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Me
siento en la obligación de comenzar con una declaración
de intenciones. Y es la siguiente : No voy a hablar de Teresa de Avila,
ni de Sor Juana Inés de la Cruz, ni de Hildegarda de Bingen, ni
de Margarita Porretas, ni de la monja Egeria...ni, ni, ni. Es tan simple
como que no puedo hablar de la mujer y lo sagrado en el contexto del monoteísmo
si no es dando una complicada vuelta que me sitúe en la mística,
que es el atajo para trascender a lo divino burlando la religión.
Pero tampoco esto me interesa ahora.
Supongo que no es casual el título que se le ha querido dar a esta
conferencia, porque no se trata de "la mujer y lo divino" ni
de "la mujer y la religión", no. Se trata de "La
Mujer y lo Sagrado". Y aquí comienzan mis problemas, porque
tanto en griego como en latín existen dos palabras para designar
a lo "sagrado". En griego están hierós y hagios,
pero mientras la primera significa sagrado en lo que tiene de referencia
a lo divino como fuerza y luz, la segunda, hagios, implica también
la acepción de maldito. En latín sucede algo parecido, pues
si bien sanctus corresponde al concepto de sagrado y santo, así
como al de respetable y virtuoso, la palabra sacer , de la que provienen
sacro, sacerdote o sacrificio, también conlleva el significado
de maldito, execrable o consagrado a los dioses infernales.
Entre lo santo y lo maldito, la mujer siempre ha sido relegada a esta
última instancia. Incluso ha sido identificada con el Mal en sí,
tal como afirmaban los inquisidores Kramer y Sprenger, autores de "El
martillo de las brujas" : "Toda maldad es nada comparada con
la maldad de las mujeres". Ya desde los orígenes Eva y Pandora
representan la causa de todos los males que luego nos han sobrevenido
a los humanos. La mujer es un ser impuro por su sangre menstrual, que
tenía la capacidad virtual de contaminar a toda la comunidad, por
lo que era incluso apartada de ella. Pero también era impura por
el hecho de gestar y alumbrar a una criatura. Ejemplo de ello lo tenemos
en la purificación preceptiva de María después del
nacimiento de Jesús, teniendo que ofrecer en el Templo el sacrificio
de un par de tórtolas o pichones para lavarse de la incomprensible
mancha de haber parido. Sin embargo, la sangre del sacrificio ofrecido
a Dios purifica a los hombres y es grata a Yahvéh, pues el mismo
rey David reconoce el interés de su dios por los sacrificios rituales,
ya que para reconciliarse con El le brinda la satisfacción de "oler
una ofrenda". Y en la consagración del templo de Jerusalén
por Salomón se sacrificaron veintidos mil bueyes y ciento veinte
mil carneros : una múltiple hecatombe, ya que esta palabra significa
"cien bueyes" o el sacrificio de esos cien bueyes.
El Falo y el Grial
Lo sagrado se refiere también a determinados objetos o lugares
que forman parte del culto y que poseen una especial virtualidad de transformación.
Dos de estos objetos son el Falo y el Grial, que merecen una comparación.
El Falo, símbolo masculino de la fecundidad, era especialmente
venerado en los cultos dionisíacos. Tal vez ese falo haya pasado
a ser la famosa escoba de las brujas, que además de estar untada
con sustancias alucinógenas, servía para las copulaciones
en aquellos ritos de fecundidad que eran los akelarres, y que darían
lugar a la leyenda del pene frío y rígido del diablo. El
Falo, como objeto de veneración, supone una metonimia de lo masculino
en la que se toma la parte por el todo y cuya presencia o ausencia instaura
un tipo de lógica, según Julia Kristeva en su correspondencia
con Cetherine Clément sobre "Lo femenino y lo sagrado".
