|

Al acercarnos a un grupo de práctica,
además de buscar el aprendizaje de esa disciplina, buscamos inconscientemente
la pertenencia a un grupo. Necesitamos de él, de su apoyo, de su
comprensión... y también necesitamos un “papá”
(o “mamá”) que nos diga cómo hemos de aprender,
cómo hemos de hacer, que nos ayude en el proceso, que nos diga
que lo hacemos bien. Todo esto es completamente normal ya que no conozco
a nadie que no tenga carencia de padres en su vida. Carencia que de alguna
manera nos hace sufrir, incluso enfermar. Podríamos hablar de esta
carencia, de las madres que no llegan, de los padres ausentes... pero
no es tema de este artículo. Como decía sentimos una necesidad
de pertenecer a un grupo, quizás alentada por la falta de conexión
existente en estos días con los demás, incluso en nuestra
propia familia. Esta crisis con los “nuestros” nos lleva a
buscar fuera de la familia el marco que precisamos para sentirnos protegidos
y comprendidos.
Si todo esto es consciente es muy posible que en la medida en que vamos
profundizando en nuestra práctica tal necesidad vaya cambiando,
incluso que llegue a desaparecer. Lo que quedará entonces es un
anhelo de seguir aprendiendo y profundizando en la práctica. Este
menester con los años nos llevará a buscar fuera de ese
grupo para mejorar, aprender otros aspectos, otras vivencias... completando
así nuestra práctica individual. Si por desgracia, y es
lo más común, no somos conscientes de esa primera necesidad,
es muy difícil que lleguemos a sentir la segunda, la de buscar
por otros lares. Tenemos la historia del Tai Chi y las artes marciales
llena de practicantes que estudiaron con varios maestros para ir perfeccionando
su arte. La verdad es que eran los mismos maestros los que animaban a
sus discípulos para ir con otro experto. Sin embargo, nos podemos
encontrar que en el momento en que nos percatamos de esta necesidad de
“abandonar” nuestro grupo surgen inseguridades ya que no sabemos
qué nos vamos a encontrar fuera de él. Hasta ahora nuestro
clan era el perfecto (y de alguna manera sigue siéndolo) pero sabemos
que para poder progresar en nuestra práctica debemos buscar más
allá del grupo. Sentimos una contradicción entre nuestro
apego al grupo y las ganas de “volar” fuera de él.
Si además, como suele suceder, el profesor no nos anima a hacerlo,
se añade una dificultad que es muy importante: debemos decir a
nuestro profesor que queremos estudiar con algún otro. Este momento
es crucial en nuestro crecimiento, similar al momento en el que decimos
a nuestros padres que nos queremos independizar. Y como en este último
ejemplo habrá quien lo haga con ayuda de una novi@ y una boda,
habrá quien lo haga solo (simplemente porque siente la urgencia
de hacerlo) y habrá quien por no enfrentarse a la situación,
no lo haga nunca (esperando que sean sus padres los que se vayan…).
No deja de ser un conflicto que nos pone a prueba. ¿cómo
hacerlo respetando? ¿cómo, sin herir al grupo ni a profesor?
Y si creemos que el profesor se enfadará o nos rechazará
¿lo haríamos de todas maneras? Creo que si sentimos la necesidad
de progresar muy clara en nuestro interior obtendremos la fuerza para
hacerlo con honestidad, respeto y cariño. La reacción que
recibamos será impredecible y dependerá de la madurez tanto
de los compañeros como del instructor, pero ésta no nos
debería echar atrás.
Con esto me estoy refiriendo al practicante que desea profundizar en el
entrenamiento Tai Chi; no al que va un par de días a la semana
a clase para aprender a relajarse, le va bien a su espalda y no siente
que quiere ir más allá. En este último caso, si le
va bien, no es conveniente cambiar de grupo ni de profesor.
