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Reflexiones sobre la enseñanza
Cuando decidimos ser profesores...



N
o pretendo en este apartado decir cómo debe ser el profesor ideal o cómo se debe estructurar o no una clase... Creo que además de depender del grupo, depende sobretodo de la persona que enseña y de cómo está viviendo él mismo su práctica con el tai chi.

Me gustaría más bien compartir las diferentes etapas por las que vamos caminando una parte de los que estamos enseñando. Puede que alguna de estas etapas sólo la atravesemos una vez, pero hay otras que van y vienen dándonos la oportunidad de mejorar como “enseñantes” de este arte.

Cuando tenemos el primer contacto con el tai chi, algunos nos quedamos cautivados por él; además de los beneficios inmediatos de relajación y calma, se trata de algo exótico, estético y muy atractivo; y “es bueno para la salud...”. Puede que incluso con una corta experiencia, y más si la imagen que nos hacemos de nuestro propio profesor nos seduce, queramos convertirnos en profesores. Deseamos librarnos de nuestro cotidiano y aburrido trabajo, y cambiar de rumbo nuestras vidas hacia “algo” que intuimos “mejor”. Hay muchas expectativas y objetivos cuando nos decidimos por fin a dar el paso.
Quizás en este primer momento tengamos tanta ansiedad a la hora de ponernos frente a un grupo, que en poco tiempo transmitimos todo lo que sabemos y nos sentimos sin más herramientas... como desnudos (sin embargo, no nos damos cuenta de que los alumnos no se están enterando de nada; son demasiadas cosas a la vez, necesitan un ritmo más pausado para poder ir integrando lo que van aprendiendo). Esta ansiedad de enseñar demasiadas cosas en poco tiempo podría darse porque sentimos necesidad de demostrar que somos buenos profesores y sabemos mucho (haciendo cada día ejercicios diferentes y complicados), puede incluso que todo esto sea inconsciente, pero nos demuestra que todavía somos muy inexpertos no sólo en la enseñanza, sino también en el tai chi. Seguramente nuestro profesor nos hacía repetir mil veces el mismo ejercicio...
Creo que lo importante en este momento es no dejar de ser alumno, mantener la “actitud del principiante”; podremos comprender mejor a nuestros alumnos (ya que nosotros mismos seremos alumnos) y seguiremos adquiriendo conocimientos de diferentes profesores.
Enseguida llegamos a una segunda etapa en la que nos damos cuenta de que no es tan fácil enseñar tai chi, que la mayoría de nuestros alumnos tienen mucha dificultad para reproducir y memorizar nuestros movimientos (sobretodo en Occidente, donde existe muy poca conciencia corporal, y aún menos si es con movimiento...). Muchas veces debemos “inventarnos” ejercicios para ayudar a comprender después otro que era el original. Es una etapa muy creativa y enriquecedora, sobretodo si la compartimos con otros profesores de tai chi. Si no se da esta etapa podríamos sentir frustración al no poder llegar al alumno, y decidir dejar la enseñanza.
[La frustración no es exclusiva del profesor. Muchas veces vemos que algunos alumnos se frustran porque llevan un tiempo practicando y sienten que no evolucionan. También puede frustrarse un alumno con buenas cualidades y mucha prisa por aprender cuando el ritmo del grupo es muy lento para él. Pienso que debemos estar muy atentos a qué es lo que estamos presentando como importante a la hora de transmitir el tai chi, y saber hacer ver al alumno que mucho más importante que hacer bien un movimiento, una técnica, un combate... son los beneficios que experimenta no sólo en su cuerpo sino también en su vida. Quizás en este momento nos damos cuenta de que la técnica, aunque es importante, podría quedarse en algo muy limitado si no somos capaces de ver lo que hay detrás de ella].

Una etapa también muy creativa e interactiva es cuando lejos de sentirnos superiores a los alumnos, estamos abiertos y escuchamos lo que ellos mismos van descubriendo... Es el momento en que podremos aprender mucho de ellos, completándose un poco más nuestra comprehensión del tai chi; algunas de sus preguntas nunca se nos habían ocurrido (incluso a veces no las sabemos responder), esto nos hará seguir buscando y descubriendo cosas nuevas. Si nuestra posición de profesor no nos permite escuchar, perderemos una buena oportunidad de enriquecernos como profesores, practicantes y lo que es más importante, como personas.
Puede llegar un momento en el que nos damos cuenta de que solamente un porcentaje bajo de nuestros alumnos quiere practicar seriamente tai chi, sólo algunos quieren profundizar en su práctica, intensificándola e integrándola en el día a día. La mayor parte del grupo se lo toma como algo que le ayuda en su dolor de espalda, a eliminar la tensión acumulada durante el día, a relacionarse con gente... Aquí debemos saber si nuestra intención al enseñar es conseguir que nuestros alumnos sean constantes y aplicados para ser buenos en la forma, empuje, combate... o simplemente ayudar a la gente a que sea más consciente de su cuerpo, su corazón y su mente; es decir, ayudar a que la gente pueda vivir un poco mejor. Si nuestro objetivo es que sean impecables como practicantes de tai chi, tomando para ello un compromiso con su práctica, podemos caer otra vez en la frustración a no ser que nuestro grupo de alumnos sea de “alumnos distinguidos”, lo que además es poco probable. Si por el contrario vemos el tai chi como un instrumento para vivir mejor y de manera más consciente la vida, el abanico de posibilidades es mucho más rico. Aunque nuestra práctica diaria sea mucho más exigente, nuestras clases pueden ser adaptadas al grupo que tenemos delante, sin que ello frene la posibilidad de avance en los alumnos con más cualidades y con expectativas de profundizar en la práctica.
En este momento, si no antes, desaparecerá la necesidad de enseñar demasiado rápido o de demostrar todo lo que sabemos, ya que lo principal para nosotros será que el alumno comprenda e integre en su cuerpo, su corazón y su mente, la idea del tai chi: conectar con uno mismo y con los demás.

