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Duele...
Lastima. Las ciudades crecen sin alma. La velocidad sólo permite
contactos periféricos. Envueltos en febriles ruidos y colores sin
brillo, millones de personas cierran sus corazones, mientras patean ilusiones
y destilan frustración. ¿Quién nos hizo creer que
no somos capaces de construir un escenario más armónico
y humano? Elevemos la mirada al cielo. Juntemos nuestras manos, en señal
de unión. El teatro de la vida merece otro telón de fondo.
De pie.
Estas palabras son otra simple excusa para volverte a encontrar. Necesito
que me ayudes a despertar corazones. Es tiempo de que acrecentemos la
vibración para que ninguna de nuestras partes quede arrastrándose
en el lamento de la pena y la desesperanza. En cada cabeza gacha, en cada
frente fruncida y en cada cuerpo angustiado nuestra esencia está
presente. No hay divisiones.
Debemos ayudar a recordarnos que está en nosotros la posibilidad
de resignificar la realidad. Atraemos aquello que tememos. Nuestras miradas
deformadas por la codicia y la mezquindad nos volvieron insensibles al
glorioso misterio de la vida. Tenemos que revelarnos a nuestra propia
estupidez. ¿Cuánto tiempo más nos seguiremos moviendo
en este escenario tan sombrío y decadente?
Somos espíritus viviendo una experiencia humana. Cambiemos nuestra
percepción. Elijamos un destino de grandeza. El poder está
en nuestro interior, es ahí donde se activa y acrecienta nuestra
conexión con lo divino. Busquemos dentro la inspiración
y los recursos para escenificar nuevos espacios. Co-creemos.
Cuando movemos el verbo, una poderosa frecuencia cobra vida y se despliega.
Nuestras palabras ayudarán a que transformemos el mundo, porque
contienen la fuerza inigualable del amor y la inquebrantable belleza de
la fe. Por eso hoy, más que nunca, abrí tu corazón.
Dejá que la luz del Sol inunde tu pecho y exclamá muy fuerte,
desde lo profundo de tu alma: ¡De pie hermanos, de pie!
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