Supone, pues, la condición mínima del sentido en la dualidad
sí/no, uno/cero, ser/no ser : "Podría decirse que el
órgano macho encarna potencialidades lógicas que hacen de
él... nuestro ordenador corporal : la condensación de ese
binarismo 0/1 que está en la base de todos los sistemas de sentido"
. Sin embargo, el Falo no es el pene, ya que aquél sólo
tiene sentido en la presencia erecta que significa el 1. Cuando no está
en erección es un 0, no tiene valor : es como una oreja. Por lo
tanto, el ser o no ser masculino se debate en torno a ese Falo objeto
de veneración, pero también de alienación, ya que
como dice Lacan, el alienado vive fuera de él mismo, prisionero
del significante, prisionero de la imagen de su yo o de la imagen del
ideal. Vive de la mirada del otro hacia él. Pues bien, esa identificación
con un significante que se considera supremo y que otorga el ser desde
una metonimia en la lógica de lo binario, hace posible el posterior
monoteísmo en el que Dios es Uno y Unico y tiene la plenitud del
ser : "Yo soy el que soy", dice Yahvéh a Moisés.
En este sentido es esta vez la interlocutora de Kristeva, Catherine Clément,
la que aventura lo siguiente : "No hay duda que existe una relación
entre el hombre y Dios. Pero ¿y entre el hombre y lo sagrado ?
¿Y si por casualidad la adoración del dios único
cerrara el paso de lo masculino a lo sagrado ?"2 .
El Grial, por el contrario, que posee múltiples significantes,
pero un sólo significado, es la metáfora de la plenitud,
de la realización. En todas las leyendas es el hombre puro, un
héroe religioso, quien busca el Grial pasando por aventuras y desventuras
sin cuento. En la versión de "Parsifal" de Wolfram von
Eschenbach el héroe llega al castillo de Montsalvatch y penetra
en la estancia luminosa en la que le esperan cuatrocientos caballeros
junto al rey enfermo. Arturo le hace sentarse a su lado y en ese momento
se abren las puertas y aparece un grupo de bellas vírgenes que
desfilan de dos en dos. La última de ellas, Respanse de Joie, portaba
una copa resplandeciente. "Delante de ellas avanzaba la reina, con
el semblante brillante. Todos imaginaron que anochecería. Uno vio
que la doncella estaba vestida con muselina de Arabia. Sobre un cojín
de seda verde llevaba la Perla del Paraíso. La reina sin mancha,
orgullosa, pura y serena, depositó ante el huésped el Grial.
Y Parsifal, así cuenta la leyenda, no dejó por un instante
de contemplar a quien portaba el Santo Grial".
Recurriendo de nuevo a Lacan, que analiza el inconsciente de acuerdo con
el modelo del lenguaje, vemos que tanto la metáfora como la metonimia
suponen una ruptura del significante con el significado, que emerge en
lo consciente bajo una máscara. La metáfora funciona por
condensación, la metonimia, por desplazamiento. La metáfora
se elabora en una relación de sustitución de significantes
que ostentan entre sí un vínculo de similitud según
el simbolismo universal. La metonimia, sin embargo, es una figura retórica
en la que los significados tienen entre sí relaciones de contigüidad
en un contexto, expresada por tanto fragmentariamente. La metonimia supone
siempre un absurdo aparente por una especie de resistencia a la significación.
La metáfora es más diáfana ; la metonimia se esconde,
se fragmenta en sucesivos significantes.
Repito : el Falo, como objeto sagrado, constituye una metonimia ; el Grial
es una metáfora. El Falo se refiere a un significante fragmentario
con el que se identifica lo masculino. El Grial supone un significante
completo que nos remite a un significado claro representado por una copa,
un cáliz, pero teniendo en cuenta que el cáliz es la sublimación
cristiana del caldero céltico, que significa abundancia y transformación
iniciática, por tanto vinculado intrínsecamente con el atanor
de los alquimistas. El caldero señala claramente al útero
materno y, según Jung, todo el simbolismo del renacimiento y de
la regeneración nos remiten a la Madre.
