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Dos
cosas me llamaron la atención de Georg Kühlewind-S. La primera
su extrema precisión y austeridad en el manejo de la palabra. Se
diría que mantiene el compromiso de ceñir el lenguaje a
su función exclusiva de trasmisión de conocimiento. Y en
eso ejercita una disciplina férrea. Disciplina que metió
a esta entrevistadora aficionada en más de un aprieto al obtener
como respuesta en diversas ocasiones un escueto monosílabo.
El otro aspecto que destacó para mí fue su ponderación.
Me parecía como si cada afirmación la pesara en una balanza
de precisión y la equilibrara con su contrario hasta obtener el
punto medio perfecto. No imagino a este hombre haciendo una afirmación
precipitada o adoptando posiciones extremas.
Tanto destacaron estos elementos y la claridad de lo que fue trasmitiendo
en su conferencia y en esta entrevista, que apenas recuerdo sus rasgos
físicos o sus gestos. Georg Kühlewind-S es, a pesar de su
dialéctica escueta, sobre todo palabra; una palabra repleta de
significado.
–Una de las cosas de las que usted habló en la charla
de estos días, es sobre la importancia de la atención. Me
parece muy ilustrativo su ejemplo de cómo, cuando estamos escuchando,
podemos estar sin prestar atención y entonces no recibimos eso
que se está produciendo ¿Esto muestra que el elemento fundamental
para el conocimiento no es la percepción, sino la atención?
–Sí
–Sin embargo da la sensación de que esta cultura
se ha constituido sin tener en cuenta ese elemento…
–Sí, exacto.
–En su conferencia también nos mostró que
el interrogarse sobre aspectos inmediatos de la vida y que tachamos de
"obviedades" nos abre las puertas a la realidad esencial que
está más allá de lo material. Preguntas como ¿Somos
conscientes de cómo hablamos? ¿Sabemos cómo pensamos?
Recordamos cómo dimos significado a la primera sonrisa? ¿Nos
damos cuenta de que todo lo que percibimos son objetos de nuestra experiencia
incluidos nosotros mismos? ¿Quién es ese sujeto que percibe
todas las experiencias? ¿Tendría que recuperar nuestra cultura
la capacidad de interrogarse sobre los aspectos más simples e inmediatos
de la vida?
–Seguro
– ¿Cómo podemos recuperar esa capacidad?
–Tenemos que hacer eso individualmente, y si alguien tiene éxito
en ello, entonces puede hablar sobre eso a los demás. Este hablar
no es muy efectivo, pero puede ser efectivo. Sin embargo, sin tener una
experiencia propia no somos capaces de suscitar preguntas en otros.
–Pero incluso con experiencia, mi sensación es que
las personas no sólo no están interesadas sino que temen
abrirse a este mundo de significados más allá de la forma
y los objetos.
–Es el miedo en primer lugar al cambio. En el mundo material tenemos
una cierta seguridad, en otra realidad no tenemos ni idea de lo que ocurre
y, por lo tanto, tenemos miedo. Sin embargo pienso que todos llevamos
en nosotros de alguna forma la pregunta de cuál es el significado
de la vida. Esta pregunta está tapada por muchas cosas que pensamos
que son más importantes como el trabajo, las drogas, el dinero,
el poder. Pero existe esa pregunta y algunas veces emerge. Cuando alguien
cae enfermo o muere, en esas situaciones emerge. No es una pregunta intelectual.
–Esa pregunta entonces ¿sería la puerta a
ese conocimiento interno y a esa realidad que trasciende lo material?
–Exacto.
–Una forma de facilitar a la persona a que se acerque a
ese proceso ¿tendría que ver entonces con ayudarle a ir
mas allá de esas cosas que están tapando esa pregunta esencial?
–No hay método para ello, simplemente a veces puede ocurrir.
–Otra de las cuestiones que usted afirma en su obra "La
vida del alma" (Madrid 1997) es que en esta época actual nuestra
alma está enferma. ¿Podría comentar un poco más
a que se está refiriendo con eso?
