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Nuestra
primera relación con el mundo es instintiva. Toda nuestra necesidad
puesta en la poderosa musculatura de succión ante la teta nutricia.
Casi enseguida, cuando la visión se aclara y aparecen los otros
cercanos nuestro instinto se malea en afectos. Con la sonrisa temprana
o con el llanto irritante pareciera que tratásemos de influir en
el mundo, reteniendo lo segurizante o alejando lo peligroso. En la medida
que la interacción con el mundo es inevitable y que nos afecta
más allá de lo controlable, nuestros afectos pudieran ser
recursos innatos para mantener nuestro equilibrio interno.
Lo curioso del mundo afectivo es que no conocemos su tránsito por
nuestra interioridad, estos afectos aparecen sin mediar nuestra lógica
ni aún menos nuestra voluntad. A veces los sentimos como fuerzas
angelicales o demoníacas que nos invaden, nos ahogan, nos arrastran,
nos trastocan o nos elevan como si fuéramos meros soportes de un
juego de dioses, de un entramado arquetípico que desconocemos o
de un laberinto emocional demasiado complejo.
El entramado sentimental
La misma terminología de los afectos es ambigua. No son lo mismo
los deseos que nacen de una necesidad vital o de una fuerte atracción
que los sentimientos que son afectos más elaborados por la riqueza
de nuestra ideosincrasia y por el tamiz del entorno cultural. Si las emociones
son sentimientos breves y evidentes físicamente, las pasiones,
en cambio, son huracanes de sentimientos que centrifugan nuestra vida.
Realmente nuestro cuerpo emocional es un meandro de aguas, unas más
turbulentas que otras, que pretenden llegar al ancho mar del sentir.
Sin embargo, uno puede tener un buen día aunque su clima emocional
permanezca deprimido y tener un racimo de manías y fobias en buena
convivencia con su sentido común. Sinfonías de afectos a
los que estamos obligados a escuchar pasivamente a menos que nos volvamos
conscientes de nuestras propias motivaciones inconscientes.
Lo que es evidente es que los sentimientos y las emociones nos indican
cómo nos están afectando las cosas. Si me regalan algo me
pongo contento, si lo pierdo, triste. Y esta alegría o tristeza
son de tal intensidad que enseguida reacciono en agradecimiento, o en
temor.
Diríamos que las emociones básicas ponen vaselina a nuestra
acción en el mundo. Sabemos que algo nos da placer o nos causa
dolor, nos aburre o nos divierte, nos seduce o nos frustra gracias a nuestro
cuerpo emocional. Así contactamos con nuestra intimidad a través
de las reacciones emocionales. Nos sentimos vivos, humanos, pues los sentimientos
forman parte de ese "ruido" que hacemos al compartir o comunicarnos.
Aparentemente deberíamos actuar en consecuencia. Un niño
llora la ausencia de su madre, una mujer celebra el alumbramiento de su
hijo, estallamos de alegría ante la buena suerte. Pero los sentimientos
son armas de doble filo; en un lado, la incipiente reacción emocional
nos dice cómo nos está afectando esa situación que
vivimos; por otro, nuestros temores, censuran aquellas manifestaciones
si no son adecuadas. Aprendemos a trampear emociones para no mostrar nuestra
vulnerabilidad o nuestras verdaderas intenciones. Desde aquí los
sentimientos se convierten en una batería de estrategías.
Estrategias de supervivencia
Las estrategias forman parte del bagaje humano desde que salimos del paraíso,
pues sentimos que con alzar el brazo no tenemos la fruta jugosa y que
con pedir amor no aparece necesariamente la persona amada. Algo hay que
hacer, nos dice nuestro ser más necesitado, camuflarse o llamar
la atención, actuar a los ojos de los demás o imponer nuestros
deseos. Tantas veces lanzamos nuestros mensajes emocionales a los cuatro
vientos para conseguir algo de lo necesitado.
El gran problema sobreviene no sólo con la mentira hacia el otro,
sino con el autoengaño. Cuando la estrategia va por encima de nuestra
realidad, cuando los mecanismos de defensa que en un momento fueron necesarios
se han enquistados, o tal vez, cuando nos duele aceptar la realidad o
sentir la verdad, entonces nos hemos liado en una madeja de estrategias
sin sentido.
Y es que nos encontramos ante un muro casi insalvable, la inconsciencia
de la inconsciencia, algo así como un espejismo alienado de lo
que somos o una mentira con centenares de raíces que sostienen
nuestro inestable equilibrio o nuestra idea de supervivencia. Lo más
triste es ver que no nos damos cuenta de nuestros engaños.
Seres paradójicos
Es verdad que no sabemos lo que sea el ser humano pero sentimos que paralelo
a la dimensión lúcida y numinosa que llamamos sapiens, aparece
la otra cara en la sombra cercana a la genialidad pero también
a la locura, que llamamos demens. No nos queda otra que aprender a convivir,
tal vez transformar, esa otra parte que nos conflictúa.