En su versión personificada, el Falo se identifica con antiguos
y oscuros diosecillos, los cabiros y los dáctilos, a los que se
asimila posteriormente la figura del héroe. El héroe, primitivo
adorador de Hera, se transforma en un matador de monstruos, que constituyen
la versión maldita de las Diosas, la "madre terrible".
Cuando Edipo se enfrenta a la Esfinge, que es uno más de los monstruos
del repertorio, y descifra el sentido del enigma "No sabía
que el ingenio del hombre nunca será suficiente para el enigma
de la Esfinge (...) porque su enigma era Ella misma, esto es, la imagen
de la madre terrible"3 , afirma Jung. Este error de cálculo
es el que conduce a Edipo hasta su posterior desgracia, por más
que en un primer momento sea aclamado como héroe y proclamado rey
de Tebas.
También el símbolo fálico aparece en el "Fausto"
de Goethe en forma de llave, pero ¿qué puerta abre esa llave
? Al despedirse Mefistófeles de él le entrega esa llave,
o clave, que tiene un sentido muy determinado. "FAUSTO.- ¡Qué
insignificancia ! MEFISTÓFELES.- Acéptala y no quieras despreciarla.
FAUSTO.-¡Crece en mi mano ! MEFISTÓFELES.- ¿Notas
ya cuánto tienes al tenerla ? La llave indicará el camino
justo ; baja tras ellas : irás hasta las Madres. FAUSTO.-(estremecido)
¡Las Madres ! ¡Lo oigo siempre como un golpe ! ¿Qué
palabra es que no la puedo oír ?"4 Y, finalmente, cuando Fausto
abre con esa llave la puerta de los infiernos que le conducirá
a las Madres, lo primero que se encuentra es el trípode con el
caldero.
Mi interpretación es que la figura del héroe, que encarna
el arquetipo masculino por excelencia en nuestra civilización patriarcal,
ha errado el camino. La lógica binaria del Patriarcado es la que
escindió los arquetipos de las Diosas en dos. Una de esas partes,
la condenada a la oscuridad o maldita, la transforma en figuras monstruosas
que los héroes se dedican a combatir. Los despojos del arquetipo
original los rehace en imágenes que se adecuan a las funciones
impuestas a las mujeres en una sociedad dominada por los hombres : la
madre, la esposa, la puta y la virgen esencialmente.
Por el contrario, Goethe tiene la visión de que el hombre se puede
salvar, "saliendo de graves confusiones", como él mismo
escribirá en una carta a su amigo Eckermann, cuando su búsqueda
se vuelva hacia aquellas Diosas perdidas : "Quien se atrevió
a llegar hasta las Madres no tiene nada ya que superar", leemos en
el "Fausto". Al igual que Parsifal, que queda prendado de la
reina que porta el Grial, porque el Grial siempre es portado por las mujeres.
Ahora bien, ¿saben o sabemos las mujeres que somos nosotras las
portadoras del Grial ? ¿Qué significado encierra esta metáfora
?
Las Diosas y su sombra
Arrojo todos estas cuestiones sobre el tapete para luego intentar recogerlas,
una vez que haya extraído otras piezas del puzzle que nos permitan
una composición más global. Una de estas piezas es el concepto
de "sombra", que Jung considera como el "otro aspecto"
o "el hermano oscuro" de la individualidad humana, y que nuestra
civilización nos ha enseñado a rechazar : a las mujeres,
por desprecio de nuestra propia naturaleza ; a los varones, por sublimación
de la suya en la figura del héroe. Sin embargo, la "sombra"
no es realmente nuestro lado oscuro, sino el más primitivo, el
más instintivo e infantil, en el que radicarían los impulsos
más fuertes hacia la Vida y no al contrario. Es, si queréis,
nuestro lado más divertido, aventurero y arriesgado.
