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ALMA
TRIPARTITA
Tal vez tenían razón Platón y Aristóteles
cuando decían que el alma humana era tripartita, una parte sensible
como las plantas, otra animada como en los animales, y una tercera inteligente
propia de lo humano, o más cercana a lo divino. División
sencilla que nos acercaba a una idea unitaria donde el alma humana debía
englobar todos los estratos de la vida y eregirse en cúspide de
la creación. Puede que fuera una manera de expresar que el hombre
es una síntesis del universo y también que la división
trinitaria de las cosas y los seres es el mínimo común denominador
de la vida.
Es esta energía de vida que de una semilla y un trozo de tierra
hace nacer una planta, o de macho y hembra engendrar un hijo. Así,
el corazón del tres remite a este primer ciclo natural donde la
tensión de los opuestos se resuelve en un tercero que los engloba
y supera, tal como la síntesis sobrevuela entre la tesis y la antítesis.
Probablemente la primera mirada del ser humano se establece entre el cielo
y la tierra, entre un arriba inmenso y un abajo más cercano, donde
él se vive como puente, canal o mediador entre estos dos límites.
Pero también, fuera de sí mismo, distingue tres mundos posibles,
arriba el Cielo de los dioses y los ángeles, a ras de suelo el
Mundo de los hombres y sus trifulcas, y bien abajo, el Infierno, un submundo
tenebroso de diablos y monstruos de pesadilla. Al final, nos dijeron,
la muerte todopoderosa sabrá llevar a unos a un mundo eterno de
luz y a otros al también eterno mundo de sombras. Imágenes
que en nuestra cultura occidental judeocristiana tanto han calado.
LA
FECUNDIDAD DEL TRES
Sea en el espacio, arriba, aquí y abajo; sea en el tiempo, presente,
pasado y futuro; o en la dinámica vital, nacimiento, vida y muerte,
en la misma naturaleza de los cuerpos, sólido, líquido y
gaseoso, éste esquema trinitario se vuelve muy poderoso. El número
tres aporta una mayor armonía pues reproduce en su interior la
dinámica de la unidad.
Creemos que esta dinámica ya la tenía en cuenta San Agustín,
padre y pilar de la Iglesia Católica en la Edad Media, que aunque
maniqueo en sus orígenes pues dividía el mundo entre bueno
y malo, oscuro y luminoso, donde el ser humano debía batallar con
su parte pecadora en pos de la divina, supo reconocer tres facetas en
el camino del religioso cuando decía que teníamos que ir
de fuera hacia dentro, y de dentro hacia arriba. Algo así como
ir del Mundo hacia el Alma, y de ésta hacia Dios. Trascender el
mundo donde reina el caos y el pecado y llegar a Dios, aunque él
lo representaba a través de la iglesia para ir de la civitas terrena
a la civitas Dei.
También encontramos un reflejo en la mitología pues la constelación
de Sagitario representada por un centauro arquero nos sugiere la imagen
del hombre completo, la triple naturaleza, una parte como animal, otra
como humana y una última como anhelo divino representada por la
tensión del arco y la flecha que apunta al mismo centro del universo,
tal vez en busca de sentido y unidad. Cierto es que, en general, los centauros
son reflejo de la naturaleza inferior, de la escisión del individuo
entre lo instintivo y la razón, pero también nos recuerdan
la posibilidad de sublimación, el tránsito imaginable de
lo inconsciente a lo consciente.
Como decíamos, el ser humano refleja en su seno esta imagen tripartita
donde el Mundo es a su cuerpo, su Alma se aviene a su mente y Dios es
su misma espiritualidad. Cuerpo, mente y espíritu como las tres
aristas que tiene nuestro ser. Concepciones del ser que habitualmente
aceptamos.
PECHO,
VIENTRE Y CABEZA
Cabría profundizar aún más en este esquema pues si
arriba es como abajo en la tradición esotérica, y el microcosmos
es un reflejo del macrocosmos, tenemos que inferir que la misma energía
que se mueve en un plano afecta también a los planos sucesivos.
