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Amor, pareja y cultura

¿Porque actualmente hay tantas separaciones y divorcios?


Hay millones de personas que están sufriendo una separación o un abandono y que no encontrarán una respuesta que les calme el dolor. Las únicas cosas que se han probado válidas son los hombros para llorar, los oídos para escuchar, y las recetas para cambiar nuestra bioquímica. ¿Pero necesitamos tanto el amor para arriesgarnos a una relación con menos probabilidades que la quiniela? La respuesta es sí. El amor es necesario e imprescindible. El problema es que no sabemos amar.


El enamoramiento

La mayoría de la gente cree que el amor de pareja surge con el enamoramiento, la pasión, esa intensidad que nos llena de emociones y nos hace olvidar el resto. Pues ese apasionamiento antiguamente tenía un antídoto, era el tiempo de noviazgo, en ese tiempo la gente se conocía un poco más y, si aún duraba el poder del vínculo, se iba tejiendo una relación duradera y con amor.

Ahora todo se quiere rápido, no tenemos tiempo que perder, y la guía más fiable es el enamoramiento que, en el fondo, es una maraña de proyecciones donde construimos lo que queremos ver. En el enamoramiento lo damos todo a cambio de tener todo lo que anhelamos y que difícilmente el otro podrá dar cuando la relación se vuelva real. Amar es un impulso de cuidar para ser cuidados que nace del corazón, de las entrañas. Si se convive y la relación con el enamorado es cercana, el amor verdadero se va instalando. Se va amando al que se tiene cerca, pero es una sensación mucho más leve que el enamoramiento.

A veces hay suerte y cuando se van deshaciendo las brumas de la idealización aparecen personas que se entienden y el amor que ha surgido compensa y tolera las diferencias y los defectos. En cambio otras veces la decepción y la frustración son más grandes que el sentimiento amoroso que se ha engendrado. El escollo más difícil en las relaciones es el contrapunto del enamoramiento, cuando se cae la cortina de la idealización, y empezamos a ver en el otro; primero, todo lo que le falta para ser perfecto; segundo, todo lo que nos cuesta ver de nosotros mismos y que es más fácil verlo en el otro proyectado ya que los hacemos depositarios de nuestras frustraciones; tercero, todo lo que nos hacíamos solitos ahora tenemos en quien descargarnos, toda nuestra autoexigencia, desvalorización, crítica culpabilizadora, ahora podemos dejar de ser un poco el problema para tenerlo en frente. De la ceguera del enamoramiento a la ceguera de la desilusión. Y el amor verdadero ha ido creciendo con el roce, con la presencia, con la participación en la vida del otro. El enamoramiento ha muerto !Viva el amor!


¿Qué es el amor?

Lo que llamamos amor es ese conjunto de emociones que nos hacen cuidarnos, estar juntos, es ese influjo que hace que uno esté mejor en presencia del otro. Esto sucede porque una parte muy importante de nuestro sistema nervioso, el cerebro límbico, propio de los mamíferos, se dedica principalmente a regular nuestra fisiología en función de la presencia de otros seres. Las emanaciones emocionales de la otra persona, sus gestos, miradas, olores, sonidos y un largo etcétera de comunicaciones se entretejen en una costumbre, en una adaptación mutua que moldea a los implicados. star con el otro nos sienta bien porque estamos programados genéticamente para estar bien con el otro.

El primer amor es el del bebé con sus padres que como decíamos se moldean, aunque sobre todo el bebé se construirá emocionalmente con la predisposición a estar bien con las características de sus padres. Estos condicionantes determinarán que con ciertos tipos de persona será mas fácil esta compenetración amorosa, habrá encajes límbicos que favorecerán más el amor.

En síntesis: el cómo nos han amado determina en cierta medida cómo amaremos, si hemos sido bien amados también sabremos amar mejor. Para nuestra fisiología amar no es una tarea, no depende de la voluntad, es una función, como el sistema digestivo, o sanguíneo o respiratorio. El sistema límbico nos armoniza a través de los otros, por eso el amar no se hace, surge. Al igual que dos personas que han aprendido el mismo idioma pueden comunicarse hablando, si encontramos resonancias límbicas o, dicho de otra manera, formas de amar que se compenetren, estas dos personas sentirán el amor más fácilmente. Surgirán nuestros patrones que serán adecuados para unos y para otros no. Intentaremos encontrar parejas que cumplan los requisitos mínimos de nuestras experiencias infantiles, habrán relaciones en las que nos sentiremos como en casa, aunque en casa nos hayan maltratado, nos sentimos mejor estando en casa.

Mejores experiencias infantiles, mejores experiencias adultas. Pero no todo se cierra a este casi determinismo. Amar es un proceso constante que también nos va influyendo durante la vida. Las relaciones amorosas nos abren a resonar y a empatizar limbicamente, siendo posible rectificar ciertos patrones insanos por relaciones donde el intercambio de cuidados tiende a la armonía. Una de las vías de sanación emocional son los procesos terapéuticos, donde la capacidad de amar del terapeuta es la influencia sanadora que a veces, no siempre, despierta una nueva capacidad de relacionarse.