La arqueóloga norteamericana Marija Gimbutas logró rastrear
las huellas de los primitivos pueblos de Europa antes y después
del cataclismo que supusieron las diversas oleadas de las invasiones "kurgas",
un término genérico para designar a las tribus guerreras
y cazadoras que fueron invadiendo el continente desde las desoladas estepas
al norte de los mares Caspio y Negro. Eran, ellos sí, los arios
puros. Pues bien, Gimbutas demuestra que antes de aquellas invasiones
indoeuropeas, los pueblos del continente no utilizaban armas, vivían
en ciudades abiertas y se dedicaban esencialmente a la agricultura, la
artesanía y el comercio. Sus cultos religiosos estaban dirigidos
a la Gran Diosa o Madre Tierra y la paz solidaria que presidía
aquella civilización ha hecho que Riane Eisler5 las haya calificado
de "sociedades solidarias" frente a las "sociedades de
dominación" que se impusieron tras las invasiones.
Si bien en un primer momento los invasores imponen el poder por la espada
en una locura furiosa de destrucción y reparto inmediato del botín,
la mera observación de los tipos de héroe, que la mitología
nos ha transmitido, nos indica la trayectoria de los pueblos "kurgos"
para imponerse como civilización. Los inicios de la barbarie están
representados por Heracles, que personifica la fuerza bruta. Se trata
de un héroe enfrentado con su fuerza física a todos los
monstruos que para los invasores significan las antiguas divinidades femeninas
: titanes erinnias, gorgonas, esfinges, arpías, etc., que se perpetuarán
hasta la Edad Media en la figura del dragón, vencido por el héroe
cristiano San Jorge.
Sin embargo, la fuerza bruta no es suficiente para cambiar una cosmovisión,
y es entonces cuando surge otro arquetipo de héroe más sutil
y astuto : Teseo. Sin duda que se trata de introducir otros valores culturales
a partir de la nueva religión y de las nuevas leyes : otro tipo
de brutalidad, pero legitimizada. Teseo ya no es el bruto de Heracles,
sino el seductor por excelencia, de este modo el Patriarcado logra lo
más difícil: erotizar la violencia. Es Teseo quien rapta
a Antíope, nada menos que una reina amazónica, que se enamora
perdidamente de él hasta morir luchando a su lado contra sus antiguas
compañeras. Más tarde también seduce a Ariadna de
Creta, quien le confía el secreto del laberinto y con él
la clave de la destrucción del último bastión de
la civilización matrística.
Finalmente, se consigue la domesticación de las mujeres con la
sublimación de la entrega, el sacrificio y la sumisión total
a través del matrimonio y la constitución de la familia
patriarcal. El héroe que representa esta última etapa es
Cadmo, que termina casándose con Harmonía, funda la ciudad
de Tebas en Egipto y crea un nuevo alfabeto. Viven felices y tienen cuatro
hijos. Cadmo es, pues, el último héroe. Ya no hay monstruos
que matar, porque el último monstruo, la Mujer, ha sido vencido.
Así pues, en el devenir, más o menos turbulento, de un nuevo
orden se llega a una conformación social de sometimiento al poder
y a un determinado tipo de razón, en el supuesto de que ambos revelan
dimensiones trascendentes respecto al antiguo orden cósmico naturalista
e inmanente, que queda abolido. La experiencia espiritual en el Patriarcado
se aleja de la inmanencia humanizada de la época matriarcalista
y cambia las divinidades de la Tierra por los dioses uránicos que
residen en los cielos. Las Grandes Madres de la vieja Europa son asimiladas
al nuevo orden, y sus arquetipos primigenios son escindidos según
la lógica binaria del 1/0. La personalidad sublimada y sometida
de las Diosas pasa a formar parte del Olimpo de los nuevos dioses ; la
"sombra" es relegada al cortejo de monstruos infernales contra
los que el Patriarcado sigue combatiendo en su atormentado inconsciente.
Ya Platón, incapaz de asumir la voluptuosidad primitiva de Afrodita,
escinde a ésta en dos arquetipos antagónicos : Afrotita
Pandemo, la hija de la diosa Dione, que encarna así el matronazgo
del amor popular y vulgar ; y Afrodita Urania, la nacida del semen de
Urano, diosa del amor puro e intelectual.
