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Cuando perdemos nuestra libertad

Tai Chi Chuan


Al acercarnos a un grupo de práctica, además de buscar el aprendizaje de esa disciplina, buscamos inconscientemente la pertenencia a un grupo. Necesitamos de él, de su apoyo, de su comprensión... y también necesitamos un “papá” (o “mamá”) que nos diga cómo hemos de aprender, cómo hemos de hacer, que nos ayude en el proceso, que nos diga que lo hacemos bien. Todo esto es completamente normal ya que no conozco a nadie que no tenga carencia de padres en su vida. Carencia que de alguna manera nos hace sufrir, incluso enfermar. Podríamos hablar de esta carencia, de las madres que no llegan, de los padres ausentes... pero no es tema de este artículo. Como decía sentimos una necesidad de pertenecer a un grupo, quizás alentada por la falta de conexión existente en estos días con los demás, incluso en nuestra propia familia. Esta crisis con los “nuestros” nos lleva a buscar fuera de la familia el marco que precisamos para sentirnos protegidos y comprendidos.

Si todo esto es consciente es muy posible que en la medida en que vamos profundizando en nuestra práctica tal necesidad vaya cambiando, incluso que llegue a desaparecer. Lo que quedará entonces es un anhelo de seguir aprendiendo y profundizando en la práctica. Este menester con los años nos llevará a buscar fuera de ese grupo para mejorar, aprender otros aspectos, otras vivencias... completando así nuestra práctica individual. Si por desgracia, y es lo más común, no somos conscientes de esa primera necesidad, es muy difícil que lleguemos a sentir la segunda, la de buscar por otros lares. Tenemos la historia del Tai Chi y las artes marciales llena de practicantes que estudiaron con varios maestros para ir perfeccionando su arte. La verdad es que eran los mismos maestros los que animaban a sus discípulos para ir con otro experto. Sin embargo, nos podemos encontrar que en el momento en que nos percatamos de esta necesidad de “abandonar” nuestro grupo surgen inseguridades ya que no sabemos qué nos vamos a encontrar fuera de él. Hasta ahora nuestro clan era el perfecto (y de alguna manera sigue siéndolo) pero sabemos que para poder progresar en nuestra práctica debemos buscar más allá del grupo. Sentimos una contradicción entre nuestro apego al grupo y las ganas de “volar” fuera de él. Si además, como suele suceder, el profesor no nos anima a hacerlo, se añade una dificultad que es muy importante: debemos decir a nuestro profesor que queremos estudiar con algún otro. Este momento es crucial en nuestro crecimiento, similar al momento en el que decimos a nuestros padres que nos queremos independizar. Y como en este último ejemplo habrá quien lo haga con ayuda de una novi@ y una boda, habrá quien lo haga solo (simplemente porque siente la urgencia de hacerlo) y habrá quien por no enfrentarse a la situación, no lo haga nunca (esperando que sean sus padres los que se vayan…). No deja de ser un conflicto que nos pone a prueba. ¿cómo hacerlo respetando? ¿cómo, sin herir al grupo ni a profesor? Y si creemos que el profesor se enfadará o nos rechazará ¿lo haríamos de todas maneras? Creo que si sentimos la necesidad de progresar muy clara en nuestro interior obtendremos la fuerza para hacerlo con honestidad, respeto y cariño. La reacción que recibamos será impredecible y dependerá de la madurez tanto de los compañeros como del instructor, pero ésta no nos debería echar atrás.

Con esto me estoy refiriendo al practicante que desea profundizar en el entrenamiento Tai Chi; no al que va un par de días a la semana a clase para aprender a relajarse, le va bien a su espalda y no siente que quiere ir más allá. En este último caso, si le va bien, no es conveniente cambiar de grupo ni de profesor.