Esta tendencia a estar con el otro o los otros, eso que llamamos apego o dependencia, son impulsos mal vistos, como si mostraran ciertas debilidades o aspectos vulnerables, y lo cierto es que estos sentimientos son genuinos y necesarios, la relación con otro ser límbico genera un entrelazamiento de dos fisiologías, dependen una de la otra para estar reguladas. Cuando esto no es así, cuando una madre deja a su hijo o cuando un amante abandona a su amado, el dolor no es fantaseado, es real, hay receptores nerviosos que envían la información de dolor al cerebro. Y si hay dolor es porque esa ruptura no es buena para la forma de supervivencia de los mamíferos. Es un error pensar en fomentar la autonomía a fuerza de voluntad. Es como forzar a un niño a no tener miedo. Se dan mejores resultados cuando se reconoce la necesidad de cobijo y protección y se espera a que madure su confianza. Que las personas se necesiten es el núcleo de las relaciones de pareja. La depencencia emocional es real en mayor o menor medida, segun como nos hayan amado en la infancia y también según nuestra tendencia innnata al apego. Hay fisiologías límbicas más sensibles, que necesitan más calor, más contacto, más miradas, más presencia. Hay otros sistemas limbicos que son más autónomos, menos dependientes, por eso es difícil poner una division dónde empieza lo genetico y dónde lo aprendido. Lo que parece verdad es que casi todo el mundo encuentra una relación complementaria parecida a la que tuvo en su infancia.

Las fisiologías límbicas más dependientes tienden a sufrir más, son más sensibles a los abandonos, su sistema nervioso detecta rápidamente las ausencias y dispara las alertas. Se sufra más o menos el amor siempre tendría que ser un antídoto, pero no siempre es así. ¿Qué es eso que nos interfiere y complica nuestra tan deseada relación afectiva?.


La cultura que individualiza

La naturaleza inventó a través de los humanos una transmisión de conocimiento que además de la emoción necesita el lenguaje y la educación, es ese trasvase de conocimientos al que llamamos cultura. El soporte fisiológico sería el cerebro cortical que es filogenéticamente posterior al cerebro límbico o emocional. La cultura, que es una especie de código genético externo al cuerpo, es la que transmite las fórmulas que han sido útiles para la supervivencia. Por ejemplo, construir una lanza o hacer un fuego fueron determinantes en la supervivencia de nuestra especie, y estas habilidades no nos nacen espontáneamente como un instinto, es el aprendizaje a través del grupo que transmite conocimientos a la generaciones posteriores. Encontramos en la cultura un mecanismo mucho más flexible que el de la selección natural pues se basa en la experiencia (memoria) y en la anticipación (asociación).

La cultura es el escenario donde la evolución de la especie ha llevado al individualismo, tener conciencia de nosotros mismos. Se asocia este peldaño evolutivo a los rituales funerarios de los primeros homínidos que se cree ya tenían conciencia de ser algo individual que perduraba mas allá de la muerte. Como refleja la historia mitológica de Narciso al reconocer su imagen en el reflejo del agua, nosotros confundimos eso que sentimos ser al asociarlo al cuerpo que se muestra a los otros. En esta construcción de un sí mismo la voluntad se ha vuelto individual. Ya no solo cuenta el grupo como ha sido a lo largo de la historia, ahora también cuenta cada partícula, cada individuo, cada ego. Cada ego busca su satisfacción, (sistema nervioso cortical) y lucha por controlar sus instintos, diseñados para la supervivencia de la especie (sistema limbico y reptiliano). Esto contrapone los dos cerebros, uno busca la satisfacción de esa partícula que tiene conciencia de sí misma, y el otro tiende a equilibrarse con los mecanismos de supervivencia grupal. Dos sistemas, un conflicto.


Los dolores emocionales aunque sean pequeñas frustraciones en las relaciones de pareja son procesados por el individuo como experiencias a desechar, que atentan a su satisfacción y que se alejan de esa construcción cultural llamada felicidad. A la pareja se le carga con la responsabilidad de dar la felicidad esperada. Realmente es la única vía de sentirse completo y a la vez, se lleva la culpa de la infelicidad porque la pareja nos aleja del ser individuos, nos conecta con la fragilidad de la dependencia. La dependencia nos enfurece pues ya no somos nuestro propio rey. El individuo actual lucha por ser autónomo en todas sus necesidades, busca la satisfacción sin depender de nadie, pero cuanto más se acerca a la soledad más se desvitaliza y sólo queda un ego pequeñito en su trono de prozac.