La "sombra", pues, pasará a ser un elemento denso y pesado
en la nueva civilización, sobre todo para las mujeres, una sombra
más negra y espesa cuanto más se rechaza. Desde niñas
se nos reprime nuestro lado salvaje : no corras, no grites, no des portazos,
no te pelees, no digas palabrotas. Y ese gran NO castra nuestra libertad
más espontánea y primitiva, nuestra simple alegría
de ser y de vivir. La cara oscura, que podría ser la más
luminosa, se repliega, y se convierte entonces en trofeo disecado de nuestro
ser de mujeres comme il faut.
Nada más ilustrativo de esta realidad que la primitiva Diosa de
las Serpientes, desgarrada y escindida en Atenea y Medusa. En Atenea Parthenos,
la virgen, y en la decapitada Medusa, su sombra.
Nos cuenta el mito patriarcal que Zeus deseaba a la titánide Metis,
de modo que la persiguió, la violó y la dejó encinta.
Un oráculo anunció que Metis daría a luz una niña,
pero que si seguidamente gestaba un varón, éste lo destronaría
como él había hecho con su padre Cronos, y éste a
su vez con Urano. Así pues, Zeus se tragó a Metis embarazada.
Cuando llegó el momento del parto, Zeus sufría de enormes
dolores de cabeza hasta que Hefesto le abrió el cráneo con
su martillo y de ella surgió Atenea, plenamente armada y dando
un portentoso grito. Ignorando incluso la maternidad de Metis, en la Orestiada
de Esquilo se le obliga a decir a la Diosa una de las mayores imposturas
que han ido conformando nuestro acervo simbólico : "Porque
no existe madre que me engendrara y en todo admiro lo que es varonil -salvo
en casarme- de todo corazón : Soy por completo de mi padre".
Lo demás lo sabemos : protectora de la ciudad de Atenas, diosa
de la sabiduría, como su madre Metis, y también guerrera.
Pero en realidad, el origen de Atenea es cretense y es Ella la conocida
Diosa de las Serpientes. Los aqueos llevarían su nombre y sus símbolos
al Atica, pero desvirtuando también su identidad. Cuenta el mito
encubridor que Hefesto intentó violar a la Diosa, pero Ella se
apartó a tiempo, de modo que el semen del dios cayó al suelo,
fecundando así a la Madre Tierra, que no quiso hacerse cargo del
hijo engendrado de aquella manera, por lo que fue cuidado por Atenea,
que lo llamó Erictonio, niño serpiente. Se dice que él
fue uno de los primeros reyes de Atenas, que desde entonces solían
llevar serpientes como amuleto entre sus señas de identidad. Y
si os fijáis bien, veréis que Atenea también es representada
con esas serpientes, de modo menos evidente con el que aparecen el escudo,
la égida y la lanza, aunque en el friso del Partenón que
representa la "Gigantomaquia" se ven muy claramente.
Pues bien, según Norma Goodrich6 , Medusa era también una
Diosa Serpiente de las amazonas libias, desde donde pasaría su
culto a la vecina Creta. Su simbolismo aludía al aspecto destructor
de la Triple Diosa, que en el Norte de Africa se la conocía como
At-enea, y en Creta como Atenea Potnia, la Soberana. Es decir, que Atenea
y Medusa son la misma Diosa, cuyas dos versiones muestran la escisión
binaria entre la casta Atenea y la perversa Medusa.
En el mito posterior, Medusa era la más bella de las tres Gorgonas.
