|
Introdución
Muchas personas dan a la interculturalidad un sentido restringido. Comprendan
esta como el encuentro entre criaturas de orígenes, procedencias
y culturas diferentes, encuentro con personas extranjeras.
Para mi, el sentido de la interculturalidad tiene que ver con el encuentro
y el contacto con todo lo que no soy yo, que es básicamente la
realidad toda y en ella, la humana realidad.
Este sentido de la interculturalidad hunde sus raíces en mí,
en primer lugar en el aprendizaje y las experiencias del lugar donde nací
y me crié, Colombia y Suramérica. Muchas de esas experiencias
se han inscrito, en buena medida, en su inicio en una cultura de oralidad
y, posteriormente en una cultura política de izquierda, del movimiento
de mujeres y feminista donde si bien lo escrito ha intervenido y ha jugado
un papel importante, la oralidad y en ella, la relación, lo que
de ella derivaba, imprimía carácter.
En segundo lugar, el sentido de la interculturalidad como encuentro con
lo que no soy yo, se ha nutrido, más adelante en mi vida, en la
experiencia de autoexilio que me acercó y colocó ante la
palabra de mujeres que habiéndose alejado de sus lugares de origen,
dejaron para la posteridad en escritura sus reflexiones. De dos de ellas
he aprendido esta noción, dos genias de la humanidad: Hannah Arendt
y María Zambrano, una judía alemana y otra, andaluza, española.
¿Cómo podemos significar la interculturalidad de una manera
más concreta y que al mismo tiempo nos permita extrapolar un saber
a compartir y revivir por otros y otras?
El saber de la relación
Lo primero que me gustaría desplegar tal como cuando una abre un
abanico, es la relación, un arte en el que la experiencia femenina
tiene miles de años de sabiduría y en el que hemos tenido
la necesidad y al mismo tiempo la libertad de hacernos sabias. Una mujer
tiene la capacidad, en condiciones no alteradas y comunes, de procrear,
de dar cabida en su propio cuerpo -hasta hace muy poco tiempo era pensable
sólo así- de multiplicarse, de contactar con el misterio
de la vida y ello la colocaba en contacto ya dentro de sí con lo
otro, con lo distinto de sí.
Pienso que la mayoría de las mujeres han y hemos tenido y sentido
que lo habitaba en nosotras era una paradoja viviente. Nacía dentro
de nosotras pero era otro y ya en los primeros meses, esa criatura -que
también fuimos cada uno y cada una de nosotras en el vientre materno-
dábamos signos en mayor o menor medida de ser otro cuerpo, a veces
tratado por ese otro cuerpo que lo albergaba como intruso, casos RH negativo
y otras situaciones.
Con el nacimiento, la crianza, y con ella la enculturación temprana,
la relación que la envuelve, se hacía evidente como en ese
encuentro, cada uno, ponía al otro, límites. Ese otro ser
humano, niña o niño, te ponía límites y tu,
a ella y/o a él.
Esa relación que a cada uno de nosotros, mujer u hombre, nos ha
civilizado, deja huellas profundas en nuestros futuros encuentros. Esa
relación, ese encuentro con lo distinto de nosotros, es nuestra
primera relación, encuentro de cuerpo a cuerpo con la madre “o
quien por ella”(1) . Mujeres y hombres, hemos nacido, hasta ahora,
de una mujer.. Esta relación, la original, la del origen es la
que permite encontrar sentido al venir a este mundo y continuar en él.
Sobre todo nos prepara para futuros encuentros que, puestos en el terreno
de la franja del mundo llamado intimidad, es en el que nos permitimos
una intensa apertura y en donde somos vulnerables. En esta experiencia
contactamos de nuevo con el profundo universo donde no había palabras,
donde las sensaciones, las emociones primaban y donde nos sacudíamos
a un nivel más primario, en el sentido de in-mediato, sin mediación
del lenguaje de la palabra. Yacen muchas veces sin palabras, grabadas
en la memoria del cuerpo las cosas de mayor envergadura y profundidad,
las que han dejado más huellas y surcos en el cuerpo emocional.
Para las mujeres, esta experiencia se constituye en un don, un tesoro,
un saber a compartir con los otros y que, en la mayoría de las
ocasiones, se profundiza.
