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Perder la Razón
Invitaciones cruzadas a la aventura de lo nuevo

En Insight versus pensamiento de continuidad

En el lenguaje se establece una relación prácticamente unívoca entre los significados y sus significantes. Del mismo modo en que no entendemos como palabra un sonido sin significado, raramente admitimos aquello que no tiene designada una palabra. Incluso si le prestamos momentáneamente atención, suele caer en el olvido o es relegado al apartado de lo no computable.

La combinatoria de elementos conocidos parece inacabable. Sin embargo es limitada. Y todavía son más limitados los circuitos en uso del pensamiento, que apenas cuenta con unos pocos paradigmas razonablemente fiables. Basta con echar una ojeada alrededor para sospechar que lo nuevo debe ser infinitamente superior (al menos desde un punto de vista cuantitativo) a lo conocido. Y a pesar de ello lo nuevo tiene escasa presencia en nuestras vidas cotidianas.

Imaginemos que, desde una concepción volumétrica de la mente, trasladamos a unas coordenadas sobre un plano a lo conocido situándolo en el eje horizontal y a lo nuevo en el vertical. Y que asociamos al eje horizontal el concepto de tiempo y al vertical el concepto de espacio.

Uno podría decir que el pensamiento de continuidad, la forma habitual de pensamiento, es útil para realizar combinatorias de elementos ya conocidos, estructurándolos del mejor modo posible, pero no tiene utilidad si lo que esperamos es encontrar algo diferente, y no es raro un funcionamiento en forma de molestos circuitos cerrados repetitivos cuando estamos buscando inútilmente alguna solución a partir de lo que ya está presente en superficie.

Una alternativa es detenerse. Abandonar el largo sendero en horizontal plagado de bucles y ramificaciones. Abandonar la dirección. Abrir los ojos al espacio vacío, escuchar atentamente el silencio y aguardar a que algo nuevo emerja por sí mismo.
Claro que incorporar lo nuevo sosteniendo el lastre de lo conocido es difícil: el entorno social establece propuestas que determinan nuestra percepción del mundo. Y percibir el mundo según las propuestas del entorno social es ley. Una ley no escrita pero de implacable presencia, aunque como toda ley tenga sus transgresores: los creadores y los locos.

Un aflorar de percepciones nuevas a la conciencia puede conducir a un estado de desestructuración. Esto es fruto no sólo del miedo a la transgresión o a la diferencia. También del impulso con que surge la necesidad de integrar lo desconocido en estructuras ya conocidas. De la dificultad inicial para admitir universos nuevos que se autocontengan a sí mismos, que funcionen a modo de circuitos cerrados con una lógica interna propia. Dicho de otro modo, de la dificultad para permitir la coexistencia pacífica de elementos en contradicción. Claro que esto pierde consistencia cuando subyace una comprensión, aunque sea parcial, de la idea de vacuidad.

Las funciones lógicas pueden retirarse temporalmente para dejar espacio a la aparición de lo nuevo. Es más, uno sospecha que lo no conocido posee su propia lógica, y que nuestra razón, limitada pero justificándose a sí misma, se resiste a rendirse temporalmente al no saber, a aprender del no saber, soltando las riendas para permitir la danza sorprendente de las formas.

Podríamos arriesgarnos a abandonar la tiranía del control que establecemos desde la razón y permitir el libre juego de los elementos. Tal vez el riesgo sería inexistente si nos acordáramos de mantener espacio en la mente y presencia en el corazón.
 

 
La ciudad de Pensamantis

Al Oeste del País del Viento, en el centro del gran altiplano que separa las montañas de Horz y de Vert, se erige la oscura ciudad amurallada de Pensamantis.
Se dice que fue construída hace más de dos mil años por los Inaccesibles, hombres solitarios y silenciosos que detestaban profundamente el ajetreo de las ciudades del valle.

No existen en todo el país murallas tan altas e inexpugnables como las de Pensamantis, y al resto de los habitantes del País del Viento les resulta difícil comprender qué es lo que mantiene habitada una ciudad en un paraje tan desolado.
(...)

Gracias a los relatos de quienes han estado allí, se sabe que sus murallas son negras porque están construídas con grandes bloques de ebonita, un mineral que abunda en la montaña de Vert. Todos coinciden en advertir del peligro de acercarse solo a esa montaña, porque el negro del mineral se confunde con la oscuridad de profundas simas que parecen abrirse sin previo aviso a los pies del viajero.
Pero si es peligroso acercarse a Vert todavía es peor la suerte que puede correr el que se aventure hasta las estribaciones de Horz. A fin de cuentas un abismo es un abismo y ahí queda todo.

De Horz se desprende una espesa niebla que en ocasiones cubre todo el altiplano, y es capaz de hacer desaparecer de la vista incluso las altas murallas de Pensamantis con todo lo que contienen. Entrar en la niebla puede significar no salir jamás de ella. Brisas burlescas que cruzan su interior trazan caminos que el viajero perdido no puede resistirse a seguir, por mucho que le resulte imposible saber hacia dónde encamina sus pasos.

No hay modo de escapar de la niebla, aunque cuentan que en ocasiones las brisas se apiadan del viajero y lo conducen hasta los abismos de Vert. Si alguien es capaz de mantenerse inmóvil en el lugar en que la niebla parece introducirse en el interior de la tierra, es decir, al borde del abismo, tarde o temprano la niebla le abandona y le descubre el paisaje y el camino de vuelta.

En cuanto a la ciudad en sí misma nadie se pone de acuerdo en su descripción, y nadie ha conseguido ver jamás al Rey ni el palacio que se supone construyeron los primeros Inaccesibles. Esto es debido a la disposición de sus calles, que fueron trazadas como un laberinto siguiendo las indicaciones del Rey Autor Primero, y han ido sufriendo modificaciones con el paso de los siglos, todas ellas dirigidas a incrementar las dificultades para cualquiera que intente alcanzar el centro de la ciudad.

 

 

Laura Martínez Mirón
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(De “La Ciudad de Pensamantis”, fragmentos.)
 
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