Arjuna Peragón: Ana, ¿cuándo sientes
tú que tu camino es la danza?
Ana Mendiola: Mira, precisamente, el otro día
pensaba en ello y me vino la imagen de mi padre siempre impulsándonos
a las tres hermanas hacia ello, primero con los bailes típicos
vascos, después con el ballet clásico… Y a mí
me gustaba, pero tampoco excesivamente. Lo que ocurre es que me fui
a Madrid y allí conocí a una persona que trabajaba con
la danza contemporánea. Y ahí sí que hubo una verdadera
conexión, y aunque yo no había elegido que mi camino fuera
la danza, sino más bien la interpretación, encontré
a través de esa forma de danzar la cualidad de poder interpretar
y expresarme con el cuerpo. Esta persona, este maestro, todo lo que
él me enseñó fue decisivo para mí a la hora
de renunciar al teatro y dedicarme en cuerpo y alma a ese trabajo…
Él tenía una propuesta de danza contemporánea,
con todos los conceptos norteamericanos, pero poderosamente influenciada
por la corriente afrocubana, pues él venía de Cuba.
Arjuna: ¿Nos dices su nombre?
Ana: Claro, se llamaba Arnaldo Patterson, maestro de
la Compañía Contemporánea de Cuba. Él fue
un gran creador, y yo tuve la suerte de conocerle en el año 81
en Madrid, porque pidió asilo político y, de alguna manera,
se vio obligado a partir de cero. También de cero partíamos
yo y un grupo de personas, fundamentalmente mujeres, que decidimos seguir
sus pasos… Y así comencé a formarme en la corriente
afrocubana de danza, pero además asumiendo toda la mitología
que ésta lleva detrás, es decir, el concepto místico
de la santería, el danzar para los dioses, danzar para los elementos…
Recuerdo como, de repente, él nos hablaba de Yemayá, la
diosa madre de todas las aguas, que movía con su tela azul el
mar… y aseguraba que cada mujer tenía parte de todo eso…
O como, continuamente, se refería a la tierra como elemento de
poder, a la necesidad de enraizar para poder vivir… Estas son
cosas que tienen muy claras las culturas africanas, y todo ello me atrajo
tremendamente. Imagínate, lo interesante que era trabajar con
una persona que conceptualmente se desenvolvía en los términos
del contemporáneo, pero además manejaba todas estas influencias
afrocubanas, sin olvidar tampoco aportaciones del ballet clásico…
Claro, además hay que decir que, aparte de mi maestro, fue mi
marido… y en su caudal viví quince años de mi vida…
viajé con él, me di cuenta lo que era la vida de un maestro
de danza, observé su dignidad, sus principios… hasta que
en el 95 él murió…
Arjuna: Está claro que tu marido fue fuente
de inspiración para ti… Pero a todo eso que él te
dio ¿que le has aportado tú?
Ana: Bueno, las perdidas de este tipo te llevan a replantearte
toda tu vida…O llegas a la conclusión de que todo ha sido
un error, o terminas comprendiendo que todo tiene un porqué…
Yo además tengo dos hijos… Y fue un volver a preguntarme
dónde iba a quedar todo lo que yo había recibido de él…
Pues, al principio, no fue nada fácil y estuve como dos años
siguiendo su estela, hasta que reaccioné y me di cuenta de que
tenía que haber un punto de inflexión real en mi vida.
Y, como suele ocurrir siempre, en ese estado aparecen las personas que
te vuelven a inspirar, que te vuelven a motivar… Yo en mis clases
de afrocubana ya notaba que mi voluntad de transmisión iba más
allá de un puro divertimento, había otra búsqueda
de conexión, quería que se entendiera que lo que las danzas
de África nos aportan es casi una terapia para nosotros, y la
respuesta de algunos alumnos así me lo mostraban. Y por ahí
comencé a vislumbrar otro camino, dándome cuenta que a
lo que yo conocía y enseñaba de la danza afrocubana se
le podía dar una dimensión más sutil, liberadora
y casi sanadora…
Arjuna: Tú has llamado a tu trabajo Espiralidad,
¿por qué ese nombre?