La libertad la podemos perder como alumnos o como profesores y me gustaría
poder comentar cada uno de estos casos:
Cuando somos alumnos
Me gustaría empezar con un ejemplo: hace ya bastantes años,
fui a visitar por segunda vez a uno de los maestros con los que he ido
aprendiendo. Da igual quién, dónde o de qué estilo,
ya que a lo que quiero dedicar este artículo es universal y común
a cualquier tipo de práctica. Los dos profesores en los que yo
tenía puesta mi confianza sabían que iba con este maestro,
les parecía acertado y me apoyaban. En esta segunda visita me acompañaron
dos amigos, ambos practicaban otro estilo diferente al mío. Lo
más curioso para mí fue que mis amigos no se atrevieron
a decir nada a su maestro, porque se suponía que se enfadaría
e incluso que les haría elegir. No sé si en realidad hubiera
ocurrido así, pero el caso es que su acción fue hecha en
la clandestinidad. Quizás otra persona ni siquiera se hubiera atrevido
a hacerlo por si le “pillaba” o porque le parecía mal
hacerlo a escondidas. En este caso prefirieron hacerlo de manera encubierta;
quizás no querían “herir” a su profesor, pero
creo que era más por miedo a su reacción y al consiguiente
rechazo. A veces nuestras acciones no gustan a quien admiramos pero no
por eso deberíamos de dejar de hacerlas, estando dispuestos a aceptar
lo que recibamos de ellas. Lo que entiendo que les ocurrió es que
habían perdido su libertad para aprender con otra persona que no
fuera “su maestro”.
Ahora pondré otro ejemplo: ha sucedido algunas veces que personas
que vienen a los encuentros me dicen que han tenido que “pedir permiso”
a su profesor para poder venir. ¿?. Es como si sintieran que le
pertenecen. Una cosa es pedir consejo o su parecer y otra muy distinta
pedir si les deja ir. Aquí me temo que el profesor tiene parte
de responsabilidad en ese “perder la libertad” del que hablamos,
ya que en casos así es él el que tiene la última
palabra. Es decir, somos nosotros mismos los que delegamos en nuestro
profesor la decisión final sobre nuestro futuro. Es como si preguntáramos
a nuestros padres qué carrera universitaria quieren que hagamos.
Esta anécdota me ha sucedido en tres ocasiones, en dos de ellas
su profesor les “aconsejó” no mezclar prácticas
(aunque uno de los dos lo hizo) y en la tercera supuso una ruptura motivada
por la respuesta que recibió de su profesor, tras comunicarle que
le había sido útil lo que había aprendido fuera de
sus enseñanzas. Antes de venir al encuentro le había dicho:
“prueba con otros si quieres pero te darás cuenta de que
no son tan buenos”. Como profesor me sentiría mal si alguien
me pidiera permiso; no me considero dueño de ninguna de las personas
que aprenden conmigo. Peor aún si además les digo que los
otros son peores… Deberíamos ser conscientes de nuestras
limitaciones y saber que no podemos ofrecer todo lo que abarca el Tai
Chi, sino simplemente una pequeña parte; para que cuando veamos
un alumno motivado, intentemos ayudarle a conocer a otras fuentes que
puedan aportarle lo que falte en nuestra enseñanza.
He conocido también personas que por su presencia, cercanía,
carisma… pueden encontrarse con gente que pasado un tiempo, les
presionan o empujan a tomar un papel de “maestro”. Aquí
cada uno debe reaccionar como crea que corresponde hacerlo. Si dicha persona
está preparada y acepta ese papel no habrá ningún
problema. Donde sí lo puede haber es cuando el profesor no quiera
desempeñar ese rol por la responsabilidad que conlleva, porque
no se ve como tal, porque se va a sentir atado o simplemente porque no
le apetece. Sea por la causa que sea mi opinión es que debe ser
respetado. Lo que he visto que sucede es que normalmente no suele ser
así, los alumnos insisten e insisten y si no lo logran aparecen
los conflictos. La situación se convierte en algo muy molesto para
el profesor, obligándole a poner distancia con el grupo. .Los alumnos
no pueden aceptar que la persona que han elegido como “cabeza de
familia” no quiera serlo y seguirán intentándolo hasta
que aparezca otra persona que sí que quiera “adoptar al grupo
abandonado”. Porque en realidad no era el primer profesor en sí,
sino la “carencia de papá” lo que les llevaba a exigir
al profesor que diera un paso que en realidad no quería dar.
Estos son tres ejemplos de pérdida de libertad por parte del alumno,
el primero porque no se atreve a decirle que va con otro; el segundo sobre
un sentimiento de pertenencia al profesor que le lleva a pedir permiso;
y el tercero sobre el alumno que exige a su profesor más de lo
que él quiere o puede darle.
Pero ¿por qué perdemos nuestra libertad?
