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A quien se ha adentrado
en un proceso de superación de pruebas, a quien se ha empeñado en convertir
el plomo en oro según los alquimistas, o a quien quiere borrar su historia
personal como quien quita capa tras capa de una cebolla en busca de lo
esencial se le ha llamado el caminante. La Tradición ha enumerado y pautado
unos caminos para que no nos perdamos en cualquier recodo ante la menor
dificultad pero también ha generado confusión al no permitir un mayor
grado de autonomía e intuición en ese proceso de búsqueda, íntimo e intrasferible,
aún así, algunos místicos como Juan de la Cruz nos recuerdan que «Para
ir a donde no se sabe, hay que ir por donde no se sabe».
EL MAPA INCONSCIENTE
Parece que nuestro Ser interno, ese que batalla en la oscuridad, ese que
nos sueña, que anhela y desea no aparece como un camino llano y tranquilo.
Ese mapa interno tiene una orografía peculiar, salpicada de vivencias
que aún humean como las brasas, con accidentes pronunciados y abismos
insondables. En ese mapa hay tesoros y trampas, príncipes y dragones exactamente
igual que en los cuentos de hadas. Se encuentran las fuentes más puras
y cristalinas y también el hedor de ciénagas insufribles. Todo lo inimaginable
reside en el pligue de ese mapa interno, de nuestro Inconsciente.
De alguna manera el Inconsciente es todo eso que no emerge a la superficie
de la consciencia, que no se muestra en la vigilia, a la luz de nuestra
razón. Y es por eso que es muy difícil su definición porque debajo de
esa línea de flotación los perfiles se diluyen en el amplio mar de la
vida y nuestro batiscafo sólo puede iluminar, en condiciones especiales,
sólo algunas cuevas y algunos salientes. A esa profundidad el silencio
y la presión son excesivas.
Ahora bien, entre inmersión e inmersión, a fuerza de perforar y tomar
muestras, de poner el oído y escuchar el rugido incesante de la lava que
nos recorre nos hemos hecho una idea de lo que hay bajo los pies, de cual
es la naturaleza de nuestro inconsciente. Sabemos que esa fuerza de conservación
que se pone de manifiesto en las situaciones límites reside en nuestro
inconsciente; ese deseo que nos quema y que enciende nuestras pasiones
más desaforadas también reside en él; esa sensibilidad a flor de piel
que nos regula como un termómetro de alta definición; esa fe que mueve
montañas, esa intuición que nos toca como un rayo iluminándonos también
reside en lo más profundo. Es la morada de los dioses que inaguran día
a día proezas y hazañas, y de los fantasmas descarnados que se cuelan
en nuestros miedos e inseguridades; y de la memoria que alterna su alquimia
entre el olvido y el recuerdo. El lugar de la energía madre y el poder
de toda regeneración. No podríamos dejar de decir que el Inconsciente
es la misma vida.
EL LABERINTO
Pero la vida es laberíntica, demasiados meandros, demasiada complejidad,
demasiados elementos referidos a un Todo inabarcable. Cómo, si no, podríamos
digerir los alimentos, mientras el juego de presiones respira por nosotros,
al conducir automáticamente nuestro vehículo, en una conversación profunda
donde se evocan nuestras vivencias antigüas y no dejamos de admirar la
belleza del paisaje. Gracias al inconsciente, gracias a éste hay una necesaria
y permanente interacción con el medio, interno y externo.
Pero el Inconsciente está bien donde está, cumple a la perfección su función.
Lo que de verdad nos interesa es nuestra relación con él. Nuestra cuestión
es la siguiente, ¿y si pudiéramos rescatar un poco más de energía de esa
fuente inagotable y sublimarla o transformarla en luz y consciencia, en
proceso de individuación?.
Este proceso lo podemos representar en el Laberinto. Éste representa el
caos de la vida, los recovecos del inconsciente. El laberinto no representa
sólo una construcción complicada de pasadizos en la que es muy difícil
encontrar una salida, interminables cruces de senderos que no van a parar
a ningún sitio. Al contario, el laberinto es el símbolo del anhelo de
encontrar un centro, el encuentro consigo mismo, o en todo caso, el recuerdo
de la pérdida de aquél.
