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| Tariqat |
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El Angel lo miró fijamente a los ojos. Con
esa mirada clavada en su rostro y sin mediar palabra, no era ese su designio,
sopló sobre su cara un aliento blanco, presentimiento de espacios
amplios hasta el infinito, donde el tiempo ha quedado detenido y sólo
el silencio reina en todos los resquicios. Cuando ese leve contacto tocó su piel, el
aura refulgente del ser puro se desvaneció como si jamás
hubiese existido. Simultáneamente, él sintió que,
a pesar de estar de pie y en movimiento, despertaba de un larguísimo
sueño. Miró a su alrededor y se sobrecogió pues el
paisaje tan conocido se había tornado nuevo, como si jamás
antes lo hubiese visto. Por primera vez descubrió la mansa ondulación
de las montañas y la vida vibrante de los árboles, la intensidad
sin fondo del azul del cielo y el caramelo líquido de la luz del
mundo. Y vio también que ese mundo era hermoso,
y observó, con un sobresalto aún mayor, que por primera
vez se daba cuenta de que él existía. De sus labios surgió una única exclamación:
¡Soy yo! Y se reconoció tan profundamente que supo como durante
tiempo y tiempo se había tenido olvidado y que por fin de nuevo
se reencotraba con la misma emoción de aquel que ha estado largo
tiempo fuera y ha vuelto. Y tornó a mirarse con esa mirada interna
recién estrenada y supo con toda certeza que él siempre
había existido y ese cuerpo, ahora extraño, era simplemente
un albergue temporal que dejaría atrás en algún momento,
como quien deja un cascarón vacío. Y sintió que él,
como el soplo del Ángel, también estaba hecho de pura eternidad
y espacio infinito. Y si se escuchaba atentamente, podía oir el
eco del hondo silencio que le traía retazos de nostalgia y anhelo. Movido por un viejo resorte, buscó en su
corazón el temor producido por estos extraños acontecimientos,
más lo halló tranquilo y supo que nada podía ahora
dañarlo. Creyó que al conocer eso podría alegrarse,
más la alegría ya no era parte de su substancia, como tampoco
lo fuera el miedo antes buscado. Entendió que ya nunca lo moverían
a la deriva ni el rechazo ni el deseo, ni ningún otro sentimiento
humano. Como escoria, todo aquello había quedado abrasado, hecho
cenizas por el incandescente aliento del Angel, permaneciendo sólo
una brillante veta de quietud y silencio. Se percibió transparente como la atmósfera
que lo rodeaba. No sabía quien era, de donde había venido,
ni por qué se encontraba en este mundo extraño. Nada importaba.
Todo había quedado arrasado y de todo se había desprendido
como de un ato de ropa vieja. No supo cuanto tiempo había transcurrido.
En él ahora todo estaba inmóvil y su reloj interno detenido.
Con enorme pereza, lenta, lentamente, se fue girando, dando la espalda
a las montañas azuladas, los árboles verde y plata, y ese
cielo cobalto en el que el Angel se había fundido. Como si hubiese
olvidado la forma de usar su cuerpo, ahora pesado y torpe, fue dando inicio
al camino de regreso. Primero un paso, otro paso luego. Delante de él, la casa, las luces encendidas
en las ventanas, el murmullo de los seres a los que ya nunca podría
mirar desde el mismo sitio de antes. En su interior, la certeza de un
nuevo comienzo, del inicio de otro retorno más profundo, de un
sendero abierto a la Búsqueda. |
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Carmen Vázquez |
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