Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


El silencio y la atención creadora en Simone Weil

 


Estamos en este espacio abriendo un tiempo y un lugar para una reflexión sobre el trabajo de hacer paz. Y desde ese planteamiento a mí me ha parecido importante aportar un pensamiento de Simone Weil sobre el silencio y la atención creadora en esta filósofa, pensadora y mística francesa que tengo el grato placer y la compleja labor de poner en contacto con ustedes. Espero cumplir tan noble tarea.

Mi esquema de reflexión va a trabajar distintos flashes. Mi manera de pensar y de comunicar se mueve en una reflexión que es como la vida misma, va haciendo. A mí me cuesta congelar y el conocimiento que pretende congelar desde una razón bastante matemática y cartesiana, es un conocimiento que abarca una parte de lo real. De la mano de mi experiencia de mujer, mi experiencia en relación con mujeres, del presente y del pasado, y mi experiencia en relación de madre, a mi manera por supuesto como cada mujer lo hace, me ha enseñado también que hay otra parte de la realidad, que es la vida que esas disciplinas cartesianas a veces olvidan. Y en esa vida también está el misterio y también está lo trascendente y desde ahí quiero reflexionar. Por lo tanto hablaré un poco de qué es la paz, qué entiendo yo por la paz, perfilarla en el tiempo, en los contextos y a partir de ahí hablar de la atención creadora y el silencio de la que habla Simone Weil y vincularla con ese trabajo de hacer paz.

Quiero en primer lugar invitar y traer aquí a Simone Weil, para que abra esta reflexión. En una carta que ella le dirige a Antonio Atarés, en junio de 1941, Simone Weil dice:
Te agradezco que me hayas hablado de tu vida cotidiana. ¿Echas de menos aún los pájaros del Pirineo? Yo no sé si el silencio no es más hermoso que todos los cantos. En un amplio paisaje, cuando el sol se pone o cuando amanece, no hay armonía más completa que el silencio. Incluso si los hombres hablan y hacen ruido alrededor, se oye el silencio que planea por encima y se extiende tan lejos como el cielo. Soy feliz de que tengas agua pura, el agua pura es algo bello. En África las noches deben ser muy claras y llenas de estrellas. ¿Las miras mucho?, ¿las conoces? Platón decía que la vista es verdaderamente valiosa porque nos hace conocer las estrellas, los planetas, la luna, el sol. Por mi parte me avergüenza decir que apenas conozco las constelaciones y sus nombres. Hace algunos meses me procuré un planisferio para acabar con mi ignorancia, pero no lo estudié porque pensé después que no necesitaba libros para mirar el cielo y que mirándolo a menudo y durante mucho tiempo puedo llegar a reconocer sin ayuda los grupos de estrellas y el movimiento del cielo como los pastores que inventaron la astronomía hace miles de años. No hay mayor gozo para mí que mirar el cielo una noche clara, con una atención tan concentrada que todos los demás pensamientos desaparecen. Entonces se diría que las estrellas entran en el alma.

En Echar raíces dice lo siguiente:
Mientras el hombre soporta tener el alma llena de sus propios pensamientos, de sus ideas personales, está enteramente sometido hasta en sus más íntimos pensamientos a la coerción de las necesidades y al juego mecánico de la fuerza. Y yerra si cree que es de otro modo, pero todo cambia cuando en virtud de una atención auténtica vacía su alma para dejar que entren en ella los pensamientos de la sabiduría eterna. Entonces lleva en si misma las mismas ideas a las que está sometida la fuerza.

Ahora me gustaría presentar, para quien conozca un poco o no conozca, a Simone Weil.
Simone Weil, judía, nacida en Francia, de familia burguesa, tiene una formación filosófica y toda su obra está muy vinculada a su vida. La exigencia que Simone Weil tiene ante la vida es colocarse en el centro de los acontecimientos de su época y, sobre todo, vivirlos, que quiere decir colocarse en la experiencia en primera persona. Por lo tanto, a ella le toca vivir la II Guerra Mundial, le toca vivir la guerra de España y, ante estos acontecimientos, decide en primer lugar, dado que quiere conocer los orígenes de la opresión obrera, dejar su puesto de profesora de filosofía, y trabajar un año como obrera en la Renault y vive en primera persona la experiencia de la esclavitud y de los ritmos agotadores del trabajo obrero de aquellos tiempos, que la marcarán de por vida.

Viene a España y propone conformar, como enfermera, una avanzada que abriera todas las ilusiones del bando republicano, donde las enfermeras se colocaran como una protección para parar la guerra. Pero también aprende que cuando empieza una guerra los dos bandos pierden la medida, y pierden la mesura y pierden las razones de sus argumentos. Y hay un libro precioso, que algunos habréis leído, Escritos sobre la guerra, donde ella reflexiona muy bien de estos temas.
Más tarde forma parte del gobierno francés en el exilio, hace propuestas maravillosas que en su momento no pudieron ser comprendidas, ni captadas. Le propone a Charles de Gaulle toda una serie de medidas, que están recogidas en Echar raíces, y es considerada por muchos de sus contemporáneos como loca, entre ellos el propio de Gaulle, que no lograron ver la dimensión de la complejidad de su pensamiento. No sucedió lo mismo con Albert Camus, que junto con otros espíritus religiosos, el padre Perru entre ellos, son los que publican su obra después de muerta. Toda la obra de Simone Weil es póstuma. Muere a la edad de 34 años, víctima de tuberculosis. A esa edad lo que nos queda de su obra es una maravilla. Ya había dicho que biografía y obra en Simone Weil están muy imbricadas, porque todo su esfuerzo es, como titula Carmen Revilla un libro sobre Simone Weil, Nombrar la experiencia, poner palabras a la experiencia.

