No
tenía nada de especial, edad mediana y mediano de estatura; ojerizo
y cansino se arrastraba por el día como alma en pena hasta llegar
la noche. Durante el día amontonaba sus horas pasillo arriba,
pasillo abajo por el ministerio y acumulaba dioptrías al revisar
papel tras papel en su maniática obsesión por no perderse
ni la letra menuda. Con el tiempo había adquirido un tic en la
mano izquierda de tanto mirar el reloj al darle ánimos para que
fuera más deprisa, y otro en la mano derecha de tanto estampar
sellos burocráticos pues todos los certificados venían,
no se sabe por qué, por triplicado.
No era de extrañar que el estómago estuviera duro como
un puño pues el desayuno de diez minutos y el almuerzo de veinte
no le daba tiempo de masticar y aún menos de saborear una deliciosa
comida de fritos y recalentados en el bar de la esquina. Por eso llevaba
consigo un bote de bicarbonato para frenar esa maldita acidez que agujereaba
las mejores intenciones todas las mañanas. Se acostumbró
a fruncir el ceño, a morder la rabia, a apretar los labios para
autocontenerse y a tragar saliva, gestos que fueron carcomiendo su moral
y que fueron destilando en su cuerpo año tras año una
depresión de caballo, y es que no levanto cabeza, chico, que
no tengo ganas de nada –decía al menor contacto con cualquiera.
Su mirada perdida formaba parte del oscuro y rancio mobiliario de su
trabajo y sus hombros iban permanentemente subidos como una percha perfecta
para su anodino uniforme. No se había percatado que su espalda
de tantas horas sentado se iba arqueando como madera vieja y le sobresalía
una jiba que ensombrecía aún más su perfíl.
Tras una fria cena televisiva, una enorme y pesada losa se le venía
encima justo a las once p.m. pues tenía insomnio. Tenía
insomnio como los doce millones en este país a causa de la depresión
o de la ansiedad, de la falta de cansancio físico o de los cientos
de problemas que sobrevuelan nuestras cabezas mermando nuestra merecida
tranquilidad. Lo cierto es que irse a dormir era toda una aventura.
Después de los enguajes pertinentes se deslizaba en la cama como
el que se dirige al patíbulo, sin ninguna esperanza de conciliar
el sueño. Como un reflejo condicionado, las cuerdas traseras
del cuerpo y el mismo centro del diafragma se tensaban; los ojos por
reacción se abrían como platos y las pupilas centelleaban
en todo su esplendor. La boca seca como el desierto y el oído
afinado como quien ve una película de terror.
Cada sonido de la calle y cada trasteo del vecino se condensaba en un
rumor que parecía decir no puedes dormiiiirLe venían a
la imaginación gotas que caían del vacío en un
interminable glub, glub, glub. O bien oía rechinar puertas, ventanas
y cerraduras imaginarias. Miraba el reloj digital 11.45, apagaba la
luz y cambiaba de postura una docena de veces. La respiración
profunda de su compañera cuando no el ronquido, le ponía
aún más nervioso. Al cabo de eternos minutos sentía
que estaba haciendo el tonto y encendía de nuevo la luz. Más
de medianoche. Vuelta a empezar.
Repasaba los sucesos del día, se entretenía en algunos
asuntillos traviesos que no marchaban de la mente. No podía dejar
de pensar en la hipocresía del ambiente de trabajo, en los desaires
que sufría o en la corrupción que le rodeaba. Sentaba
en el banquillo de los acusados al jefe, los compañeros, al cuñado
y al él mismo, y les lanzaba unas diatribas y unos sermones de
padre y muy señor nuestro hasta quedar extenuado.
Había probado de todo, tapones en los oídos, beber un
vaso de leche caliente, leer dos o tres páginas del Quijote y
hasta contar corderitos. Un amigo suyo le había aconsejado practicar
veinticinco respiraciones profundas con el vientre intentando sacar
todo el aire –esto duerme hasta los elefantes, le aseguraba–
pero el mismo esfuerzo respiratorio lo llenaba de angustia y lo sumía
en un equilibrio nocturno aún más precario. A la 1.30
a.m. se levantó a beber agua, volvió al nido inquieto
totalmente a oscuras. Peleó tres o cuatro rounds con la almohada
y se quedó quieto. La oscuridad se hizo densa y el silencio insalvable.
Observó su cuerpo tenso, se descubrió agarrado a las sábanas
como para no caer en un hipotético abismo y notó su respiración
entrecortada, perfecta para no sentir.
Siempre le había tenido respeto a la noche, la oscuridad no era
controlable en su universo y el dormir un mal hábito de la naturaleza.
Sin duda sabía que el dormir tiene algo de regresivo donde el
alma rememora viejos tiempos como si las células del cerebro
destilasen un néctar de leche y un rumor de acurrucos que vacía
la memoria de tonterias inservibles y ablanda los músculos de
las corazas gastadas. Aunque lo terrible para muchas personas es que
cada noche es una batalla con la nada, notorio en el amasijo de sábanas
que encontramos cada mañana.
A nuestras anchas, cada noche sacamos a relucir todos los personajes
que somos –o que hemos querido ser– perfectamente dramatizados
en los sueños y blandimos nuevas armas para matar el dragón
que nos tiraniza cada día y armamos nuevas estrategias para llegar
al ser amado que nos espera. Entre sueño y sueño el alma
respira inmortalidad y le saca brillo a la lámpara mágica
y le da de comer al genio que la habita. Tal vez por eso, el despertar
cada mañana sea demasiado duro. Sabía todo eso y sabía
que la noche es ese espejo que no perdona las concesiones y los olvidos
que uno comete aunque sea sin querer.
Por fin la oscuridad se hizo blanda, el silencio un murmullo. La cama
se fue haciendo de arena. Trastabilleó con imágenes inefables
de nubes y campos verdes. Con la cara de bobo el cuerpo se fue haciendo
de agua y las articulaciones de gelatina. No se dio cuenta del tránsito
ni de como el vientre se dilataba rítmicamente. No se dio cuenta
de las sacudidas que tuvo el cuerpo ni de las patadas en el vacío.
Tampoco notó los dedos de los pies desatarse del placer ni cómo
los ojos centrifugaban en una danza suave y circular. Nadie pudo ver
en la oscuridad como el color de la piel le cambiaba, ni de la postura
de bebé que adoptaba pero lo cierto es que, por arte de magia,
se quedó dormido.