Desde luego primero deberíamos mirar dentro de uno mismo. Los lazos
afectivos y emocionales que trazamos con nuestros profesores suelen ser
fuertes, y quizás eso hace que sintamos una especie de fidelidad
hacia ellos. Pero una cosa es eso y otra pensar que si buscamos o probamos
con otros profesores somos “desleales”. La curiosidad y las
ganas de profundizar son naturales y sanas. Puede llegar un momento en
la práctica en que consideremos que quizás otra persona
puede enseñarnos más intensamente alguno de los aspectos
del Tai Chi; sin pensar por ello que el primer profesor ya no sirve. ¿No
se puede estudiar con dos o más profesores a la vez? Creo que cuando
vamos profundizando en la disciplina nos damos cuenta de todo lo que puede
llegar a abarcar la práctica y cada uno de sus diferentes aspectos.
Por lo que advertimos que es muy difícil, por no decir imposible,
que una misma persona haya profundizado de verdad en todos ellos. Entonces
¿qué contradicción hay en que se estudie con más
de un profesor? ¿No haría esto que se complementaran entre
sí las diferentes enseñanzas recibidas de cada uno de ellos,
consiguiendo así una práctica más completa? ¿Qué
profesor se opondría a que sus alumnos aprendieran de una manera
más íntegra las enseñanzas? Creo que como alumnos
deberíamos sentirnos libres y honestos diciendo a nuestro profesor
que queremos estudiar también con otras personas, sin pensar por
ello que les estamos traicionando. ¿Pero qué sucede también
en nuestro interior cuando debemos decir algo así? ¿Qué
sentimos cuando decimos a nuestro papá que haremos algo que ya
sabemos de antemano que no le gustará? Tenemos miedo a recibir
una bronca, un rechazo, incluso un castigo. Esto podría hacer que
al final no lo hagamos pero desde mi punto de vista sería un error.
Nuestro proceso personal podría estancarse ya que se trata de uno
de los muchos obstáculos que iremos encontrando en el camino. Y
que sea un obstáculo no significa que sea forzosamente desagradable:
la misma dificultad nos puede causar algo que nos está agobiando
como un cómodo sofá que nos invita a sentarnos para precisamente
no continuar por el camino…
Durante los 15 años que llevo practicando me he acercado a muchos
profesores y maestros con respeto y de manera sincera profundizando en
sus enseñanzas. Todavía hoy estudio con varios a la vez.
Tengo mucho que agradecer a todos ellos, pero nunca he sentido que les
pertenecía. Y esto no me ha hecho sentir desleal, ni tampoco el
decidir dejarles si he percibido que desde su posición comenzaban
a limitarme en mis decisiones o en mi independencia. Quizás mi
espíritu rebelde ha ayudado a ello; a veces me ha traído
quebraderos de cabeza; otras, sorpresas agradables. Sé que esto
me puede cerrar más de una puerta, es el riesgo, pero también
sé que es una elección hecha desde mi libertad.
Cuando somos profesores
Reconozco que los profesores podemos sentir miedo de “perder a los
alumnos”, es muy humano. Este miedo puede venir por un apego excesivo
a nuestros alumnos. Si un alumno se va a lo mejor sentimos que ya no nos
valora y esto puede deberse a una baja autoestima por parte del enseñante.
Puede también que este miedo encubra una falta de valoración
por parte de nuestro propio padre (cuando éramos niños),
y que ahora buscamos en nuestros alumnos. Pero eso no nos da ningún
derecho a ser propietarios de nadie, sería una postura competitiva,
egoísta e inmadura que no tendría mucho que ver con el espíritu
del Tai Chi. En casos así, además de quitar la libertad
a nuestros alumnos, estamos perdiendo nuestra propia libertad ya que dependemos
de ellos para sentir que somos buenos instructores y creernos importantes.
Y es que a veces estamos tan atrapados en el papel de profesor que no
conseguimos transmitir lo que realmente queremos comunicar. Recuerdo cuando
empecé a enseñar y me proponía mostrar el ejercicio
de empuje libre. Entonces tomaba un alumno para explicar el ejercicio,
si este alumno era competitivo y hacía mucha fuerza y se resistía,
yo entraba en su juego hasta que conseguía “vencerle”.
Estaba aferrado en el papel del profesor que sabe y es mejor que cualquiera
de sus alumnos y lo necesitaba demostrar. Después de un tiempo
me di cuenta que mi ego no podía aceptar el ser desequilibrado
por un alumno y que lo que estaba consiguiendo era enseñarles a
competir y a intentar ser el mejor. Desde ese día cambié
mi respuesta; en un caso así, no entro en su juego, intento mantenerme
relajado, a la escucha, cediendo y empujando. Y si al final es él
el que me tira a mí, está bien porque lo que quiero transmitir
con este ejercicio no es ganar o perder, competir, ser más macho…
sino la escucha, el ceder y el compartir. Y de nuevo, esto no es fácil.
