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Kkpsico !!!
Director de Conciencia sin Fronteras:

No sé si habrá espacio en vuestra revista para lo que quisiera exponer. No sólo por la extensión, sino porque trae realidad-basura. Pero aún con no ser breve ni buena, ni fina ni segura, aligero mi carta con iniciales en los nombres propios ajenos, y la esponjo de sobreentendidos.

Por semana santa me inscribí a un curso de masaje que se hacía en L.P. No me había convencido la propaganda del correo, me llamaba volver a L.P. La misma noche del Jueves Santo nos encontramos para conocernos. Solamente éramos cinco mujeres y el profesor. Advertí que nadie lo conocía, y que no había estado nunca en L.P. Esto me inquietó. Y no encontrar en L.P. a la gente que acostumbra a ir. Además, un grupo tan pequeño es insuficiente y normalmente se deshace.

G. L. me desagradó físicamente o químicamente (F.Q.) El pentágono de la sonrisa o, si lo prefieres, los surcos de las aletas a las comisuras estaban replegados y extrañamente alisados; la nariz, partida; la tez, oscura; la lengua, lenta y, los dientes, ocultos bajo un idioma plagado de palabras angloamericanas (P.P.A.A.) Como de quien tiene o quiere y puede mostrar dificultades en hablar nuestras lenguas. Pero hay quien pasó veinte años en el extranjero y no recurre continuamente a latiguillos como O.K., all-right, it's now or never u otros títulos de canciones.

Una de las mujeres comentó, «Es lástima que no haya hombres en el curso» y el diálogo entonces derivó hacia lo consabido del yin y el yang. G.L.F.Q.P.P.A.A. dijo «A los hombres nos está permitido mostrar la rabía» e inmediatamente la mostró o demostró alzando su puño derecho y el brazo, y dejándolo caer en el puro centro del círculo (P.C.C.) que formábamos, con fuerza gritó: «¡Putas!». Las otras alumnas se quedaron como si tal cosa, G.L.F.Q.P.P.A.A.P.C.C. también, pero a mí me llegó en forma de onda propagada por el aire ese puñetazo y la palabra me golpeó.

Al día siguiente se hizo un trabajo intenso de sensibilización. También movimos la kundalini, que creo que es como una serpiente que yace en el fondo del vientre, en las entrañas. Se trataba de desbloquear la pelvis y el cuello haciendo vibrar en pie la columna. Tras agitarnos, y tras una relajación con una música apabullante de sintetizadores (M.A.S), me incorporé en el codo y vi los ojos como platos de una de las chicas. Le dije «Lletja!» («¡Fea!») Rió. G.L.F.Q.P.P.A.A.P.C.C.M.A.S. se acercó hacia donde estábamos para ver qué pasaba. Para oírlo, mejor dicho, puesto que nada más tiene un 30% de audición. Se lo explicó ella misma y, en un instante, G.L.F.Q.P.P.A.A.P.C.C.M.A.S-30% se volvió hacia mí, abalanzado, y amenazante me gritó: «Esto es mala leche que tienes dentro y no la quiero en la sala». Las chica y yo misma le explicamos que sólo era una broma. Insistió en que yo estaba «llena de mierda». Me empezaron a temblar las pantorrillas porque me daba cuenta de que me quería descontrolar para controlarme o controlarme para descontrolarme (D.P.C./C.P.D.) Quise indicarle aparentemente tranquila que no estaba dispuesta a seguirlo, que ante la expresión me expreso y ante el ataque marchaba. Pringaba aceite de almendra y me quería duchar, y en la ducha decidí que abandonaba el curso porque cuando me había visto abandonar la sala con la toalla aún me ordenó que me quedara. «Ven aquí». Le dije: «No quiero».

Volviendo de la ducha me encontré a las chicas. Me ofrecieron buñuelos de viento, pero yo sólo tenía ganas de ir al bosque y llorar. La naturaleza no juzga. No sé responder a la violencia, me espanta la irracionalidad. También iba entendiendo que aquello era un lección que me apremiaba. Antes entré en mi habitación para recoger mi equipaje y cambiarme de dormitorio. Sin pedir permiso se entró cuando preparaba la bolsa. Le dije que se largara, que no me gustaba, que me tenía que respetar.«¿Quieres perder el dinero de la inscripción?». Le dije que lo único que quería es que se fuera de la habitación. «Mírame a los ojos». Le miré. Me estaba demonizando descaradamente como un aficionado. Seguí con la bolsa. El colmo fue cuando G.L.F.Q.P.P.A.A.P.C.C.M.A.S-30% D.P.C./C.P.D. me dijo: «Quieres matarme». Ya era demasiado, el vigor con que manejaba el léxico reality. Aún le dije «¿No me oyes, estás sordo, fantasma? y, ya gritando, «¡Vete!, fuera de aquí». Tres veces. Por fin se fue.

Tuve que irme el sábado de Gloria. Estaba a gusto con las personas que pasaban las vacaciones y hacían excursiones por los alrededores de L.P. Pero quiso sentarse a mi lado a la hora de desayunar. Me acosaba como una hiena (M.A.C.U.H! JrrrrrHr ñam ay) Nadie podía ni querría intervenir. Había dinero por medio. Eso por una parte. Por otra, todo podía quedar disuelto o atascado en la ramplona psicología tan ajena a la inspiración de esta revista. «Sin fronteras» sería precisamente lo contrario de «sin salida». Gracias a la psicología basura las víctimas y los estafados se exponen, encima, más que nada al ridículo. Cuidado con los pobres G.L.F.Q.P.P.A.A.P.C.C.M.A.S-30% D.P.C./C.P.D. M.A.C.U.H! JrrrrrHr ñam ay.

 

 

Marta-R. Domínguez Senra
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