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| Los Iniciados |
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Aunque algunos dudaban de la realidad del rumor, la mayoría especulaba sobre él y deseaban ardientemente descubrir aquellas vivencias sin nombre, aquel mensaje que les era enviado desde más allá de las infranqueables montañas. Pero sólo un centenar de personas habían sido elegidas para asistir a la primera demostración. El Rey en persona realizó una cuidadosa selección y a los elegidos se les ordenó guardar un escrupuloso silencio para evitar envidias y tumultos. La expedición estaba tardando meses en atravesar la peligrosa cordillera circular que protege el país. En el inicio de la estación de los Hielos Quebrados, un emisario se adelantó y llegó a palacio con la noticia de que no tardarían en llegar. La magia de los extranjeros era poderosa y sabían muy bien cómo defenderse de cualquier peligro. Si el mago avanzaba con lentitud era sólo porque le acompañaban algunos hombres transportando delicados artilugios portadores de poder, tan frágiles que cualquier golpe podía inutilizarlos. El Rey mandó a parte de su Guardia Personal al encuentro de la expedición, con órdenes de escoltarlos hasta palacio procurando que pasaran inadvertidos. La Guardia partió bajo la apariencia de una caravana de cómicos y titiriteros. Sus carros iban vacíos, pues los extranjeros debían viajar escondidos en ellos para no despertar las sospechas del pueblo. La expectación no podía ser mayor. El Gran Salón de palacio, destinado desde siempre a las celebraciones excepcionales, había sido decorado con miles de flores, y centenares de antorchas ardían iluminando el más escondido de los rincones. Se habían dispuesto asientos para los invitados, de modo que todos pudieran observar cómodamente los movimientos del mago extranjero sin perderse un detalle. Algunos reían tontamente llevados por el nerviosismo del momento. Otros se mantenían silenciosos, inmovilizados por la seriedad que a veces da el orgullo. Otros ocultaban sus emociones hablando como si supieran mucho, aunque muy en el fondo sabían que no era así. Para todos había llegado por fin el momento tan esperado. Los miembros de la expedición extranjera se agrupaban en el fondo del salón. Acariciaban y limpiaban extraños objetos de formas inquietantes que brillaban a la luz de las antorchas de un modo casi cegador. Abrían y cerraban grandes arcones oscuros de formas sinuosas, de los que nadie podía ni siquiera imaginar el contenido, aunque estaba muy claro que algo ocultaban. A una señal
del mago se hizo el silencio. Todos los que le habían acompañado
fijaron en él la mirada, inmóviles como estatuas. El público
expectante se inmovilizó también y parecía que nadie
respiraba, todo se detuvo en aquel instante. Fueron momentos muy difíciles. Y los momentos que siguieron indescriptiblemente bellos. No es posible comprenderlos a menos que se haya entrado personalmente en la magia del hombre que los hizo posibles. Esta historia la cuento tal como me fue contada, y para todo el que sepa escuchar reproduzco las palabras exactas que pronunció el mago tras finalizar su actuación: “Querido auditorio, en mi país lo llamamos Sinfonía. Han escuchado ustedes la quinta sinfonía de Beethoven.”
Nota: Esta narración pertenece a la colección Cuentos del País del Viento, actualmente en preparación.
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Laura M. Mirón |
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