Veamos por ejemplo nuestro cuerpo, tal como lo solíamos dividir
en la escuela en cabeza, tronco y extremidades. Si continuamos con una
extremidad cualquiera como el brazo, también lo dividíamos
al mismo tiempo en tres: brazo, antebrazo y mano. La mano en carpo, metacarpo
y dedos, y éstos en tres falanges. Es como si el cuerpo secretamente
se estructurara arquetípicamente a través del tres, como
también se divide en el dos, en el cinco, en el sietedos ojos,
dos orejas, cinco dedos, cinco vértebras lumbares, siete, chackras,
siete vértebras cervicales, nueve orificios, doce costillas, etc.
Si profundizamos en el tres, tenemos sólo tres áreas en
el cuerpo, tres cavidades herméticas. El cráneo que envuelve
el cerebro; espacio superprotegido y compacto. El pecho que rodea pulmones
y corazón a través de las costillas semiflexibles; y por
último el vientre, gran espacio que contiene las vísceras
recogidas por músculos y fascias, con el soporte de la pelvis.
Tres espacios bien diferenciados pero que van más allá de
sus órganos correspondientes. En nuestra cultura señalamos
la cabeza cuando nos referimos a la mente, mente pensante. Nos golpeamos
el pecho cuando decimos yo, orgullosos o ufanos, nos llevamos las manos
al vientre cuando estamos satisfechos. Y en cierta manera, el vientre
transforma alimentos gratificantes, lo mismo que el pecho elabora sentimientos,
y la cabeza opera con los pensamientos, con lo más abstracto.
Nos volvemos a encontrar con el alma tripartita en sus tres vertientes,
por un lado el vientre-cuerpo-mundo, en medio el pecho-mente- alma, y
arriba, cabeza-espíritu-Dios. Si, por último, pudiéramos
añadir las expresiones de cada área, creemos que la fuerza
y el coraje son las expresiones del vientre, el amor la vocación
del pecho y la sabiduría la orientación de la cabeza.
SOMOS
UN TODO CONTINUUM
Ahora bien, si insistimos, sin más, en esta partición entraríamos
en una paradoja insalvable pues hace mucho que estamos hablando de una
globalidad, de un ser en perpétua interrelación con todo
lo que existe.
Hace mucho que queremos salir de la fragmentación a la que nos
somete la cultura cuando reprime al cuerpo por seguir sus instintos, o
cuando se censura al individuo por seguir sus ideas.
Nos lo muestra el yoga milenario que habla profundamente de unión,
de tomar conciencia del cuerpo, de conectar con el alma de las cosas,
de sentir el dios que habita dormido en cada uno de nosotros. Nos lo recuerdan
las religiones en su origen que hablan de la necesidad que tiene el ser
humano de religarse con todo lo que existe, como el canto que hace San
Francisco de Asís a todas las criaturas en alabanza a Dios, al
hermano sol y la hermana luna, al viento, al agua y al fuego, a la madre
tierra y a la hermana muerte de la cual ningún ser viviente puede
escapar.
Y es el mismo objetivo de unión que se proponen en las terapias
alternativas para hacer salir al individuo del pozo oscuro del alma que
es la neurosis. Desconexión donde el cuerpo se niega o se pervierte,
el alma se excede o se culpabiliza, y el espíritu insensible se
fanatiza.
CUERPO,
MENTE Y ESPÍRITU
Es curioso este maleable juego de opuestos. Tal vez sea así el
juego eterno entre la luz y la sombra que se persiguen sin descanso. El
mundo, con su misma naturaleza temporal, nos lleva a la fragmentación,
a la multiplicidad, a los límites y a las fronteras mientras lo
espiritual nos recoge en lo esencial, nos recuerda la unidad de la vida
y nos redime de nuestras faltas. Uno grávido sumido en los cambios,
en la caducidad; el otro, inefable, fiel a sí mismo.
