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No
dijo que me necesitaba, ni que me había estado esperando, ni que,
en la espera, había sufrido como una mujer. No dijo que contaba
los días ni que me había soñado. No dijo que mientras
duró, sentía su vida con tal sequedad que temió envejecer
para siempre.
Dijo: Me quedaré, si te parece.
No dijo cuánto deseaba estar a solas conmigo ni que había
estado deseando eso de quedarse.
Dijo: Tienes una habitación agradable.
Ni yo ni él dijimos nada acerca del amor.
No dijimos que menos mal que por fin nos habíamos encontrado. No
dijimos cuánto nos gustaba la piel de cada uno, ni la risa grande
que se mezclaba entre las sábanas. No dijimos cuánto habíamos
llorado antes por no tenernos, y no dijimos que, a pesar de todo, lo que
más nos importaba en la vida era eso que estábamos haciendo
ahora.
No solíamos hablar de amor. Un día creí estar equivocada
y me fuí a caminar olvidada de él. De ese amor fatuo. De
la esfinge. De ese poder blanco. Del hombre. De la cal. De las cenizas.
No le conté ese olvido porque sabía lo que me iba a responder,
y también porque, como mujer que soy, iba a seguir insistiendo.
No dijo que volvía porque era un amor tan grande el nuestro que
fuera de nosotros no teníamos nada. No dijo que volvía por
esa necesidad de dar fin a la espera, a cualquier espera. A esa espera
a la que sólo una mujer o un hombre es capaz de poner fin.
No dijo que era mi cuerpo el que noche tras noche le hacía resurgir
la vida de ese oscuro fondo. De ese volcán . No dijo te quiero.
No dijo que mi alma enredada en la suya le parecía un sueño
del que no se sabe si es verdad o mentira. No dijo nada.
No hablábamos nunca de amor. Entraba en mi lecho, besaba y mordía
las sábanas, las puntillas, los cantos, los bordes ; tiraba la
ropa al suelo, me tiraba a mí, luego otra vez al lecho ; mordía,
besaba los cantos, las puntillas, los encajes, los almohadones y luego
otra vez. Entraba y hurgaba. Olía a hombre, a café, a tabaco,
a anís, a ron, a cerveza, a él, a mí y luego otra
vez lo mismo. Entraba y, sin saber de mí, buscaba por todas partes.
Paciente y pausado le hablaba a mi cuerpo en ese ritmo antiguo, caluroso,
y le decía que una y otra vez el cuerpo, el oro de los cuerpos,
resbalaba, y él y sus dedos pintados abrían la sequedad
del volcán. Entraba y yo detrás arriba, abajo, cantaba al
mismo tiempo esa persecución de cantos, de entradas, de soles,
de lunas. Entraba, y con el amanecer, un despliegue silencioso, sin nombre,
sin palabras, salía.
No dijo volveré. No dijo cuántas veces había estado
deambulando por las noches en busca de algo así.
Ya no llamaba a la puerta. Abría y entraba, se quitaba los zapatos
en el comedor, dejaba la americana encima de la mesa y tumbado en el sofá
preguntaba algo. Los dos sentados, hablábamos un poco de cosas
al aire, de cosas que podían también no decirse y no habrían
cambiado nada; hablábamos de algo para que eso no nos hiciera ver
el semblante, un semblante que no era sólo de hoy, ni sólo
de ayer, era ya desde aquel día en que, perdida, me fui andando
por las calles olvidada de él. Un matiz angosto, pulcro, delicado.
Aunque mordiera las sábanas con más avidez que nunca, aunque
rompiera los cantos, aunque el sonido de la risa grande se metiera en
las sábanas y me hiciera cosquillas, aunque volviera día
tras día y aunque día tras día me rompiera de la
misma forma y me hurgara así, si no era capaz de encontrarme allí
donde me perdía una y otra vez, si no era capaz de poner fin allí
donde sólo el hombre o la mujer es capaz de ponerlo, el semblante
sería como la cal, como los huesos, como las cenizas prendidas,
como la aurora quieta.
No hablábamos de amor ninguna noche.
Entraba y decía: cada vez hacemos mejor el amor, ¿no crees?
No decía cómo era ese amor que cada vez hacíamos
mejor. Cómo era la vida dentro de ese amor. No decía cuánta
nostalgia, ni cuánta pena sin ese amor.
Ya sin americana. El calor era un ritmo seco y apagado antes de llegar
a la habitación. Habían pasado meses. Hablábamos
de algo. De algunas cosas que suelen decirse. El calor nos había
pillado de sorpresa. El ritmo era más lento, más apagado.
Abrimos las ventanas pero el aire estaba lejos. No puedo, dijo, esta noche
no puedo, este calor no me deja. Nos había pillado de sorpresa.
Ocurrió otra vez y otra. Los ritmos cada vez más lentos,
las puntillas enteras, la cama quieta y almidonada. Nadie decía
nada. Nada, ni siquiera esas cosas que se dicen por decir. Un día
no vino. Creí que no vendría más.
Abrió la puerta, no se sentó ni se quitó los zapatos.
Me miró. El calor seco. La nostalgia también seca.
Los dos atrás ¿Dónde?. Muy atrás.
No dijo que tenía poco tiempo. No dijo que el calor era pegajoso
y se le quitaban las ganas. No dijo lo cansado que estaba. No habló
de esas cosas que da igual no decirse.
Dijo: Acércate. Acércate un poco.
Entonces entró. Entró en esos lugares donde temo perderme.
Entró en ese hueco subterráneo donde para qué decir
de que se hace el hueco.. Y dijo que, antes de tenerme a mí, yo
no podía imaginar cuánto. Cuánto había sufrido.
Dijo: Ven. Acércate un poco.
Entró y se adueñó de las partes quietas, mojadas,
dormidas.
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