La libertad la podemos perder como alumnos o como profesores y me gustaría poder comentar cada uno de estos casos:

Cuando somos alumnos
Me gustaría empezar con un ejemplo: hace ya bastantes años, fui a visitar por segunda vez a uno de los maestros con los que he ido aprendiendo. Da igual quién, dónde o de qué estilo, ya que a lo que quiero dedicar este artículo es universal y común a cualquier tipo de práctica. Los dos profesores en los que yo tenía puesta mi confianza sabían que iba con este maestro, les parecía acertado y me apoyaban. En esta segunda visita me acompañaron dos amigos, ambos practicaban otro estilo diferente al mío. Lo más curioso para mí fue que mis amigos no se atrevieron a decir nada a su maestro, porque se suponía que se enfadaría e incluso que les haría elegir. No sé si en realidad hubiera ocurrido así, pero el caso es que su acción fue hecha en la clandestinidad. Quizás otra persona ni siquiera se hubiera atrevido a hacerlo por si le “pillaba” o porque le parecía mal hacerlo a escondidas. En este caso prefirieron hacerlo de manera encubierta; quizás no querían “herir” a su profesor, pero creo que era más por miedo a su reacción y al consiguiente rechazo. A veces nuestras acciones no gustan a quien admiramos pero no por eso deberíamos de dejar de hacerlas, estando dispuestos a aceptar lo que recibamos de ellas. Lo que entiendo que les ocurrió es que habían perdido su libertad para aprender con otra persona que no fuera “su maestro”.

Ahora pondré otro ejemplo: ha sucedido algunas veces que personas que vienen a los encuentros me dicen que han tenido que “pedir permiso” a su profesor para poder venir. ¿?. Es como si sintieran que le pertenecen. Una cosa es pedir consejo o su parecer y otra muy distinta pedir si les deja ir. Aquí me temo que el profesor tiene parte de responsabilidad en ese “perder la libertad” del que hablamos, ya que en casos así es él el que tiene la última palabra. Es decir, somos nosotros mismos los que delegamos en nuestro profesor la decisión final sobre nuestro futuro. Es como si preguntáramos a nuestros padres qué carrera universitaria quieren que hagamos. Esta anécdota me ha sucedido en tres ocasiones, en dos de ellas su profesor les “aconsejó” no mezclar prácticas (aunque uno de los dos lo hizo) y en la tercera supuso una ruptura motivada por la respuesta que recibió de su profesor, tras comunicarle que le había sido útil lo que había aprendido fuera de sus enseñanzas. Antes de venir al encuentro le había dicho: “prueba con otros si quieres pero te darás cuenta de que no son tan buenos”. Como profesor me sentiría mal si alguien me pidiera permiso; no me considero dueño de ninguna de las personas que aprenden conmigo. Peor aún si además les digo que los otros son peores… Deberíamos ser conscientes de nuestras limitaciones y saber que no podemos ofrecer todo lo que abarca el Tai Chi, sino simplemente una pequeña parte; para que cuando veamos un alumno motivado, intentemos ayudarle a conocer a otras fuentes que puedan aportarle lo que falte en nuestra enseñanza.

He conocido también personas que por su presencia, cercanía, carisma… pueden encontrarse con gente que pasado un tiempo, les presionan o empujan a tomar un papel de “maestro”. Aquí cada uno debe reaccionar como crea que corresponde hacerlo. Si dicha persona está preparada y acepta ese papel no habrá ningún problema. Donde sí lo puede haber es cuando el profesor no quiera desempeñar ese rol por la responsabilidad que conlleva, porque no se ve como tal, porque se va a sentir atado o simplemente porque no le apetece. Sea por la causa que sea mi opinión es que debe ser respetado. Lo que he visto que sucede es que normalmente no suele ser así, los alumnos insisten e insisten y si no lo logran aparecen los conflictos. La situación se convierte en algo muy molesto para el profesor, obligándole a poner distancia con el grupo. .Los alumnos no pueden aceptar que la persona que han elegido como “cabeza de familia” no quiera serlo y seguirán intentándolo hasta que aparezca otra persona que sí que quiera “adoptar al grupo abandonado”. Porque en realidad no era el primer profesor en sí, sino la “carencia de papá” lo que les llevaba a exigir al profesor que diera un paso que en realidad no quería dar.

Estos son tres ejemplos de pérdida de libertad por parte del alumno, el primero porque no se atreve a decirle que va con otro; el segundo sobre un sentimiento de pertenencia al profesor que le lleva a pedir permiso; y el tercero sobre el alumno que exige a su profesor más de lo que él quiere o puede darle.