Obras:
Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social; Echar raíces; A la espera de Dios; Cuadernos; Escritos de Londres y últimas cartas; La levedad y la gracia; Intuiciones precristianas.

Para muchas de las personas la idea que se tiene de la paz es que no hay guerra. Y aunque esta definición nos parezca bastante chata, sencilla y rígida, nos acompaña en el inconsciente más allá de lo que nos gustaría reconocer. Y quisiera mostrar una noción de paz que tenga, como el ADN, un movimiento de anversos y reversos, que salga de la lógica aristotélica que es trabajar desde tres principios de identidad: A es igual a A, A no puede ser B y no hay un tercero que se ponga en medio. Ésta es la lógica de Aristóteles, una lógica sin dudas y sin matices.

Voy a leer una reflexión sobre uno de los conflictos que ha recorrido la historia de la humanidad y que ha dado origen a una de las obras más bellas, que es La Ilíada, en donde Simone Weil logra ver la fuerza constantemente atravesando las relaciones y nombra muy bien el tipo de conflicto que hay desde esos tiempos a ahora:
Para quien sabe ver, no hay síntoma más angustioso que el carácter irreal de la mayor parte de los conflictos que se plantean. Tienen aún menos realidad que el conflicto entre griegos y troyanos. En el centro de la guerra de Troya había al menos una mujer, es más, una mujer perfectamente bella. Para nuestros contemporáneos son las palabras adornadas con mayúscula las que juegan el papel de Helena. Si tomásemos, para intentar exprimirla, una de estas palabras totalmente hinchada con sangre y lágrimas, la encontraríamos sin contenido. Las palabras que tienen un contenido y un sentido, no matan. Pero cuando se conceden mayúsculas a palabras vacías de significación, por poco que las circunstancias empujen a ello, los hombres derramarían ríos de sangre, amontonarían ruinas sobre ruinas repitiendo esas palabras, sin poder obtener nunca efectivamente qué les corresponde. Nada real puede corresponderles jamás, porque no quieren decir nada.
Bien entendido que no siempre estas palabras están vacías de sentido por sí mismas, algunas de ellas lo tendrían si alguien se tomase la molestia de definirlas convenientemente. Pero una palabra definida así, pierde su mayúscula, ya no puede mantenerse de bandera, ni mantenerse en el fragor del choque de consignas enemigas. No es ya sino una referencia para ayudar a captar una idea concreta, o un obstáculo concreto, o un método de acción. Esclarecer nociones, desacreditar las palabras congénitamente vacías, definir el otro el uso de otras mediante análisis preciso, he aquí por extraño que pueda parecer un trabajo que podría preservar vidas humanas.
Para este trabajo nuestra época parece más bien inepta, nuestra civilización cubre con su esplendor una verdadera decadencia espiritual. En todos los campos parece que hallamos perdido las nociones esenciales de la inteligencia, las nociones de límite, de medida, de grado, de proporción, de relación, de condición, de unión necesaria, de conexión entre medios y resultados. En los asuntos humanos, nuestro universo político para mantenerse se ha poblado exclusivamente de mitos y monstruos. Todas las palabras del vocabulario político y social podrían servir de ejemplo: nación, seguridad, capitalismo, fascismo, orden, autoridad, propiedad, democracia. Podríamos cogerlas todas, una tras otra. Vivimos entre realidades cambiantes, distintas, determinadas por el juego móvil de las necesidades exteriores, transformándose en función de ciertas condiciones y dentro de ciertos límites, pero actuamos, luchamos, nos sacrificamos a nosotros mismos y a otros en virtud de abstracciones cristalizadas, aisladas, que es imposible poner en relación entre sí o con las cosas concretas. Nuestra época, que se considera técnica, sabe sólo batirse con molinos de viento.

De la paz de la que me gustaría hablar, es una paz que significa crear un ambiente humano en donde las relaciones entre los seres estén mediadas por una facultad humana bastante escasa en los tiempos que corren: la capacidad de ver al otro. La capacidad de hacer dos movimientos, que es de lo que quiero hoy reflexionar, el movimiento del silencio, de la escucha, de la atención creadora cuando estamos en relación con nosotros y con el otro, de padecer en el sentido griego de la palabra, de sufrir, de atravesar por nosotros las cosas con las que la realidad nos regala a partir de lo sensible, de dejarnos sentir en nosotros esa realidad y después de aprender a padecer, poder actuar. Pero actuar de una manera diferente, actuar en donde el otro, la otra, lo que no soy yo, pueda emerger y me permita, como diría Luisa Muraro, reconocer que lo que vivo sólo lo puedo saber en relación con el otro, que yo no sé lo que vivo si no estoy en relación.

Por lo tanto este planteamiento hace corte con un mecanismo que es el de la fuerza en las relaciones entre los seres humanos, que habitualmente lo colocamos constantemente. La fuerza quiere decir imponerle al otro de muchas maneras cosas que no quiere hacer; la fuerza puede venir de la palabra, la fuerza puede venir de los instrumentos de violencia y la fuerza puede venir de mi propia identidad colocada como un obstáculo en relación con el otro, porque me pongo en medio y lo único que hago es proyectar sobre el otro mis visiones, mis esquemas, mis prejuicios, o sobre lo real cuando lo que es importante es dejar que lo real se abra y, como diría Simone Weil, limpiarlo de la ilusión y de la fantasía que nos hacen inventar otras realidades, que no contacta con dos cosas que tiene lo real para Simone Weil: la necesidad y la fuerza de la gravedad que se impone en esa necesidad. Y cuando seamos capaces de dejar y reconocer que esa necesidad está en la vida de cada criatura, podemos dejar que la gracia, nunca mejor dicho, pueda llegar a nosotros y pueda abrir lugar a lo inaudito, a lo que no está previsto y a esa atención creadora que me permite ponerme en contacto con el otro.

