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¿Para qué practicamos?
 


Cuando comenzamos una práctica de crecimiento personal, tenga ésta o no una directriz espiritual, deseamos cambiar, convertirnos en mejores personas, conocernos a nosotros mismos, romper nuestros patrones de comportamiento, obtener mucho conocimiento, sabiduría y en el caso de que sí sea espiritual el camino elegido, deseamos también alcanzar la iluminación. Seguramente antes de empezar con esa disciplina o al poco de estar practicándola hemos leído lo suficiente sobre el tema para despertar esos deseos, en principio lícitos, pero que pueden distraernos e incluso desviarnos completamente del camino.

Después de llevar un tiempo en la práctica podemos tener la sensación de habernos liberado de muchas de las cadenas que nos mantenían presos: el egoísmo, la envidia, los celos, la rabia... Nos sentimos especiales, incluso superiores y más evolucionados que el resto de los mortales; pero ¿de verdad es así?

Muchas veces cuando comprendemos a nivel mental que algo es un obstáculo en nuestro camino decidimos eliminarlo de nuestras vidas. Huimos si es necesario de las situaciones que nos lo provocan y así creemos que lo hemos trascendido y superado. Pienso que es una forma de engañarnos a nosotros mismos; no conseguiremos transformar nada de esta manera. Para poder cambiar algo primero debemos verlo, aceptarlo y reconocerlo. Y no podemos aceptar y menos reconocer algo que “no queremos ver ni vivir”. Por otro lado no sé si alguna vez llegamos a cambiar; podemos llegar a desarrollar la conciencia y atención necesarias para no caer en lo que siempre caemos. Pero eso no quiere decir que lo hemos trascendido porque en cuanto bajemos la guardia volveremos a repetir nuestro patrón. La conciencia sobre lo que queremos cambiar debería estar siempre alerta, presente hasta el final.

Asistimos a muchos cursos para aprender técnicas nuevas y más sofisticadas (porque ya tenemos el “nivel suficiente” para trabajarlas y que nos vuelve a hacer “diferentes”). Agrandamos nuestro conocimiento pero no nuestra sabiduría. Nos creemos mejores que los demás por “saber más”, por pertenecer a la “mejor escuela”, por habernos formado en el “mejor centro”, con los “mejores maestros”... en realidad además de agrandar nuestro conocimiento también estamos agrandando nuestro ego.
Por otro lado, en estos cursos, nos podemos hacer una imagen equivocada de nosotros mismos, tanto si asistimos a ellos como alumnos o como profesores. El ambiente suele ser distendido, así que será raro que alguien “nos ponga el dedo en la llaga”. Nos sentimos en paz, nos percibimos cada vez más maduros y evolucionados. Sentimos nuestra entrega como algo sincero. Pero ¿qué ocurre cuando volvemos a nuestra casa? ¿cuando debemos hacer lo de cada día? Deberíamos fijarnos en los pequeños detalles tanto en lo que hacemos como en nuestras relaciones cotidianas. Lo más normal es que nos demos cuenta de que caemos en los mismos errores, repitiendo una y otra vez nuestras pautas de comportamiento. ¿Cuál de los dos ambientes es más real? ¿en cuál soy más yo y en cuál más mi máscara? ¿hasta dónde puedo aplicar e incorporar la práctica en mi vida cotidiana?

Tras algunos años de práctica puede llegar un día en que nos demos cuenta de que no somos tan especiales como queríamos y pensábamos ser, de que somos mediocres; igual que los demás, simplemente “del montón”. Comprendemos que no llegaremos a la iluminación, ni tampoco seremos los mejores en lo que nos gustaría destacar. Este es un momento muy importante en nuestra práctica. Como consecuencia de ello puede aparecer una crisis y depende de cómo la gestionemos marcará el rumbo a seguir. Una reacción que veo muy común es volver la cara hacia otro lado y mantenernos en el autoengaño; no reconocemos nuestra mediocridad y seguimos como hasta ahora. También podemos reaccionar con una crisis existencialista y mandar a paseo todo lo aprendido hasta ahora, nos sentimos decepcionados con la práctica (ya que por supuesto si no funciona es porque el fallo está en la práctica, ¡nunca en uno mismo...!) y comenzamos quizás otra práctica para, en realidad, repetir lo mismo. Puede ser que esta crisis nos lleve a sentir la necesidad de pedir ayuda, de hacer algún tipo de terapia. Y puede que ésta nos ayude a avanzar en el conocimiento de nosotros mismos, a descubrir los porqués de muchas cosas pero no nos garantizará tampoco el cambio. Hay a quien la crisis le pilla más tarde, cuando ya está tan involucrado en la práctica y en el papel que está jugando que resulta casi imposible rectificar su camino. Necesitaría mucha humildad y sinceridad para hacerlo. Normalmente puede más la ambición de llegar más lejos, de ser famoso… para ganar, de alguna manera, la inmortalidad (ya que permanecerá en la mente de sus seguidores). Es muy posible que su huída sea hacia delante, afianzándose donde ya estaba, mejorando su discurso para “justificar” su hacer o incluso fundando una nueva línea, escuela o imperio. El cual, por supuesto, será el mejor.
Podríamos continuar con infinidad de justificaciones para que nuestro ego (otra vez) nos haga seguir creyendo que somos especiales.

