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El silencio después de la guerra

Podríamos decir que el mundo está en guerra, los conflictos se han generalizado, algunos son álgidos, otros de baja intensidad. Hay muy pocos lugares en el mundo donde no haya terrorismo, mafia, brutalidad en las calles o violencia en las casas. El caos y la corrupción, sutil o manifiesta, imperan por doquier. Creo que no exagero, bastaría con aportar algunos datos sobre la situación mundial. Lo que pasa es que en nuestro mundo, en la burbuja creada por el primer mundo, la guerra se ha desplazado fuera, en la periferia del sistema, en la fractura entre los mundos y las civilizaciones.

Nuestra generación no ha vivido la guerra pero sí nuestros padres. Mi padre estuvo en la guerra civil española, en la quinta del biberón, apenas con 16 años, en el frente más crudo y en el bando republicano. En toda su vida no volvió a hablar de la guerra, lo único que le escuché decir, o maldecir, era sobre el único régimen de lentejas medio podridas a diario, la nieve que le dejaba ciego y el hambre que pasó en la posguerra. Cuando murió ya a los 61 años, creo que el miedo todavía estaba helado en su interior.

Mi esposa, Ayako tampoco ha vivido la guerra, le dijeron que su abuelo y sus tíos murieron en la Segunda Guerra Mundial, pero los años cuarenta quedan muy lejos en el tiempo. Cuando recibió hace muy poco la carta de su tía empezó a atar cabos. En general la guerra fue y es tabú en Japón, su familia tampoco hablaba sobre el tema. Cuando a los 10 años fue a visitar la isla de Okinawa al sur del Japón, su tía la llevó por la isla en un viaje para conocer, entre otras cosas, las huellas de la guerra, pero ella no bajaba del autobús. Ahora, después de leer la carta sabe por qué. Después de más de cincuenta años de silencio ha abierto la boca. Ayako se derramaba en lágrimas al leer entrecortadamente la carta, la crudeza de toda una guerra, y el sacrificio de la posguerra se hacía evidente. Okinawa fue el frente de batalla entre japoneses y americanos, la isla quedó como "protectorado" americano durante muchos años, hoy todavía es una isla dividida. Curiosamente su abuela que sufrió tanto y tanto perdió todavía vive con 98 años, al cuidado de un hijo discapacitado. La vida es tan increíble que parece mentira.

Ayako ha traducido dolorosamente esta carta que la ofrece como símbolo del horror humano para que haya paz en todos los seres.



He recibido el reconocimiento por el presidente del gobierno del Japón por el servicio como enfermera de Cruz Roja en la Segunda Guerra Mundial en Okinawa junto a mis tres compañeras que sobrevivimos a esta guerra. Después de más de cincuenta años, aunque tarde, este reconocimiento consuela un poco lo que todavía aquel dolor de la guerra ha dejado como secuela en mi corazón. Creo que es importante aprovechar la ocasión después de tanto silencio para reflejar aquellas experiencias dolorosas tal vez para que los jóvenes de hoy en día sepan qué es la guerra y cuáles son sus secuelas profundas.

10 de octubre, año 19 de Shyowa (1944)
Después del bombardeo sobre Okinawa, los americanos ya han empezado a invadir nuestra tierra. Me invade un fuerte sentimiento al recordar la voz de mi madre temblando cuando me decía que dos de mis hermanos y mi sobrina habían muerto por los bombardeos. Mis otros hermanos tuvieron heridas por una granada que recibieron en los refugios.
En aquel momento yo estaba recibiendo formación de enfermería en la Cruz Roja y después del bombardeo del 10 de octubre me enviaron al hospital de campaña junto con cinco compañeras cerca del castillo de Syuri. Como cada día que pasaba la guerra se intensificaba, tuvimos que trasladarnos al refugio del bosque de Naguerá. A partir de entonces la situación fue empeorando y después de la batalla de Kazukodai, debajo de una fuerte tormenta llegaron muchos soldados heridos. Junto al doctor Koike teníamos que hacer las operaciones de amputación de brazos y piernas.

Los médicos y la enfermeras hicimos todo lo que pudimos con tan pocos medios a nuestro alcance. Hacíamos un esfuerzo tan desesperado que gritábamos con los pacientes en las operaciones y amputaciones ya que no teníamos anestesia. A veces tuvimos que cortar en profundidad un nervio para que no doliera tanto.

El doctor tiraba y cortaba los nervios y los pacientes se desmayaban del dolor tan intenso, mejor que perdieran la consciencia para realizar las operaciones. Los brazos y las piernas amputados los tirábamos a la basura y los dejábamos fuera pero al día siguiente las bombas que caían las habían triturado.