El cuidar de las relaciones dentro y fuera de casa, el estar atenta al
otro, a la otra, exige una "mirada", una escucha, una atención
de filigrana al tacto y sus movimientos, interiores y exteriores, al gusto,
al salivar y a su sabor, en fin al lenguaje del cuerpo y de la palabra,
de los gestos, de los tonos y las inflexiones de la voz, de su volumen,
de su ritmo, de la respiración, de los movimientos que a otros
le pasan desapercibidos e insignificantes.
Este universo, es, en algunas ocasiones micro. Las mujeres, dada su relación
y pacto con la vida -en el mundo familiar y en el laboral- dan lugar a
la política que hoy llamamos primera, la que busca y resuelve las
contradicciones fundamentales de la vida. Ella es básica para quienes
cuidan de otros, mujeres y/u hombres.
Para quienes están atentos a la consideración del otro,
de los otros, quienes re-conocen y se re-conocen hay una medida que incluye
y respeta a esos que no son ellos.
Lo que se coloca “en medio de”, busca el sentido de cada una
de las partes de la relación y del encuentro en el respeto a la
diferencia y la libertad de ser el otro, la otra que permite ser. Esta
manera de re-presentar la realidad en un régimen de mediación
del dos, es la que posibilita y permite que la diferencias se abran y,
en donde, lo que está en juego en el encuentro es todo lo distinto
de ti, frente al cual se aprende a dar y dejarse dar, elogios, alabanzas,
críticas, interrogantes incluso que atraviesan ese tu cuerpo que
en física de Newton parece solo sólido y que en física
cuántica se convierte en campos energéticos que cuando se
colocan en perspectiva de sentimientos positivos que conectan en y con
la confianza, remiten al antiguo poso de lo que tenemos de ella o nos
la producen y sacan de donde no la hay por la fuerza de los sentimentos
positivos, en primer lugar como dice María Zambrano (2), la matriz
de los sentimientos amorosos positivos: la piedad.
Me gustaría por ello hacer o el mostrar como una especie de camino
y recorrido de todo este movimiento del alma que sacude a nuestro ser
en el encuentro con todo lo que no somos nosotros y lo que dicha apertura
nos pone en contacto con nuestra antigua relación de origen, la
materno filial, nuestro primer cuerpo a cuerpo y en donde nos jugamos
los cuartos al sentido de lo humano, de lo real. Si en el trasegar y el
recorrido de esa experiencia, hemos o no encontrado una mediación
y de haberla fue adecuada, ello nos ha permitido reconocer-nos y en esa
medida reconocer-se a cada uno y reconocer a la otra, en este caso la
madre, aprender, grabar la diferencia.
Esta experiencia por tanto ha pasado de ser aparentemente in-mediata,
sin mediación evidente, por suceder otrora tiempos, en un vientre
donde ni la luz de la ciencia, ni la tecnología habían llegado
ni tampoco la luz de la conciencia, alumbraba. Uno y otro proceso, la
luz de los avances tecnológicos y del acogimiento del sentir, de
las entrañas se han sucedido y han alumbrado a la conciencia, el
sentir humillado. Durante mucho tiempo las entrañas y su vida han
sido importantes para una franja de seres humanos más mujeres que
hombres. Este es un proceso que pensamos se ha iniciado: el ver para ser
visto, el poder dejarse sentir para abrir el espacio en el tiempo a la
libertad, a una asunción de su vida y el hacerse cargo de ella.
Cuando hablo de la interculturalidad me gusta plantearla en términos
de un enriquecimiento, de una apertura en donde una quiere vivirla y abre
aquello que es su interioridad, lo más íntimo de su ser
cuando en un ofrecimiento de riesgo, de algo que es su sentir más
originario y que debe continuar siéndolo, pero que ha lugar a la
confianza, para propiciar la relación y el encuentro con lo que
no es uno, una.
De un ir y venir, de un dar y dejar-se dar
Se sucede entonces un desplazamiento, un trascender. Hay aquí en
paralelo y paradójicamente, un enraizarse y un desenraizarse. Cuando
una o uno está en contacto consigo mismo/a puede al tiempo que
se reconoce y hace consciencia de lo que siente, incluso de uno de los
movimientos más automáticos como el respirar puede ocurrir
que reconoce, hace consciencia del otro porque lo ha hecho en primer lugar
de su interior y de propia diferencia, de aquellas partes que lo/a constituyen.