Pero ¿por qué perdemos nuestra libertad?
Desde luego primero deberíamos mirar dentro de uno mismo. Los lazos afectivos y emocionales que trazamos con nuestros profesores suelen ser fuertes, y quizás eso hace que sintamos una especie de fidelidad hacia ellos. Pero una cosa es eso y otra pensar que si buscamos o probamos con otros profesores somos “desleales”. La curiosidad y las ganas de profundizar son naturales y sanas. Puede llegar un momento en la práctica en que consideremos que quizás otra persona puede enseñarnos más intensamente alguno de los aspectos del Tai Chi; sin pensar por ello que el primer profesor ya no sirve. ¿No se puede estudiar con dos o más profesores a la vez? Creo que cuando vamos profundizando en la disciplina nos damos cuenta de todo lo que puede llegar a abarcar la práctica y cada uno de sus diferentes aspectos. Por lo que advertimos que es muy difícil, por no decir imposible, que una misma persona haya profundizado de verdad en todos ellos. Entonces ¿qué contradicción hay en que se estudie con más de un profesor? ¿No haría esto que se complementaran entre sí las diferentes enseñanzas recibidas de cada uno de ellos, consiguiendo así una práctica más completa? ¿Qué profesor se opondría a que sus alumnos aprendieran de una manera más íntegra las enseñanzas? Creo que como alumnos deberíamos sentirnos libres y honestos diciendo a nuestro profesor que queremos estudiar también con otras personas, sin pensar por ello que les estamos traicionando. ¿Pero qué sucede también en nuestro interior cuando debemos decir algo así? ¿Qué sentimos cuando decimos a nuestro papá que haremos algo que ya sabemos de antemano que no le gustará? Tenemos miedo a recibir una bronca, un rechazo, incluso un castigo. Esto podría hacer que al final no lo hagamos pero desde mi punto de vista sería un error. Nuestro proceso personal podría estancarse ya que se trata de uno de los muchos obstáculos que iremos encontrando en el camino. Y que sea un obstáculo no significa que sea forzosamente desagradable: la misma dificultad nos puede causar algo que nos está agobiando como un cómodo sofá que nos invita a sentarnos para precisamente no continuar por el camino…

Durante los 15 años que llevo practicando me he acercado a muchos profesores y maestros con respeto y de manera sincera profundizando en sus enseñanzas. Todavía hoy estudio con varios a la vez. Tengo mucho que agradecer a todos ellos, pero nunca he sentido que les pertenecía. Y esto no me ha hecho sentir desleal, ni tampoco el decidir dejarles si he percibido que desde su posición comenzaban a limitarme en mis decisiones o en mi independencia. Quizás mi espíritu rebelde ha ayudado a ello; a veces me ha traído quebraderos de cabeza; otras, sorpresas agradables. Sé que esto me puede cerrar más de una puerta, es el riesgo, pero también sé que es una elección hecha desde mi libertad.

Cuando somos profesores
Reconozco que los profesores podemos sentir miedo de “perder a los alumnos”, es muy humano. Este miedo puede venir por un apego excesivo a nuestros alumnos. Si un alumno se va a lo mejor sentimos que ya no nos valora y esto puede deberse a una baja autoestima por parte del enseñante. Puede también que este miedo encubra una falta de valoración por parte de nuestro propio padre (cuando éramos niños), y que ahora buscamos en nuestros alumnos. Pero eso no nos da ningún derecho a ser propietarios de nadie, sería una postura competitiva, egoísta e inmadura que no tendría mucho que ver con el espíritu del Tai Chi. En casos así, además de quitar la libertad a nuestros alumnos, estamos perdiendo nuestra propia libertad ya que dependemos de ellos para sentir que somos buenos instructores y creernos importantes.