Esta paz es la que se necesita en los tiempos que corren, la que necesitamos en Irak, es la que necesitamos en los distintos lugares que en el mapamundi aparecen con conflictos mediados por la fuerza, como Colombia. Pero diría, y puede sonar paradójico, que es la paz que necesitamos en primer lugar en nosotros, porque hay tanto ruido y tanta fuerza en ese ruido que me gustaría abrir también como la reflexión sobre el estrés y esa manera de fuerza y de violencia que existe sobre nosotros, que se instala cotidianamente y sería muy importante aprenderla a trabajar cotidianamente. Es decir, ponernos en juego en primera persona en los lugares laborales, en los lugares profesionales y en los distintos espacios en donde estamos moviéndonos para crear una cosa que, para Simone Weil, es como la clave de una civilización no homogénea pero sí continua que existió según ella en Grecia, en el Mediterráneo, en Occitania, en Persia, en Egipto y de la que encuentra huellas en los textos de Platón. La civilización occitana que recoge ese ambiente humano que se encarna en cada criatura y que corta con la fuerza, porque es la obediencia interiorizada de seres libres que dan su consentimiento en las relaciones mediadas por la autoridad.

Y, en segundo lugar, es una reflexión bastante fuerte frente a lo social. Lo social es todo un legado que nos viene de los tiempos modernos y que construye las relaciones entre el yo y el tú, construye un nosotros. Cuando usamos la palabra nosotros, se borran el yo y el tú a través de un consenso unánime. A mí me gustaría poner un ejemplo sencillo, que en cualquier relación de dos, sea de pareja, sea de amigos, cuando alguien dice “nosotros hacemos esto”, habitualmente quien dice nosotros ha borrado al otro de la relación y ha violentado porque no ha permitido una cosa, que a mí me ha costado mucho reconocer, y es que entre una persona y otra persona tiene que haber un espacio y una distancia, una distancia que permita que las diferencias se diriman en un plano que no anule a las partes y que les permita, sin solaparse, encontrarse en otro plano de armonía. Esto para Simone Weil y para muchas pensadoras es mediar. Es el esfuerzo, diría Simone Weil, de la atención creadora que convierte a cada criatura humana en un mediador. Esa atención que permite reconocer que en un mundo de fuerza, porque somos seres sujetos a la fuerza de gravedad, puede haber lugar a la gracia. Que en un mundo de fuerza somos capaces de colocar entre los humanos una cosa que no sea el uso de la fuerza y que permita no destruir al otro, sino simplemente a partir de atender, del silencio que escucha y del silencio que se deja dar. Dejarse dar del silencio para que obre en cada uno de nosotros, implica dejar que haya una transformación en primera persona. No estamos hablando de la política hacia fuera, no estamos hablando de la política de representación, no estamos hablando de la política de lo social que desde Rousseau sobre todo y desde los conceptos de la Revolución Francesa de soberanía, de consenso y de voluntad, anula las singularidades y las diluye en una soberanía que termina siendo soberanía de los representantes, del ejercicio del ciudadano que algunos han querido restringir a simplemente al ejercicio de su ciudadanía.

Estoy hablando de un espacio de receptividad y lo hago de una manera muy consciente lentamente, para que cada palabra que yo diga pueda, aunque sea por estar ralentizada, ser acogida en el silencio y la escucha del otro que está conmigo en esta relación. Porque yo no tengo una relación con el grupo, yo tengo una relación con cada una de las personas que está aquí. Estoy intentando comunicar con la palabra, pero la palabra puesta de todo mi ser, y esto puede ser agotador, hay toda una franja de mujeres y hombres que intentamos ponernos en el mundo completos y eso implica desmontar los roles, en el sentido de máscaras y personajes y jugárnosla, eso sí teniendo claro cada relación en juego, pero abriendo en esas relaciones la confianza. La confianza que hace que en ese en medio de, circule el otro que dé lo que siente, que se juegue completo y que sobre todo vaya liviano y ligero con el otro. Y también sobre todo que haya echo en sí mismo un proceso, que es todo lo contrario a la hiperactividad.

Estoy hablando de un detenerse ante esa hiperactividad de las tecnologías que quieren suplir incluso aquello que sentimos y que nos han dado como dos mecanismos extremos de ponernos en el mundo en la relaciones. Y quiero hacer el matiz porque puede ser riesgoso con lo que diga y confundirme. Ponerse en juego completa y completo no quiere decir tirarle al otro la crudeza de lo que tú sientes, quiere decir que lo que tú sientes es lo propio, lo tuyo, que te lo vas a dejar sentir primero en ti, padecer, recibir, acoger dolor, envidia, tristeza, rabia, silencio, dejarlo en ti y, después de que haya pasado por ti, ponerlo en una medida en relación con el otro. No quiere decir tampoco quedárselo dentro, contenerlo, reprimirlo. Para mí, una forma extrema, estereotipadamente hablando, son las maneras que tenemos de ver lo latinoamericano, en donde todo en principio pareciera que se pone fuera, se pone fácilmente lo emocional, y la otra manera extrema estereotipada es esta manera de alguna franja de Europa, incluida la franja catalana, en donde la gente ha aprendido a contener, pero no una contención que module, que encauce, sino una contención que se parece más a una negación y a una inhibición.