La pareja

La pareja en estos momentos en nuestra cultura es un camino de sufrimiento y también de conocimiento. Lo importante es que no sólo haga de espejo de nuestra imagen sino también que nos devuelva una referencia de como vivimos nuestro mundo emocional, que nos ayude a reconocer el vínculo que nos alimenta, a valorarlo, a confiar en la emoción y en su parte temida, el dolor. Debemos apostar por el sentir, sabiendo que cada vez somos más complejos y más vulnerables. Nuestros umbrales de dolor cada vez están más malcriados, pero depende de nosotros apostar por lo que realmente nos llena, por las raíces, por dar estabilidad al árbol.

La pareja llena una necesidad. Para nuestros egos tan aislados el refugio amoroso del vínculo es agua bendita. Pero cuando trozos de nuestras fronteras se confunden con el otro, se friccionan, se empujan, se limitan, empiezan las patologías conyugales. Hay parejas que funcionan como si fueran una sóla persona, donde no se reconocen a través del otro sino que se pierden en el otro. También están las parejas enquistadas en luchas de poder, porque se están defendiendo constantemente de la invasión afectiva, como si el otro quisiera neutralizar su individualidad. Otras veces la lucha es puramente un intento de apuntalar los propios puntos de vista en el seno de la pareja dejando lo afectivo escondido dentro de cada uno.

Tenemos dos ejes que tejen las diferentes patologías, desde dos mentes frías y convenientes que se juntan por pura logística, hasta los apasionados te odio-te amo de las relaciones autodestructivas. Lo que determina en gran medida estos ejes son los cerebros límbico y cortical. Si funcionan en un difícil pero posible equilibrio hay un reconocimiento, aceptación y regulación de las emociones, pudiendo dar una satisfacción adecuada a las necesidades límbicas de apego, amor, seguridad, fusión, dependencia, contacto, protección.

Compaginado este compendio de necesidades del corazón con las necesidades del sistema cortical de satisfacer el ego, es donde pueden desarrollarse parejas equilibradas, las personas que a través del amor al otro se cuidan a sí mismas, las personas que reconocen su propia fragilidad y valoran la presencia del otro, las personas que reconocen que las demandas de su ego no son las mejores para el bien común, son personas con más posibilidades de que se estabilicen en una relación.

Hemos intentado explicar como el individualismo en la cultura ha creado una construcción que llamamos ego, que tiende a su propia satisfacción y no reconoce las necesidades profundas y emocionales de la persona y por lo tanto tampoco reconoce la comunicación límbica como soporte de una relación de pareja. Por otro lado también tenemos las dificultades propias de cada persona de amar y ser amados según hayan sido sus experiencias tempranas, con el agravante de que en nuestra sociedad el dominio de individualismo ha mermado la presencia y la capacidad de amar de los padres con lo que las nuevas generaciones se están desarrollando con un sistema límbico mal regulado y que buscarán pareja con la misma resonancia a la que se acostumbraron.

Que el sistema límbico está mal regulado es evidente en la cantidad de ansiedad y depresión actual. Sociedades más primitivas mantienen costumbres que son más sanas para este sistema emocional. Es prioritario a nivel social y a nivel individual hacer un cambio hacia la integración de estos dos mundos. La ambición del ego y del sistema cortical deben reconocer las necesidades y fragilidades de nuestros antecedentes filogenéticos, esto supone bajar de la mente al cuerpo, empezar a ser cuerpo y sus sensaciones, empezar a confiar en lo que la sabiduría milenaria de nuestra especie nos expresa a través de nuestro cuerpo y darle a la cultura y a la demanda social un papel de igual importancia a la de nuestros instintos. El ego siempre ha querido conquistar el espacio mientras sus hijos lloraban, y cuanto más llanto más lejos se quiere ir. El mejor antídoto que se conoce para el ego es la humildad

Y acabo con una cita del libro que me ha inspirado en estas líneas: "Una teoría general del amor" (Lewis, Amini, Lannon). Tres psiquiatras americanos han sintetizado de una forma global el conocimiento que se tiene actualmente del amor desde un enfoque científico humanista. “Como amar es una influencia fisiología recíproca, supone una conexión más profunda y literal de lo que muchos creen. La regulación límbica permite que los amantes tengan la capacidad de modular las emociones, la neurofisiología, la función inmunitaria y hormonal, los ritmos del sueño y la estabilidad del otro” “El mito imperante que más llega a los oídos contemporáneos es éste: las relaciones son al cincuenta por ciento. Cuando una persona hace algo bueno por otra, tiene derecho a recibir algo igualmente agradable, cuanto antes mejor, según los dictados de esta ciencia errónea. La fisiología del amor no es un trueque. El amor es una regulación mutua simultánea, donde cada persona satisface las necesidades del otro, porque nadie puede satisfacer las propias por sí mismo. Este relación no es al cincuenta por ciento, es al ciento por ciento”


Xavier Coll i Viola 
 
 
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