–Si tratamos de excluir algo, eso es enfermedad. Todo el egotismo
es enfermedad que tenemos que atravesar. La cuestión es la medida,
hasta qué profundidad hay que atravesar el egotismo para tener
una conciencia de yo preliminar. Así que todo el "pecado original"
y la "caída" es un cierto tipo de enfermedad y a todas
las consecuencias de ello las podemos llamar enfermedad. La cuestión
es siempre la medida. Esta medida la podemos experimentar en lo que llamamos
"la normalidad". Lo que hoy llamamos normal sería terriblemente
aberrante para nuestros abuelos. Para nosotros es bastante normal. Así
que el nivel de la normalidad está avanzando como una convención
en el sentido de la enfermedad. Es una convención que se va adaptando
a la situación. Si mañana todo el mundo se volviera totalmente
loco, los científicos declararían que eso es totalmente
normal; sin duda.
–Entonces ¿necesariamente iniciar este proceso de
crecimiento interno supone situarse fuera de la normalidad?
–Cierto.
–E implica movilizar una gran cantidad de energía
porque todo el entorno está en contra de ese movimiento…
–Sí, seguro.
–Resumiendo, por un lado tememos mucho desprendernos de la realidad
material y volcarnos hacia la realidad no material porque es algo desconocido
y nos da miedo. Por otro lado tenemos a toda nuestra cultura empujándonos
a fijarnos en el egotismo, lo material y a la forma. Parece que es mucho
más fácil sencillamente estar loco ¿no?
–Sí, es mucho más fácil que elevarse.
–Y dado que estamos en un mundo utilitarista ¿Cuál
es la razón que puede llevar a una persona a iniciar ese proceso
de desarrollo?
–No hay razón. Eso empieza solamente por un comenzar. Si
hubiese una razón para ello entonces no sería un movimiento
realizado desde la libertad.
–Sin embargo, una de las cosas que me resultó sorprendente
en su charla de ayer, es que usted al final de la misma se introdujo en
una explicación sobre los efectos beneficiosos de iniciar un proceso
de desarrollo interno…
–Eso no llevará a nadie a comenzar, y si fuera así,
no sería bueno. No obstante tengo que decir que el desarrollo interior
tiene esos efectos. Hay una buena frase de Don Juan citada por Castaneda:
"O nos hacemos fuertes o nos hacemos miserables, la cantidad de trabajo
es el mismo".
–Visto así, realmente el sentido del trabajo interior es
un descubrimiento particular y nadie puede impulsarte a hacerlo.
–A veces podemos ayudar y a veces no. Podemos decir cosas y llegan,
o decimos algo y no llega. No podemos preveerlo por anticipado.
–Otro elemento en el que me gustaría mucho profundizar, aunque
soy consciente de las limitaciones del tiempo que tenemos, es su concepción
sobre el subconsciente ¿Podría hablarme algo de eso?
–De este tema trata la psicología muy bien. El subconsciente
está constituido por formas que quieren repetirse y no tienen significado.
Entonces la terapia habitual ahí está equivocada, porque
la terapia habitual quiere otorgar significado a esas formas que ya no
lo tienen y por lo tanto está desviándose de la curación.
La terapia no debe interpretar algo, tiene que disolver algo, lo cual
es muy diferente.
–¿Y como se puede llegar a hacer eso?
–Se hace a partir de una serie de ejercicios de concentración
a través de los que extraemos una gran cantidad de atención
empantanada en las formas y entonces nuestra atención puede crecer.
Sacamos la atención fuera de las formas y la convertimos en atención
libre.
–¿Esto tendría que ver con los dos tipos de atención
que usted mencionó en su conferencia: Una parte de la atención
que se identifica con la forma sobre la cual se ha centrado y otra parte
que se desapega de esa forma y que constituye lo que las tradiciones han
llamado "el testigo"?
–Sí.
–Y ese proceso del que usted está hablando ¿Consistiría
en reconvertir la atención que se confunde con la forma en atención
desapegada o testigo.
–Sí.
–Y de esa manera reforzar el testigo.
–Sí, exactamente.
–Y el testigo entonces es…
–El testigo siempre es el Yo, pero este Yo no es autoconsciente.
Lo que llamamos autoconsciencia es el Yo viendo al ego. Se confunde al
ego que es un objeto por el sujeto, o sea que el ego no es un verdadero
sujeto, sino un objeto más de nuestra percepción. Normalmente
no experimentamos el verdadero sujeto. Hacer eso es el objetivo del trabajo
interior.
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