Estoy hablando entonces de ser pasivo, de ser pasiva, de dejarse sentir las cosas que del mundo nos vienen y cuando hablo del mundo, hablo de lo animal, de lo vegetal, de lo inorgánico y de los mamíferos humanos. Insisto el uso de mamíferos humanos, porque hay todo un esfuerzo también de que neguemos que también tenemos algo en común con todos los seres vivientes y sobre todo con los animales y hay necesidad de recuperar también la relación con eso, con lo que nos movemos.

Ese trabajo que estoy haciendo implica un esfuerzo en negativo, porque es el esfuerzo de dejar que la mente no se apodere de nosotros como dueña absoluta de nuestro ser, sino que todo nuestro ser, emocionalmente, psíquicamente, mentalmente, espiritualmente, esté presente y pueda en receptividad contactar con el mundo, en una relación que para mí es de ida y vuelta, que implica el mundo, lo comunica conmigo en sus distintas formas y ese mundo entonces me da y yo me dejo dar. Eso que María Zambrano dice y que es tan sencillo de decir: “dejarse dar”, hacerlo en la práctica es tan difícil, porque de entrada nos cuesta mucho dejarnos dar, tenemos esquemas, imágenes previas con las que miramos el mundo y cuando alguien nos habla, la primera objeción que hacemos es ponerle nuestro esquema. Y se trata aquí de negar lo social, y esto que estoy diciendo es muy fuerte, porque implica trabajar en una noción de red, relacional, en donde no hay un centro y donde las relaciones son múltiples y en donde, esto es muy importante, se precisa de nosotros darle valor a la experiencia, no a lo que la ciencia nos diga, poner palabras a esa experiencia, pero antes de poner palabras necesitamos sentir y luego hacer un vacío, en paralelo, para que la mente abra espacios a todo el resto del ser.

Y lo digo yo que aunque tenga salida visceral y emocional, mucha gente conoce mis salidas, me entran las cosas muy racionalmente, como buena colombiana soy bastante esquizofrénica por el país en el que he vivido, en el sentido de un país que tiene un movimiento armado y que una de las consignas de la izquierda, en la que yo milité combinando todas las formas de lucha, era Venceremos y que implicaba ser como una lagartija: ir por la paz con un arma y dispuesta no a matar, pero sí a dejarme matar; por hacer parte de un partido que jugaba a la ambigüedad: a Dios rogando y con el mazo dando. Y por supuesto que cuando una se mueve en estos registros, descubre que la esquizofrenia como hecho social, no clínico, te acota.

He insistido, para hacer como un aire, en varias cosas, en el tipo de paz que me gustaría hablar que es colocar en medio de todas las relaciones una cosa que no sea la fuerza, sino el reconocer la riqueza y la grandeza que tiene el otro que no soy yo, lo otro que no soy yo, no sólo lo humano sino todo lo demás. Dos, abrirnos a la relación yo-tú y la mediación, el tercero simbólico real que se pone en medio, y sobre todo este tercero que se abre en la reflexión de mujeres que como Simone Weil, María Zambrano, muchas místicas, hacen un vacío para que eso nuevo y distinto pueda entrar en nosotras.

Y ahora entraría a hablar de la atención creadora. Aquí me voy a apoyar en André A. Debo, Naturaleza y papel de la atención según Simone Weil,y dice:
La primera función de la atención verdadera es la de desprendernos de las mentiras de la imaginación y el ensueño que excluye el amor, para que obre en nosotros la realidad misma. ¿Y qué nos enseña esto? Que no hay bien aquí abajo que todo “lo que aquí abajo se presenta como bien finito es limitado, se agota y una vez agotado deja ver al desnudo la necesidad”

Aquí quiero apoyarme, como un punto referencial, en la noción que la filosofía, pensada desde experiencias parciales de la masculinidad, divide el mundo de la necesidad y el mundo de la libertad. Desde la tradición filosófica clásica Occidental griega el mundo se ha dividido en dos grandes ámbitos, con experiencias distintas en cada época. El mundo griego era un mundo que trabajaba unos espacios, donde el ámbito de lo privado era el lugar que le permitía al ciudadano tener un espacio público. Es decir, el ámbito privado era sagrado, en la medida en que a partir de tener un lugar en el mundo tú puedes irte al mundo común compartido. Pero ese mundo común compartido era potestativo de la experiencia masculina ciudadana, digo masculina ciudadana porque no todos los hombres eran ciudadanos, estaban los esclavos, ni ninguna mujer era ciudadana, podían ser libres para dar a luz un ciudadano, pero estaban en el ámbito privado, sobre todo en el gineceo. Y los dos espacios públicos, el ágora y el mercado, tenían los libres, pero que eran esclavos de la necesidad porque tenían que ganarse la vida, y el ciudadano era libre porque era libre, en la concepción griega, de la necesidad.

Esta idea de separar necesidad de libertad es algo que ha acompañado a la experiencia potenciada por experiencias parciales masculinas, y Hegel es el mejor representante de esta visión de separar necesidad y libertad. El mundo de lo vinculado al cuerpo, de lo vinculado a la vida y a la cotidianidad es el mundo de la necesidad y es un mundo que tiene que estar “oculto”, cosa que ha ido cambiando en los tiempos modernos y postmodernos en donde la luz de lo público invade hasta el espacio privado e íntimo, desde un parto en Internet, desde la vida íntima de las personas, ahora todo se ilumina de una manera vulgar por lo público. Ésta es la experiencia masculina, parcial, y la experiencia parcial de masculinidad, insisto, no todos los hombres han estado ahí.