A veces nos encontramos dando una clase con pocas ganas porque estamos cansados o preocupados por algo, a lo mejor estamos pasando un mal momento en nuestra vida... Quizás uno de los aspectos del “arte de enseñar” es la capacidad de entrar en otro nivel al comenzar la clase; nivel en el que las preocupaciones de uno mismo pasan a un segundo plano y podemos entregarnos a los alumnos más fácilmente. Me parece importante que tanto los que somos profesores como alumnos podamos “disfrutar” con la práctica del tai chi; creo que la alegría y el humor del profesor así como el utilizar el juego en determinados momentos de la clase puede ayudar en el estímulo del alumno. Al decir disfrutar me quiero referir tanto a lo agradable como a lo desagradable; a vivir todo lo que podamos cada momento de nuestra enseñanza...

A medida que nuestra práctica se hace más profunda, comenzamos a integrar en nosotros mismos aspectos que habíamos entendido a un nivel superficial (sobretodo mental y por imitación). Descubrimos que nuestro cuerpo y nuestro corazón comienzan también a comprehender... Seguramente nos sentimos mucho más relajados al enseñar, es la diferencia entre “tener fe” y “dar fe”. Conforme esta integración se va dando, aspectos que hasta entonces eran difíciles de transmitir se vuelven más sencillos, porque ahora podemos “dar fe” de ellos. Nuestra enseñanza es entonces más profunda, nuestra escucha mayor y podemos llegar de verdad a la gente durante la clase.

Seguramente hay momentos en los que en nuestra continua formación con otros profesores descubrimos algo nuevo que puede estar en contradicción con lo que creíamos hasta entonces, y por supuesto, con lo que estamos enseñando... Aparece en nosotros entonces un rechazo a cambiar lo que creíamos acertado y a reconocer delante de nuestros alumnos que estábamos “equivocados”. Si conseguimos dar este paso sería un buen acto de humildad: hacemos ver a los que aprenden con nosotros que seguimos aprendiendo e investigando, que no tenemos todo aprehendido e integrado... aunque a nuestro ego no le guste esto, evitaremos así que los alumnos puedan proyectar sobre nosotros una figura, la del maestro, que no es verdadera. Deberíamos evitar proyectar esta imagen en la que damos a entender que ya sabemos todo y lo que enseñamos es inamovible. Estar dispuesto al cambio es estar dispuesto a aprehender, a evolucionar, a crecer. No creo que el tai chi sea algo terminado, sino en continua evolución.
Los alumnos también pueden expresar una resistencia a cambiar lo que habían aceptado como “bueno”; en este caso no deberíamos intentar convencerles de nada sino dar las herramientas o ejercicios para que lo puedan investigar y llegar a alguna conclusión por ellos mismos; cada uno de ellos necesitará más o menos tiempo dependiendo de la conexión o conciencia que tenga de si mismo así como de su resistencia al cambio (si es que al final debe cambiar algo).

Otras veces podemos encontrarnos con un alumno solicitándonos consejo, ayuda... sobre algo que va más allá de lo que intentamos enseñar y sobre lo que quizás no estamos preparados. En estos casos, creo que lo mejor es saberle derivar a la persona más adecuada en cada caso; sin dejar por ello de ofrecerle un espacio para que pueda expresar y compartir su momento. Hemos de ser conscientes del poder que nos da el alumno por el hecho de ser su profesor(-a); es como si se pusiera en nuestras manos. Para algunos alumnos somos a la vez profesores, padres-madres, fisioterapeutas, psicoterapeutas... incluso sacerdotes. De la propia auto-conciencia y honestidad en cada uno de nosotros surgirá el acertado o no acertado actuar cuando se dé el caso; es importante que como profesores sepamos dónde están nuestros límites como enseñante, padre-madre...