También cuerpo y mente juegan al mismo juego pues uno es realidad
tangible, de carne y hueso, con su límite de piel claro y doloroso
que crece o envejece día a día, mientras que la mente se
sueña ilimitada, con ideas tan poderosas que cambian la faz de
la tierra. Y nos preguntamos a menudo si no serán ambos polos de
un mismo proceso, cara y cruz de la misma moneda.
Hay quien dice que el cuerpo es el lugar del inconsciente que absorbe
como esponja las tensiones más sutiles del alma. Durante años,
en las lecturas corporales, hemos visto claramente que la historia precisa
de cada individuo, su relación con el padre y con la madre, sus
inseguridades y sus complejos están esculpidos a fuego en el cuerpo.
Y hemos visto que el cuerpo es un símbolo viviente que asume todas
las categorías que también alimentan nuestra mente. El desequilibrio
entre derecha e izquierda pudiéra tener que ver con la desigualdad
entre fuerza y sensibilidad, entre masculino y femenino, padre y madre.
El desplazamiento del cuerpo hacia delante o hacia atrás podríamos
relacionarlo con la orientación y la avidez en el futuro o el acatamiento
del pasado, es decir, el desajuste entre acción y pasividad. Cuando
encontramos desigualdad entre arriba y abajo en el cuerpo, pensamos que
puede haber desequilibrio entre instinto y razón, entre lo social
y lo íntimo. O cuando la respiración no es armónica
podemos buscar en el tomar y el dar, así como en la inspiración-vida,
o el abandono-muerte. O puede que no sea así pues el cuerpo-mente-espíritu
tiene tantas posibilidades que sólo acertamos a leer algunos renglones.
Es impresionante descubrir cómo una parte del cuerpo expresa una
edad diferente a otra, como cambia el color de la piel en un lado o en
otro, las diferencias en el tono, la fuerza y la sensibilidad. Pero más
curioso todavía es sentir al cuerpo como una memoria de pliegues,
como una cristalización de actitudes. Datos suficientes para acogernos
al Tantra y sentir la necesidad de volver sagrado el cuerpo pues en él
reside la máxima potencialidad de cambio y de transformación.
Al otro lado, es cierto que la mente nos resulta laberíntica, pero
podemos señalar también una parte consciente, que está
en vigilia y que se da cuenta de las cosas, de otra parte subconsciente
o inconsciente, que a veces forma parte de los sueños y que es,
en relación a la primera, la parte enorme sumergida del iceberg
de nuestra conciencia. Los sabios nos hablarán de una tercera mente,
la mente plenamente consciente, o supraconsciente, diríamos meditativa,
o en boca del chamán Don Juan Matus, es la mente que se encuentra
en un estado acrecentado de consciencia, donde se perciben los hilos invisibles,
aprovechando una imagen más poética, que tejen la interrelación
del mundo.
Por último, el espíritu, por principio, es lo indivisible,
así que hablar de la división de éste, de alguna
manera, es un sacrilegio. No obstante, tendríamos que pedir ayuda
a los iluminados y a los santos, y contrastar con ellos si hay de verdad
estratificación como en las potestades de ángeles, si la
iluminación pasa por diferentes mundos espirituales, si hay más
de un cielo.
PURA
ENERGÍA
Con todo, nos tendremos que acoger a la misma tradición cristiana
cuando sentencia que Dios es uno y trino. También nosotros somos
tres y simultáneamente somos uno, y esto es algo que la razón
no entiende pero que el corazón bien sabe pues está acostumbrado
a la complementariedad, a la síntesis de los opuestos, a ser dejando
de ser cuando se ama mucho.
Sentimos que cuerpo,
mente y espíritu son la misma cosa en diferente octava, son diferentes
sedimentaciones de un mismo barro, forman parte de un mismo paisaje como
cuando embelesados contemplamos la nube, el mar y la montaña nevada
que en lo más recóndito son la misma cosa, agua pura. ¿Tendríamos
que decir que también nosotros somos pura energía?.
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