En cambio, la experiencia en que las mujeres, en el siglo XX sobre todo, han buscado la libertad, un sentido de libertad, una parte de las mujeres ha juntado a un precio muy alto y seguramente buena parte de la generación mayor y buena parte de la madura y de la joven, está viviendo este precio alto que es: a precio de dos jornadas, juntar necesidad y libertad. Es decir, hemos dejado las mujeres, en busca de un sentido libre de existencia, de creer que nos liberábamos y éramos libres a costa de la esclavitud de otro, que en alguna franja del mundo sí que se concibe así (yo me hago libre esclavizando a otras), sino que las mujeres el precio que hemos pagado en muchos lugares del mundo es liberarnos en el trabajo; no dejar el ámbito de la necesidad, sino con los dos espacios ponerlos en diálogo: necesidad y libertad, en una armonía que no es de lógica aristotélica, porque se paga muy alto ese precio pero las mujeres hemos conquistado en los 70, 80, 90, un sentido libre de libertad. Este sentido de libertad junta y no reniega de la necesidad, lo pone en la relación, en primer lugar en la relación de la pareja creadora: la madre con su criatura.

Yo decía esto porque Simone Weil es de las mujeres que me ha enseñado a mí y le agradeceré toda la vida, junto con las mujeres italianas, una cosa que me costaba mucho entender y es reconocer la necesidad, apegarme a la necesidad. Yo vengo de un mundo en donde sí que la necesidad, por distintas explicaciones sociológicas, políticas y culturales, podíamos tender a este ideal aristocrático que es yo me libero, mucha mujer de América latina está emancipada, y emancipada quiere decir que yo pago a una esclava de tiempo completo para ser libre. Y éste es un debate durísimo en el movimiento de mujeres y en la franja social que tiene un cierto bienestar en América Latina. Y creo, es una opinión de experiencia, que es una de las limitaciones más grandes para que haya cambio en América Latina, que la gente no quiere renunciar a sus privilegios y si una no renuncia a ellos en primera persona, no hay posibilidad de ganar un cambio. Es muy cómodo ir de emancipada y podemos argumentar muchas cosas pero aquí hay muchos elementos a tener en cuenta.

Entonces, tener la capacidad de trabajar una atención que no es la de la voluntad que es la intelectual, y sobre esto Kant y Hanna Harendt trabajan mucho, la voluntad como ejercicio del intelecto, sino una atención que de tanto contemplar de lugar al absoluto, a la necesidad de absoluto, de lo sobrenatural, de la gracia que los seres humanos tenemos, de aquello que sólo el amor permite abrir, y puedo creer que los que estamos aquí, de una manera u otra, lo hemos vivido. Y cuando digo amor, no hablo del amor entre parejas amorosas-eróticas, hablo del amor en todas sus acepciones, del amor de una madre por sus hijos, del amor de una hermana con sus hermanos, del amor entre parientes, del amor entre parejas. Esa capacidad de ver el misterio y de ver incluso lo que no ha nacido en el otro, o en lo otro, de verlo potencialmente.

María Zambrano tiene una frase que a mí me ha llamado mucho la atención y ha medida que me hago mayor la entiendo más: Cuando una ha amado a alguien también a veces lo inventa. Y ese inventarlo María Zambrano le da una dignidad cuando nos dice: Aquello que amaste fue verdad. Porque incluso tú eras capaz de ver en potencia y latente lo que el otro tenía por nacer y que no se sabe si nació o no nació, pero que el amor con su gracia te permitía verlo, porque ves con otros ojos, no ves con el sentido de la visión sino que te abres a ese ser y a su reconocimiento, a reconocerlo en lo que él y ella es, en su singularidad.

En ese esfuerzo de atención, que son momentos muy peculiares de la vida humana, cuando yo me aproximo a Simone Weil me estoy aproximando a experiencias místicas, de las cuales yo tengo poco contacto todavía, pero que me han hecho reflexionar y yo quiero retrotraer esa experiencia vivida por Simone Weil para colocarla en el ámbito de las relaciones cotidianas y del mundo en el que nos movemos. Esa atención creadora sólo puede entrar cuando el silencio y la armonía y armonizarse sólo es posible cuando las distintas partes de nuestro ser estén en paz. Decía hace un momento que yo soy bastante esquizofrénica y lo decía en el sentido de que hay una parte que toda criatura humana tiene de emociones, que toda criatura tiene de pensamiento y que toda criatura pone en comportamiento y en acciones, porque lo que nos piden hoy por hoy en los tiempos postmodernos es comportarnos, no actuar.

Lo que ocurre en nuestra manera de movernos en el mundo, es que nos enseñaron a movernos no de forma plena y entonces por momentos lo que nos acontece es que sale nuestra parte mental, salen nuestros argumentos racionales, salen nuestras explicaciones de las cosas. En otros momentos nos puede lo emocional, el dominio de unos determinados campos, que diría Maturana, y por supuesto que eso también se expresa en el comportamiento o en la acción. Poner en armonía esas partes, implica aprender a escuchar los tonos, los volúmenes, los ritmos, no sólo de nuestra voz sino de la voz de los otros, implica escuchar en lo que se llama la propiacepción lo que está pasando en cada uno de nuestros órganos, lo que dice la taquicardia que nos coge por momentos, lo que dice la lengua que se nos seca, lo que dice la nuez, lo que dice la rigidez de nuestros músculos y en esa medida el silencio, que es el espacio más propicio para ello, nos permitirá en receptividad aprender a dejarnos sentir.

Dejarse poseer de la pasión, lejos de la imagen que tenemos de gente exagerada y volcada hacia fuera, es detenerse. Volverse pasivo es poner la atención en un plano que nos inmovilice, es casi alcanzar lo que los filósofos griegos y otras visiones espirituales del mundo llamarían contemplación, es contemplar, es acceder a otro plano que nos permita cruzar la necesidad y, en un movimiento de inversión, trabajar en negativo. Y en negativo quiere decir aceptar la realidad, aceptar lo que Simone Weil a mí me ha regalado que es no tener miedo a la contradicción en el pensar, ni en el vivir, aceptar y hacerte cargo de trabajarlas para dejar que podamos abrir espacio a la mediación. Y la mediación quiere decir que vamos a juntar dos cosas contrarias para que se encuentren en un plano superior, en un plano distinto.

