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Una mirada hacia el otro
Notas sociológicas acerca de la diversidad y la diferencia

 

¿Cómo puede, cómo debe uno comportarse respecto de aquellas personas que no pertenecen a la misma comunidad que nosotros? ¿Cómo debe uno actuar frente a la diferencia?. T.Todorov plantea esta cuestión en el inicio de su libro “Nosotros y los otros” para afirmar seguidamente que sería bueno no fundamentar nuestra razón sobre una distinción basada en los contrarios. Y, sin embargo, parece ser que es así como normalmente nos acercamos a los otros. La pregunta en sí no es más que un espejismo que necesariamente nos conducirá por caminos en los que será difícil escapar de la polaridad mejor-peor. Esa posición crea una mirada parcial que nos impide un contacto libre de prejuicios y una ruptura primera con lo que no conocemos. Para Todorov la cualidad principal estaría en una apertura hacia los otros sin un examen previo, sea cual sea ese otro. Su propuesta se refiere al hecho de sustituir los juicios basados en la pertenencia o no a un grupo determinado, por un juicio basado en principios éticos.

Pero, ¿cuál es el significado de nuestra pertenencia a una comunidad? Y ¿cómo hemos de legitimar nuestros juicios?

Es cierto que además de pertenecer a una especie, formamos dentro de ella colectividades específicas, de las cuales la mayor se referiría a la nación, en la que la coincidencia estado-cultura sería mayor, aunque nunca total o perfecta. Pero tal vez podamos empezar a diferenciar que pertenecer a una nación, no es exactamente lo mismo que pertenecer a la humanidad entera, (Rousseau decía que el hombre no es el ciudadano). La nación se corresponde con un juicio político y la humanidad con la ética. Ninguno de los dos puede eliminarse, ni tampoco reducir el uno al otro; tal vez, esta es una dualidad que tenemos que asumir. El no ser conscientes de ella nos puede hacer caer en una trampa, confundiéndonos al manifestar la necesidad de una ética que nos incluya a todos y que esté orientada a la manera en que nos acercamos, conectamos y vivimos a ese supuesto otro, con los discursos acerca de la comunidad, el grupo y sus valores. Lo que no es muy seguro es que en el lugar que hoy estamos hayamos resuelto el conflicto entorno a la identidad y su contrario.

Aunque la ética no es la política, la primera debe colocar las barreras donde la otra pueda o no actuar, porque al fin y al cabo la nación es una abstracción de la cual se tiene poca experiencia inmediata (al contrario de lo que sucedería con el grupo cercano o la familia), y aunque uno ame más a su hija que a la del vecino, cuando meriendan juntas el trozo de pastel se reparte por igual.

Las naciones, los estados, las comunidades y grupos ¿qué son?:

¿Comunidades de sangre, de raza, biológica?, en la cual el individuo no escoge, se nace a ella. Y en la que el presente de éste queda configurado por el pasado y los rasgos del grupo. O bien, ¿es un contrato, un acto de voluntad? en el que la persona adopta un compromiso en relación a unas normas comunes.

La primera tiene un carácter físico, la segunda moral. Y ¿qué escoger? ambas tienen algo de cierto, y ambas olvidan cosas. Las dos podrían ser superadas si aceptáramos pensar en la nación como cultura, porque la cultura (al igual que la raza) es anterior a la persona, no se cambia de un día para otro; pero, al mismo tiempo no es innata, sino adquirida (como el contrato) y aunque el proceso para adquirirla sea muy lento, depende en parte del individuo y proviene, entre otras cosas, de la educación. Aprenderla significa ante todo el dominio de una lengua y manejar sus códigos invisibles. Un aprendizaje así lleva muchos años, pero nada tienen que ver en ello los genes.
Además la cultura no es en sí nacional, puede pertenecer a entidades geográficas menores, puede no tener relación con un territorio concreto, puede pertenecer a una capa de la población o puede incluir a un grupo de pueblos o naciones.

Lo cierto es que el dominio de una cultura es algo necesario para el desarrollo completo de una persona, y sentir apego por lo de uno no tiene por qué llevar a la práctica de la injusticia.
¿Cómo legitimamos nuestros juicios? ¿Cómo resolvemos el problema entre lo particular y lo universal?

Hemos visto como la pretensión universalista nos convertía a menudo (incluso con todas las buenas intenciones) en una caricatura etnocéntrica. Así el universalismo es responsable de las conquistas coloniales, por poner un ejemplo, y nos puede llevar al imperialismo; incluso dentro de las comunidades se ha aplastado la hetereogeneidad en nombre de ideales universales. Por tanto, tal vez debamos reconocer que todo juicio universalista es relativo a una historia, un lugar, un contexto…

¿Implica esto renunciar a todo valor? ¿Su carácter es tan limitado que no sirven para nada?
No, en primer lugar porque no siempre lo universal conduce al etnocentrismo. En la historia han sido las distintas políticas las que han usado a todas las ideologías si convenía, como un adorno añadido.

