|
| El Tai Chi, la vida y la muerte |
|
|
La posición más adoptada todavía en Occidente con todo lo relacionado con el tema de la muerte es la de mirar hacia otro lado. El miedo a la muerte, inculcado por la Iglesia Católica durante tantos siglos e impregnado en nuestra forma de vida, nuestra cultura... está en cada célula de nuestro cuerpo. Nos enseñan a rechazar u obviar cualquier cosa relacionada con la muerte, la enfermedad, el dolor o el sufrimiento, sin darnos cuenta que inevitablemente siempre nos acompañarán de alguna manera. Sólo queremos mirar lo bello, el placer, lo que nos dé bienestar. Si vemos a alguien llorar, como es en este caso, de tristeza, enseguida le animamos a que deje de hacerlo. Pero ¿qué hay de malo en ello? Si lo que necesita es llorar y desahogarse ¿por qué no le ofrecemos el espacio para poder hacerlo bien? Creo que más bien lo hacemos porque nosotros mismos no queremos ver el sufrimiento ajeno (no vaya a ser que nos haga conectar con nuestro propio sufrimiento…). Por otro lado, incluso la medicina alopática se dedica a rechazar y evitar la muerte; toda la ciencia dedicada a la salud está enfocada a retrasar al máximo la muerte. A veces incluso a pesar de una mala calidad de vida: recuerdo que el médico que asistía a la madre de una amiga, la cual tenía un cáncer terminal de páncreas, aconsejó a sus familiares para operar y así podría vivir uno o dos meses más. Pero ¿cómo?, con una bolsa para defecar, con intolerancia a muchos alimentos, náuseas y gran malestar generalizado. ¿Tiene sentido todo esto? ¿No hubiera sido mejor que el mismo médico aconsejara no operarse a la mujer y que se fuera despidiendo de los suyos, en su casa y con mejor salud? Lamentablemente mi madre ha muerto de Alzheimer, lo que ha impedido un diálogo entre nosotros, pero durante tres años he ido despidiéndome de ella, hablándole mucho, dándole los cuidados que fue necesitando según se iba deteriorando y agradeciéndole todo lo que me había dado en la vida. Cuando junto con mis hermanos le estuvimos acompañando en los últimos días, y después de decirle todas las cosas que ya le habíamos dicho muchas veces, llegó un momento en el que simplemente consistía en estar, tocándole, mirándole, sintiendo, esperando... Cuando llega este momento, ayuda que seamos capaces de animarle a dar el último paso. Pienso que para el que se va es importante sentir que los que nos quedamos aceptamos su ida, por muy dolorosa que ésta pueda ser. A la vez, estar presente en esta transición nos ayudará a preparar nuestra propia muerte. Y luego viene el duelo. Durante todos estos días voy recibiendo visitas, llamadas y cartas para acompañarme en mi duelo; a las cuales estoy muy agradecido. Hay viejos amigos que me animan a centrarme en mi familia, trabajo y lo que sea, para dejar que vaya pasando el “mal trago” (y de paso no pensar en ello). En mi opinión es muy importante vivir el duelo, tomarse el tiempo necesario para despedirse y aprender a vivir con serenidad aún en la emoción. Si por el contrario no lo hacemos por miedo o por no querer llegar a conectar con lo que realmente sentimos, algo se quedará enquistado en nuestro interior, sin solucionar; y cualquier día puede volver a aflorar de diferentes maneras: emoción, enfermedad o cualquier otro desequilibrio. Ser conscientes de que podemos morir en cualquier momento nos puede hacer crecer o nos puede paralizar. Puede ser un motor para ir preparándonos (sin convertirse en una obsesión), o bien hará que estemos constantemente evadiéndonos de ello, evitando pensar en ello, ocupando todo el día en cosas que nos mantengan distraídos como un libro o una buena música, o incluso utilizando cualquier tipo de sustancias… Pero ¿cómo podríamos prepararnos para la muerte? ¿Cómo aprender a acompañar al moribundo? Lo primero que se me ocurre es no dando la espalda al sufrimiento propio ni ajeno, a la enfermedad ni a la muerte. Contactar con nuestro sufrimiento nos ayuda a conectar con el de los demás, a comprender que es parte de la vida y tan importante en nuestro desarrollo como el placer. En las artes marciales nos hablan de la figura del guerrero que está dispuesto a morir en la batalla. Cuando el guerrero va a la lucha no tiene miedo a la muerte: intentará sobrevivir, pero acepta que puede morir. Cada vez que practicamos la lucha o el combate estamos entrenando de manera simbólica la muerte. Cada golpe que recibimos en combate, cada vez que nos desequilibran en la lucha del empuje de manos, morimos; de alguna manera nuestro ego debe aceptar la derrota. Y es aquí donde podemos ir preparándonos también para la muerte. A fin de cuentas es nuestro ego el que hace que sintamos miedo a la muerte, a abandonar a los nuestros, al desapego que supone morir. Cuando nuestro compañero consigue alcanzarnos con una patada o un puñetazo pone a prueba a nuestro ego, el cual, intentará responder de una manera más fuerte y contundente, a no ser que estemos presentes para evitarlo. Si en empuje de manos el compañero nos desequilibra lo más frecuente es que nos agarremos a sus brazos para así no perder el equilibrio; de la misma manera que muchos de nosotros nos intentamos agarrar a la vida si vemos que se acerca la muerte. Incluso cuando alguien nos corrige un movimiento de la forma es una oportunidad para experimentar la muerte de manera simbólica: nuestro ego debe “morir” y aceptar que lo hacíamos mal. Todos estos ejemplos se dan a menudo en nuestro entrenamiento y requieren de nuestra presencia para no resistirnos, ni dejarnos llevar por la arrogancia y el orgullo. Morir (y también acompañar en el morir) es soltar, relajar; es espirar, vaciarse; es caer, perder; es humildad, aceptación; es escuchar y comprender... no deja de ser curioso que todas estas cualidades sean las que más nos cuestan de aplicar no sólo en nuestro entrenamiento sino también en nuestra vida cotidiana.
|
|
Juanolo |
| Diciembre 2007 |
|