Y es que a veces estamos tan atrapados en el papel de profesor que no conseguimos transmitir lo que realmente queremos comunicar. Recuerdo cuando empecé a enseñar y me proponía mostrar el ejercicio de empuje libre. Entonces tomaba un alumno para explicar el ejercicio, si este alumno era competitivo y hacía mucha fuerza y se resistía, yo entraba en su juego hasta que conseguía “vencerle”. Estaba aferrado en el papel del profesor que sabe y es mejor que cualquiera de sus alumnos y lo necesitaba demostrar. Después de un tiempo me di cuenta que mi ego no podía aceptar el ser desequilibrado por un alumno y que lo que estaba consiguiendo era enseñarles a competir y a intentar ser el mejor. Desde ese día cambié mi respuesta; en un caso así, no entro en su juego, intento mantenerme relajado, a la escucha, cediendo y empujando. Y si al final es él el que me tira a mí, está bien porque lo que quiero transmitir con este ejercicio no es ganar o perder, competir, ser más macho… sino la escucha, el ceder y el compartir. Y de nuevo, esto no es fácil. La idea de “ganar” o de “no perder” está muy arraigada en nuestro interior desde que éramos pequeños. Por su puesto, el que seamos profesores no nos hace inmunes a ella. Y surge en cualquier momento como ahora al explicar un ejercicio, o al responder una pregunta, o al compartir una conversación o una comida con nuestros alumnos. Si estamos atrapados en el papel del profesor necesitaremos demostrar al alumno en cualquier situación que somos más sabios y evolucionados. Es una buena oportunidad para “quitarse importancia”.

Recuerdo también cómo defendía al principio mi estatus como “buen profesor” cuando intentaba transmitir un movimiento. Veía que la gente no llegaba a aprenderlo bien y pensaba que en realidad ellos no eran capaces de hacerlo. Por supuesto no pensaba que el fallo podía estar en mi manera de enseñarlo… Uno de mis familiares siempre dice que si alguien no entiende algo, el fallo está en el que lo explica y no en el que está escuchando. Ahora lo veo también así y me doy cuenta de que hasta que no tenemos el movimiento integrado de verdad en nosotros mismos, el alumno no llega realmente a comprenderlo. Sin embargo, cuando este movimiento ya está integrado, la transmisión es mucho más clara y sencilla. Con el pensamiento, la palabra o la escritura sería lo mismo: cuando lo que queremos transmitir está integrado en uno mismo, la conexión es mucho más profunda y se comprende sin dificultad. Recuerdo lo que me dijo un amigo que ya ha editado varios libros: “el arte está en que sea comprensible incluso para el profano, debe ser sencillo y directo”. Cuando no somos claros al expresarnos de la manera que sea, seguramente se debe a que no lo somos tampoco en nuestro interior; es muy posible que nos indique confusión, demasiado conocimiento sin elaborar, sin sabiduría. También puede ocurrir que no nos pongamos al nivel de comprensión del que aprende, tampoco hay verdadera conexión. En la mayoría de los casos el que está recibiendo asiente con la cabeza sin que haya entendido verdaderamente lo que escucha o lee, bien porque no quiere expresar su dificultad para entender (y mostrarse, por lo tanto, inexperto), o porque no quiere incomodar a la persona que le está hablando.

Me viene a la memoria una vez que asistí a un curso hace bastante tiempo: uno de los asistentes le hizo una pregunta al profesor sobre una sensación que tenía a veces cuando practicaba meditación. El profesor respondió: “no lo sé”. Para mí fue algo nuevo: “chapeau”. Era una persona con suficientes “tablas” y experiencia para poder responder a una pregunta así. Ahora que además de alumno soy profesor, sé que cuando un alumno nos hace una pregunta, lo que queremos es poder responder y hacerle ver que sabemos más que él; nos hacemos una respuesta lógica que nosotros mismos tomamos como verdadera y la lanzamos. Sin embargo, aquel profesor estaba dispuesto a que su alumno se levantara y se fuera pensando que había dejado de ser interesante ese curso… Aquí nos encontramos con una actitud de libertad y falta de dependencia por parte del profesor.

Me acuerdo que un profesor intentando hacernos creer que sabía de anatomía nos comentó la acción de determinado músculo de nuestra espalda (dorsal ancho) diciendo que hacía la flexión del codo (en realidad ese músculo hace la rotación interna, aducción y extensión del hombro, además de actuar sobre las cinturas escapular y pélvica). En absoluto tiene ninguna acción en el antebrazo flexionando el codo, ¿?.

