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Gestalt y trabajo grupal
Acerca de la intervención individual e interaccional en grupo

La Gestalt-terapia
Es un método psicoterapéutico iniciado en 1943 por Fritz Perls, proveniente del psicoanálisis, junto con su esposa, Laura Perls, conocedora de la Psicología de la Gestalt –corriente alemana de principios de siglo–. Cuando alrededor del 60 Fritz se traslada a California, va a dar mayor valor a la profundización del enfoque terapéutico como filosofía de vida y va a poner mayor énfasis en despertar la capacidad de vivir la experiencia directa (cuyo fin del recorrido llevaría al "satori") como vía de sanación. La escuela de Clevelant, donde permanece Laura, sigue más interesada en la elaboración de referentes teóricos. De ahí van a salir desarrollos de la psicoterapia de grupo donde se contempla al grupo en su totalidad, estudiando las etapas por las que atraviesa e investigando propuestas experienciales dirigidas a todos los participantes. En la práctica, generalmente se alternan este tipo de propuestas junto con las dirigidas a uno o varios participantes determinados. De esta última modalidad de trabajo hablaré en este escrito después de dar alguna pincelada sobre Fritz y sobre la Gestalt.

Fritz Perls, por su propio carácter, más bien psicopático y orientado a la acción que sumiso y con predominio de la actividad del raciocinio, por su relación con el mundo del teatro, y por su proceso terapéutico como paciente con el precursor de la Bioenergética (Wilheim Reich), fue orientándose hacia un sistema terapéutico centrado en el presente, guiado por el nivel emocional y dando valor terapéutico a la acción. Usaba su propia reacción emocional para ponerse en relación con el paciente con el objetivo de facilitar el paso de la posición manipulativa del entorno al autoapoyo en la interacción. Para ello, propone un enfoque en el que el terapeuta, orientado por su propio sentir y asentado en su saber y su experiencia, frustra la demanda enmascarada y confronta la mentira del paciente a la vez que da espacio y apoya la expresión genuina del mismo.

Guiado por su exquisito olfato de la falsedad y por su rechazo a la misma, por su gran capacidad de reconocer lo obvio en la expresión del otro y por su presencia veraz y transparente frente al otro, propiciaba el encuentro del participante consigo mismo y con la realidad, momento a momento.
Perls tenía la fe puesta en lo que él llamó el proceso de "autorregulación organísmica". Los seres humanos, a diferencia de los animales, disponemos de poca regulación instintiva. Sin embargo, al igual que en ellos, nuestras necesidades también se organizan en relación a la más prioritaria y nuestro organismo dispone de resortes sensoriales para poder detectar cuál es esa necesidad en cada momento.

La neurosis interfiere en el flujo natural o genuino del ser humano de establecer contacto con el entorno y de retirarse; ambos movimientos necesarios para sobrevivir y desarrollarse. La neurosis implica distorsión en la percepción de uno y del entorno y también implica la ejecución automática de actitudes evitativas –con sus correspondientes pensamientos, emociones y reacciones– que mantienen la ceguera. Cambiamos el riesgo de ser quienes somos, la confrontación con nuestros límites y el encuentro con nuestro vacío y con nuestro dolor, por la sintomatología y el goce del sufrimiento neurótico.


Sesiones gestálticas en grupo

Así llamamos a la forma clásica que usaba Perls en sus grupos y demostraciones. En su época californiana abandona la terapia individual afirmando que, en el grupo, al participante se le hace más difícil defender y justificar sus propias resistencias, es decir las reacciones evitativas de darse cuenta de sí y del entorno. Tiene más peso una confrontación con una falsedad vista por varios pares de ojos que la que sólo se apoya en los del terapeuta. En sus demostraciones, pedía al participante (situado en la llamada silla caliente) que se centrara en qué tenía en primer plano en su conciencia en cada momento y lo pusiera de manifiesto. Interactuaba con él a modo de sesión individual frente a los demás participantes. Intervenía -por ejemplo- en relación a una expresión no verbal del participante, orientando su darse cuenta a la exploración vivencial de la misma. Esto podía llevar a la expresión de una emoción de la que el sujeto no era consciente hasta el momento o a percatarse de un modo particular de autointerferirse.

En esta modalidad, el resto del grupo actúa a modo de caja de resonancia. Como en el coro griego, cuando el protagonista toca fondo, desnuda su alma o pone de manifiesto su bloqueo, facilita la movilización emocional del resto del grupo. Cuando el trabajo de uno es profundo y el clima emocional grupal lo permite, a algún otro participante se le abre una vieja herida o accede a un nivel experiencial poco habitual. En general los trabajos se encadenan y, tanto cada tema trabajado como el conjunto de los aspectos emergidos, hablan del grupo en su totalidad. Cuando el terapeuta, tal como destaca Paco Peñarrubia, señala este reflejo grupal facilita un mayor compromiso de trabajo en los participantes.

