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"Los corazones están
hechos para ser rotos, como todo lo demás"
Oscar Wilde
"No me gusta llorar…".
"No quiero sentir…".
"No necesito amor…"
Frases recogidas en algunas sesiones de terapia
Latido
Entre la cruel fractura de ese centro vital que me avisa de que estoy
viva, y la anestesia que me convierte en corcho y tapona mis sentidos.
Entre esos dos dolores: El estrepitoso sentimiento que me arrasa; y el
amortiguado e insidioso dolor del vacío, aparece una linea fina,
sutil, suave; un roce de seda, un susurro de hojas nuevas. La sensación
de que toda la vida está contenida en las huellas tambaleantes
que deja un niño en la arena. De que vivir sigue siendo ese intento
experimental de adelantar un pie al otro pie aun inestable; y de que el
motor sigue siendo esa fe inocente, ese deseo de investigar el misterio
del espacio y de atrapar al mundo en un diminuto puño.
Expansión y contracción.
La borrachera de tener por un instante la luz y el cielo dentro del pecho,
y el húmedo y tibio marrón de la pegajosa tierra entre los
dedos y en las tripas. La piel agrandándose, extendiéndose
hasta cubrir como un manto el espacio. Los poros abriéndose, absorbiendo
los aromas sutiles e intensos del sudor vital del universo. Y de nuevo…
No ser nada y estar a merced de todo.También esa vulnerabilidad
trémula es parte del susurro de seda, de la linea fina de plata.
Como si todo ello formase parte de
un tremendo latido. Ahora me ensancho, me dilato, me extiendo, salgo de
mis barreras. Ahora me repliego, me contraigo, me retiro y me guardo.
Y así, yendo y viniendo, flujo
y reflujo de mi alma. A momentos inmensa, luego insignificante. Así
aprehendo desde mi amplitud, mi pequeñez; desde mi pequeñez,
mi grandeza.
Y comprendo que sólo una muerte
existe. Se produce cuando detengo con el frio dedo de mi miedo el movimiento
de este latido indispensable.
Corazón
roto
Pareciera que ese corazón, esclerotizado por el paso del tiempo,
por la resistencia obligada a tantos golpes, por el encogimiento ya crónico
ante excesivas dosis de miedo; no tiene otra salida, pues, que romperse
en mil pedazos o, al menos, resquebrajarse en una brecha esperanzada por
donde la vida tenga la oportunidad de manar de nuevo.
"Se me rompió
el corazón… y sin embargo no he muerto."
Quizás ese sea el momento que
nos lleve hacia una nueva manera de vivir la vida. Notar el golpe seco
quebrando el esternón. Sumergirse en el pozo incoloro del vacío.
Abrir los brazos al dolor y abandonarse por fin. Dejarse laxamente morir.
Percibir al ego disminuyendo, esfumándose convertido en un puntito
cada vez más pequeño. Quedar sin aliento, no existir ya
por un breve instante. Poder sentir que ya nada puede pasar porque nada
queda ya que pueda ser dañado…
Y, de ahí, resurgir de nuevo,
desnuda semblanza del arcano de La Estrella. Sin ropaje alguno que oculte
el cuerpo; Un pie sumergido en el flujo de la vida y el otro firmemente
asentado en la tierra; las manos abiertas derramando el ser al universo.
Suena a bendición entonces el
certero golpe que la vida pueda darme para hacer saltar a pedazos la coraza
imperceptiblemente construida durante tanto tiempo.
El
trayecto
Pero quizás ese golpe no sea necesario. Quizás sea verdad
que en algún momento se nos presente la oportunidad de revisar
el sendero por el que transcurrimos e iniciar el viaje por otro ramal
más fértil. Quizás sea cierto que existe un "camino
del corazón".
Todo empieza por un sutil movimiento:
Despegar la mirada de su crispada atención hacia lo externo, lo
material, lo que el otro pueda darme… Volver los ojos al interior
en busca de eso que me habita. Realizar un lento galanteo con mi propio
ser para poder alcanzar las blancas nupcias tantas veces descritas en
los cuentos de mi niñez y cuyo secreto nunca me fue desvelado.
Unir mi ego y mi ser. Encontrar mi
guía más certero en mi interior, saber que ya no necesito
pedir permiso ni venderme a trozos por un pedazo de amor. Poder percibirme
entera y asentada sobre la tierra.
Y desde ahí, desde la solidez
y la fuerza que me aporta el haberme recuperado, dejarme sentir que estou
viva. Celebrar mi existencia como un don; gozar la vida como un regalo;
sentir la sensación sensual de mi carne, mi piel y mis huesos sabiendo
de su sabiduría; y confiar, que es como decir, aceptar todo lo
que me llegue porque de todo me nutro, aprendo y crezco.
Fuerza surgiendo de mi conexión
interior. Confianza apoyada en mi propia luz brillando en el corazón.
Desde ahí puedo emprender ya el viaje tantas veces descrito en
leyendas y cuentos: El descenso a los infiernos de mi propia sombra; esa
que por tanto tiempo me ha mantenido encadenada al terror de su descarnado
rostro. Mirar la Esfinge y ver mi propio reflejo sin las veladuras de
la idealización. Encontrarme cara a cara con Medusa y que su viscosa
mirada no me enloquezca. Destapar ese demonio que yo soy y así
describirlo a mis ojos de manera que ya no me sorprenda. Exorcizar su
fuerza e incluso, llegar a sentir compasión por él; y aun
más, llegar a quererlo y alcanzar así el perdón.
Porque ese es el don mágico,
el talismán de aquellos cuentos; la poción maravillosa que
cura a la princesa, la despierta y la libera de su prisión. Del
dragón de siete cabezas ya no brotarán más lenguas
de fuego; apagadas por mis lágrimas se irán extinguiendo
en volutas de vapor.
Y, después de eso, descubrir
el Amor. Ya no ese "amor" que desea y fagocita al otro. Ya no
ese sentimiento ávido que absorbe. Ya no el espejismo que únicamente
me deja ver mi fantasía irrealizable del ideal que anhelo. Un amor
sencillo y cálido; una emanación continua de ternura y compasión;
un fluido silencioso derramándose sin objeto ni intención;
un amor abierto a la vida y al tiempo.
Anhelar ese amor es inevitable si se
lo ha sentido en algún momento.
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