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Amanece en el Olimpo. Los
dioses se desperezan de un largo sueño de siglos de años
luz. El hambre de cientos de agujeros negros o el resquemor de algunas
alienaciones de estrellas los llevan a estirarse y a mover el entumecido
cuerpo celeste. Todo es armonía de esferas. Cuando un dios bosteza
aparece un quasar más luminoso que miles de galaxias juntas, y
cuando suspira, un viento intergaláctico fecunda nuevas formaciones
con polvo de estrellas. En una noche divina se hacen y se deshacen universos
enteros, pues un día de Bramhan corresponde a miles y miles de
años terrestres. De hecho, mientras cualquier Apolo hace una simple
respiración, nosotros creamos y destruimos civilizaciones e imperios.
Tal es la distancia que nos separa del orden cósmico.
También por aquí amanece y miles de Cupidos, Zeus, Afroditas
y Dionisios paran el despertador maldiciendo la alineación de las
agujas y la acidez estomacal. El endiosamiento onírico se esfuma
al miramos y recomponernos en el espejo. En todo caso, también
nosotros mientras hacemos un par de respiraciones se crean infinitas formaciones
mentales y estallan algunas neuronas que se suman a los fluidos químicos
que van y vienen al ritmo de un gran conmutador rojo. Somos un gran pequeño
universo.
Lo que pasa es que no nos damos cuenta. Nos olvidamos de preguntarnos
por qué se agolpan en tomo nuestro tres trillones de células
y de donde viene esta facilidad de transmutar una simple lechuga en plasma
y éste en energía, sentimiento o percepción. Cómo
no darnos cuenta que todo pensamiento es una alquimía mayor que
convertir el plomo en oro.
Ante tanta maravilla, mas bien parecemos unos simplones. Quimiorreceptores,
enzimas, leucocitos o adrenalina van y vienen transmitiendo mensajes cifrados
al cielo cerebral. Sólo el hecho de mantener la columna erguida
es una verdadera proeza. Una delicada estructura de huesos y apófisis,
ligamentos y tendones, cadenas musculares y sistemas de equilibrio hacen
que una vértebra esté encima de la otra más o menos
en equilibrio estable. Por eso no creamos que nuestro cuerpo se sostiene
de milagro.
La respiración es "el no va más". Equilibrio de
presiones, concentración en sangre, intercambio gaseoso, diafragma
interconectado y un largo etcétera para poder comernos una bolsa
de palomitas o jugar al tenis sin tener que prestar mayor atención.
Y aún así, en sólo media hora de meditación
con las piernas cruzadas quedamos exhaustos o abatidos por el esfuerzo.
Y es que, o bien nos agobiamos ante tanta complejidad de la que somos
partícipes, o bien, nos aburrimos ante lo anodino que somos. Aquí
está el gran dilema.
Ya nos dice la tradición que el autoproclamado YO no tiene ninguna
fuerza efectiva de elevación o transcendencia y sólo le
queda la función de tomar nota de lo acontecido, indicar el norte
en según que momentos y sobretodo hacer clara y buena letra. Lo
demás, lo único verdadero e importante, es una Llamada de
espíritu a espíritu, una ampliación del alma o un
encuentro con el simismo. Realización que, entre otras cosas, no
está al alcance del común de los mortales y sólo
está indicado para seres especiales, aquellos pocos elegidos por
la benevolencia de los dioses. Pero claro, quien hace un hueco en la ajetreada
jornada para poder meditar media hora y se mantiene impertérrito
en silencio cuando a lo mejor tiene ganas de irse de pendoneo, es el YO.
Y esto es un gran drama. Porque primero no era nada, lo fueron socializando
con leche calentita, con chantajes y ardiles lo encauzaron. Crearon de
tajo la separación entre el mundo, los otros y el YO, e incluso
reprimieron lo otro que está en cada uno de nosotros. Después
vino la competitividad, el esfuerzo, las buenas costumbres, el sentido
común y la cultura. Y el YO que también es de carne y hueso
se lo creyó, y se creyó amo y señor de todas sus
pertenencias y en posesión de la verdad, única e indivisible.
Pero ahora le dicen que "nanai de la china", que si quiere rascar
los mil pétalos azules de la divinidad o el éxtasis de la
iluminación tiene que "desmontar la parada". Tiene que
diluirse, darse la vuelta, negarse y morir. Tiene que bajar a los infiernos,
hurgar en la oscuridad, recoger todas las proyecciones y quemar todo el
karma acumulado. Tiene que, en última instancia, volverse humilde.
Tiene que hacer como aquel río que queda empantanado en las arenas
del desierto y ha de evaporarse para renacer nuevamente en las montñas
lejanas. Así de fácil. También así de fácil,
cuando uno está meditando, se lo piensa dos veces. Primero sopesa
la situación como quien no quiere la cosa, después se mira
en su espejito mágico a ver como está de satisfecho consigo
mismo, más tarde hace algunas prospecciones en la oscuridad a la
espera de los propios fantasmas estén todavía de resaca
y no presenten complicaciones. Cuando el dolor de rodillas y de espalda
hace chup-chup, uno mira de reojo el reloj para sentir con claridad las
coordenadas espacio-tiempo. Y tal vez, si queda tiempo, uno acierte a
preguntar, casi de soslayo, ¿quién demonios SOY YO?.
Soy un accidente del azar, soy una chispa divina encarnada en este cuerpo
mortal, soy un fragmento de un ser llamado humanidad o soy una mera ilusión.
¿Quien lo sabe?.
De momento los dioses todavía bostezan. Nosotros demasiado apresurados
queremos imitarlos. Queremos, con las mejores intenciones, convertir el
(nuestro) caos en orden, nuestra zozobra en intuiciones y éstas
en razones de peso. Queremos hacer el tránsito del mito al logos
como si esto fuera una simple cuestión personal, y queremos todo,
y todo ahora, antes de que Cronos incluso tenga tiempo de guiñar
un ojo. ¿No os parece?.
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