Convertirse
en padres es una oportunidad única para iniciar un proceso de crecimiento
personal.
Podemos considerar la paternidad como uno de los oficios más sagrados
desde el inicio de los tiempos, un oficio, del que ser aprendiz con conciencia
es la máxima aspiración, y en el que los grandes maestros
van a ser nuestros hijos y nuestra voz interior, esa voz que apenas oímos
en la cotidianidad estresante de nuestras vidas, y con la que tendremos
que aprender a contactar.
En las sociedades tribales donde la propia comunidad hace las veces de
familia, o bien en las propias familias patriarcales y numerosas, hay
un modelo de aprendizaje y acompañamiento para los padres. Pero
en nuestra sociedad urbana, donde las familias están compuestas
cada vez más por menos miembros, y donde la comunidad no se vincula
entre sí, los padres se sienten solos y confundidos muchas veces
entre tantos libros y especialistas que parecen tener razón, pero
que llegan a resultar contradictorios. Los talleres para padres facilitan
este espacio tribal donde se comparten experiencias, se elaboran y contienen
sentimientos, angustias y contradicciones, y se trabajan los temas relacionados
con la paternidad. En ellos se posibilita también un espacio de
reflexión y silencio para que cada padre y madre encuentre, en
su interior, aquello que desea y necesita, y que es único y diferente
para cada familia.
Muchas veces, los padres pasan por momentos críticos con sus hijos:
problemas escolares, celos crónicos, pesadillas nocturnas, incontinencia
urinaria, conductas agresivas, ausencias en la escuela, etc. Y todo ello
puede hacer que la familia sufra, se desestructure y, a menudo, no sepa
qué hacer.
Más allá de estos problemas, en el devenir cotidiano de
los días, la familia pasa por otros momentos de angustia, de duda
y falta de recursos. Los niños despiertan todas nuestras emociones,
tanto de luz: el amor, la entrega, la paciencia, la alegría, etc.,
como de sombra: la rabia contenida o desatada, la intolerancia, la impaciencia,
la crueldad, el perfeccionismo exagerado, las manías obsesivas,
la frialdad y sequedad de corazón, etc. Los niños sacan
de sus casillas a los padres más controlados y, en un día
cualquiera, los problemas cotidiano como las peleas entre hermanos, recoger
los juguetes, hacer los deberes, la relación con la comida, la
hora de irse a dormir, el saber qué les pasa o cómo ponerles
límites y "obediencia", el juego con ellos, todo esto
cuestiona a los padres y los desestructura.
Todos los padres quieren hacerlo "bien", todos los padres dicen
querer a sus hijos. Muchos plantearon antes de tenerlos y se plantean
ahora que los tienen, hacer cosas diferentes a las de sus propios padres
y no repetir ciertos esquemas: pero, no siempre es fácil. Y, sin
apenas darse cuenta, repiten esquemas y les faltan recursos. En los talleres,
se revisan esos patrones familiares, esas actitudes, creencias y comportamientos
heredados que, a veces, repetimos sin conciencia y compulsivamente, sin
querer o sin saber qué hacer diferente a lo aprendido, como por
ejemplo, pegar a los hijos, castigarles en exceso, no saber jugar con
ellos, no comunicarse, privarles del contacto corporal y amoroso, ejercitar
un poder desmesurado, etc.. Se hace necesario, por tanto, identificar
estos patrones, conectarnos con nuestros deseos y recursos, y buscar actitudes
más creativas que nos acerquen más a nuestros hijos.
Otro de los trabajos fundamentales en los talleres es tomar conciencia
de los aspectos egoicos de nuestra personalidad que nos causan dolor a
nosotros mismos y a los de nuestro alrededor. Nuestra ira, nuestra arrogancia,
nuestra envidia, nuestro perfeccionismo, nuestra frialdad, nuestro miedo,
etc., son aspectos que nos separan de nosotros y de los hijos. El ver
de forma clara e intensa nuestras partes más negadas posibilita
el renacimiento de las partes más luminosas, a la vez que mayor
flexibilidad y desidentificación de los aspectos egoicos.