Ana: Bueno, ese trabajo surge de la cercanía,
del contacto con un grupo humano, el de la Escuela de Yoga Sadhana,
del encuentro con Grazia como alumna- fue ella quien más creyó
en mi trabajo-, del encuentro con Carlos Fiel, de un taller que realicé
con Sadhana un verano en La Plana… Con todos estos encuentros
fui reuniendo fuerzas para verbalizar mis inquietudes y, ayudada por
Carlos y Grazia, comenzamos a darle forma. Al final, fue Carlos quien
dio con el nombre de Danza Espiralidad, y a mí me pareció
un término que venía a resumir perfectamente esa espiritualidad
que yo siempre he querido imprimir en mi trabajo; la utilización
del cuerpo como instrumento de exploración de los distintos centros
de energía, la energía de la tierra, la energía
de la pelvis… Cuando Arnaldo nos hablaba de esto- conectar con
el vientre, abrir bien las piernas…- era totalmente revolucionario,
sobretodo en aquella época con la cantidad de inhibiciones que
había…
Arjuna: ¿Por qué occidente no sabe mover
la pelvis?
Ana: En fin, ha habido toda una cultura, un montón
de prejuicios, una iglesia vigilante que no lo han permitido. Aquí
se ha querido estirar mucho el cuerpo, una idea de verticalidad que
ha olvidado totalmente a la tierra. Este ego desmesurado de occidente
que está tan arriba, tan arriba, tan en la mente que ha perdido
la conciencia de otros centros, dejándonos totalmente divididos…
Y mi trabajo se dirige hacia la integración de todos los centros,
pero además también me gustaría transmitir un amor
a la diversidad, amor hacia otras formas de vivir, aprender a amar a
África, por ejemplo, sintiéndola, más que pensándola…
Y así con todas las culturas. Por eso yo integro en mi trabajo
diferentes danzas del mundo, y desde el sentimiento real de cada una
de ellas, creo, pueden caer muchas barreras culturales.
Arjuna: ¿Hay en este trabajo de Espiralidad
un vínculo directo con la sensualidad y la sexualidad?
Ana: Bueno, la danza es un reflujo continuo de sensaciones.
Lo mejor es que todo esto se dé de manera espontánea…
y, como puedes imaginarte, si tú haces un trabajo con la pelvis,
en algún momento, seguro, vas a conectar con la sensualidad.
A menudo, cuando trabajo con mujeres les digo que si en algún
momento esperan que un hombre les reconozca su sensualidad, pobres de
ellas… porque la sensualidad y la sexualidad están en cada
uno de nosotros, el gozo está en uno, y todo esto hay que sanarlo.
Sólo puede existir una sexualidad compartida en lo íntimo
si uno ya ha brotado su sexualidad…
Arjuna: ¿Los hombres que van a tus cursos se
asustan?
Ana: La verdad es que no abundan… pero los pocos
que van llegando muestran mucho respeto y, poco a poco, si conectan
con el trabajo significa que se han abierto de alguna manera a lo femenino
y que ello les ayuda a comprenderse y a comprender mejor a las mujeres,
porque todos tenemos un lado femenino y masculino dentro de nosotros…
Arjuna: ¿Qué es lo primero que tú
les dices a tus alumnos al llegar a tus clases? ¿Cómo
desmontas la cantidad de prejuicios que existen en torno a la danza?
Ana: Bueno, lo primero que yo pido es presencia y tiempo
para poder captar el trabajo. No es un trabajo técnico, no se
baila para gustar. Y ahí hay que tener una gran escucha para
ver como llega la persona… porque, a veces, la gente llega con
bloqueos muy potentes, y, en el caso de las mujeres, con un gran distanciamiento
de su feminidad, porque, en el tiempo que vivimos, se han visto obligadas
a volcarse en lo social, a conquistar el poder tantas veces negado,
olvidando, por compensación, su propio poder natural, su contacto
esencial con la tierra… Sobretodo, es un trabajo de conexión.