Un día el doctor estaba cosiendo la cara de un soldado. Él se volvió loco por el dolor y después se arrancó toda la piel con las manos. Nos pedía gritando ¡agua, agua!, el doctor dijo que si le dábamos agua moriría enseguida y no le dimos, sin embargo al poco murió. Yo me arrepentí pues si en realidad iba a morir hubiéramos podido satisfacer su último deseo.

Evidentemente no había higiene suficiente, no teníamos camas y teníamos que dejar a los pacientes en la tierra, así cogieron rápidamente infecciones. Hubo tétanos, tifus, explosiones de neurosis ante la situación dramática. Todos gimoteaban, algunos de ellos se suicidaron de un tiro. Fue realmente un infierno.

Al no poder seguir así en esa situación, se nos dio la orden de trasladarnos a otro lugar. Tenía una gran tristeza cuando los soldados enfermos se arrodillaban para pedirnos un cigarro. En realidad nadie sabía si continuaría vivo al día siguiente.

Nos trasladamos con los pacientes que podían caminar, al resto que no podían moverse los abandonamos a su suerte. Ya no supimos nada más de ellos desde entonces.

Cuando nos trasladamos al refugio de Itosu, de repente una compañera enfermera cayó herida, yo misma le sacudí en el suelo pero ya estaba muerta por un tiro en la garganta. Un soldado que tenía tifus y que estaba al límite de sus fuerzas se suicidó con una pistola, era el teniente Yagui, una persona muy dulce.

En la labor de enfermería vimos gente que tenía mucho gusanos en el cuerpo. Es casi imposible imaginarlo. Al quitar las vendas de las heridas aparecían gusanos grandes y después más pequeños, y luego más y más. Aunque limpiábamos con líquido desinfectante no paraban de aparecer esos gusanos. Se esperaba la muerte mientras se iba desprendiendo el olor putrefacto de sus cuerpos.

Un día un soldado que tenía heridas las cervicales me pidió que le mirara, cuando le quité la venda vi hasta lo profundo de las vértebras y estaba lleno de gusanos, gusanos que se escondían en el cabello y en la ropa.

Esto es la realidad de la guerra, en ella encontramos el límite de lo humano, absurdo e inexplicable.

Un día encontré una mujer que estaba a punto de dar a luz, estaba sola implorando una atención sanitaria pero como en ese momento estaban intensificando los bombardeos no pudimos atenderla. De vez en cuando recuerda a aquella señora aunque han pasado más de medio siglo, sin saber qué fue de ella y de su hijo.

Cada vez más la situación fue empeorando y ya sabíamos que estabamos perdiendo la guerra. De día y de noche seguían los bombardeos. Nos dieron la orden de disolver el hospital pues no teníamos nada que comer y sólo podíamos beber el agua de la lluvia. Mis trenzas, mi ropa, todo el cuerpo estaba empapado y parecía todo un mal sueño. Cuando pensaba en todo eso mi corazón se paró unos segundos.

La gente estaba iba en todas direcciones, unos soldados iban al frente, otros se retiraban. En el sendero del pueblo de Yonesu, me encontré con mi padre. Por primera vez vi sus lágrimas en su cara delgada, estaba repleto de hojas para camuflarse. Me dijo: "Hemos de asumir esta situación, de todos modos cuídate", y se fue al frente. Mi padre era un soldado de defensa, fue la última vez que lo vi, murió en el frente.

Ahora mi nieta tiene la misma edad que yo tenía entonces cuando estaba de enfermera. Deseo con toda mi fuerza que nunca pueda llegar a vivir est experiencia tan dura. Si me pongo es su lugar y recuerdo lo joven que era al iniciar la guerra me entra una gran tristeza.

Mi compañera Inafuku está inválida por recibir un trozo de bomba en su brazo derecho. La señora Kuniyoshi, otra de mis compañeras, cogió tifus y se quedó como un esqueleto, recuerdo sus grandes ojos en un cuerpo demacrado. Gracias a la vida hemos sobrevivido las tres.

No debería existir la palabra guerra sagrada, tampoco la realidad que se da en una guerra de "si no matas te matarán". Esto sucede por las ambiciones del ser humano. Quiero decirlo a los jóvenes que no conocen la guerra, para sus padres son tesoros irremplazables, de hecho , la vida de las personas tiene un valor incalculable. Ojalá no volvamos a ser víctimas de un guerra.
Deseo la paz, salud y coraje, deseo felicidad para el futuro desde mi corazón.

 

 

Chie Kuba 
1 de diciembre, año 13 de Heisei (2001)
Ex enfermera de la Cruz Roja
 
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