La idea de “ganar” o de “no perder” está
muy arraigada en nuestro interior desde que éramos pequeños.
Por su puesto, el que seamos profesores no nos hace inmunes a ella. Y
surge en cualquier momento como ahora al explicar un ejercicio, o al responder
una pregunta, o al compartir una conversación o una comida con
nuestros alumnos. Si estamos atrapados en el papel del profesor necesitaremos
demostrar al alumno en cualquier situación que somos más
sabios y evolucionados. Es una buena oportunidad para “quitarse
importancia”.
Recuerdo también cómo defendía al principio mi estatus
como “buen profesor” cuando intentaba transmitir un movimiento.
Veía que la gente no llegaba a aprenderlo bien y pensaba que en
realidad ellos no eran capaces de hacerlo. Por supuesto no pensaba que
el fallo podía estar en mi manera de enseñarlo… Uno
de mis familiares siempre dice que si alguien no entiende algo, el fallo
está en el que lo explica y no en el que está escuchando.
Ahora lo veo también así y me doy cuenta de que hasta que
no tenemos el movimiento integrado de verdad en nosotros mismos, el alumno
no llega realmente a comprenderlo. Sin embargo, cuando este movimiento
ya está integrado, la transmisión es mucho más clara
y sencilla. Con el pensamiento, la palabra o la escritura sería
lo mismo: cuando lo que queremos transmitir está integrado en uno
mismo, la conexión es mucho más profunda y se comprende
sin dificultad. Recuerdo lo que me dijo un amigo que ya ha editado varios
libros: “el arte está en que sea comprensible incluso para
el profano, debe ser sencillo y directo”. Cuando no somos claros
al expresarnos de la manera que sea, seguramente se debe a que no lo somos
tampoco en nuestro interior; es muy posible que nos indique confusión,
demasiado conocimiento sin elaborar, sin sabiduría. También
puede ocurrir que no nos pongamos al nivel de comprensión del que
aprende, tampoco hay verdadera conexión. En la mayoría de
los casos el que está recibiendo asiente con la cabeza sin que
haya entendido verdaderamente lo que escucha o lee, bien porque no quiere
expresar su dificultad para entender (y mostrarse, por lo tanto, inexperto),
o porque no quiere incomodar a la persona que le está hablando.
Me viene a la memoria una vez que asistí a un curso hace bastante
tiempo: uno de los asistentes le hizo una pregunta al profesor sobre una
sensación que tenía a veces cuando practicaba meditación.
El profesor respondió: “no lo sé”. Para mí
fue algo nuevo: “chapeau”. Era una persona con suficientes
“tablas” y experiencia para poder responder a una pregunta
así. Ahora que además de alumno soy profesor, sé
que cuando un alumno nos hace una pregunta, lo que queremos es poder responder
y hacerle ver que sabemos más que él; nos hacemos una respuesta
lógica que nosotros mismos tomamos como verdadera y la lanzamos.
Sin embargo, aquel profesor estaba dispuesto a que su alumno se levantara
y se fuera pensando que había dejado de ser interesante ese curso…
Aquí nos encontramos con una actitud de libertad y falta de dependencia
por parte del profesor.
Me acuerdo que un profesor intentando hacernos creer que sabía
de anatomía nos comentó la acción de determinado
músculo de nuestra espalda (dorsal ancho) diciendo que hacía
la flexión del codo (en realidad ese músculo hace la rotación
interna, aducción y extensión del hombro, además
de actuar sobre las cinturas escapular y pélvica). En absoluto
tiene ninguna acción en el antebrazo flexionando el codo, ¿?.
Otro ejemplo: un profesor es preguntado sobre una aplicación marcial,
era un gesto común en casi todas las artes marciales (y por cierto,
un golpe muy poderoso). Su respuesta fue “no hay ninguna aplicación
para este movimiento, es algo que “adorna” la forma...”
