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Desde
siempre el ser humano ha creado ritos, ritos mediante los cuales la comunidad
facilitaba a sus miembros el paso de los sucesivos pasajes de la vida.
Los antiguos ritos ofrecían una estructura compartida que constituía
el marco segurizante dentro del cual era más fácil afrontar
las transformaciones, el miedo provocado por las inciertas perspectivas
de abandonar aquello que había sido hasta el momento presente sin
saber todavía qué ocurrirá en el futuro (1).
La danza y el rito han estado en íntima relación desde siempre,
tanto así que, para algunas culturas, las dos palabras tenían
el mismo significado. Estamos hablando de la danza que ha nacido de los
movimientos con los que el hombre primitivo expresaba su propio estado
emotivo, de manera más o menos organizada y metafórica,
y que con el tiempo se han consolidado para poder elaborar la emoción
ligada a los momentos más intensos de la vida (nacimiento, muerte,
matrimonio, caza, guerra), para expresar la relación con la naturaleza,
con el universo y para vivir la propia sociabilidad.
Esta forma de danzar no separaba la mente del cuerpo. Más bien
podemos considerarla al igual que Fechner (2) como “la encarnación
del pensamiento en el momento en el que se manifiesta”, el máximo
grado de integración psique, cuerpo, espíritu, por esta
estrecha trama con la vida y porque encarna la creatividad del cuerpo.
La danza es la más antigua y totalizante de las artes, o aún
más, “la danza es una forma originaria del ser humano”(3).
Compartimos también la posición de Curt Sachs (4) que ve
en la danza la madre de todas las artes. “…La música
y la poesía existen en el tiempo, la pintura y la arquitectura
en el espacio, mientras que la danza existe en ambas dimensiones”
y además en el danzar “el creador y su creación son
una misma cosa”.
Es importante tener presente que la danza no sólo ha sido originariamente
el medio para dar forma expresiva a emociones y sentimientos que podían
ser fuente de ansia insostenible. También ha sido la vía
a través de la cual era posible alcanzar una amplia gama de estados
de conciencia. La cosa más clara y evidente, especialmente a nuestros
ojos occidentales, en la danza de trance o en la danza estática,
es que tienen como principal objetivo el logro de un estado de conciencia
trascendente, un abandono de la fuerza del yo y un sentido de unión
con el universo. Pero es importante tener presente que, en cualquier tipo
de danza, las diversas cualidades de movimiento, los diversos ritmos y
los variados modos de utilizar el espacio inciden sobre nuestro estado
de conciencia y sobre la experiencia del propio ser.
Era fundamental la ejecución de los movimientos de la danza que
daban forma a los ritos. No obstante, al ofrecer una especial atención
a esta forma coreográfica en el momento en que era ejecutada, se
expresaba también el propio ser. Al focalizar la propia atención
sobre el modo en el que el cuerpo se vive a sí mismo es posible
“encarnar” la acción ritual. Es una atención
receptiva que requiere estar presente en el aquí y ahora, es un
comportamiento creativo que al mismo tiempo guía el cuerpo y se
deja guiar por éste.
Podemos decir que cuando un rito está vivo hay dos procesos creativos
que se cruzan. Uno social, consolidado a través del tiempo y otro
individual expresado en la cualidad de la presencia y en el modo personal
en que la forma ritual es ejecutada. De la Edad Media en adelante, no
obstante, occidente transformó la danza en mero espectáculo,
abandonando gran parte de su función ritual. La danza espectáculo
establece una figura de danzarín ejecutor el cual, en la mayoría
de los casos, no crea su danza y está más preparado para
“hacer” que para “sentir” o para “ser”
en el movimiento. El énfasis que viene puesto en la belleza de
la forma ha llevado a un distanciamiento cada vez mayor de la vivencia
interior.
Nuestra cultura ha dado prioridad al pensamiento y ha mirado al cuerpo
como una fuente de pecado. El rico bagaje corporal y los ritmos alegres
del movimiento son el lado oscuro de nuestra cultura desde que el pensamiento
cartesiano y newtoniano ratificarán la división entre mente
y materia. Actualmente, si bien parecen disminuir los tabues sexuales,
nuestra forma de vida y de producción económica imponen
un control cada vez más rígido del cuerpo. Las modas definen
los modelos de belleza a seguir al precio de severas dietas, gimnasias
enloquecidas o métodos cruentos de cirugía plástica.
Hay menos tiempo para el “cuerpo sentido”. No hay tiempo para
sentir el sol sobre la piel en la mañana, no hay tiempo para sentir
los aromas de la naturaleza, ni para expresar a través de los ritos
nuestra relación sensorial, emocional y fantástica con éstos.