Cuando dejamos que este silencio, que este vacío nos posea, podemos aprender a escuchar otras palabras, esas palabras no vacuas, no carentes de significado sino que tengan sentido como cuando oímos una poesía, o como cuando de pequeñas aprendimos a hablar. Con la madre intercambiamos, en nuestra primera pareja creadora, dos cosas, cambiábamos todo lo que sentíamos, a la madre le dábamos todo lo que sentíamos en interacción por palabras cuando nos enseñó a hablar, cuando nos enseñó eso que el psicoanálisis en sus orígenes se lo otorgaba al padre, el simbolizar, y que todas las investigaciones de las mujeres han puesto palabras y han verificado la experiencia y es con la madre con quien se aprende a simbolizar.

Cuando aprendimos a hablar nos poníamos completos y en el camino de la vida hemos aprendido a tener miedo de ponernos en juego. Es más fácil, dice Luisa Muraro, parecer que ser, es más fácil ir de ecologista, de feminista, de nacionalista, de todos los ismos que queramos, que serlo, porque serlo implica ponerte en juego de verdad y quedar liviana, dejar sentir, poner en juego ese sentir, darlo al otro cuando tú lo hayas procesado.

Simone Weil decía una cosa que me parece fuerte: Toda creencia operada en nosotros, se opera sin nosotros. Cuando de verdad hay un cambio potente, y son esos momentos potentes de la vida, una muerte, una pérdida, un exilio, un salir de tu lugar, perder cosas, hay un cambio que la propia necesidad obliga. Y aquí no estoy hablando de hacer de la necesidad virtud, que es lo que enseñaron en muchos tiempos, sino a hacer de la necesidad libertad.

Quiero volver a insistir en algo que había dicho al principio, entrando en la parte más mística, y es el énfasis con que Weil pide vigilancia a lo social.
Y todo este esfuerzo de lo social y de lo colectivo porque a Simone Weil su experiencia en la Renault se lo enseñó, a observar con los ritmos, los tiempos y la producción, que este consenso no deja de pasar factura en esfuerzo. Es decir, la necesidad de consenso le va muy bien al capitalismo, le va muy bien a la razón de estado, le va muy bien a quien ejerce el poder, porque es a partir de ella que garantiza la disciplina, que garantiza la voluntad, que garantiza la cohesión a partir de la cual los cuerpos de cada criatura funcionan con unos ritmos, que en un tiempo eran los de Taylor, que en los países socialistas eran los stajanovistas y que en nuestro tiempo tienen otros nombres que tienen las tres e, eficacia, eficiencia y efectividad, y que hacen que cada criatura tenga ya interiorizado, o al menos les gustaría que los tuviéramos, esos ritmos, esos tiempos, que se ponen en nuestro cuerpo.

María Zambrano dice en Notas de un método que el clima de una sociedad lo puede una observar en los cuerpos y en el andar de las personas. Y si nos miráramos por las mañanas cuando vamos en el metro de Barcelona, o caminando, creo que seríamos más hijos de Hitler y de los totalitarismos, del franquismos, del stalinimo, y todos estos ismos que el siglo XX y la fuerza de la violencia configuró en nosotros. Ese ambiente no es del que Simone Weil habla, y vuelvo a reiterar ese ambiente humano que se encarna en el cuerpo en primer lugar y que mantiene una cosa que es muy bella y que la Weil menciona: la inspiración. ¿Qué es lo que inspira a una comunidad?, ¿qué es lo que hace que esa comunidad sienta que no está llena, sino que constantemente abra lugar al vacío?

De los tiempos postmodernos Luisa Muraro menciona una cosa que es muy bonita, ella decía que con todo este proceso de uniformización, las diferencias se quieren borrar y se hacen insignificantes. Cuando yo era pequeña, dice Muraro que tiene 60 años, en mi pueblo cuando llegaban los gitanos, los cíngaros, eran algo exótico que nos gustaba ver por distinto. Seguramente podría haber mucho prejuicio sobre los gitanos en aquellos tiempos, en la Italia que ella conoció. Hoy, dice Luisa, no son lo exótico, son lo parecido a nosotros pero pobres, son aparte de nosotros, son marginados. Y en la medida en que no somos capaces de soportar lo distinto, lo diferente, en esa medida somos una sociedad llena sin espacio para lo otro.

En este sentido creo que el regalo que la propia complejidad del modelo está haciendo, con toda la dificultad que tiene, son las migraciones y sus flujos. Ayer había una noticia sobre la llegada de toda esta población de inmigrantes, que ha invertido la tendencia a gente mayor con la presencia de hijos de personas llegadas de otras partes. Por eso es importante dejar espacios para vacíos, para que constantemente una se vacíe y abra lugar para que algo distinto entre en uno. En ese encuentro entre distintos del que yo quiero hablar como comunidad humana que se encarna, tiene que haber de una parte consentimiento, espacio a la justicia y, sobre todo, tiene que haber un momento puntual de la justicia como equilibrio, porque lo que hace la mediación es que dos cosas que no son parecidas, se puedan encontrar. Y aquí no hay ni la misma necesidad, ni la misma fuerza. Por lo tanto, hacer mediación cuando una en un momento dado puede hacer la fuerza, es mucho más difícil que buscar mediación, buscar juntar contrarios en un nivel distinto que no niegue al otro, cuando tú tienes más fuerza. Y más fuerza quiere decir que tú estás en condiciones de imponer una serie de cosas. En ese sentido, para Simone Weil el grito que clama la justicia es distinto del grito que clama derecho y reivindicaciones.

