|

¿Dónde
vas con tanta prisa? Hacé una pausa. Hablemos. No importa que los
demás sigan corriendo como locos. No van a ningún lado.
Sólo huyen de la soledad. Temen encontrarse. La multitud les hace
creer que están acompañados. Es sólo una ilusión.
Precisan que los ruidos anestesien sus reclamos más profundos.
Mirá qué hermoso Sol. Dale, sentémonos en este banco
de la plaza. Deseo compartir algo con vos. Necesito devolver un favor,
quiero ayudarte a que te sumes a la vida.
También me asusté demasiado cuando un desconocido tomó
mi brazo y me pidió que me sentara. Iba corriendo más rápido
que vos. Mi cabeza estaba focalizada en cómo optimizar mi tiempo
y mis recursos para ganar más dinero. No era consciente de que
mi cuerpo estaba manejado por los hilos del consumismo. Alguien tuvo la
compasión suficiente para cruzarse en mi camino y rescatarme del
descontrol.
Entiendo que me mires así. Tu mente tiene razón. Soy un
desconocido, no hay motivos para que merezca tu confianza. Sólo
te pido un segundo más. ¿Ves esa hermosa mariposa cómo
danza entre las plantas? ¿Ves a esa pequeña abeja cómo
besa la flor? Contemplá cuánta magia. Fijate cómo
las hojas juegan a volar con el viento. Mirá esa nube, ¿no
parece un ángel? Sentí... sentí. Este instante es
único. La existencia nos premia con su encanto sutil.
Prestá atención a cómo pasa la gente. Van rumiando
sus problemas. Miran sólo el piso. Olvidaron el cielo. No hay expresiones
de felicidad en sus rostros. Juraría que son robots simulando ser
humanos. Sus cuerpos están muy tensos. ¿Te parece saludable?
¿Te das cuenta que eso es lo que la gran mayoría define
como una vida "normal"? Algunos nos observa con recelo, creen
que estamos perdiendo el tiempo. No perciben que ganamos en calidad de
vida. Es cierto, hoy habrá algunos centavos menos en tu bolsillo,
pero eso no marca la diferencia. La diferencia está en que te diste
el permiso interno de conectar con la vida.
Sólo tengo palabras de agradecimiento para aquél desconocido
que una tarde detuvo mi andar y me habló desde lo más profundo
de su corazón. Nunca supe quién fue ese anónimo peregrino.
Cuando comprendí su enseñanza, me pidió que cierre
los ojos y respire muy lento, fundiéndome con la brisa. Al abrirlos,
ya no estaba. Estoy en deuda, por eso me interpuse en tu camino. No dejes
que esta cadena de favores se detenga. Sujetá otro brazo por amor.
Ayudá, sonriendo desde el alma, a que otra persona se sume a la
vida.
|