Existen, no obstante, fuerzas pertenecientes a nuestra misma cultura que
están recorriendo otros caminos. La danza contemporánea
es una de las expresiones de esta fuerza. Su nacimiento en el inicio del
siglo marca la ruptura del viejo estado de cosas o el inicio de una vía,
no siempre lineal pero continua, de retorno a la escucha profunda del
cuerpo como fuente de expresividad.
De los métodos de promoción de la creatividad desarrollados
en la danza contemporánea y de las contribuciones culturales del
psicoanálisis surgieron las primeras experiencias de la Danza/Movimiento
terapia, a través del esfuerzo de algunas pioneras como Mary Whitehouse,
Marian Chace, Trudy Schoop y otras. La Danza Terapia que actualmente viene
siendo aplicada a diversas patologías, tantos psiquiátricas
como físicas, nos muestra que el poder de transformación
y curación de la danza ha permanecido vivo en nuestra memoria psicosomática.
El Movimiento Creativo es una disciplina enfocada a la recuperación
de la escucha profunda del cuerpo y al desarrollo de la potencialidad
expresiva y creativa. Esta práctica nace de la doble experiencia
de las autoras de este artículo, ambas danzarinas, coreógrafas
y terapéutas en danza-movimiento. El Movimiento Creativo considera
al cuerpo como el eje central del proceso creativo que está en
la base de todos los lenguajes artísticos. Se orienta hacia la
profundización de la escucha del cuerpo y a la ejercitación
del tipo de presencia mental necesario durante los ritos. En efecto la
parte inicial de esta práctica recibe el nombre de rito de armonización
corporal. Es un práctica matutina que se repite al inicio de cada
encuentro del Movimiento Creativo. Está caracterizada por secuencias
de movimiento pensadas para llegar al reequilibrio entre cuerpo, mente
y espíritu, antes de afrontar aspectos más libres e individuales
del proceso creativo. De manera más detallada los ritos se dirigen
a:
• desarrollar la percepción sensorial como una vía
de activación de la “inteligencia cuerpo/mente”.
• ampliar la gama de los movimientos y de su cualidad.
• desarrollar la memoria del propio movimiento.
• iniciar a las improvisaciones como un método para desarrollar
un lenguaje corporal expresivo.
Las palabras rito de armonización corporal quieren indicar lo sagrado
que es para las autoras de este trabajo el proceso de integración
cuerpo/mente.
El rito se inicia con la aceptación del estado en el que se encuentra
el cuerpo, con la escucha profunda y el descubrimiento de sus matices.
El cuerpo ya no es un enemigo o algo que deba plegarse a la voluntad,.
Cualquiera que sea el estado en el que se encuentre es desde él,
a través del rito, desde donde el proceso creativo emergerá.
A través del rito de armonización corporal se busca satisfacer
ya sea la necesidad social de hacer ritos colectivos, ya sea la necesidad
individual de expresar el propio sí interior. Vivir no es primariamente
ocupar el espacio, sino cuidar y crear aquel espacio en el cual algo individual
surge y se desarrolla.
Los ritos de armonización corporal están pensados para crear
el ambiente de seguridad y de confianza dentro de los cuales el individuo
puede experimentar los recorridos creativos, sin ser presa del juicio
de los otros o de la autocrítica destructiva. Cuando se consolida
el propio proceso creativo en el interior de un ambiente sin juicios aparece
la posibilidad de ampliar la propia creatividad, incluso en otros ambientes
de la vida social.
En una sociedad que nos ofrece pocos ritos y que pone el acento sobre
la autonomía del individuo, la posibilidad de practicar un rito
con un grupo de personas abre una opción de reforzamiento de aquellos
aspectos de la personalidad que nos permiten crear nuestros propios ritos
o de personalizar aquellos ritos sociales escapando de la excesiva fuerza
del hábito.
“Cuando el guru se sentaba para venerar cada noche, el gato del
ashram se metía siempre enmedio, distrayendo a los fieles. Entonces
ordenaron que el gato fuese atado durante el rito. Después que
murió el guru, el gato continuó atado durante la veneración
nocturna. Cuando el gato murió, otro gato fue llevado al ashram
para que fuese sistemáticamente atado cada noche. Siglos más
tarde tratados oficiales fueron escritos por los discípulos del
guru, para explicar el significado litúrgico de atar al gato mientras
se realiza la veneración”(5).
Este cuento muestra cómo el ser humano puede aceptar aspectos rituales
sin experimentarlos en primera persona, convirtiéndolos en una
regla rígida a cumplir.
Los ritos de armonización corporal de los que hemos hablado se
proponen como objetivo recrear un espacio de unificación mente,
cuerpo y espíritu en el cual la expresión individual pueda
tener lugar. La forma unida a un cierto tipo de atención crean
una nueva experiencia y además una nueva expresión.
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