Es posible que el laberinto sea un diagrama de las estrellas que no paran
de moverse o su reflejo en la tierra, el hacer de los seres humanos. El
caos de las estrellas es como la compulsión de nuestros sentimientos,
de nuestras ideas locas. También es posible que el laberinto sea una especie
de mandala o diagrama concéntrico para captar la atención, para que la
mente centrifugada se vacíe de todo lo inservible, preámbulo del encuentro
con el centro. Y es posible que prehistóricamente el laberinto representara
todo lo que provoca vértigo en el hombre, como el abismo, el fondo del
cielo, los tifones de aire, el sexo femenino. Algo misteriosamente atrayente.
En ese laberinto quedaría atrapada la mente, pero también los demonios
que populan por nuestras interioiridades. En él, el neófito tendría que
esforzarse hasta conseguir su meta, podría templar su espíritu, avivar
su voluntad, dejar a izquierda y derecha, los miedos y las vanas esperanzas,
lastres del pasado, especulaciones del futuro. Así el laberinto podría
ser una prueba iniciática, la lucha con el dragón, la conquista del propio
corazón en el mismo vientre del gran intestino. De alguna manera el laberinto
representa la gran paradoja de la vida, la verdadera ambigüedad en la
que todos estamos. Por un lado el laberinto es la protección del centro
sagrado donde aquél que llegue previamente se habrá desembarazado de toda
compulsión, de toda ingenuidad, de toda premura para llegar en paz, y
por otro, es el mismo inconsciende donde puedes sucumbir al sinsentido.
El diálogo entre centro y laberinto nos sugiere la relación entre ego
y si-mismo, vida y muerte, tiempo e inmortalidad, inconsciencia y consciencia,
deseo y amor, profano y sagrado.
MINOTAURO
El mito del Minotauro nos clarifica lo anterior. Minotauro, mitad hombre,
mitad toro fruto del encuentro entre el toro de Posidón y la esposa del
rey Minos y encerrado por éste en un laberinto con la responsabilidad
de pagar un tributo de siete muchachos jóvenes y siete doncellas, representa
la victoria de lo inferior. A diferencia del Centauro donde el cuerpo
de animal es el soporte del cuerpo humano y éste de su proyección a lo
divino, Asterión, el Minotauro es la inversión de toda lógica, la irrupción
de las pasiones más bajas a costa de los altos ideales, de lo propiamente
humano.El mito estaría incompleto sin la astuta Ariadna con su ovillo
para no perderse y la fuerza del amor que hace que su amado Teseo mate
al monstruo. De esta manera el Minotauro representa la fuerza viva del
laberinto, aquel que le da sentido a sus paredes. El laberinto será cárcel
y trampa y el héroe, frecuentemente por amor o misericordia, tendrá que
enfrentarse con lo maligno y cumplir su misión.
Así, lo laberíntico en nosotros es la fuerza ciega del deseo, los hábitos
automáticos, las compulsiones de nuestros pecados y las obsesiones de
nuestras ideas. El Minotauro es el diablo que nos vampiriza en la sombra,
que se nutre de nuestra ingenuidad cuando creemos que somos, de verdad,
buenas personas. Es nuestra manipulación como símbolo de algo grotesco
y es también el fruto de nuestra dependencia de las cosas.
LA RUEDA
Por otro lado, la imagen de la Rueda puede ampliar la representación del
laberinto. La Rueda es un símbolo solar que indica el movimiento cíclico
de la vida, la rueda al igual que la vida gira y gira sin cesar. Una de
las caras de la rueda es el movimiento ascendente, el impulso evolutivo,
el otro, el descendente o involutivo.
Según uno de los arcanos del Tarot, la Rueda de la Fortuna, el movimiento
de ésta está en manos del Destino, la misma Rueda flota en el océano del
caos, y los personajes que la rodean se encuentran atados a su movimiento
aparente. La imagen es clara, todo sube, todo baja permanentemente. Identificarse
con un sólo punto de la rueda, el más alto, donde sentimos el triunfo,
es fruto de la ignorancia.
De hecho cada punto está a la misma distancia del centro. El centro es
lo único que permanece en equilibrio, su inmovilidad es lo que permite
la observación desinteresada de todo lo que acontece. Por eso la Rueda
de la Fortuna es una invitación a reencontrar ese centro de vivencia.