Lo que el protagonista experimenta, encara a los otros participantes con asuntos que les son propios, como una reacción visceral o defensiva, les reaviva un asunto conflictivo, les aporta un darse cuenta de algo no reconocido hasta el momento o les suscita ganas de decir o hacerle algo al protagonista. Compartir, a modo de feed-back, de resonancias internas, qué le ha sucedido a uno cuando el otro trabajaba, implica ya un cierto nivel de darse cuenta. Ponerse en relación con el protagonista implica una experiencia terapéutica, si uno puede hacerlo con la suficiente apertura como para enterarse de lo que el propio encuentro le suscita a él internamente. Al protagonista, los feed-backs le resultan sanadores; especialmente aquellos que expresan lo que el protagonista evita y teme escuchar o recibir, y aquellos que, por ser resonancias empáticas profundas o ser expresiones de amor genuino, le facilitan la suficiente apertura para saborear la experiencia.

Durante su existencia, el grupo atraviesa diferentes etapas descritas de formas distintas por diferentes autores. Conocerlas va a permitir al terapeuta facilitar la evolución del grupo interviniendo en relación a las resistencias y bloqueos inherentes al mismo.

El grupo es un excelente escenario para explorar los conflictos y dificultades relacionales y para explorar actitudes nuevas. Así que, en esta modalidad de "psicoterapia en grupo", el resto de participantes (además de facilitar la profundización del trabajo por su presencia y a través de los feed-backs) pueden ser usados por el terapeuta, como un otro cualquiera o un otro concreto, para la exploración experiencial de una situación cotidiana, de las actitudes y de las expresiones o emociones determinadas del protagonista frente a otro.

Trabajamos sobre la experiencia de cada cual en esta situación de grupo. Aquí, en el grupo, al participante le sucede lo mismo que se encuentra en la calle, y si el trabajo resulta uno puede ir un poco más lejos de lo que se permite en su vida cotidiana. La diferencia es que aquí la tarea es poner conciencia en lo que a uno le sucede y responsabilizarse de su propia acción, reconocer el modo en que uno se coloca frente al otro y explorar aquellos vínculos o aspectos de uno descartados por miedo o prejuicios. Es mucho más fácil colgar el propio mochuelo en la percha del otro, por ejemplo,"éste las tiene conmigo" –cuando además suele ser esto verdad–, que reconocer qué hago yo para ponerme como diana ,en este caso, del rechazo del otro.
Es frecuente que, en la exploración de los vínculos que uno establece con el grupo y con determinados miembros del mismo, el paciente descubra cómo trata al otro o a los otros como si fueran su papá, su mamá, sus hermanos u otros familiares o personas significativas.

Nuestro sistema vincular, el modo en que establecemos las relaciones con los demás, lo estructuramos en la infancia en el seno de nuestro núcleo familiar. Consolidamos formas de relación en función de nuestra estrecha interpretación de la realidad. En esta época engullimos mensajes ("el mundo es de los fuertes", "nuestra familia es una piña", "tu padre es un desgraciado", "para ser....tienes que...." y tantos otros) que, si bien algunos pueden ser operativos y referirse a lo real de determinadas ocasiones, distorsionan la percepción de nosotros mismos y del mundo en la medida que actúan como filtro. También de niños desarrollamos respuestas evitativas frente a la angustia que nos provocan las situaciones que no podemos asimilar. Estas situaciones quedarán pendientes de resolución. La automatización de tales respuestas evitativas hace que estos asuntos inconclusos queden en el fondo de la conciencia. Tanto las ideas deformadas de uno y de la realidad como las respuestas automáticas ante la misma y las estrategias manipuladoras aprendidas de niños -que dificultarán la resolución de muchas otras situaciones-, mantienen la posición de no ser dueño del propio deseo y de la propia experiencia.

El proceso de profundización y elaboración de este antiguo vínculo facilitará el reposicionamiento frente aquel personaje interno y también la diferenciación entre aquél y éste o éstos con quienes comparte el trabajo terapéutico grupal. Este proceso pondrá al paciente frente a situaciones que permanecen irresueltas en relación al personaje que proyectó en su compañero o compañera; y permitirá la posibilidad de encararlas y de dar pasos hacia la integración de aspectos negados como pueden ser la competitividad, la propia fuerza, la intolerancia o la debilidad y la ternura, para nombrar algunos de ellos.

El participante de grupo se pone frente a la tarea de flexibilizar su estructura psíquica interna. La profundización en sí mismo requerirá el aprendizaje de la apertura suficiente para incluir a los demás como compañeros de viaje. También el aprendizaje de sustentar los propios límites e intereses, para no sólo perderse en lo que en determinado momento puede vivirse como el "magma" fusional grupal, que por otro lado también será enriquecedor poder experimentar.

 


 

Cristina Nadal 
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