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De sobra
son conocidos los efectos beneficiosos para la salud que tiene la práctica
de tai Chi Chuan: nos aporta calma, mejora la respiración, la circulación
sanguínea y energética, tiene un efecto directo sobre los
diferentes órganos y el sistema inmunitario…
Algo que comprobamos enseguida es la relajación general en todo
el cuerpo; aunque en mi opinión el tai Chi necesita de una buena
serie de estiramientos para conseguir una mejor elasticidad y elongación
de nuestros músculos (disciplinas como el Yoga o algunos tipos
de Qi Gong pueden ayudarnos a conseguirlo). En caso contrario la relajación
que nos aporta exclusivamente la forma puede quedarse a un nivel más
superficial.
Las diferentes posturas de la forma tienen también en cuenta los
meridianos o canales de energía (qi), de manera que al ejecutar
la forma vamos abriendo y estimulando la circulación energética.
En un principio tenemos una sensación de hormigueo o de calor en
las manos y brazos, pero poco a poco la sensación se convierte
en una suave vibración más generalizada. Tanto a un nivel
más físico, por ejemplo en nuestros músculos, órganos;
o más sutil, como el Tan Tien o determinados puntos energéticos.
La importancia no está en el hecho de sentir el qi sino en que
eso indica que se van despertando y sensibilizando diferentes partes de
nuestro cuerpo.
Si miramos los efectos en cada uno de los tres niveles, cuerpo, corazón
y mente, la forma puede ayudarnos en cada uno de ellos dependiendo de
dónde pongamos el énfasis al realizarla. El primer aspecto
sería el más físico, la estructura.
En muchas ocasiones podemos observar a un practicante ejecutar la forma
de una manera muy suave y estética, pero si prestamos atención
a sus pies, rodillas, caderas y pelvis nos damos cuenta de que su estructura
a ese nivel está rota o bloqueada. En estos casos, podemos conseguir
una determinada calma al realizar la forma pero la exigencia muscular
es todavía grande, sobretodo a nivel de los músculos que
rodean las rodillas y la zona lumbar. Esto quiere decir que la relajación
es menor y menos efectiva. Cuando pasamos a la etapa de ir perfeccionando
la forma deberíamos dar más importancia a una colocación
correcta de los diferentes segmentos y articulaciones de nuestro cuerpo
que a realizarla de la manera más estética posible. La suavidad
arriba sin una buena base o enraizamiento no es una suavidad de verdad.
Lo mismo ocurre con los brazos con respecto a la espalda: en ocasiones
encontramos formas que se recrean demasiado en movimientos de los brazos
y manos, produciendo una tensión extra en los hombros, pecho y
zona cervical. En muchos casos el movimiento no viaja desde los pies por
todo el cuerpo hasta las manos, sino que proviene directamente de los
hombros; convirtiéndose en un movimiento fraccionado y rígido.
Igualmente es importante la armonía en la postura: la posición
de los brazos y piernas debería relacionarse con el cuerpo en una
proporción natural, cómoda y efectiva. Debemos evitar sobre-extensiones
de nuestras extremidades o quedarnos a medio camino sin terminar de hacer
un movimiento hasta el final.
Si conseguimos una estructura correcta y adecuada a las características
de cada uno el efecto terapéutico a nivel de relajación
muscular, tendinoso y articular será mayor y más efectivo:
nuestro cuerpo podrá ir reequilibrándose con el tiempo.
También en este caso la estimulación circulatoria del qi
será más efectiva. Por supuesto, todo esto facilitará
un mayor equilibrio emocional y mental.
El siguiente aspecto del que podemos beneficiarnos es el nivel de los
sentimientos y emociones. Al utilizar los diferentes ritmos entrenamos
y desarrollamos diferentes cualidades y dependiendo del momento en el
que nos encontremos puede ser más útil uno u otro. En los
períodos en los que nos sentimos demasiado cansados o decaídos
un ritmo fluido nos puede dar energía para afrontar ese momento.
También en los casos en los que la confusión no nos deja
ver o decidir con claridad. El ritmo de agua nos ayuda a mover y despejar
los aspectos que nos tienen atrapados. La mente debe estar ocupada en
el ritmo, en que el movimiento no se “desborde”, en no precipitarse…
y por lo tanto se encontrará más libre con respecto a lo
que nos está inmovilizando. Esto, a su vez, puede ayudarnos a una
posterior reflexión y elaboración más efectiva de
nuestras dudas y conflictos.
Si en cambio nos sentimos demasiado bloqueados, estancados o tensos, el
ritmo rápido puede ayudar a desahogarnos, a “romper”
y “limpiar” esas tensiones encerradas en las diferentes partes
de nuestro cuerpo. Incluso es posible que se hagan más conscientes
aspectos emocionales encerrados en dichos bloqueos. Es importante aquí
poner mucha atención en la ejecución del gesto para evitar
lesiones innecesarias.
Por último si estamos demasiado eufóricos o impulsivos,
el ritmo lento es el que nos dará la calma que necesitamos. Quizás
por el ritmo de vida que llevamos en el que es esencial ralentizar y parar,
este ritmo lento es el más utilizado.
De la misma manera, el vivir los movimientos de la forma como el cambio
constante entre el Yin y el Yang nos puede ayudar a saber cuándo
en nuestra vida nos encontramos en un momento más yin o más
yang y cómo debemos actuar de la manera más efectiva: escuchando,
cediendo y desviando o tomando la iniciativa, actuando y enfrentando de
cara nuestros problemas; o incluso cuándo cambiar de una actitud
a otra.
En cuanto a la mente, ya desde la primera clase podemos
experimentar un efecto de calma debido a que al ser todo nuevo nuestra
mente debe estar al cien por cien en el entrenamiento y no tendrá
tiempo de distraerse y divagar. Normalmente nuestra mente está
demasiado ocupada en el pasado, futuro, problemas, deseos… tenemos
una cascada constante de diferentes pensamientos pasando de uno a otro
con rapidez. El hecho de estar concentrados en una sola cosa (siempre
que esa concentración no sea demasiado tensa) hace que la mente
experimente calma tras la sesión. Lo mismo ocurre en las etapas
de ir memorizando y perfeccionando la forma. La mente debe estar pendiente
de cada detalle y lo normal es que no se distraiga.
Una vez superadas estas etapas, la mente no necesita estar tan pendiente
de los diferentes movimientos y pasamos al aspecto más sutil, que
sería la actitud meditativa, en el cual se puede desarrollar la
presencia y la atención. El poder mantener la mente desapegada
de todo lo que vaya apareciendo mientras realizamos la forma y a la vez
receptiva y atenta al momento presente nos aporta una relajación
mucho más profunda.
Si fuéramos capaces de integrar este aspecto en nuestra vida cotidiana
conseguiríamos caminar de una manera más sana en la vida,
tanto en lo que nos gusta como en lo que no. Podríamos sentirnos
mejor y disfrutar un poco más de todo lo que nos toca vivir. .
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