su piel, el aura refulgente del ser puro se desvaneció como si jamás hubiese existido. Simultáneamente, él sintió que, a pesar de estar de pie y en movimiento, despertaba de un larguísimo sueño. Miró a su alrededor y se sobrecogió pues el paisaje tan conocido se había tornado nuevo, como si jamás antes lo hubiese visto. Por primera vez descubrió la mansa ondulación de las montañas y la vida vibrante de los árboles, la intensidad sin fondo del azul del cielo y el caramelo líquido de la luz del mundo.

Y vio también que ese mundo era hermoso, y observó, con un sobresalto aún mayor, que por primera vez se daba cuenta de que él existía.

De sus labios surgió una única exclamación: ¡Soy yo! Y se reconoció tan profundamente que supo como durante tiempo y tiempo se había tenido olvidado y que por fin de nuevo se reencotraba con la misma emoción de aquel que ha estado largo tiempo fuera y ha vuelto.

Y tornó a mirarse con esa mirada interna recién estrenada y supo con toda certeza que él siempre había existido y ese cuerpo, ahora extraño, era simplemente un albergue temporal que dejaría atrás en algún momento, como quien deja un cascarón vacío. Y sintió que él, como el soplo del Ángel, también estaba hecho de pura eternidad y espacio infinito. Y si se escuchaba atentamente, podía oir el eco del hondo silencio que le traía retazos de nostalgia y anhelo.
Miró de nuevo ese mundo hermoso donde ahora se sentía extranjero. “Estoy aquí” se dijo; y de nuevo eso fue un descubrimiento y un sobresalto.

Movido por un viejo resorte, buscó en su corazón el temor producido por estos extraños acontecimientos, más lo halló tranquilo y supo que nada podía ahora dañarlo. Creyó que al conocer eso podría alegrarse, más la alegría ya no era parte de su substancia, como tampoco lo fuera el miedo antes buscado. Entendió que ya nunca lo moverían a la deriva ni el rechazo ni el deseo, ni ningún otro sentimiento humano. Como escoria, todo aquello había quedado abrasado, hecho cenizas por el incandescente aliento del Angel, permaneciendo sólo una brillante veta de quietud y silencio.

Se percibió transparente como la atmósfera que lo rodeaba. No sabía quien era, de donde había venido, ni por qué se encontraba en este mundo extraño. Nada importaba. Todo había quedado arrasado y de todo se había desprendido como de un ato de ropa vieja.

No supo cuanto tiempo había transcurrido. En él ahora todo estaba inmóvil y su reloj interno detenido. Con enorme pereza, lenta, lentamente, se fue girando, dando la espalda a las montañas azuladas, los árboles verde y plata, y ese cielo cobalto en el que el Angel se había fundido. Como si hubiese olvidado la forma de usar su cuerpo, ahora pesado y torpe, fue dando inicio al camino de regreso. Primero un paso, otro paso luego.

Delante de él, la casa, las luces encendidas en las ventanas, el murmullo de los seres a los que ya nunca podría mirar desde el mismo sitio de antes. En su interior, la certeza de un nuevo comienzo, del inicio de otro retorno más profundo, de un sendero abierto a la Búsqueda.
 

Carmen Vázquez 
Enviar correo

 

 
Ir hacia arriba
Revista
Autores
Números