En segundo lugar, la perversión etnocéntrica no es la más peligrosa, al menos hoy, en la que no es la mayoría la que se autodenominaría así. En cambio, lo que llamamos cientificismo, sí es hoy un peligro, porque la ciencia es uno de los valores seguros y recurrir a ella y en su nombre siempre da garantías. La historia reciente muestra como los regímenes más mortíferos se han apoyado en ideologías científicas, recurriendo tanto a la historia como a la biología (o como algunos estudios actuales sobre preferencias intelectuales o rasgos de personalidad y características varias en relación a cargar con genes masculinos o femeninos).

En tercer lugar, el relativismo tampoco es el milagro y la solución, porque lleva siempre a la contradicción, y llevado al extremo acaba por negar lo que afirma. Además renuncia a la unidad de la especie humana, lo cual es peligroso. La ausencia de unidad permite la exclusión. El relativista no puede denunciar ninguna injusticia ni violencia, ejercida por quien sea y sobre quien sea. Si justificáramos todos los hechos por la tradición, cultura, contexto e historia, encontraríamos una explicación para todo, una explicación “buena”.

¿Con qué reemplazar todo lo anterior? ¿Cómo alejar los peligros de una y otra postura?
Para Todorov la única manera consiste en lograr dar un nuevo sentido a las exigencias universales e intentar un humanismo crítico, pero no como una nueva hipótesis sobre la naturaleza humana, sino como un instrumento para el análisis, como un principio regulador que permita confrontar las diferencias y que esté sujeta a revisión: los valores no son absolutos ahora y para siempre.

Lo que es universal es la capacidad para aprender idiomas y no tal o cual lengua, el ser humano sí tiene la capacidad de rechazar unos valores y adquirir otros y eso es lo que comparte con todos los demás. Puede ser reconocida la unidad del género humano y al mismo tiempo la diversidad del cuerpo social.

¿Qué ideologías paralelas coexisten en la mentalidad occidental?

Paralelamente al desarrollo de la filosofía humanista, surgieron el cientificismo, el nacionalismo y el individualismo. Cada una de estas doctrinas se refiere a un aspecto de la vida humana y olvida los demás:

Para los cientificistas sólo cuenta lo universal: “todos pertenecemos a la misma especie, todos debemos tener las mismas leyes”, en esta perspectiva las diferencias no cuentan, sino que estorban.

Los nacionalistas rechazan tanto los valores universales como el individualismo. Ambos molestan a la comunidad.

El individualismo tiene por máxima preocupación el “sí mismo” y deja de lado cualquier consideración cultural o universal.

Pero los tres niveles son necesarios, el peligro es cuando no se dan en conjunto y se eliminan uno o dos de ellos. Entonces ¿por qué estas doctrinas han arraigado tanto?.¿ Que valores aportaban?

  • El cientificismo coloca a la ciencia en el lugar de la religión.
  • El nacionalismo valora la pertenencia al grupo social y cultural.
  • El racismo afirma una jerarquía entre los seres humanos.
Pero la ideología que se encuentra en la base de las democracias modernas es la individualista, unas y otras no son más que visiones parciales del mundo, declaran ciertas características como primeras y las subordinan a las demás. Para superar esto habría que encontrar nuevas expresiones a los valores de comunidad, ciencia, y persona para que dejen de ser absolutos y no se conviertan en sustitutos de la falta de identidad.

Todorov lo resume así:
“Rompamos las asociaciones fáciles: reivindicar la igualdad de derecho de todos los seres humanos no implica, en forma alguna, renunciar a la jerarquía de los valores; amar la autonomía y la libertad de los individuos no nos obliga a repudiar toda solidaridad; el reconocimiento de una moral pública no significa la regresión a la época de intolerancia religiosa, ni la búsqueda de un contacto con la naturaleza equivale a volver a la época de las cavernas y a practicar la dieta del arroz integral”.

No es posible una panacea, aún cuando la equidad, el sentido moral, la capacidad para elevarse por encima de uno mismo, son lo propio del hombre, también lo son el egoísmo, el deseo de poder, el gusto por las soluciones monolíticas. Los “defectos” del individuo, al igual que los de las sociedad, son características intrínsecas de ellos, lo mismo que las cualidades. Así pues, nos incumbe a todos tratar de hacer prevalecer en nosotros mismos lo mejor, ninguna estructura social, por buena que sea, dispensa del trabajo que incumbe a la persona individual, porque no hay ninguna sociedad, ni idea, ni política que conduzca automáticamente al bien. El mejor régimen del mundo no es nunca más que el menos malo y, aún cuando uno viva en él, todavía queda todo por hacer.


Rosa Mari Ytarte 

Rosa Mari Ytarte es pedagoga.

 
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