Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


El perro de Goya
 

 

A mi abuelo “Melé”, marinero, in memoriam.

Hoy el censo de animales de ficción ha superado tal vez finalmente el de animales vivos. Aunque contáramos todas las variantes de Mickey Mouse como un solo ser y sin embargo consideráramos cada berberecho por separado, hay ya más animales imaginarios que de los otros.

Creo que los animales transgénicos estarían entre los animales fantásticos y los que son creación o aberración de la naturaleza (animales normalitos y monstruos). Pero esto de las clasificaciones es muy complejo, nada fácil. En el infierno de Dante los homicidas están “clasificados” en el séptimo círculo. Van dos círculos por debajo de los iracundos y a un círculo por encima de los seductores, los aduladores, los simoníacos, los barateros, los hipócritas, los ladrones, los malos consejeros, los sembradores de escándalo y de discordia y los falsificadores. Es decir, en el Inferno los homicidas resultan ser un poco menos malos que los engañadores, los mentirosos y los defraudadores. Los traidores están a un círculo de Belcebú, que es lo peor de lo peor.

En el papel quedan muy bien distribuidos los nueve círculos infernales y sus correspondientes nueve cielos del Paradiso, con los ángeles, bienaventurados, arcángeles, serafines y querubines. Pero es como esos cuadros sinópticos en que se apoyan los malos oradores, que a fuerza de ser mirados se convierten en cuadros hipnóticos. No nos aclaran nada.

Una cosa es la verdad y otra la realidad. Constantemente las confundimos. Yo no sé dónde irían los del Prestige famoso. No me pregunto a qué puerto, sino a qué infierno. Me temo que la avidez, la estupidez y la crueldad humanas no estaban tan desarrolladas en el siglo XIII como se ha visto en los ocho siglos siguientes. Actualmente el séptimo círculo de los homicidas debería incluir a los criminales contra la naturaleza y a los criminales contra la humanidad. Entonces también debería ponerse al día el octavo círculo y añadir a los que van a disfrutar del campo en coches particulares. Esta modificación sería insostenible y desproporcionada, no podemos mantener a los que destruyen la naturaleza en un plano moralmente superior al de los que se contradicen a sí mismos o se autoengañan. Ya dije que no era fácil.

Tenemos la sensación de que están ocurriendo cosas que nunca antes habían pasado. No sabemos qué es lo mejor de lo peor ni lo peor de lo mejor. Todo está revuelto. En la Costa de la Muerte siempre hubo naufragios. El nombre no es un mero reclamo turístico. El mar donde cada día se pone el sol, ha devuelto a sus playas barcos hechos añicos, ha dejado delicadamente –como quien está saciado- sobre sus arenales y calas, hermosos cadáveres de ahogados que las olas rolan, cargamentos enteros de mantequilla o de acordeones. “Fue –cuenta Manuel Rivas- en 1905. Naufragó el vapor italiano Palermo y nada se pudo hacer por rescatar a sus 22 tripulantes. Una música estremecedora hacía saltar el corazón de la costa da morte. El Palermo llevaba un cargamento de acordeones”. El Nil (1927) dejó en Arou botellas de champán, sedas, perfumes y hasta potes de leche condensada, delicias todas ellas exóticas. El Banora (1965) naufragó en su travesía a Hamburgo, dejó en Cabo Vilán una marea de mandarinas marroquíes. El mar lo devuelve todo. En los ochenta tuvimos el Cason. ...”Explotó y después empezó a arder a unas quince millas de Fisterra y dentro de las aguas por las que está prohibido el paso de cargamentos con grave riesgo para las personas, las autoridades son condescendientes, muy condescendientes, a lo mejor disimulan para ir tirando y no tener que trabajar demasiado, el barco tocó fondo en la punta del Rostro, el viento lo llevó a la playa y acabó embarrancando en la Anzuela, entre las puntas de Castelo y Pardiñas, llevaba treinta y un tripulantes a bordo y se salvaron ocho, transportaba una carga de productos químicos y por la zona hubo cierto miedo de que el aire se envenenase matándonos a todos y el agua se contaminase matándonos a los peces que nos dan de comer, los bidones llevaban una calavera con dos tibias y el letrero Inco 6 que sólo se pone a las mercancías muy peligrosas” (Madera de boj, Camilo José Cela, 1999).

Nada que ver los indefensos ahogados, las mandarinas hamburguesas, los acordeones, el INCO 6 innominado y el maldito “pichi”, en náutahl chapapote. Y nada que ver lo que pasa y lo que se habla. Dante sitúa los soberbios en el Purgatorio. Y luego está lo que no se ve. Eso que mira el perro de Goya.

® Marta-R. Domínguez Senra 
Enviar correo

 

 
Ir hacia arriba
Revista
Autores
Números