Otro ejemplo: un profesor es preguntado sobre una aplicación marcial, era un gesto común en casi todas las artes marciales (y por cierto, un golpe muy poderoso). Su respuesta fue “no hay ninguna aplicación para este movimiento, es algo que “adorna” la forma...” ¿?. Él, obviamente no conocía ninguna aplicación para este movimiento, pero lejos de reconocerlo se colocó en una posición prepotente negando su propio desconocimiento. Cuando estamos con alumnos que no saben demasiado sobre el Tai Chi y las artes marciales podemos decir barbaridades y además quedar como que sabemos muchísimo, incluso más que el profesor que sí les hubiera podido mostrar dicha aplicación marcial. ¿Qué buscamos con este tipo de acciones? En lugar de decir “no lo sé” necesitamos hacer ver que sí sabemos, no vaya a ser que se crea lo contrario. Es como si estuviéramos enseñando a un amigo a jugar al ajedrez y le decimos que los alfiles no sirven para nada en lugar de decirle que no los sabemos utilizar bien. De esta manera deslumbramos a nuestros alumnos con una ignorancia disfrazada de sabiduría... ¡qué atrevida y arrogante es la ignorancia! ¿Qué perdemos si reconocemos algo así? A nadie le gusta mostrarse en error, pero me temo que es otro de los obstáculos que encontramos en el camino. Algún día deberemos reconocer que no sabemos tanto como el alumno quiere o se imagina.

Supongamos un profesor que llegado un día uno de sus mejores alumnos decide dejarle, porque quiere irse con otro profesor, porque ha dejado de confiar en él, porque siente que ha crecido lo suficiente para prescindir de él, o porque necesita separarse de él para, precisamente, poder crecer un poco más, su propio proceso personal se lo exige. Es toda una prueba para el profesor. Recuerdo lo que mi primer profesor me dijo el día en que iba a impartir mi primera clase en su escuela: “Tiene que llegar un día en el que me digas que no”; recuerdo que sentí mi libertad respetada. En otro caso, cuando me despedí de uno de los maestros con los que había aprendido porque decidí no continuar su “linaje” (y sin embargo sigo valorando su trabajo), unos días más tarde y delante de todo el grupo reconoció y valoró mi práctica y mi entrega, ¡a pesar de que le acababa de dejar!

Desgraciadamente, a menudo suele haber otro tipo de respuestas: a veces el profesor cambia cosas del trabajo o sistema en una búsqueda de desprestigiar al que se ha ido, otras veces deja de reconocer al que se va (mientras que hasta entonces todo eran valoraciones), también se dan casos de un tipo de competición (incluso acoso) que lo que demuestra es que el que ha perdido la libertad en este caso es el profesor. Ahora es él el que no puede aceptar la decisión de su “ex-alumno”. Aunque busca un tipo de castigo para el que se ha ido, en realidad está sufriendo él mismo: su ego se siente traicionado. Y, si no está muy atento, este mismo ego le llevará a intentar demostrarse a sí mismo y al resto de sus alumnos que ese castigo es necesario. Su energía estará enfocada en todo esto en lugar de aceptar y respetar la decisión de su alumno como algo necesario para el crecimiento de ambos, profesor y alumno.

Supongamos también que un ex-alumno ha aprendido con otro profesor aspectos que no conocemos, ¿le pediríamos que nos los enseñara? ¿podríamos respetar y valorar sus nuevos conocimientos? ¿y si estos conocimientos contradijeran los nuestros? Puede que nuestro papel de profesor nos lo impidiera. ¿Seríamos capaces de dejar dicho papel y ser tan alumnos como los demás ante otro profesor que sabe más que nosotros mismos?

RELACIÓN PROFESOR-ALUMNO-PROFESOR
Por lo expuesto hasta ahora vamos deduciendo que el peligro desde la parte del alumno es sobretodo un sentimiento de pertenencia, de ser acogido y de lealtad, perdiendo su capacidad de decisión; y desde la parte del profesor se suele dar un apego hacia el alumno, una necesidad de él para sentirse bien, escuchado, obedecido… haciéndose “dueño” y por lo tanto perdiendo el respeto por su alumno.

Es fácil decir “este no es mi caso” pero también es fácil engañarnos a nosotros mismos. Existen mecanismos inconscientes muy sutiles para hacernos creer que “no necesitamos aprender con otros” o decir “yo les dejo ir con quien quieran” (el problema estaría en ese “yo les dejo”)…

Si como estudiantes no superamos esa necesidad de tener un “papá” no estaremos interesados en buscar más; en realidad si ese papá nos ofreciera otra cosa, también nos interesaría. Lo que queremos es a él, en el fondo no queremos profundizar. Y si como transmisores no superamos esa necesidad de dirigir, de decidir por, de controlar, no mostraremos una actitud de verdad abierta a la posibilidad de que nuestros alumnos estén motivados en esa misma búsqueda. En ambos casos nos hacemos presos de nosotros mismos exigiendo al otro que pierda también su libertad (no es lo mismo “mi profesor, mi alumno” que “profesor mío y alumno mío”).