Hay momentos mágicos cuando enseñamos en los que no tenemos que hacer ningún esfuerzo a la hora de dirigir la clase, da la sensación de que se está haciendo sola; son los instantes en los cuales nos podemos vaciar. Lo que debemos hacer viene a nosotros y sale de nosotros sin que pueda intervenir nuestro ego, sin contaminarlo con nuestras creencias y prejuicios. Creo que el “arte” en la enseñanza podría ser este “estar sin estar”...

Existe un riesgo, sobretodo cuando tenemos éxito como profesores, de creer que estamos desarrollando un modelo único de enseñanza (incluso de creer que es el mejor modelo). Si caemos en esta tentación (que suele estar animada por nuestros propios alumnos) perderemos la capacidad de autocrítica de nuestra propia enseñanza y de escucha de la experiencia de otros profesores, a los que consideraremos incapaces de aportarnos algo para mejorar lo “inmejorable”... Mi opinión es que mejor que intentar crear un modelo o una escuela que nos haga ser admirados y de alguna manera inmortales, es sentirse un vehículo a través del cual podemos ayudar a los demás.

Me gustaría también señalar algo que creo debemos tener muy en cuenta cuando decidimos ser profesores, y es animar al alumno a probar, experimentar y cuestionar lo que le vamos enseñando; a investigar y a descubrir por su cuenta. No debemos convertirles en “robots” que repitan lo que hacemos; privándoles así de toda libertad para descubrir por ellos mismos en qué consiste el entrenamiento. Su tai chi sería una imitación, una idea, una fotocopia... algo incompleto; algo no “vivido”.
De la misma manera deberíamos poner atención para no caer en la tentación de intentar hacer que el alumno adopte la misma visión que tenemos nosotros del tai chi. Si nos descuidamos, podemos transmitirle también nuestros propios miedos y dudas sobre la práctica. Todo ésto son síntomas de que nos estamos dejando llevar por nuestro ego, inseguro y necesitado de “aliados”, reafirmándonos así en nuestro punto de vista y objetivos personales. Es mejor soltar las expectativas que solemos proyectar sobre nuestros alumnos, y estar dispuesto a respetar las expectativas del propio alumno, a pesar de que no coincidan con las nuestras (tiene todo el derecho de decidir en qué le puede ayudar el tai chi en su vida...). Si no es así podríamos convertir nuestra enseñanza en un tipo de “dictadura”, y perderíamos toda posibilidad de seguir evolucionando y madurando como personas, tanto nosotros como nuestros alumnos.

Por último debemos hablar sobre un tema que no podemos obviar: el económico. La situación es muy diferente si dependemos totalmente de las clases de tai chi para vivir o si tenemos algún otro trabajo que nos dé la seguridad económica. En el primer caso, puede convertirse en un problema u obstáculo influyendo así en los contenidos o en el modo de transmisión del arte. Nuestra mente está demasiado preocupada por el aspecto económico, pendiente constantemente de cuántos alumnos tenemos en cada grupo y cuánto dinero ganaremos por ello... perdiendo así la capacidad de emplearnos a fondo en la transmisión y haciendo que nuestra enseñanza sea incompleta. Me refiero a que por miedo a perder alumnos puede que eliminemos de nuestra enseñanza parte del entrenamiento; como por ejemplo el especto marcial de la práctica ante alumnos de edad avanzada o el aspecto más meditativo del tai chi con alumnos más jóvenes o que intuimos escépticos con estos temas. El arte está en poder adaptar las diferentes partes del entrenamiento a cada grupo, a cada alumno, independientemente de sus características. No deberíamos privar a la gente mayor de ejercicios con una connotación marcial ni a la gente más joven del aspecto meditativo en la práctica. Nuestra experiencia y habilidad como “enseñantes” debería hacernos encontrar las claves para que cualquier alumno entienda la necesidad de cada una de las partes integrantes de la práctica del tai chi, así como los beneficios que le pueden aportar; a pesar de que alguna de dichas partes no le proporcionen tanto placer o disfrute como las otras. Por supuesto esta habilidad será mayor cuanta mayor sea la experiencia del profesor en cada uno de los aspectos del entrenamiento; siendo muy importante la palabra y la manera en que se presenta el ejercicio.
Algo en lo que también puede influir el depender exclusivamente de las clases que se imparten es que quizás hay que dirigir muchas clases semanales y en diferentes lugares. Esto hace que nos agotemos en exceso tendiendo a repetir el contenido de las clases en un lugar y otro, sin escuchar por tanto las necesidades de cada grupo, y con el riesgo a la larga de aburrirnos y frustrarnos como profesores decidiendo abandonar la enseñanza.
Creo que el tener confianza en que siempre habrá alumnos que dejarán de venir y alumnos nuevos que aparecerán puede ayudar a no bloquearnos con este aspecto y a poder ser honestos con la enseñanza. De todas formas, cada persona es muy diferente con lo que respecta a la seguridad laboral y económica, por lo que mi opinión es que si uno sufre con este tema, su angustia podría desaparecer combinando las clases de tai chi con otro trabajo que le aporte esa seguridad.

 

Juanolo
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