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El párroco
 

Relatos que mi abuela contaba a sus nietos a la luz de la luna, que han sido para mí la fuerza que me ha ayudado en muchos momentos de mi vida. Mi abuela fue una gran persona y sus relatos y experiencias son de una enorme sencillez que traslucen una gran sabiduría. Fue muy crítica con la imposición del catolicismo debido a sus experiencias con la iglesia, transmitiéndonos sus reflexiones ante la gran cantidad de falsas verdades que en la misma existen, siendo sin embargo por sus hechos una gran cristiana. Escribió un libro con estos cuentos y reflexiones sobre hechos que le pasaron en su vida, dándole siempre una explicación con trascendencia, todo ello lo regaló a sus hijos y nietos para seguir oyendo su voz, aún después de haberse ido.

En un determinado momento, estando en meditación, pensé que podía compartir alguna de dichas historias con mis amigos de la Revista Conciencia sin Fronteras.


El párroco

El cura de mi pueblo es verdaderamente un buen hombre. Él cumpliendo con su deber hace todo lo que puede para atraerme a su rebaño, pero no se ha fijado que yo ya estoy marcada y tengo mi pastor (es Aquel que simbólicamente me señaló con marca de fuego, al cual nunca abandonaré porque es Él "camino de vida").

Éste buen párroco, no comprende como una mujer como yo habla de Dios como de un padre amoroso con el cual hablo mentalmente como hablaría con mi padre físico si lo tuviera. Por otro lado, el citado cura ve o sabe, porque en todos los pueblos pequeños todo se sabe, que hago todo lo que puedo en pro de los pobres o enfermos y, en cambio se da cuenta que no hago nada para su iglesia. Nunca he dado dinero y esto no le gusta y se queja por ello. Yo le respondo siempre, que soy o intento ser una hija obediente y si Dios me mandara construir un altar se lo haría, pero de momento nunca me lo había dicho, en cambio sí que me ha pedido que ayudara en otras cosas que ya había llevado a cabo.

Una de estas cosas que conté al cura fue la siguiente:
Un día fui al hospital a visitar al hijo de una amiga mía que tras sufrir un accidente. Había perdido las dos piernas. Ya podéis imagináros la tristeza de ésta madre pensando en el futuro que le esperaba a su hijo. Yo no sabía que hacer por ellos, tanta pena sentía por los padres como por el hijo y las palabras eran poca cosa para tanto dolor.

Mientras estaba con ellos llegó un empleado de una empresa de aparatos ortopédicos ofreciendo sus servicios, todos ellos muy caros y muy por encima de las posibilidades económicas de los padres. Fue en aquel momento cuando mi voz interna me decía: "Empieza ahora tu trabajo" Pedí a dicha persona que me mostrara su catálogo, así, a pesar de la resistencia de mi amiga, escogí el aparato más adecuado para su hijo, pagando el importe de algunos plazos con el convencimiento que era el dinero mejor empleado de mi vida.

Unos meses más tarde cuando las heridas del chico ya estaban cicatrizadas y después de muchas pruebas vino a visitarme, caminando. No podía creer lo que mis ojos veían, el hijo de mi amiga andaba perfectamente y externamente no se notaba su minusvalía, hecho que a él le dio confianza y seguridad llevándole a realizar una vida lo más normal posible. Venia a verme para darme las gracias y mostrarme como podía caminar con normalidad.

Evidentemente conté esto al párroco para que comprendiera que no me resisto a Dios cuando me pide que ayude a los demás comprando unas piernas ortopédicas, una silla de ruedas para un inválido etc., como el ejemplo que le puse y tantas otras acciones que en mi vida he llevado a cabo siempre que alguien lo necesitaba.

El buen párroco no puede creer que con todas las ayudas que presto no pueda dar dinero para construir un nuevo altar en su iglesia, y es que no acaba de entender que Dios ya tiene un altar en el fondo del corazón de todos aquellos que "conectan" con él y, por tanto, no necesita más piedras. Seguramente preferiría que las piedras sirvieran para construir viviendas para aquellos que la necesitan, siendo verdaderos templos donde las oraciones serían las voces de los niños que en ellas vivieran y, las ollas hirviendo al fuego, el pan nuestro de cada día.



comentado por Marta Capdevila 
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