También podríamos hacernos preguntas como: ¿quién soy yo para alcanzar la iluminación? ¿quién para merecerme al mejor maestro? ¿quién para fundar la mejor escuela? ¿acaso me considero un ser especial, un elegido? ¿un elegido de quién? ¿cuánta gente en toda la historia ha conseguido iluminarse? ¿seguro que yo soy uno de ellos?.
Seamos sinceros en nuestras respuestas, no nos engañemos más y reconozcamos lo que hay... Es un acto de humildad. Es el primer paso para poder cambiar.

Pero entonces ¿qué sentido tendría continuar con la práctica? Cuando en nuestra práctica tenemos como objetivo principal alcanzar algo muy elevado es fácil desarrollar la ansiedad típica del impaciente. Nos da igual qué hacer con tal de conseguir lo que queremos. Decimos a los demás que lo importante no es la meta sino el camino pero en realidad lo que queremos es llegar. Es esta ansiedad la que nos ciega, la que no nos deja avanzar ni tampoco valorar ni disfrutar lo ya conseguido.
Si al darnos cuenta de que no somos “tan guapos ni tan majos” aceptamos que no llegaremos a tan alto nivel, la ansiedad podría desaparecer y comenzaríamos a disfrutar de nuestra práctica a otro nivel. Ya que nuestra mente no estaría exclusivamente en alcanzar la iluminación podríamos poner más atención en nuestro qué hacer cotidiano y en nuestras relaciones de siempre (dejaríamos posiblemente de ser tan pretenciosos y arrogantes). Pondríamos más conciencia en las pequeñas cosas de la vida; nos daríamos cuenta de que son tan importantes como la propia práctica. Podríamos vivir un poco mejor, que no es poco.

Pero hay algo más: además de beneficiarse uno mismo, ¿en qué beneficia mi práctica al prójimo? Otro riesgo en la práctica es cuando ésta nos lleva únicamente a observar nuestro ombligo, olvidándonos de los demás. Como anécdota quiero referirme a un curso al que asistí recientemente (aunque es algo bastante común a todos los cursos en los que hay una convivencia). No es importante de qué tipo de práctica se trataba pero insistía en el crecimiento personal, la generosidad, la compasión. Todos los que estábamos ahí nos sentíamos comprometidos con la práctica pero a la hora de coger mi “ración de melón” en una de las comidas, me encontré que no quedaba nada mientras que había platos con “doble ración”. Puede que fueran muy evolucionadas aquellas personas pero no fueron capaces de pensar en los demás a la hora de compartir una comida... y precisamente lo que más hacemos en nuestra vida es “compartir” (espacio, familia, amistad...). Deberíamos tener en cuenta que el hecho de seguir una disciplina de este tipo no implica que seremos mejores personas de forma automática.

Por eso pienso que es necesario encontrar un camino, un sentido y una dirección en nuestra práctica que no recaiga exclusivamente en uno mismo, sino también en los demás. Y creo que la noción del Bodhisattva : “el guerrero/a espiritual que se entrega a la ayuda al prójimo e incluso está dispuesto a que todos los seres se iluminen antes que él”, puede darnos ese sentido de compartir. Esta sería la comprensión más profunda de nuestra práctica. A veces una idea así nos abruma, ya que de nuevo parece algo inalcanzable; pero hay situaciones naturales a lo largo de nuestra vida que pueden llevarnos a comprenderla. En mi caso ha sido al experimentar la paternidad. Un hijo nos ayuda a ser generosos, a entregarnos desinteresadamente, a sentir lo que significa “dar de manera incondicional”. Desde que somos madres o padres ya no somos los primeros, hay una “personita” que es la primera, que está antes que uno mismo... Podemos estar cansados, incluso extasiados, pero estamos ahí, con él, cuidándole. Lo que deseamos es que “esté bien, que crezca y se desarrolle lo mejor posible”. Aunque lamentablemente no es así, si fuéramos capaces de extender esto al resto de nuestras relaciones, habríamos comprendido el verdadero sentido Bodhisattva de nuestra práctica.

 

Juanolo 
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