Es como un movimiento en/de diástole y en sístole. Un replegar
para un desplegarse. Contactas con lo que sientes, aprendes a percibir
tus mecanismos, tus reacciones y sales fuera de ti: tu centro de gravedad,
se desplaza de ti, al otro, tu misterio acoge el misterio del otro y al
despejarte tu, puedes despejar aquello que empaña tu percepción
de la realidad, es como si tus antenas de aprehensión de la realidad,
tus sentidos, se afinaran.
Entonces tu formas y maneras de re-presentar esa realidad cuando te llega
y la aprehendes, al dialogar contigo mismo, contigo misma puedan traducirse
al lenguaje del otro y, los procesos de filtro y deformación necesarios,
hacerse conscientes. De los cinco sentidos, tendrás seis. Los tendrás
en estado de alerta, aguzados, atentos. Tu centro de gravedad se desplazará
hacia el otro, la otra. Las experiencias anteriores estarán al
lado sirviendo pero siendo al mismo tiempo aparcadas, todo aquello que
distancia, aproximará y muchos de las cosas en forma de creencias,
valores pueden saltar por los aires por el encantamiento, por el en-amor-a-miento
o por el roce, el choque, el impacto y entonces parecerá la in-mediatez
pero no es verdad, en medio de, estará un sentimiento de orden
positivo alumbrado por la razón que evocará experiencias
positiva y ellas te devolverán casi de manera automática
a, según las químicas surgidas, a la relación de
origen en tanto profunda con el tiempo, el espacio encarnado en ti, al
fluir de ese tiempo en el que te adentras y abre lugar a la libertad pues
se pone en otra dimensión. Volverás entonces a ser como
niño, niña cuando te inculcaron en socialización
temprana las cosas que te han acompañado en tu ser adulto y muchas
de ellas, descubrirás que están y siguen ahí. Descubrirás,
puede ser por contraste que, para algunas de esas criaturas, el serlo,
es en relación a otras y de pertenencia a su comunidad, y que abren
y apuestan como tú quizás a una relación desequilibrada,
de dones, de generosidad y te darás cuenta que el re-ligar, el
comulgar con alguien, te aproxima al otro como a tu prójimo, tu
semejante, diferente, único y singular en lo que Hannah Arendt
llamará y no te asombra: "la paradójica pluralidad
de los seres únicos" (3).
Aprenderás entonces que, para cambiar, hay que ponerse en primera
persona, en una apuesta que se produce así, en segundos o es un
proceso desgarrador, tanto doloroso y gozoso. Esos cambios te muestran
una dimensión del tiempo no lineal como ocurre y suceden la vida
y no en la esquematización, congelación de ella. Descubrirás
también que hay muchas maneras de educar y que en muchas de ellas
es el ejemplo el que educa y hace de autoridad y no el autoritarismo o
la huera palabrería desvinculada de las experiencias que le dan
origen.
Y te darás cuentas en tu propia piel que todos estos caminos, estos
recorridos implican no dejar como dice María Zambrano, al tiempo
solo, no dejarlo objetivarse, ni morir ni congelarse en abstracciones,
en fragmentaciones de la realidad.
Muchas veces este en-amor-a-miento conduce a un amar, a un esfuerzo por
comprender al otro, en su universo y lenguaje, a descifrar sus lenguajes
hecho de silencios, de lenguaje sensorial que pasa por miradas, por escuchas,
por suspiros, por tacto hacia dentro, hacia reconocer tu propioreceptividad
y al exterior en el contacto de una piel, en el roce de un vestido, o
en un gustar, en un oler, en un salivar, en un aprender a registrar los
cambios mas sutiles en los tonos de una voz, en esa mirada que abre o
cierra la pupila, en la combinación de unos colores, en los tenues
matices del color de la luz que se posa en los escenarios humanos y cae,
alumbrando de manera diferente, en cómo se combina las prendas,
en cómo se visten, alimentan, se comunican unas con otros, en el
aprendizaje de la escucha de palabras clave, de cómo una palabra
se repite constantemente.
