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Melic como cada mañana se despertaba hecho
un ovillo, enroscado sobre sí mismo y envuelto en una maraña
de sueños persecutorios y grandilocuentes, alucinaciones de la
tierna infancia que la vida no supo despejar en su momento. Se despertaba
sobresaltado, con la cara descompuesta por las batallas feroces que suelen
mantener los hidalgos quijotescos con sus respectivos gigantes de viento.
Enseguida se desperezaba haciendo crujir todo el espinazo, proferiendo
gruñidos selváticos en cada bostezo y golpeándose
al pronunciar incansablemente un yo, yo, yo como primer saludo mágico
ante el mundo.
Melic, como cualquier ombligo, tenía un rictus de autosuficiencia
y un cierto aire de engreído que parecía mirarte siempre
por encima del hombro, –y así era efectivamente. Cuando acechaba
la sospecha, se levantaba sobre su pedestal de mármol y con el
ceño fruncido, oteaba todos sus dominios. Al norte, las colinas
siamesas, donde la estrella Polar marca el buen sentido de las cosas;
al sur, el valle oscuro y frondoso, donde los téntaculos del placer
vuelven grávidos los deseos de los hombres; al este, el lugar donde
se disuelven las tinieblas de la noche, donde el Sol y la Luna aparecen
enormes pues la mañana tiene ese caríz ingenuo donde todo,
hasta las sombras, tienen una pretensión sin límites, esperanzas
todavía sin mácula. Momentos donde cualquier humano con
ombligo se fantasea a sí mismo henchido de poder y vanagloria.
Muy al contrario que al oeste, donde el horizonte tiene la vocación
de engullir la luz y anunciar la larga noche. Lugar donde cada ser sólo
puede desplegar su ocaso como un tapíz de ocres, amarillentos y
rojizos, y dejar en el aire la estela de su arte y su sabiduría.
Melic envuelto en ínfulas reflexionaba acerca del amplio horizonte
pero su mirada fisgoneaba como un inspector de hacienda, como un señorito
de cortijo y manzanilla, como cualquier dictador de mostacho engominado.
Y se congratulaba del orden perfecto de su orbe. Era evidente que todo
–el mismo Universo– giraba a su alrededor en una órbita
esférica y concéntrica. Tan centrípeto era su universo
que parecía un laberinto sin salida alguna, un mundo de ecos y
reverberaciones de su propia imagen. Por eso cuando Melic gritaba con
voz engolada Yo, se oía, incluso días después, un
yo-mi-me-conmigo entremezclado, una cacofonía egótica e
insufrible. De la misma manera, cuando se engalardonaba con alguna máscara
los días que estaba ocioso al jugar al escondite consigo mismo,
era boicoteado por un juego de reflejos donde se veía al derecho
y al revés multiplicado at infinitum. ¡Un desastre!.
En realidad, Melic era un gran ojo que todo lo husmea, un cerebro volcánico
que computa y computa, una serpiente de hielo que congela a todos con
su contacto. Profundamente convencido de su propia naturaleza pues su
experiencia de ombligo le decía que cualquier brizna de polvo,
gota de lluvia o tesoro perdido que deambulara por su territorio, tarde
o temprano terminaba en el fondo de su espiral, en las cuevas secretas
donde todo se acumula aunque el tiempo y la inmovilidad –ya se sabe–,
corrompe el agua vírgen, pone amarillo los pergaminos y rancios
los manjares.
Su filosofía cartesiana era simple, pienso y pienso luego existo,
y soy lo que soy porque yo me hago a mí mismo. Con eso bastaba
aunque no llegaba a la evidencia de que el ojo que todo lo ve no se ve
a sí mismo, y así no se percataba de su propia sombra excéntrica.