EL LOCO
Teniendo la conciencia de que el Laberinto y la Rueda significan la obcecación
de la vida en reproducirse, el mar inconsciente donde reina la confusión,
y sabiendo que su promesa es la de alcanzar el centro, es necesario que
aparezca alguien que inicie la búsqueda de aquél. ¿Quién será capaz de
lanzarse a la vida, quién se dejará llevar su sus ansias de vivir, quién
anhelará ese estado de perfección, de bienaventuranza?. Sabemos que el
Loco empieza el camino (del Tarot) con una venda en los ojos y con un
animal que le desgarra la vestimenta. Es por tanto, un ser ignorante y
escindido
Así empezamos el camino. Pero también es cierto que el Loco representa
el impulso de vida, de búsqueda de la completitud que le falta. El Loco
tendrá que superar diferentes pruebas, enfrentarse con cada uno de los
arcanos para reconocer profundamente quien es él. El Loco no tiene número
y por tanto alude a lo que no tiene orden, al caos que precede a toda
búsqueda. Así es el número cero, otra vez la Rueda, el Laberinto.
EL ERMITAÑO
No obstante, la otra cara del búscador la habremos de buscar en el Ermitaño.
Éste camina en sentido inverso al Loco. Ya templado el Ermitaño se recoge
de todo lo vivido y se dirige en silencio al centro de su corazón donde
se encuentran las voces del alma. La soledad le acompaña, para él el gentío
es el caos de la vida, la dilución en lo social. Su estrategia es pasar
desapercibido y comprender la naturaleza de las cosas. No hay que despertar
al Minotauro, a la serpiente sibilina, al dragón de aliento de fuego.
De alguna manera Loco y héroe, y Ermitaño y sabio, son las dos caras de
la figura del buscador. Uno se enfrentará con los peligros temibles del
mundo, el otro sabrá interpretar las señales invisibles del espíritu.
Entre los dos atravesarán los laberintos llenos de trampas, los maleficios
y encantamientos. Y rescatarán a la princesa (Amor), encontrarán el tesoro
(Energía), o la fórmula mágica (Conciencia).
EL CAMINO
Con todo, tendremos que hacer caso a Don Juan cuando le dice a Carlos
Castaneda que «cada cosa es un sendero entre un millón. Por lo tanto,
tú debes siempre recordar que un sendero es sólo eso: una senda () Todas
las sendas son iguales; no conducen a ninguna parte. Son senderos que
cruzan el matorral o se internan en el matorral. En mi propia vida puedo
afirmar que he recorrido senderos largos, muy largos, pero no he llegado
a ninguna parte. La pregunta de mi benefactor tiene ahora sentido. ¿Tiene
corazón ese sendero?. Si lo tiene el sendero será bueno. Si no, no sirve.»
En este sentido, los caminos no llevan a ninguna parte, si acaso a uno
mismo, pero uno ya estaba antes del camino. Lo dijo el poeta, «caminante
no hay camino, se hace camino al andar».
Por eso habremos de interpretar el Camino no como algo que nos lleva lejos
y que cambia profundamente nuestra naturaleza, sino como algo que forma
parte de nosotros. El caminar como un reflejo del proceso dinámico de
la vida, del conocer. El Camino como una orientación que centrifuga el
caos, como pauta disciplinaria, freno de la inmovilidad y rigideza interior.
Todo camino va por la vida y en cada recodo algo nuevo nos espera. Hay
que estar, por tanto, alerta, sin posibilidad de dormirse. Por otro lado,
el caminante es aquel que va ligero de equipaje y echa raíces en el cambio
permanente. Cada momento es el momento, cada sitio es su casa. Su virtud
es el desprendimiento. Walt Whitman diría, «Estoy en camino con mi visión
soy un vagabundo en viaje perpétuo».
LA FLOR
El Camino no es mas que el indicativo de que empezamos un viaje. Todo
lo que suceda será reinterpretado como mensaje, como descubrimiento de
lo que somos. Al final del camino volveremos a ser lo que éramos, pero
más conscientes, con nuestros horizontes ensanchados. Empezamos el camino
con una idea de perfección, una ilusión que nos hizo dar el primer paso.
Acabaremos el camino con la pérdida de dicha perfección pues la Iluminación
no es mas que la aceptación de todo lo que existe.
El encuentro con uno mismo está simbolizado en Occidente por la rosa y
en Oriente por un loto. La flor como apertura, el aroma como esencia.
Quizá la impermanencia de la flor, de sus pétalos nos indique que la conciencia
de unidad sólo puede vivir en el presente. Tal vez por eso Taisen Deshimaru
dijo: «A los que buscáis la Vía, os lo ruego: ¡no perdáis el momento presente!».
Los símbolos se engranan para formar procesos definidos. Del deseo de
búsqueda al encuentro, del enfrentamiento con la Sombra al reconocimiento
de nuestra compulsión. Enfangarse en el caos para recoger una flor. Y
vuelta a empezar.
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