Ese contacto con “la espiral” que yo propongo despierta
muchas cosas, toca mucho lo emocional. Es un espacio que se convierte
en un laboratorio donde emergen mucho descubrimientos, dependiendo de
donde se halle la persona. La verdad es que según avanzo en la
danza espiralidad voy viendo la dimensión terapéutica
que va tomando, porque es casi inevitable que el trabajo no haga emerger
asuntos que las personas guardan muy en lo profundo… Mira, la
danza te lleva continuamente a moverte en diferentes niveles, te baja
de la cabeza, te hace sentir los elementos dentro de ti, te sumerge
en la acción… y cada movimiento induce a un sentimiento
y sensación distintos. Por ejemplo, tan sólo proponer
los movimientos de abrir y cerrar el pecho suele provocar el llanto
en muchas personas… Se producen desbloqueos innegables, pero desde
una manera sutil de actuar…
Arjuna: Yo intuyo que tu trabajo intenta, sobretodo,
que las mujeres recuperen la dignidad de su feminidad tan inducida a
estar al servicio de un canon de belleza o a la satisfacción
del placer del hombre…
Ana: Claro, la mujer ha de recuperar su poder. Una
mujer no puede olvidar que su centro es la tierra, pero tampoco hay
que olvidarse que se está inmerso en un proceso evolutivo y,
por ello, se trabaja con todos los elementos, hasta llegar al aire en
la búsqueda de la espiritualidad.
Arjuna: ¿Tú sientes que tus alumnas te
imitan?... Porque tú, creo, apareces como un modelo poderoso
de feminidad…
Ana: Bueno, yo no puedo negar que siento que hay mujeres
que me admiran, pero lo que me parece más interesante de esto
es que esta admiración sirva para que cada una de ellas vaya
viendo todos sus propios valores femeninos… Y, quizá, aquí
Grazia tendría algo que decir porque es alumna aventajada…
(Risas)
Grazia Suffriti: Yo no lo siento como una imitación,
pero sí hay un referente que te muestra que existe otra manera
de sentir la sensualidad y la feminidad, que te muestra que hay aspectos
de nuestra vida que, como mujeres, hemos olvidado. Yo creo que no se
puede negar que a la mujer, por ejemplo, le gusta adornarse, desde las
mujeres más primitivas de una tribu hay un gusto por el propio
embellecimiento, pero vivimos en una cultura en que esto se ha transformado
en un gesto para despertar el deseo o admiración del hombre…
y lo que yo he encontrado en el trabajo de Ana es un aprender a respetarte
y amarte en tu particular forma de expresión. Es un recuperar
lo femenino por el placer de sentirte mujer desde lo más profundo.
Ana: Es que todo ser humano debe gozar y expresar la
belleza que tiene… Recuerdo que una alumna de Madrid me decía
“eres tan cojonuda como bella”.
Grazia: Claro, pero es que sufrimos unos estereotipos,
en gran parte alimentados por los medios de comunicación, en
los que se transmite que el cuidado de la feminidad está asociado
a la superficialidad o a la falta de conciencia a muchos niveles, y
esto son sólo imágenes que llegan impuestas desde fuera
que terminan anulando cualidades naturales que, negadas, nos restan
fuerza para vivir globalmente…
Arjuna: ¿Qué sentiste cuando comenzaste
a bailar con Ana? ¿Qué encontraste?
Grazia: Yo empecé a bailar cuando ella trabajaba
con el afrocubano. Lo primero que encontré fue mi dificultad
para armonizar mis movimientos con el ritmo. Me di cuenta de que bailar
es sobre todo estar presente en lo que escuchas. Pero, por ejemplo,
lo que más notaba es que salía de clase y mi caminar era
totalmente distinto; notaba que al comenzar a bailar mi diafragma se
descomprimía… descubrí que mi pecho era un obstáculo
entre mi cabeza y la pelvis, y que había que liberarlo; descubrí
mis brazos, mis manos, que muchos de los gestos de éstas son
absolutamente simbólicos, como los mudras en el yoga… y,
bueno, hay mucho desbloqueo emocional… Para mí el trabajo
con Ana es, ante todo, una vía de liberación…
Arjuna: Yo puedo certificar que las veces que he participado
en tus clases he experimentado una revolución del sentir…
Y me apetece recordar en esta charla que nuestra sociedad mantiene a
la danza como a la hermana pobre de las artes, encarnando ésta,
sin embargo, uno de los símbolos más bonitos que existen…
y es que la vida es puro movimiento, que la vida es un danzar con lo
que acontece…y creo que el trabajo de Ana representa la conexión
profunda con el cuerpo y con el alma…
Ana: Mi maestro me dijo, hace muchos años, que
la danza es la libertad del cuerpo y el espíritu… Yo era
muy joven por entonces… y no sé si entendía muy
bien lo que quería decir al hablar del espíritu, pero
creo que desde entonces no he dejado de buscar ese significado…
y si algo entiendo hoy del ritmo que mueve al que danza es que ése
es el mismo ritmo de la vida…