A veces no es suficiente con saber que queremos a nuestros hijos, tenemos
que aprender a comunicarnos con ellos con amor, a hablar con ellos sin
críticas, sermones, castigos, amenazas y chantajes, porque esta
forma de hablar con los niños puede producir que nos desafíen,
nos ignoren o, en el peor de los casos, seamos nosotros quienes dañemos,
sin querer, su autoestima y sus sentimientos. En los talleres se toma
conciencia de cómo es nuestra comunicación con los niños
y se buscan nuevas estrategias de comunicación que respeten sus
emociones y las propias sin herirlos, que ayuden a poner límites
y rectificar sus conductas sin necesidad del castigo físico o emocional
y que enseñen a resolver los conflictos conjuntamente.
Para poder vivir esta etapa de relación con los hijos con atención
y riqueza los padres tendrían que recuperar un recurso natural
en todo ser vivo y que hemos perdido en la actividad estresante de nuestras
vidas: la meditación. Tenemos que aprender a parar, a relajarnos
y a recrear el silencio para poder despertar al observador imparcial y
encontrar, así, respuestas en lo más interno de nuestro
ser, el guía interno, el espíritu. Tendremos que reencontrar
la fe, la confianza profunda en la autorregulación organísmica,
la fe en que nuestro hijo se desarrolla y evoluciona más allá
de nuestro deseo y control. Él es un ser unido a nosotros con genes
compartidos, con emociones y reflejos personales iguales a los nuestros,
y, a la vez, es un ser único, diferenciado, que no nos pertenece,
que ha venido a hacer su camino y al que nosotros acompañaremos
sin saber, a veces, a donde va y del que tendremos que retirarnos en muchos
momentos para no intervenir. Todo ello en un proceso de unión y
separación, de totalidad e individualidad.
Muchas veces se les dice a los padres que es mejor la calidad que la cantidad
de presencia y contacto con los hijos; pero, todos sabemos que no es tan
fácil dar calidad tras un día agotador de trabajo y de múltiples
problemas en nuestra cabeza. Para poder tener esos encuentros de calidad
con ellos debemos aprender a tener una actitud meditativa que nos ayude
a vivir en el aquí y ahora del momento, debemos aprender a no tener
el foco del pensamiento en preocupaciones o asuntos del pasado o del futuro,
y poder así estar realmente abiertos al encuentro, a la escucha
y a las necesidades de nuestro hijo.
Y esto va a facilitar la comunicación. La ausencia de comunicación
o una comunicación vacía y sin sentido puede ser la base
de muchos conflictos, toda vez que una comunicación real puede
ser la plataforma para la solución de muchos problemas. Y podremos
aprender a comunicarnos realmente con nuestros hijos no solo a través
de las palabras, cosa difícil con los más pequeños
y, a veces también, con los adolescentes, sino a través
del contacto sutil, de alma a alma a través del silencio y las
palabras sin críticas, sermones, castigos ni amenazas.
El regalo exquisito que nos traen nuestros hijos es la apertura del corazón,
con ella se despierta la compasión, la entrega, la ternura y la
confianza, se ablanda el ego, renace nuestro niño interno con ganas
de reír y de jugar, se siente el sufrimiento del otro, el de nuestro
hijo en nosotros mismos y eso te ablanda, te humaniza, te acerca al resto
de los seres humanos: ya no hay un solo yo ni un tú, sino un nosotros.
Y este regalo, que es, quizá, el pan que traen bajo el brazo todos
los niños, el "maná del cielo", podemos no estar
abiertos a recibirlo cuando estamos tensos, rígidos y preocupados
por problemas familiares o de otra índole que nos envuelven, o
cuando estamos apresados dentro de nuestro ego y nuestra propia historia.
La familia puede ser vista como una escuela de crecimiento donde las crisis
pueden convertirse en una oportunidad única de reencuentro más
profundo, donde sus miembros han escogido ser compañeros del camino
de la vida. Y así, el sentido más sagrado de la familia
puede que sea, sencillamente, ayudarse a hacer camino, aprender, tomar
conciencia y abrir el corazón.
Todo ello nos lleva a sentir que la vía del corazón junto
a la vía del silencio son dos caminos unidos que dan luz en momentos
de conflicto, de duda y de crisis con nuestros hijos.
La paternidad nos brinda la oportunidad de crecer con los hijos. Para
ello es necesario aprender a poner conciencia en el devenir cotidiano,
a contactar con nuestro interior, a crear espacios de calidad y a ir resolviendo
dudas, asuntos pendientes y nuevas maneras de relacionarnos creativamente
con nuestros hijos.
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