Ésta se manifestaba como un fantasma, cuestionador, usurpador y
traicionero. Y la mayor parte del día, cuando no controlaba o jugaba
al escondite, se dedicaba a perseguirla con tanta afición y gusto
que se olvidaba de cuestiones importantes. Cuando no, tenía accesos
de pánico y persecución, la mayoría de las veces
irreales. En su soliloquio blasfemaba acerca de ella o bien le proyectaba
todos sus demonios obsesivamente, dardos envenenados que los hombres –siempre
con ombligo– solemos lanzar sobre el otro cuando la verdad sobre
nosotros mismos puede quedar al desnudo.
Melic señalaba aquí y allá compulsivamente donde
apareciese la visión fantasmática pues –tú
eres la culpable, –le decía–. Tú usurpas mis
sueños de poder, haces que tiemble mi mano y caiga el cetro que
sostiene. Tú haces que mi pedestal se vuelva de barro que toda
lluvia con el tiempo disuelve.
Y la sombra reía y reía, pues reina del acecho y señora
de la simulación en verdad era ella quien jugaba al escondite.
Y se ocultaba en el fondo del mismo ombligo, allí donde nadie en
su sano juicio hubiera mirado.
La sombra de los mil rostros, esa sombra temible habita en las entrañas
y es la matriz de la vida, la tierra fecunda donde todos hundimos nuestras
raíces.En esa sombra inconsciente que se mantiene bajo la línea
de flotación se gestan las más brillantes ideas que después
salen a flote en un genial eureka; en ella se citan las almas secretamente,
encuentros que después razonablemente llamamos casualidad; y en
ella reside también la fuerza que a muchos hace llegar a la cumbre
y a otros ganar las batallas más difíciles. Sombra en forma
de ángel o de diosa, de diablillo o de espejismo tentador. Sombra
que se cuela en un lapsus con voz cavernosa o que aparece en un sueño
clarividente.
¿Y Melic?. alienado de sí mismo, prepotente y rígido,
se obstinaba en vivir en un mundo sin sombras, sin ruido, sin diferencias
y sin errores. Con la distancia de las estrellas calculadas, con los imprevistos
informatizados y las superficies bien pulidas, un espejismo puro, fiel
a sí mismo. Loco desatino como el insensato que quiere ordenar
las hojas caídas del bosque, o el niño que quiere vaciar
el océano de agua.
Sin saber descifrar el lenguaje secreto de las sombras, los sonidos del
silencio, las formas inefables de las nubes y las olas, Melic había
perdido el olfato para poder encontrar las claves del camino y es perdonable
que se atrincherara en su guarida, en los recovecos tiernos y húmedos
de melocotón de su ombligo. Sólo que a veces, un día
tonto y aburrido, ocurre. Que uno encuentre rosas en el desierto y el
arco iris te haga ir más allá de tu propio horizonte hasta
comprender la insignificancia de uno mismo ante el Universo. Y no es raro
descubrir –dicen–, oráculos en las piedras o escarabajos
dorados de la buena suerte que incitan a seguir adelante y desgarrar velos
de ignorancias y tirar abajo torres de Babel. Porque cuando la Sombra
se pone guapa y uno deja de jugar al escondite se produce un encuentro.
Un encuentro esperado desde todos los tiempos cuando los ombligos y las
montañas siamesas y los valles frondosos nadaban fusionados en
un líquido indiferenciado de ecos dulces y luz tenue. Encuentro
donde la sombra pudiera demostrar que no era una bestia ni una esfinge
monstruosa mal ensamblada sino una sombra profundamente enamorada de la
luz mágica. Y en su angustia la Sombra buscaba un Melic, héroe
o heroína, que la rescatara, que supiera abrazar lo misterioso
y cabalgar por encima de la muerte, atravesar todos los meleficios y conseguir
la joya.
Melic como en cualquier cuento consiguió la joya –por supuesto–,
y la Sombra se vistió de gala, pero lo importante no es eso. No
sólo dejar de ser un títere con pretensiones de poder y
metamorfosearse en un volcán con el canal abierto, sino descubrir
el secreto de la Sombra y el lugar de la joya, símbolos inequívocos
de lo que es el Amor, o la posibilidad de todo cambio, que en el fondo
son lo mismo.
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