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Tiene
8 añitos y muchas ganas de ser mayor. Quiere serlo ya. Junto a
su deseo también está el gusto de ver su cuerpo convirtiéndose
lentamente en el de una mujer. Esta señal tan cierta nos hace sentir,
a ella y a mí que eso se está haciendo de verdad y que un
buen día estallará como lo hace la flor cuando abre sus
pétalos y nos regala con su belleza y perfume.
Se acerca a mí. De ella me llega una mezcla de excitación
y de vergüenza. Algo está pasando. Me susurra al oído:
¿Cuándo seré mayor?. Yo sonrío y me quedo
sin palabras. Realmente me doy cuenta de que no sé. No tengo respuestas.
Yo tengo 44 años y no sé muy bien como me hice mayor, ni
tan siquiera si soy mayor. Bueno, ya sé que diréis que con
44 años uno ya es mayor. Pero hacerse mayor no es una totalidad
que se da en un momento dado. Hay ritmos y tiempos diferentes para el
cuerpo, la mente y el espíritu.
Si retrocedo en el tiempo puedo verme a mí misma descubriendo los
cambios que se producían en mi cuerpo. Llegó un momento
en el que fui mujer, sin haberlo decidido yo. Aquello estaba allí
frente a mí. Había ocurrido, a pesar mío.
Mi madurez psíquica ya es otro cantar, ahí las cosas no
han pasado sólo porque sí. Ahí además, me
lo he tenido que "currar". O sea, tener la voluntad de ser.
He viajado y aún sigo viajando del presente al pasado y del pasado
al presente, viendo cómo he sido construida, con qué materiales
se forjaron mi cuerpo, mi mente y mi alma. Mi alma o mi espíritu
han madurado y maduran con una mezcla muy sutil de un poco de no hacer
y dejar que las cosas sucedan y otro poco de voluntad, atención
y firmeza en esa necesidad y deseo de ser.
A veces siento como si el cuerpo, la mente y el espíritu fueran
creciendo cada uno por su lado. Cuando los tres se unen siento una madurez
que no tiene nada que ver con hacerse mayor, sino con Ser de verdad. Y
me lamento de lo poquito que dura.
Venimos de la totalidad. Después nos fragmentamos, como si fuéramos
un puzzle y poquito a poco vamos recuperando esa totalidad. Ahí
está el auténtico ser, no tiene edad, ni arrugas ni achaques.
Ahí soy mayor.
La miro. La abrazo. Siento en ella ese deseo de ser. Y nos abandonamos
a un juego cuerpo a cuerpo. Sigo sin tener palabras para contestar.
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