De esta manera entonces aprendes a ver con sus ojos, oír con sus
oídos, hablar en su lenguaje de palabras, a comunicarte en su lenguaje
de sus facciones, de sus cejas, a captar qué significa el pequeño
o gran mohín de labios, de frente, en las comisuras de ellos y
las arrugas en la frente, según las emociones que acompañen
o no, a cada personaje.
Aprenderás porque te sumergirás en su universo de símbolos,
de palabras, de silencios, de experiencias, porque dejarás de ver
sólo con tus ojos e incorporarás sus códigos, sus
hábitos.
Ganarás así entonces un nuevo punto de vista, el suyo y
ya no estarás asociada/o en primera persona, pasarás a la
segunda persona, al tu, asociado.
Sabrás que dicen los silencios porque habrás aprendido a
escucharlos, sentirlos, descifrarlos y a verlos, mirarlos, palparlos en
el aire, a intuirlos, a casi adivinarlos.
Cuando entonces algo te supere o no lo tengas claro se lo preguntarás
a tu primer informante, ese otro, esa otra que está en relación
y contacto contigo.
De esta forma podrás alcanzar la lectura del lenguaje a nivel de
mayor concreción que te permite acceder a una posición que
no será ni la tuya, ni la del otro, ninguna por supuesto en experiencia
asociada sino otra, la llamada tercera posición, en algunos casos,
metaposición y de ella pasarás a otras, las llamadas metaposiciones
(4).
Así entonces ya no sólo será el amar en conjugación
momentánea el verbo que te acompaña sino también
el esfuerzo de con-vivir y con-ceder. Para ti ya es claro que cualquier
diferencia significa reconocer que la relación se ha transformado
de su momento de cooperación, de dos co-operando para actuar, a
dos que no pueden temporalmente hacerlo porque ese co-operar para actuar
ha cesado porque hay intereses, deseos diferentes pero que les une el
compartir un espacio, un proyecto que implica re-conocer que necesitas
a ese otro, a esa otra para resolverlo.
Encontrar el marco y nivel del nuevo encuentro
Buscar el marco en donde de nuevo os podáis encontrar, es ya el
comienzo de la mediación propiamente dicha, como recurso. El ver
el conflicto como algo que permite crecer, avanzar, transformar, co-crear
cosas entre dos, o desde posiciones diferentes. En esa medida dos se desplazan
porque dos buscan encontrar de nuevo aquello que re-lance la relación,
que sube el nivel y la calidad de la misma y del encuentro, que amplíe
horizontes y que permite el enriquecimiento desde puntos de vista diferentes.
El en medio de, que hay es un tener claro que se quiere, por parte de
cada uno, el estar dispuesto a dar y recibir objeciones, pedidas de información,
críticas, aportes, sugerencias, elogios y hacerlo sin dejar que
te adulteren, que no dejen ni permitan que esa primera negociación
y mediación con una o con uno mismo se de lugar. Implica alumbrar
también para una misma las partes "oscuras", en sombras,
llevar la luz a las entrañas, a aquellas que trabajan incansablemente
en silencio y casi sin reconocimiento ni siquiera por ella misma, o por
el mismo.
Ese saber qué se quiere, ese reconocer las luces y las sombras
en primer lugar en una, en uno mismo, ese no apartarse de las experiencias
y sentires de origen y que remiten a la raíz es lo que da fuerza
y enraíza para poder asumir que el conflicto no se elude, o que
si se lo deja abierto es porque implica dejar que el tiempo actúe
cuando no es posible como lo es de hecho, la objetivación total,
en el sentido de negar los sentires.
Implica que no se eluda, que no se niegue, sino que se lo encare y se
haga una, uno cargo no porque otro intervenga como arbitro sino como mediador,
como aquel, aquella o aquello que considerando a las partes las deja que
fluyan sin rencores, sin venganzas, permitiendo al tiempo actuar sin prisas
pero sin pausa.
Este es el esfuerzo del con-vivir, del con-ceder que permite dar y dejarse
dar en un ejercicio de generosidad y riesgo infinitos porque es dar apertura
en la intimidad del ser, de aquel lenguaje que a veces es inefable e insondable
porque remite a las profundas raíces del ser. Esto sólo
es posible en libertad, en dejar que el otro sea y en que aquello que
le da sentido continúe siéndolo y siéndolo en cambio
y modificación permanente de aquello que lo admite.
|