Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


¿Era de acuario?
 

Hace justamente un año buena parte de la población de este planeta celebraba la entrada al siglo XXI y al tercer milenio –según el cómputo cristiano–. Hoy, sin tanto bombo, otra buena parte de la población mundial, nosotros incluidos, perpetra este ritual. Los hay que se han apuntado a ambas celebraciones. ¿Quién lleva la razón? Nosotros, desde luego. El cómputo del tiempo no es un hecho sentimental sino mental o convencional. El año 2000 es el último del siglo y del milenio. Pero quizá porque celebramos nuestros aniversarios con los años cumplidos mientras que los años "de todos" los festejamos al inaugurarlos o porque es espectacular el cambio de dígitos entre 1999 y 2000, muchos se han dejado llevar por la apariencia en detrimento de la veracidad. La verdad hoy está de nuestra parte, pero siempre será más valioso reflexionar sobre este ideal humano que aprovechar la ocasión para darnos un pírrico baño de elitismo.

Solemos no empeñarnos en averiguar la verdad de una realidad, aceptamos la versión más extendida u oficial en nuestro entorno; curiosamente aun a costa de lo que diga nuestra propia experiencia. Estar del lado de los "buenos", de los que parece que llevan la razón, nos conforta; así podemos mirar por encima del hombro a los que no la llevan. Y éste suele ser el final de la historia o el comienzo de una "guerra santa" –contemporáneamente llamada "humanitaria"–. Esta discrepancia conmemorativa, que es trivial, nos es de gran utilidad precisamente para significar esta inauguración de siglo y de milenio; y para entender mejor quizá por qué nos conformamos tan a menudo con medias verdades o, directamente, con falsedades.

Quizá lo primero a considerar sea que la verdad no es necesariamente lo que sentimos o percibimos. Lo que sentimos, por intenso que sea, es del todo real pero no tiene por qué ser del todo verdad. Es más, hay muchos ejemplos –la mayoría fruto de la manipulación interesada de los centros de control económico o político– que nos dicen –si los escuchamos– que cuando lo que sentimos lleva el control de nuestras vidas la verdad se niega. Poner en tela de juicio la veracidad de lo que sentimos, y los derechos q ue inmediatamente nos otorgamos por ello, quizá sea una buena manera de contribuir a la construcción del tercer milenio.

Quizá lo segundo a considerar sea que la verdad no es algo estático, un punto y final o un objeto acaparable, sino un camino que podemos andar, o no, una dirección que tomamos o ignoramos. Una búsqueda que precisa del cuestionamiento de las apariencias, de profundidad valorativa y del establecimiento periódico de unos estándares o puntos de referencia lo suficientemente ciertos o válidos como para merecer nuestra lealtad. No reducir la verdad a lo que suponemos, aunque seamos millones los que suscribamos tal suposición, y esforzarnos por crear mecanismos de verificación quizá sea una buena manera de contribuir a la construcción del tercer milenio.

Quizá lo tercero a considerar es que participamos de una desesperanzada creencia: nada puede ser totalmente verdad; para que algo sea real tiene que ser en parte falso, eso lo hace más humano, más próximo. Cuestionarnos tal crcencia, y revitalizar el imperecedero anhelo humano por encontrar y ceñirse a la verdad, quizá sea una buena manera de contribuir a la construcción del tercer milenio.
Si oteamos el mundo actual parece obvio que un nuevo humanismo pide pista. A la compasión por los que sufren –¿sufrimos?– la desalmada explotación –¿explotamos?–, hija de la codicia humana, quizá debamos añadirle la inteligencia. Quizá debamos ir enterrando las falsedades que sostienen muchos de nuestros comportamientos, rescatando verdades como puños que hemos enterrado, y creando referentes más aptos para ir haciendo posible una humanidad verdaderamente más humana.

 

 

Albert Barbé 
Enviar correo
La Plana, 31 de diciembre de 2000
 
Ir hacia arriba
Revista
Autores
Números