Cuando empezamos a enseñar es difícil ser consciente de todas estas cosas pero es importante observar todo lo que va sucediendo; es peligroso quedarse atrapado en este papel, ya que nos impediría seguir aprendiendo. La escucha que vamos desarrollando en la práctica del empuje de manos debemos ponerla en acción. Ser sensibles a lo que en realidad busca y quiere el que viene a aprender de nosotros. Escuchar nuestro interior, descubrir y solucionar las trampas que van apareciendo, desprendernos de cualquier conducta que nos podría obstaculizar en nuestro proceso y en el del otro. Tener en cuenta de que no es lo mismo “dar” que “obligar a recibir”, no es lo mismo compartir que tratar de convencer. Respetar el propio ritmo de nuestros alumnos para entender lo que les estamos ofreciendo. Y, por supuesto, abandonar cualquier expectativa que podamos crear sobre nuestros alumnos, para evitar el que de alguna manera nos creamos dueños de ellos.

En el caso de que un profesor sea capaz de compartir con sus alumnos no sólo la práctica sino también su vida, sus dudas y preocupaciones, sus alegrías y sus penas, se mostrará más cerca del alumno, a la misma altura que él y por lo tanto el feed-back será posible. El papel del profesor y el del alumno a veces se intercambian y podemos aprender de nuestros alumnos. Sus dudas, sus preguntas, sus opiniones, sus conclusiones y sus decisiones pueden completarnos y hacernos crecer como profesores y, por supuesto como personas. En este caso puede haber momentos de relación profesor-profesor o alumno-alumno.

Esto está muy lejos del profesor distante, en apariencia perfecto, que no puede recibir ni aprender nada de sus alumnos porque no hay diálogo ni escucha real, la relación es unidireccional; sus preocupaciones están en mantener su estatus, allá arriba… y que no se vea lo que inevitablemente hay: contradicciones, dudas, sufrimiento. No hay libertad, está apegado a su papel. Lo peor es que una actitud así no permite tampoco que los alumnos evolucionen, crezcan y se completen; aunque no lo perciban estarán atados.

Cuando un alumno decide dejarnos para aprender con otros deberíamos ser capaces de ayudarle en su proceso, de respetar su decisión y de esta manera podrá conservarse una relación diferente a partir de ese mismo instante. Mi hija todavía tiene tres años, pero supongo que cuando deje de ser su “papá perfecto” será un momento importante para ella y una prueba para mí. Ella necesita ese paso para crecer; yo debo respetarlo y animarle a ello para, por mi parte, desarrollarme también un poco más.

Debido a que he utilizado la palabra maestro y la palabra profesor, me gustaría diferenciarlas de alguna manera. Concibo al maestro como la persona que antaño asumía el papel de “Padre, sacerdote, terapeuta…” de sus discípulos (que no solían ser más de cuatro o cinco a la vez). El discípulo por su parte se entregaba al maestro sin cuestionarle e incluso iba a vivir a casa de él (ofreciéndose en muchos casos para las labores domésticas cotidianas). Sin embargo, profesor en mi opinión es el que acompaña al alumno durante un tiempo e intenta motivarle a buscar e investigar en la práctica. En este último caso el alumno no asume una entrega como la que es requerida por el maestro. Hoy en día es difícil encontrar un maestro que esté dispuesto a asumir su papel, pero existen muchos alumnos dispuestos a convertirse en discípulos.

Por eso me gustaría hablar sobre un caso que hemos comentado antes que puede ser peligroso: cuando los alumnos nos empujan a convertirnos en maestros o guías más allá de ser sus profesores. Si no estamos preparados para asumir este papel, podemos crear algo insano, muy dependiente por ambas partes, e incluso un desastre emocional que nos llevará muy posiblemente a nuestra propia destrucción como personas libres. En un extremo, un caso así, puede llegar a convertirse en una secta donde el “gurú” dicta y el discípulo asume. Debemos estar muy atentos para no dejarnos llevar y ser honestos con nosotros mismos y con los demás.

 

Juanolo 
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