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Esto no es una revista, es una red
 


La última noticia veraniega es que nuestros astrónomos han lanzado una piedra del tamaño de un microondas con ruedas y máquina de fotografiar, envuelto en bolas de airbags y le han dado en el mismo ojo a Marte. No habían marcianos, ni dioses de la guerra, ni vida, sólo arena rojiza. Pero la ciencia avanza así, lanzando una pedrada cada vez más lejos para llegar a no se sabe dónde.

Aquí a unos quinientos millones de kilómetros, en este punto azulado de nuestro sistema, la mayor parte del mundo también sigue a pedrada limpia, en guerras intestinas por un pedazo de pan, una toma de poder, unos pozos petrolíferos, pues paradójicamente no ha llegado la tecnología del airbag. Nadie diría desde las alturas donde la costa de los continentes sólo es traspasada por nubes blancas arremolinadas que entre el verde de la selva y el rojizo de la arena del desierto hay trazadas miles de fronteras. Lo que en la naturaleza llamamos biodiversidad, preñez de la vida en miles de especies, nosotros, seres especiales lo vivimos como una ofensa en nuestra humanidad. A la pluralidad de culturas y lenguas, étnias y sabidurías, le oponemos racismo, xenofobia, sexismo, explotación, intolerancia. Donde debería aparecer un proyecto común para hacer vivible este mundo y elevar la humanidad a todas sus potencialidades, aparece la estrategia de dominación y control.

Porque la mayoría de las fronteras no estan dibujadas en un mapamundi, son diques amurallados que ha construído el miedo, son límites de una mentalidad arcaica, son defensas de un ego inseguro. Fronteras que habitan en el corazón, en la mente, y aún más hondo, en las entrañas.

Desde nuestro torreón de defensa no nos damos cuenta que el verdadero enemigo no es el otro sino uno mismo. La competencia nos la hace nuestra ignorancia, nuestros límites. Aparece cuando nos boicoteamos, cuando desconfiamos, cuando invertimos tanta y tanta energía en las corazas, en los ataques, y cuando imitamos o envidiamos a los demás, fruto de la frustración de nuestra propia creatividad.

Hoy en día, en cada ciudad tenemos cien centros alternativos, mil profesores, psicólogos, terapeutas, masajistas, dinamizadores, etc, cada uno compitiendo con el resto, con su necesidad, poniéndolo todo para captar una atención, un público ya saturado. Con la mirada tatuada de fronteras también se nos cuela a los "alternativos" el cortar el universo a pedazos, pinchando con la bandera de la última idea genial que hemos tenido y vocearlo a gritos a la caza del mejor postor.
Es fácil la promesa, la mentira, la ambigüedad. Es fácil transmitir lo que todavía no se sabe, no se ha integrado, cuando todavía uno no tiene la flor de su cosecha.

Pero cabe otra posibilidad. La unión, el grupo, la cooperativa, el centro, la escuela. Un grupo de personas que se unen para compartir recursos, medios, experiencias. Espacios donde cada uno puede aportar desde su experiencia y donde los demás le ayudan a potenciarse pero también le bajan de la higuera a la que se ha subido cuando es necesario. Tendríamos que hablar en otras palabras de interdisciplinariedad, de reunión de ópticas, de esfuerzo compartido, de aprendizaje mutuo.

Invitamos desde estas líneas a todos los que queráis participar con la esperanza de que esto se transforme en una sólida red de intercambios.



Julián Peragón  
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