Su cabellera ondulante se entrelazaba con las serpientes que denotaban
su función de sacerdotisa, además de llevar inscrito en
su frente el signo del uraeus o cabeza de cobra egipcio a modo de tercer
ojo del conocimiento. Dicen que Poseidón se enamoró de ella
y tuvieron un encuentro carnal en el templo de Atenea, por lo que su hermana
solar, envidiosa e irritada, la transformó en el monstruo que conocemos
de lengua sinuosa, anchos orificios nasales, colmillos de jabalí,
cabeza cubierta de sierpes y ojos fosfóreos, cuyo poder consistía
en petrificar a los hombres que osaban mirarla. Pero su venganza definitiva
fue la de incitar al héroe Perseo a que le diera muerte por una
simple apuesta, para lo que la Diosa lo armó con una lanza, un
escudo y una espada con poderes mágicos. Siguiendo las indicaciones
de Atenea, Perseo logró cortar la cabeza de Medusa, trofeo con
el que retornó victorioso a la isla de Sérifos, imagen que
inmortalizó Benvenuto Cellini en la Piazza della Signoria de Florencia.
Pero esa imagen de la cabeza cortada e inerte de Medusa pasó a
formar parte de los trofeos de Atenea. Pilar Pedraza, experta en el estudio
de aquellas "monstruas" de la mitología, confirma la
sospecha : "La petrificadora cabeza de Medusa, arma terrible en manos
de Perseo, es trofeo en el pecho de Atenea y, al propio tiempo, imagen
especular de la diosa misma, su contraimagen, su rostro oculto, su sexo
(...) Esto -dice la diosa- lo he arrancado de lo más profundo de
mi ser. No os atreváis a mirarlo".
Para Freud la cabeza cortada de Medusa simboliza la castración,
lo que hace que los hombres "se queden de piedra " al contemplarla.
Tal vez el poder oscuro de las mujeres provoque en los varones ese miedo
inconsciente a la castración y, por tanto, una violenta reacción
contra las mujeres poderosas. Porque, sin duda, es la "sombra"
la que nos otorga la fuerza más irreductible.
El ejemplo arquetípico de Atenea y Medusa se multiplica en multitud
de casos en la mitología de las Diosas. Uno de los más representativos
es el de Innana y Ereshkigal, de la cultura sumeria7 . Innana, una vez
proclamada Reina de la Tierra, necesita un consorte a instancias de su
familia divina, que le impone al pastor Dumuzi, aunque ella prefiere uno
de linaje agrícola. Finalmente lo acepta y acaba enamorándose
de él. Son felices hasta que el pastor se cansa de ella y decide
separarse. Es entonces cuando ella decide realizar un viaje al mundo subterráneo
para asistir a los funerales del esposo de su hermana Ereshkigal, Reina
a su vez de los Infiernos. A lo largo del viaje se le va despojando de
todos sus bienes hasta aparecer desnuda ante su terrible hermana, que
acaba dándole muerte, en la que permanecerá hasta que encuentre
un sustituto en aquel reino de los muertos. Entonces ella elige a su antiguo
esposo, Dumuzi, y puede entonces resucitar y volver al mundo de los vivos,
habiendo aprendido la lección de que Vida y Muerte son una misma
realidad ; de que Innana y Ereshkigal son las dos caras de la misma Diosa.
La ficticia división entre la mujer y su sombra es algo muy habitual
en nuestras sociedades actuales. El varón, muy frecuentemente,
necesita para gozar de lo femenino tanto de la esposa como de la prostituta,
que es su sombra. No entiendo por qué al hablar de estas últimas
se refieren al oficio más antiguo del mundo, cuando en realidad
se trata de la esquizofrenia masculina más arcaica, eso sí.
Igual sucede en lo relativo a lo contaminante, a cierta suciedad despreciable,
cuando para anunciar compresas dicen aquello de "Te sentirás
limpia, te sentirás bien". ¿Cómo pueden unir
ambos términos ? La sangre menstrual no tiene por qué hacerte
sentir mal ni supone suciedad alguna. Y, por el contrario, recién
duchada te puedes sentir fatal.
La inmanencia-trascendente de lo sagrado femenino
Tengo que ir recogiendo los dados lanzados sobre la mesa y concluir, si
es que en este tema se puede concluir algo aproximado, pero... en fin.