¿?. Él, obviamente no conocía ninguna aplicación
para este movimiento, pero lejos de reconocerlo se colocó en una
posición prepotente negando su propio desconocimiento. Cuando estamos
con alumnos que no saben demasiado sobre el Tai Chi y las artes marciales
podemos decir barbaridades y además quedar como que sabemos muchísimo,
incluso más que el profesor que sí les hubiera podido mostrar
dicha aplicación marcial. ¿Qué buscamos con este
tipo de acciones? En lugar de decir “no lo sé” necesitamos
hacer ver que sí sabemos, no vaya a ser que se crea lo contrario.
Es como si estuviéramos enseñando a un amigo a jugar al
ajedrez y le decimos que los alfiles no sirven para nada en lugar de decirle
que no los sabemos utilizar bien. De esta manera deslumbramos a nuestros
alumnos con una ignorancia disfrazada de sabiduría... ¡qué
atrevida y arrogante es la ignorancia! ¿Qué perdemos si
reconocemos algo así? A nadie le gusta mostrarse en error, pero
me temo que es otro de los obstáculos que encontramos en el camino.
Algún día deberemos reconocer que no sabemos tanto como
el alumno quiere o se imagina.
Supongamos un profesor que llegado un día uno de sus mejores alumnos
decide dejarle, porque quiere irse con otro profesor, porque ha dejado
de confiar en él, porque siente que ha crecido lo suficiente para
prescindir de él, o porque necesita separarse de él para,
precisamente, poder crecer un poco más, su propio proceso personal
se lo exige. Es toda una prueba para el profesor. Recuerdo lo que mi primer
profesor me dijo el día en que iba a impartir mi primera clase
en su escuela: “Tiene que llegar un día en el que me digas
que no”; recuerdo que sentí mi libertad respetada. En otro
caso, cuando me despedí de uno de los maestros con los que había
aprendido porque decidí no continuar su “linaje” (y
sin embargo sigo valorando su trabajo), unos días más tarde
y delante de todo el grupo reconoció y valoró mi práctica
y mi entrega, ¡a pesar de que le acababa de dejar!
Desgraciadamente, a menudo suele haber otro tipo de respuestas: a veces
el profesor cambia cosas del trabajo o sistema en una búsqueda
de desprestigiar al que se ha ido, otras veces deja de reconocer al que
se va (mientras que hasta entonces todo eran valoraciones), también
se dan casos de un tipo de competición (incluso acoso) que lo que
demuestra es que el que ha perdido la libertad en este caso es el profesor.
Ahora es él el que no puede aceptar la decisión de su “ex-alumno”.
Aunque busca un tipo de castigo para el que se ha ido, en realidad está
sufriendo él mismo: su ego se siente traicionado. Y, si no está
muy atento, este mismo ego le llevará a intentar demostrarse a
sí mismo y al resto de sus alumnos que ese castigo es necesario.
Su energía estará enfocada en todo esto en lugar de aceptar
y respetar la decisión de su alumno como algo necesario para el
crecimiento de ambos, profesor y alumno.
Supongamos también que un ex-alumno ha aprendido con otro profesor
aspectos que no conocemos, ¿le pediríamos que nos los enseñara?
¿podríamos respetar y valorar sus nuevos conocimientos?
¿y si estos conocimientos contradijeran los nuestros? Puede que
nuestro papel de profesor nos lo impidiera. ¿Seríamos capaces
de dejar dicho papel y ser tan alumnos como los demás ante otro
profesor que sabe más que nosotros mismos?
RELACIÓN PROFESOR-ALUMNO-PROFESOR
Por lo expuesto hasta ahora vamos deduciendo que el peligro desde la parte
del alumno es sobretodo un sentimiento de pertenencia, de ser acogido
y de lealtad, perdiendo su capacidad de decisión; y desde la parte
del profesor se suele dar un apego hacia el alumno, una necesidad de él
para sentirse bien, escuchado, obedecido… haciéndose “dueño”
y por lo tanto perdiendo el respeto por su alumno.
Es fácil decir “este no es mi caso” pero también
es fácil engañarnos a nosotros mismos. Existen mecanismos
inconscientes muy sutiles para hacernos creer que “no necesitamos
aprender con otros” o decir “yo les dejo ir con quien quieran”
(el problema estaría en ese “yo les dejo”)…
Si como estudiantes no superamos esa necesidad de tener un “papá”
no estaremos interesados en buscar más; en realidad si ese papá
nos ofreciera otra cosa, también nos interesaría. Lo que
queremos es a él, en el fondo no queremos profundizar. Y si como
transmisores no superamos esa necesidad de dirigir, de decidir por, de
controlar, no mostraremos una actitud de verdad abierta a la posibilidad
de que nuestros alumnos estén motivados en esa misma búsqueda.