De las cosas más horrorosas que yo he ido aprendiendo con el tiempo, es que el grito de los derechos, yo tengo derecho, es el negar y achatar lo complejo de la realidad. Yo tengo derecho es lo que invocan los adolescentes a los padres; yo tengo derecho es lo que algunas personas invocan como carta de ciudadanía. Buscar la justicia y buscar el equilibrio, no parte ni lo resuelve solamente la norma y el registro de hecho es un registro de fuerza, porque para que yo invoque un derecho tengo que tener garantía de que si esa persona no lo quiere cumplir, yo le aplico la fuerza o de la norma o de algo más. Y con esto no quiero que se pueda interpretar que niego el papel de la ley, me parece importante, pero también me parece insuficiente, y me parece que tiene un lenguaje invasor, que tiene un lenguaje que no deja escuchar el lenguaje del otro, que es distinto, que pone a funcionar las relaciones a partir de normas y un drama del siglo XX es cuando, por ejemplo, todo el maltrato hacia las mujeres se quiere poner únicamente en la aplicación de la ley, de la norma y de la represión. No quiero decir que no haya que poner leyes, quiero insistir en que sólo eso me parece muy pobre.

Trabajando con esto, el esfuerzo de mediación que busca semejanza de relaciones, conservar las diferencias, no aplastarlas, dejar que existan cada uno en su sentido y significancia, es a partir de esa atención creadora donde es posible que haya lugar al amor. En el Forum 2004 he asistido en una participación de las mujeres de la Librería de Milán, en que hablaban de las mujeres y los tiempos de hoy, y fue muy significativo porque ellas colocaban un planteamiento muy importante, y de lo que yo también estoy hablando desde aquí, el de una política sin aparatos. Una política sin aparatos es una política en primera persona. La política de ciudadanía, la política de aparato, llámese partidos, parlamento, instituciones, es la política representativa, la política a dos, en la cual básicamente mi ejercicio está cada cuatro años en colocar a un señor, o una señora, que me represente, a unos niveles en que ellos no tienen medida porque incluso toman decisiones para las cuales ni ustedes, ni yo, les hemos otorgado. Van desmadrados que se diría y hacen acuerdos como a ellos les viene en su soberana gana, no la soberanía popular sino la de ellos y no hay revocatoria de mandato.

La política de la que las mujeres de la Librería de Milán hablaban es la política en primera persona y la política en esta perspectiva implica, y a mí me pareció muy fuerte, poner en todos los lugares el amor como medida: en el mundo laboral, en el mundo cotidiano, poner el amor como medida. Incluso en el planteamiento del movimiento de trabajadores plantean tres reflexiones que me parecen pertinentes retrotraer respecto a lo que estoy diciendo. Luisa Muraro y Lia Cigarigni han dicho que en los años 70 las mujeres abrimos la contradicción y la abrimos sin miedo, abrimos conflicto y el mundo cambió. En el 2004 las mujeres y los hombres nos adaptamos, hacemos viable lo que no tiene que ser viable. Y ellas plantean en el mundo laboral hacer grupos de autoconciencia, que es toda la práctica del movimiento de mujeres en abrir la relación, porque cuando yo delego en el sindicalista del comité de empresa mis necesidades, éstas se ponen en el plano de lo reivindicativo y pierden la riqueza de la relación directa, de ese secreto que podemos tener en cada relación y ese secreto lo abre también la mediación amorosa. Y desde allí plantear que el amor tiene que estar como medida, donde medida uno puede ponerle envidia, medida uno puede poner proyectos, como medida puede poner el dinero, puede poner la ambición, como medida puede poner muchas cosas; poner el amor como medida implica un esfuerzo de comprensión.

En este sentido para Weil su esfuerzo en la vida eran dos cosas, contactar con lo real y en lo real con la verdad. Y la verdad, como la belleza, son bienes absolutos, no son bienes de los cuales se pueda disfrutar de una manera que no sea absoluta. La belleza tiene misterio, la belleza entendida en sentido filosófico clásico; y la verdad implica quitar y limpiar espejos, espejismos, fantasías, ilusiones. Quiero recuperar y cerrar con la inspiración de la atención, que es un acuerdo que no se llena de contenido sino que está abierto al juego de la relación y me impresiona, y lo he vivido mucho en mi espacio laboral y en práctica cultural de mucha gente, que a la gente no le gusta quedar en deuda. Cuando tú regalas algo, hay culturas, entre otras las orientales, que no quieren tener deudas, porque cuando yo te doy algo, tú quedas en deuda conmigo y la relación queda abierta. El dinero nos mantiene como extraños, si yo te pago algo como servicio hay un gran espacio de extrañidad que lo pone la medida del dinero y en este mundo de medida, potenciada como única medida el dinero, nos movemos muy cómodamente, tanto que se nos olvida que lo que crea el dinero es el trabajo humano, y se nos olvida sobre todo que lo que abre el juego de la vida es la disparidad y la relación, que si yo te doy, y las mujeres somos sabias con todos los desmanes que pueda tener el don, el precio del chantaje puede ser uno de ellos, ponernos en juego con el don aquello que es gratuito y por amor es, si miramos al mundo entero, lo que sostiene el mundo, por más que algunos crean que lo sostiene el FMI o el petróleo.