- Las palabras hierós
y sanctus se refieren a lo sagrado trascendente, pero una trascendencia
hacia arriba, hacia las divinidades uránicas, que unida a una
lógica binaria deriva en el monoteísmo. Se trata de una
trascendencia deshumanizada, es decir, limpia, incontaminada, absoluta.
Es la alienación en el ideal que nos conduce en su extremo a
los fundamentalismos.
Por el contrario, hagios y sacer, apuntan a una sacralidad inmanente
que podría englobarse en la sacralidad de la Vida y la sacralidad
de la Tierra con toda la imperfección que implica el devenir
en marcha, lo relativo, lo humano, lo contaminado.
Tienen sentido, pues, las diferentes palabras, porque se refieren a
distintas concepciones de lo sagrado. Las primeras denotan lo sagrado
masculino ; y las segundas corresponden a una sacralidad propia de lo
femenino.
- El objeto sagrado más
representativo de la sacralidad trascendente masculina es el Falo como
sublimación del pene, como fuerza y plenitud, como espada que
divide lo significante y lo in-significante, que divide y excluye por
tratarse de una metonimia, de una realidad parcial que aspira a ser
totalizadora.
El Grial como metáfora de la búsqueda, es decir, del viaje
hacia la sabiduría y la realización, no desciende de los
cielos entre ángeles y trompetas ni lo porta un sacerdote, sino
un grupo de mujeres que indican que ese cáliz sublime no es otra
cosa que el caldero en el que se cuecen los elementos primordiales de
la Vida, de la que surge todo. La Mujer como materia, como matriz primordial,
es el origen y final de esa búsqueda, porque en nuestra dimensión
humana se unen materia y energía en un juego de densidades de
diversa vibración : eso es todo. Es el Todo, como de modo clarividente
intuyó Goethe.
- Vivir lo sagrado femenino
nos exige asumir la "sombra", porque la sombra no es el "thanatos"
de Freud, ni lo "maldito" que condena la lógica binaria.
La sombra es nuestra fuerza más viva, la energía propia
del arquetipo de "la mujer salvaje". Como vemos en el mito
de Psiché y Eros, el alma es una joven bellísima, aunque
a veces abandonada, sucia, enferma, pero unida para siempre a Eros,
elegida por el Amor a pesar de todos los obstáculos y pruebas
por las que tiene que pasar. El thanatos no es más que un invento
de la lógica binaria, incapaz de encontrar el sentido si no es
escindiendo la realidad en supuestos contrarios.
- Y, por último, quiero
decir que la inmanencia no implica la negación de la trascendencia,
pero se trata de una trascendencia evolutiva, no hacia arriba en una
sublimación enajenante hacia lo alto. La trasendencia que emana
de la inmanencia es una trascendencia hacia adelante.
Tal vez nuestro gran error haya
sido despejar lo sagrado a corner, hacia los cielos impolutos de lo divino.
Lo terreno, en cambio, ha sido desacralizado y hemos buscado el sentido
a través de socializaciones sexuadas. Los varones vienen con un
programa a cumplir : "Sé tú mismo". Un programa
que se lleva a cabo fundando la personalidad en el "ego" del
triunfo personal. Si esas expectativas no se alcanzan, el hombre se percibe
como un ser frustrado, castrado en cierto modo. Las mujeres, por otro
lado, cargamos con otro programa : "Sé para los demás",
que engorda un "super ego" que nos cae como una losa. De no
cumplir el programa, nos pasamos la vida luchando contra la culpa, siempre
la culpa. Ni unos ni otros somos libres. Unos, inflados como globos fatuos
; las otras, aplastadas por la carga de ser buenas hijas, buenas esposas,
buenas madres, buenas ciudadanas aún a costa de nuestra felicidad.
Como no me es posible extenderme más, concluyo con un nuevo enigma,
el mismo que Goethe nos propone en la estrofa con la que termina su Fausto:
"Todo
lo transitorio
es solamente un símbolo ;
lo inalcanzable
aquí se encuentra realizado ;
lo Eterno-Femenino
nos atrae adelante"
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