En ambos casos nos hacemos presos de nosotros mismos exigiendo al otro
que pierda también su libertad (no es lo mismo “mi profesor,
mi alumno” que “profesor mío y alumno mío”).
Cuando empezamos a enseñar es difícil ser consciente de
todas estas cosas pero es importante observar todo lo que va sucediendo;
es peligroso quedarse atrapado en este papel, ya que nos impediría
seguir aprendiendo. La escucha que vamos desarrollando en la práctica
del empuje de manos debemos ponerla en acción. Ser sensibles a
lo que en realidad busca y quiere el que viene a aprender de nosotros.
Escuchar nuestro interior, descubrir y solucionar las trampas que van
apareciendo, desprendernos de cualquier conducta que nos podría
obstaculizar en nuestro proceso y en el del otro. Tener en cuenta de que
no es lo mismo “dar” que “obligar a recibir”,
no es lo mismo compartir que tratar de convencer. Respetar el propio ritmo
de nuestros alumnos para entender lo que les estamos ofreciendo. Y, por
supuesto, abandonar cualquier expectativa que podamos crear sobre nuestros
alumnos, para evitar el que de alguna manera nos creamos dueños
de ellos.
En el caso de que un profesor sea capaz de compartir con sus alumnos no
sólo la práctica sino también su vida, sus dudas
y preocupaciones, sus alegrías y sus penas, se mostrará
más cerca del alumno, a la misma altura que él y por lo
tanto el feed-back será posible. El papel del profesor y el del
alumno a veces se intercambian y podemos aprender de nuestros alumnos.
Sus dudas, sus preguntas, sus opiniones, sus conclusiones y sus decisiones
pueden completarnos y hacernos crecer como profesores y, por supuesto
como personas. En este caso puede haber momentos de relación profesor-profesor
o alumno-alumno.
Esto está muy lejos del profesor distante, en apariencia perfecto,
que no puede recibir ni aprender nada de sus alumnos porque no hay diálogo
ni escucha real, la relación es unidireccional; sus preocupaciones
están en mantener su estatus, allá arriba… y que no
se vea lo que inevitablemente hay: contradicciones, dudas, sufrimiento.
No hay libertad, está apegado a su papel. Lo peor es que una actitud
así no permite tampoco que los alumnos evolucionen, crezcan y se
completen; aunque no lo perciban estarán atados.
Cuando un alumno decide dejarnos para aprender con otros deberíamos
ser capaces de ayudarle en su proceso, de respetar su decisión
y de esta manera podrá conservarse una relación diferente
a partir de ese mismo instante. Mi hija todavía tiene tres años,
pero supongo que cuando deje de ser su “papá perfecto”
será un momento importante para ella y una prueba para mí.
Ella necesita ese paso para crecer; yo debo respetarlo y animarle a ello
para, por mi parte, desarrollarme también un poco más.
Debido a que he utilizado la palabra maestro y la palabra profesor, me
gustaría diferenciarlas de alguna manera. Concibo al maestro como
la persona que antaño asumía el papel de “Padre, sacerdote,
terapeuta…” de sus discípulos (que no solían
ser más de cuatro o cinco a la vez). El discípulo por su
parte se entregaba al maestro sin cuestionarle e incluso iba a vivir a
casa de él (ofreciéndose en muchos casos para las labores
domésticas cotidianas). Sin embargo, profesor en mi opinión
es el que acompaña al alumno durante un tiempo e intenta motivarle
a buscar e investigar en la práctica. En este último caso
el alumno no asume una entrega como la que es requerida por el maestro.
Hoy en día es difícil encontrar un maestro que esté
dispuesto a asumir su papel, pero existen muchos alumnos dispuestos a
convertirse en discípulos.
Por eso me gustaría hablar sobre un caso que hemos comentado antes
que puede ser peligroso: cuando los alumnos nos empujan a convertirnos
en maestros o guías más allá de ser sus profesores.
Si no estamos preparados para asumir este papel, podemos crear algo insano,
muy dependiente por ambas partes, e incluso un desastre emocional que
nos llevará muy posiblemente a nuestra propia destrucción
como personas libres. En un extremo, un caso así, puede llegar
a convertirse en una secta donde el “gurú” dicta y
el discípulo asume. Debemos estar muy atentos para no dejarnos
llevar y ser honestos con nosotros mismos y con los demás.
|