Si miramos los lugares de guerra, y de eso sí nos muestra mucho la televisión, donde la sangre y las lágrimas circulan a diario, yo me pregunto todos los días cómo la gente ya no vive, sino sobrevive, y me pregunto también, en esta Europa con tanta maravilla y tanto sufrimiento a otros niveles ¿cómo sobrevivimos y cómo sobrevive nuestra alma ante esas mediaciones de lo material?, y cómo podemos ser capaces de abrir un lugar a esto que es poder movernos abriendo una medida de dos. Simplemente yo diría que observásemos la práctica de mucha experiencia femenina; la práctica de nuestra madre, por mucho que podamos criticarla, la práctica que nosotras hacemos como madre, las contradicciones que tenemos con nuestros hijos, con nuestras hijas, y las propias contradicciones que tenemos nosotros con la medida del dinero.

Luisa Muraro mencionaba, y con esto cierro, una preocupación que a ella le asaltaba y yo creo que a nosotros a veces nos asalta en los distintos lugares donde impávidos observamos que algo ocurre y no hacemos nada. Relata en un texto, Aprender a padecer para aprender a actuar, una historia que apareció publicada en un diario norteamericano, de una mujer que se tiró desde un puente y que murió, porque su coche le dio al coche de tres jóvenes que la persiguieron, la desnudaron, la golpearon y ella, desesperada, se tiró al río. Viendo esta escena había muchísima gente y nadie hizo nada. A Luisa Muraro le llamaba mucho la atención que la gente en los diarios decía que era indignante; Luisa decía, a mi no me indigna, me indigna la explotación de los inmigrantes, me indigna la explotación de los trabajadores, esto me horroriza, me atemoriza, porque me parece que es una nueva divinidad y es la incapacidad que tenemos de empatizar, la incapacidad de aquello que nos enseñó a principios de siglo Edith Stein, con su tesis doctoral sobre la empatía, tener en cuenta la experiencia de otro, poder revivir en nosotros la experiencia vivida de otro. Y Muraro reflexiona sobre tres tipos de pasividad, una de las cuales es ésta que ella habla. Lo evoca en la pasión de Cristo, mucha gente vio crucificar a Cristo y no hizo nada, porque compartía que lo crucificaran; otra gente lo amaba pero se sentía impotente. Y Luisa dice, esta pasividad de ahora es una pasividad sin emociones, no somos capaces de empatizar y de darnos cuenta de lo que el otro siente. Y a veces, yo diría, los tiempos que corren nos pueden llevar a ni siquiera ser capaces de saber lo que sentimos.

A mí, recientemente, me pasó una cosa que yo valoraba en un registro distinto; cuando a mí me pasaron en Colombia cosas gordas, como que me mataran compañeros, o vivía un temblor o un terremoto, yo creía que tenía cabeza fría y, seguramente, en ese momento era capaz, porque yo me movía en mi práctica política en una acción de mundo común compartido, yo soy heredera de una acción de mundo común compartido y no de gran disfrute del espacio de lo privado. Yo he sido mujer de lo político y de lo público entendido en movimiento social feminista. Y me pasó en estos días una cosa muy fuerte, muy violenta, que me quedé sin reacciones y cuando pensaba en esto que la Muraro mencionaba, la reflexión que me hacía a mí misma es que ya no sólo a veces somos capaces de no contactar con lo que el otro siente, sino que incluso a veces somos incapaces de sentir lo que nos está pasando. Quien haya estado cerca de una mujer violada, sabe que en esos momentos la mayoría de las mujeres invocan, para poder soportar una violación, que se han ido del cuerpo y no han sentido. Y seguramente cuando hay violencia tan fuerte, tenemos este mecanismo de evasión. De esta dificultad de sentir con el otro, de compadecernos, de compartir su pasión, su sentir, es de lo que a Luisa Muraro y a mí y, seguramente, a la Weil le preocupa.

En los años 30 nos habla Simone Weil, y Hanna Harendt en los 40, nombraban los totalitarismos. Hablar de los totalitarismos ahora es muy cómodo, hablar en los tiempos en que se vivieron era mucho más difícil. Y la Muraro cuando habla de cómo poder recuperar esa capacidad que tan joven como humanidad hemos perdido, la capacidad de revivir la experiencia de otro, implica, y ella toma una frase de Hanna Harendt, en la acción una actualiza lo que de otra manera simplemente padecería. Y para Luisa Muraro el juego que le hace y el guiño de broma a Hanna Harendt, implica poder con el lenguaje y con la palabra el dejarnos sentir y simbolizar, el poner palabras a las cosas en este espacio, que yo he nombrado primero, de silencio y de atención creadora. Para mí, por lo tanto, el hacer significante algo, el darle sentido a la lucha por la paz en tiempos de paz, implica hacer significante todo este silencio y esta necesidad de vacío y de absoluto, para que acaezca en nosotros, en cada uno, y pueda hacer un lugar para que lo otro, lo otro divino, lo otro trascendente, lo otro que es el amor, puede ponerse en medio de mi encuentro con lo que no soy yo. Desde allí podríamos juntar la acción que material y simbólicamente sería la acción perfecta de la que Simone Weil y otras autoras hablan.

Luisa Muraro menciona dos procesos de acción material y simbólica que no coincidieron. Las Brigadas Rojas en Italia actuaron con las armas, pero no tuvieron un trabajo simbólico más que el contrario al que querían lograr. La acción perfecta es donde se cruzan en la misma inspiración, la acción material y la simbólica. Son caminos donde la prueba de fuego, uno de los elementos más bellos de la naturaleza nos pone, es la experiencia, nuestra cotidianidad y, sobre todo, el ponerle palabras y cuando digo ponerle palabras, incluyo en este juego amplio el silencio y esa atención creadora que nos ha regalado con su vida y su obra Simone Weil.


Elisabeth Uribe 
Enviar correo
Jornades d’estiu La Plana, 20 d’agost 2004
 
Ir hacia arriba
Revista
Autores
Números