Tal vez tengamos la marca de la escisión desde nuestro nacimiento
y cuando nuestro cuerpo va en una dirección, nuestra cabeza se
enfoca en otra bien diferente. A veces queremos la felicidad a través
del sufrimiento como si el dolor fuera el pago inevitable para ser reconocidos
y amados; otras, convenimos en vivir la vida a través de los libros
o de las ficciones filmadas; y otras, queremos cambiar el mundo cuando
lo que necesitamos es cambiar nuestra visión sobre él. Estamos
plagados de paradojas insolubles y de absurdos como el de olvidarse de
sí mismo para no enfrentarse con los propios problemas; o el de
volverse un producto excitante y apetecible para rescatar las migajas
de aquello que pensamos que es el amor.
Más allá del carácter
Cuando damos un primer paso en la oscuridad hacia ese Ser que somos y
que anhelamos tantas veces no vemos nada aunque lo tengamos delante de
nuestras narices pues el que busca es el ego con sus fantasías,
sueños e idealizaciones. El ego sólo se reconoce en sus
ínfulas de poder y es por eso que el ser interior silencioso pasa
desapercibido. El yo interior no es todopoderoso ni tiene la respuesta
precisa en el preciso instante; se muestra escurridizo e inefable porque
sus oídos están a la escucha en la certidumble de que formamos
parte de una unidad con el cosmos.
La parte neurótica de nuestra personalidad o de nuestro carácter
se empeña en que la vida tenga grandes dosis de seguridad, de placer,
éxito, deseo y reconocimiento. Pero a la vuelta de la esquina nos
vemos abocados a vivir la otra cara de la realidad donde también
hay inseguridad, dolor, fracaso y vacío. Todo esto sin la confianza
en que detrás del error hay otras puertas alternativas que se abren
a nuestra acción, y que tras la soledad uno encuentra una relación
más atemperada con la vida. No nos damos cuenta que la enfermedad
aguda es una fantástica crisis depurativa y que la conciencia de
la finitud y de la muerte son las mejores aliadas para cuestionar las
dependencias que nos hemos impuesto.
Los tres pecados principales
En esta falta de luz, de conciencia de nuestra inconsciencia, la tradición,
en especial el Eneagrama, nos hecha una mano y nos explica los mecanismos
básicos de huida de la realidad, de la ansiedad ante la carencia
amorosa y de la inseguridad ante la incertidumbre del mundo.
Tal vez por eso podríamos encontrar tres formas básicas
de desviación antre el Ser que somos: querer ser más de
lo que somos, ser menos y no querer ser.
Ser más
Es posible que la avidez de ser sea una reacción temprana a no
sentirse visto y reconocido en lo profundo. Elogiado en las formas, reconocido
en la excelente ejecución de las tareas y aplaudido en las conquistas
sociales, uno puede confundir el interior con el exterior y sentirse reconocido
sólo en las máscaras que representa.
También encontramos un ego inflado que dejando atrás sus
carencias se ha convertido en un semidios donde la humildad es un mero
cuento para débiles de espíritu.
Ser menos
Pero también pecamos por ser menos de lo que realmente somos. Uno
se vuelve pequeño y más pequeño hasta quedar aplastado
entre su interioridad inmensamente desconocida y el mundo inmensamente
terrorífico. La tremenda angustia de vivir apenas se puede mitigar
sumergido entre consignas y justificaciones, desde la crítica o
la represión.
Hay otros que en vez de empequeñecerse se vuelven invisibles. Sintiendo
que el mundo es una broma de mal gusto y el amor una mentira adolescente
se dedican a contar estrellas y a ordenar saberes enciclopédicos.
No ser
Por último pecamos por no querer ser. Si uno encuentra la fácil
solución de comerse los problemas para dormir bien, la de crear
una piel bien gruesa para no enterarse o la de meter la cabeza bajo el
suelo como hacen las avestruces para olvidar las evidencias entonces comprenderemos
esa apatía psicológica que dificulta mirar hacia dentro
y reflexionar acerca de lo que estamos viviendo.
Otros en este dilema de no enterarse prefieren darse un tajo en el cuello
y embalsamar el cuerpo para que los biorritmos de las emociones no interfieran
con las grandes razones. Pero también encontramos los que haciendo
la misma mutilación, le dan una patada a la cabeza para alejarse
del mínimo sentido de respeto por los otros y por la vida y tener
el campo libre para conseguir lo que les da la real gana.
Círculo vicioso
Ahora bien, los pecados, como bien sabemos, se retroalimentan. La misma
acidia que nos dificulta encontrar lo esencial en nosotros (no-ser) nos
priva de una base sólida desde la que enfrentar el mundo, lo que
nos lleva a la duda (ser-menos). Las dudas y el miedo pueblan de fantasmas
nuestro mundo interno y nos sentimos más seguros actuando desde
roles prestados y artificiales (ser-más), que a su vez, al actuar
con una falsa personalidad nos alejan de aquella capacidad natural de
mirar hacia dentro.
Pero siempre nos queda una alternativa, la de invertir el proceso neurótico
y recuperar nuestro centro, que precisamente no está más
arriba ni más abajo, sino en su centro, con su esencia, en su medida,
con su propio ritmo.
Sanar las emociones pasa, en primer lugar, por reconocerlas, por desenmascarar
las triquiñuelas del ego. En segundo, por volverse meditativo en
el vivir para que la inercia no nos pueda, y encontrar, por fin, la virtud
que todo pecado tiene comprimida.
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