Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


Lo ajeno

 


Entre los recuerdos de mi primera infancia, hay uno que hoy viene al caso. Cuando mis hermanas y yo nos quedábamos al cuidado de la chica que trabajaba en casa, natural de un pequeño pueblo, esta se apresuraba a bajar las persianas a la caída de la tarde, en cuanto había que encender las luces de la habitación. A mí eso me daba mucha tristeza y le pedía que no lo hiciera. Su reacción siempre era la misma: “Sí, hombre, para que nos tiren un cantazo…” Una respuesta esperpéntica teniendo en cuenta que vivíamos en el tercer piso de una céntrica calle de Madrid, pero que yo aceptaba entonces con la humildad que caracteriza a los inocentes, y que quedó en mi subconsciente hasta que hace poco despertó para arrojar luz sobre el mundo del que ahora formo parte.

La desconfianza, esa hermana fea de la cautela que tantas veces usurpa su lugar, puede resultar comprensible enfocada a lo ignoto. Pero en un ámbito conocido nos da la medida tanto de la mala opinión que nos merecen los otros como de nuestro propio desamparo moral. El que cierra las persianas por temor a una pedrada en lugar de enfrentar al que se la tira, actúa así porque se siente absolutamente solo y aislado de los que le rodean. Y es esta desunión entre los que pertenecen a una misma comunidad, muchas veces a una misma familia, lo que favorece los abusos e impide el progreso hacia ese mundo mejor que todos nos deseamos en estas fechas.

Las primeras Navidades que pasé en Urueña puse en mi puerta una corona de acebo. “Esto no te va a durar ni un día”, me dijo mi vecino. Le pregunté si en el pueblo había ladrones y él se ofendió mucho. “Ni mucho menos, pero es que poniendo eso ahí, sin sujetar, estás pidiendo a gritos que te la quiten”. Es decir, yo estaba cometiendo una “provocación”, que convertía en razonable un acto -robar- que, sin mediar tal provocación, sería reprobable. Y mi provocación consistía, básicamente, en mostrar confianza hacia los demás.

Porque hay todavía bastantes personas que sienten más suyo un mundo basado en la desconfianza y en la represión que uno abierto y libre. Sin embargo, bastaría con que probasen a cambiar de actitud; con que dejasen, por ejemplo, de robar los adornos de las puertas de los demás y comenzaran a poner adornos en las suyas, para que ese mundo estuviera un poco más cerca. A lo largo de tres años he tenido que reponer mi corona otras tantas veces y escuchar ciento cincuenta veces tres que ya me lo decían ellos. No es un adorno costoso ni especial; cualquiera lo puede obtener. Su hurto no se debe, por otra parte, a una militancia radical contra la Navidad, (que sería una opción respetable). La cosa no tiene más explicación que la mala costumbre de castigar todo lo que nos saque de la atonía.

Sin embargo, sólo se roba lo que se considera ajeno. Y esa es la cuestión: que sólo consideramos como propio lo que podemos encerrar bajo siete llaves u ocultar de la vista de los demás por si llueven cantazos. Y lo propio no es sólo eso, sino también nuestro entorno, el pueblo en que vivimos, la naturaleza que nos rodea y los mensajes que nuestros vecinos eligen compartir con nosotros para que la alegría de una fiesta sea también compartida. Poseemos entre todos mucho más de lo que nunca podremos atesorar para nosotros solos, y tal vez sea en lo compartido en lo que acabemos encontrando una satisfacción más completa, más exenta de temores y preocupaciones.

Voy a acercarme hasta Rioseco a por mi corona de acebo. Si algo compensa la alienación y el frenesí neurótico de estas y otras Fiestas es, a mi juicio, la oportunidad que nos ofrecen para ensayar nuevas formas de estar en el mundo. Y la de tender la mano, aun sabiendo que se pueden quedar con ella, no me parece una de las peores.
Feliz Navidad.

 

Luisa Cuerda 
Enviar correo

La escritora Luisa Cuerda ha sido galardonada con el Premio Internacional de Novela Javier Tomeo que otorga la Universidad Rey Juan Carlos. Un jurado conformado por críticos literarios de diferentes medios de comunicación ha escogido, de entre el centenar de obras que se presentaron a esta primera edición, su novela "Otra Vida por Vivir". El premio es, con 6.000 euros, uno de los mejor dotados de las universidades españolas.

No es la primera novela que publica esta madrileña de 46 años. Cuatro largas y dos cortas (entre ellas, "De puños, almas y otras derrotas", publicada por Littera), así como un sinfín de cuentos es la producción de esta escritora tardía afincada en Urueña, un pueblo de Valladolid de 150 habitantes.

Blog de Luisa Cuerda
 
Ir hacia arriba
Revista
Autores
Números